Muchas han sido las explicaciones que se propusieron de la catastrófica situación que tuvimos que vivir, pero ninguna arrojó por poca luz que fuera al agujero que iba consumiéndolo todo a nuestro alrededor. Y hoy me encuentro sola en este planeta como único y último vestigio de la raza humana, tras una epidemia global que disolvió irremediablemente toda la civilización hasta llegar a la más absoluta extinción.

Muchas son las dudas que me asaltan ahora, en la situación en la que me encuentro; y la primera es: ¿Por qué yo? Al principio pude llegar a pensar que era una afortunada, la persona con más suerte en este mundo, la única superviviente de toda la humanidad, la última persona en pie. Pero, tras reflexionar más a fondo sobre esa cuestión, ya no me pareció ser tan afortunada. ¿Merece realmente la pena ser la última persona con vida en el planeta? Muchas han sido las horas que he pasado intentando responder a esta pregunta. Pero, tras pensar a fondo la respuesta, he llegado a una triste conclusión: mi suerte es uno de los peores infiernos en los que se puede acabar. La soledad, no sólo como un aislamiento social, sino como una situación obligada e indefinida sin posibilidad alguna de cambio, es una tortura cruel. ¿Con qué fin se puede afrontar la vida de ese modo? Literalmente, todo está a tu alcance y al mismo tiempo nada merece la pena. No existe ninguna oportunidad de triunfar, de avanzar, de superarse, de conseguir alguno de los logros por los que se supone que me reputo persona y con los que la sociedad me dignificaba. Todo se ha desvanecido en una escalofriante sensación de vacío abrumador. Lo que me vuelve a hacer pensar: ¿Por qué yo? ¿Qué ha hecho que me encuentre aquí, ahora, yo sola? ¿Realmente tiene sentido mi vida? Es decir, ¿qué relevancia tiene mi vida?

Todas esas preguntas no hacen más que difuminar el camino que debo afrontar. ¿Qué hacer ahora? Supongo que mi deber es hacerme a la idea de la situación en la que hallo. Disfrazada de una falsa esperanza, intentaré hacer como que busco una solución. En primer lugar, me obligaré a confirmar que realmente soy la única superviviente; y, en segundo lugar, intentaré averiguar si mi supervivencia puede llegar a otorgar una posibilidad a una utópica repoblación. Respuestas negativas a esas indagaciones harían que llegase a un punto final critico en el cual ya solo restaría una última pregunta: ¿Existo?

El verme envuelta en la más absoluta y abrumadora soledad hace que me plantee mi propia existencia. ¿Cómo sé que estoy viva en realidad y no viviendo un sueño en el cual, tras algún accidente, mi mente es la que se representa esta situación de encontrarme aislada en un mundo apocalíptico, interactuando a solas conmigo misma? Solo he encontrado dos soluciones. Una de ellas es el suicidio. Si mi vida va a ser un mero tiempo consumido sin motivo ni causa, ¿para qué vivirla? La otra respuesta sería la de afrontar el paso del tiempo de la manera más amena posible, con un final incierto, pero tarde o temprano inevitable

La conclusión es que, para que tu vida no sea un simple y vano paso del tiempo, debes encontrar una causa o un fin que le sirva de razón.

Lucía Piedra Martínez