Según la RAE, el altruismo es la diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio. En otras palabras, se trata de la tendencia a buscar el bienestar del resto por encima de nuestro interés. ¿Pero es realmente una actividad desinteresada?
No podemos decir que el altruismo existe realmente, pues en el fondo tendemos a realizar actos generosos o que benefician a otras personas con el objetivo de alcanzar un sentimiento placentero o de satisfacción. La generosidad nunca es desinteresada, sino que se trata de una forma de egoísmo. Algunos practican el altruismo con el fin de aliviar sentimientos desagradables como la culpa o la vergüenza; otros, en cambio, interpretan este acto como un pase asegurado al Paraíso tras la muerte.
Por lo tanto, podríamos concluir que cualquier acto de generosidad conlleva necesariamente la involucración de algún interés propio. Pues, el sentirnos bien ayudando a otras personas no deja de ser una motivación personal y egoísta. Aristóteles definía a la persona altruista y generosa como el ser más egoísta de todos. Pero no criticaba esta facultad; es más, la destacaba. Al fin y al cabo, este tipo de personas, aunque realizan los actos por un interés personal, no dejan de estar beneficiando al resto de la comunidad.
Por consiguiente, el altruismo no deja de ser una forma de egoísmo, pero no tiene un carácter negativo como otras conductas que podamos llamar egoístas. Solamente pretende beneficiar a otras personas para hacernos sentir orgullosos o reconocidos por estos actos. Se podría decir que todos llevamos una responsabilidad afectiva a nuestra espalda, la de sentirnos queridos y admirados por el resto mediante la “falsa” solidaridad.
Lucía Suárez Deago