El ideal de belleza ha ido evolucionando desde la Prehistoria, en la que el modelo era la “Venus”, con grandes caderas y senos que “asegurasen” la capacidad de dar a luz y criar hijos sanos, hasta el presente, en el que las personas se esfuerzan, a base de dietas y ejercicio, en alcanzar ese ideal de cuerpo perfecto que dictan nuestros cánones de belleza actuales. Es importante mencionar que, si se sigue esta evolución de los estándares de belleza a lo largo de la historia, estos se aplican más estrictamente sobre la mujer. La sociedad ha presionado siempre mucho más a la mujer para adaptarse a ellos, si no quiere verse sometida a crítica. No obstante, actualmente, el hombre también se está viendo forzado a seguir estos ideales.

¿Pero qué es realmente la belleza? Se puede atribuir la belleza tanto a personas como a paisajes, objetos, animales… Y no necesariamente a algo físico. No todo el mundo tiene el mismo concepto de belleza, pues este es subjetivo. Lo que a una persona le puede parecer precioso, a otra le puede parecer espantoso. Sin embargo, cuando nos referimos a la belleza física, aunque esta continúe siendo subjetiva, la sociedad ha implantado una serie de características cambiantes con el tiempo que se deberían seguir para alcanzarla.

¿Por qué las personas seguimos estos cánones? El no alcanzar este ideal puede llevar a no aceptarnos e incluso a no sentirnos cómodos en nuestra piel. Puede que hasta lleguen a juzgarnos como personas por ello y, de hecho, muchas veces se hace. Se juzga la belleza exterior, el peso, el estilo, la apariencia… Se juzga lo que se ve, y pocas veces, si solo nos quedamos con eso, se llega a ver esa “otra belleza” del interior, la que forma parte de nuestro ser e intimidad, la que constituye nuestra identidad como personas ‒y con esto no quiero caer en el tópico tan manido de la belleza interior, no es mi intención, pues es obvio que el componente físico siempre influye‒. Es por ello que, quizás, las personas sigamos tan ciegamente esos estándares, para conseguir la “aceptación” de los demás y no sentirnos “excluidos” en una sociedad que se rige fundamentalmente por las apariencias.

Hoy en día se está empezando a luchar por restar importancia a los cánones de belleza, perjudiciales tanto para mujeres como para hombres. Pero queda mucho camino por recorrer, porque alrededor de la palabra “belleza” hay muchos intereses creados, de esa belleza que nos define sin quererlo y, muchas veces sin pretenderlo, “al primer vistazo”.

María Isabel Suárez Rodríguez