Después de una vida llena de altibajos y alegrías, llega la muerte, y tenemos la constante incertidumbre de si habrá o no vida después de ella. Existe una gran diferencia entre quienes viven una vida monótona, que se resume en acumular y acumular, y aquellos que viven con el continuo malestar de cuándo llegará y qué será lo siguiente.

La RAE ofrece unas cuantas definiciones de muerte, de las que me gustaría prestar atención a la segunda: “separación del cuerpo y el alma”. Parece que estas dos partes se separan, que el cuerpo acaba por irse, mientras que nuestra alma, llena de sabiduría y vivencias, perdura, al menos en la memoria de las personas que convivieron con nosotros. Por eso, yo creo que, una vez muertos, nuestra alma estará eternamente con nuestros seres más queridos, acompañándolos e incluso apoyándolos en un sentido espiritual; es decir, guiándolos y propiciándoles pequeñas señales. Otra pregunta que también me cuestiono muy a menudo es: ¿Qué pasaría si la inmortalidad finalmente se hiciese posible? Seguramente habría un cambio muy drástico en el mundo, y quizá también algunos negativos en aspectos como la economía o demografía. Significaría que hemos vencido a la muerte, cosa que hasta día de hoy no tiene remedio.

En definitiva, antes de pensar en la muerte, debemos vivir una vida que queramos recordar, pero que inevitablemente incluye la muerte. Durante la vida, deberemos tomar bastantes decisiones, como, por ejemplo, qué profesión elegir, a qué universidad ir, etc. Pero también habrá muchos momentos de alegría antes de que llegue la muerte, que será una nueva puerta hacia otra dimensión existencial.

Lourdes Alonso Hernández