Al término de 2020, la industria automovilística mundial produjo cerca de cincuenta y seis millones de turismos y, por su parte, la industria tecnológica cerca de mil quinientos millones de teléfonos móviles. Eso se traduce en que, a nivel de vehículos, se haya logrado facturar cifras del orden del billón de euros y, a nivel de telefonía, de más de medio billón. Contando los márgenes de beneficio medio de las empresas automovilísticas por unidad vendida, obtenemos unos beneficios del orden de cien mil millones de euros anuales, cifras parecidas a las del teléfono móvil.
Los datos anteriores nos muestran la eficacia de un mecanismo de producción que surgió a principios de siglo XX y que ya se había teorizado en el contexto de la revolución industrial: la producción en cadena. Este sistema se basa en delegar en cada trabajador una parte muy concreta del proceso de producción. De esta forma, cada empleado realiza sus labores de una manera muy eficiente ayudado y sustituido, en muchos casos, por máquinas cada vez más inteligentes y autónomas.
La idea surgió de la mano de Frederick W. Taylor quien, en su obra Principles of Scientific Management (1911), proponía un sistema en el cual los trabajadores fueran preparados y especializados en una fase concreta del proceso productivo, a fin de aumentar la producción. Ahora bien, a pesar de que la idea ya se aplicó inmediatamente en pequeña escala en las factorías de Oldsmobile (fabricación de automóviles), hubo que esperar a que Henry Ford lo llevase a cabo es sus fábricas, produciendo el célebre Modelo T (1913), para que se popularizase en el resto de las industrias.
Gracias a la producción en cadena, en el ámbito de la automoción, primero, y en gran parte de la producción industrial después, se pudieron reducir los precios de artículos que antes eran solo accesibles para las clases sociales altas. Ahora bien, no todo es positivo. Como se ha mencionado previamente, en cadena se puede producir más, más barato y con mayores beneficios, pero, como explica Karl Marx, esto también se traduce en una explotación de los trabajadores, ya que se incrementa la plusvalía, es decir, el beneficio que el capitalista obtiene gracias al trabajo del obrero. Y no solo eso. La producción en cadena entraña, además, numerosos puntos negativos. Si hablamos desde el punto de vista del trabajador, al término de la jornada laboral, este habrá hecho la misma acción una y otra vez, cual máquina. Esto nos hace reflexionar sobre la deshumanización que supone una forma de organización del trabajo que trata a los obreros como máquinas programadas para realizar una tarea cada vez más rápido y, lo que es peor, con cada vez menos incentivo, es decir, por cada vez menos salario.
A la postre, este proceso repetitivo lleva a que el obrero vea su trabajo como algo frustrante y cansino. Del mismo modo, el hecho de que el salario vaya en función de la cantidad de producción y no de lo bien producido que esté el producto, se traduce en una bajada de la calidad. Ni el trabajador es capaz de mantener un estándar de calidad elevado de su trabajo, debido a la velocidad de la cadena de producción, ni tampoco se encuentra motivado a ello.
En suma, la producción en cadena ha ayudado a alimentar nuestras ansias de consumo. Con ello, han aumentado las ventas de productos y, por ende, han aumentado los beneficios de los empresarios. Todo ello ha sido, sin embargo, a costa de los trabajadores. Estos cada vez se han visto más deshumanizados, convertidos en pseudomáquinas y rodeados de ellas, actuando como robots que realizan una tarea de forma iterada, sin importar cual sea, sin importar, ni siquiera, cuan bien realizada esté. No obstante, sería impensable una sociedad industrial como la nuestra sin la producción en cadena. Esto nos hace reflexionar sobre cuál será, por tanto, el devenir de la industria, cómo evolucionará la posición de los trabajadores en las fábricas. Seguramente evolucionaremos progresivamente hacia una industria totalmente automatizada en la cual los trabajadores abandonen sus puestos en favor de profesionales más cualificados, que ocupen las labores de control de los autómatas y de I+D, dejando atrás el modelo de producción en cadena y dando luz a un nuevo modo de producción.
Ignacio Tresguerres Álvarez