Es duro echar la vista un año atrás. No considerábamos ni por asomo la remota posibilidad de que lo que pasó pudiera ocurrirnos en algún momento. Solíamos pensar: “no me va a tocar a mí”. Escuchamos desgracias ajenas constantemente: guerras, enfermedades, muertes o accidentes. Incluso vemos barcos plagados de inmigrantes llegar a nuestras costas, personas en un intento desesperado por salvar sus vidas. Aun así, pensábamos que a nosotros no nos iba a afectar nada de esto nunca; como si hubiéramos hecho algo para haber nacido con ese destino. Y, a pesar de todo lo que ha pasado este 2020, seguimos con la misma mentalidad.
¿De verdad alguien creía que después de esto y como por arte de magia, nuestra sociedad se iba a convertir en altruista y empática? Recuerdo oír muchos comentarios acerca del fin de la cuarentena en mayo, cuando había anuncios y campañas que aseguraban que sacaríamos algo positivo de todo esto; que nos convertiríamos, de una vez por todas, en ciudadanos responsables. Como ya se podía intuir, no eran más que palabras vacías.
Solo han hecho falta unos pocos meses para comprobarlo. Al cabo de dos semanas de “recuperar” la libertad, se nos olvidó por lo que habíamos pasado y volvimos a ser los de siempre, lo que causó las consecuencias que estamos viendo ahora mismo y que puede que nos lleven otra vez a un nuevo confinamiento. Ahora, llegarán el arrepentimiento y la pena, pero ya es demasiado tarde: vuelta a la caverna.
Carmen Bernardo Díez