Las expectativas condicionan la vida de todos, ya sea porque queremos satisfacer las de los demás, las propias, o porque esperamos de los demás que cumplan las nuestras. Por lo tanto, cada uno tiene las suyas y estas pueden ser más o menos realistas.
Desde que nacemos, nuestras familias y nuestro entorno tienen expectativas sobre lo que se espera de nosotros; en general, todas son positivas, como que crezcamos sanos. Pero, como muchas otras cosas en esta vida, esto no podemos controlarlo. A medida que vamos creciendo, queremos cumplir las expectativas de los demás, la familia, las amistades, los jefes… y esto se acentúa en la adolescencia. Y es durante la vida adulta cuando además queremos satisfacer nuestras propias expectativas y que los demás también lo hagan. Pero los ideales que existen en la mente de cada uno rara vez coinciden con la vida real. Las expectativas generan, así, infelicidad cuando no se cumplen.
Estamos en una de las épocas históricas con más casos de depresión y ansiedad, enfermedades que encabezan las listas de diagnósticos de trastornos mentales más comunes; y los que más frecuentemente padecen estas enfermedades son los adolescentes. Parece que somos más infelices que nunca. A pesar de los avances en concienciación por la salud mental, que seguramente puedan haber influido en la detección de casos, el estigma no desaparece, los casos están ahí, incrementándose en número, y sigue habiendo un gran porcentaje de gente que no busca solución a esa situación para no tener que dar explicaciones a la insatisfacción e infelicidad generalizada de nuestra sociedad.
Alba González Ginovart