La discriminación, al igual que la estupidez humana, está llegando a límites insospechados. Ahora me explico, pero antes pongo un ejemplo. Un adolescente ocioso, delante de un ordenador, escribe una frase profunda e intenta compartirla en las redes. Los comentarios que inmediatamente le llegan son, sobre todo, mofas y risas más cínicas de lo que podría ser cualquier sarcasmo mal intencionado.

Ya no se toma en serio a los jóvenes escritores que intentan crear. Se les llama retraídos sociales que solo saben victimizarse y, con tono burlesco, claro está, se les espeta el comentario que se puso de moda como insulto para la gente que vestía de negro: “¿Eres emo o qué?”. Parece una tontería, pero en realidad es mucho más grave. Es por cosas como esa que la poesía no ya sea el arte más destacado entre los jóvenes, pues al usar unos vocablos tan románticos y estilizados se les tacha de cursis.

Si te paras a pensar, la sociedad entera está en contra del pensamiento romántico. A la gente cuya vocación sea como la de los poetas de antaño, y que, como ellos, viva en el mundo de la pluma, del tintero y de la luz de una vela de grasa y aceite, se le niega o directamente se le quita todas las oportunidades. Donde antes te aplaudían por escribir unos versos que cautivasen a la gente, representando situaciones complicadas, pero cotidianas, ahora solo se te insulta y se te menosprecia. No es necesario ser un genio para darse cuenta de que la discriminación de cualquier grupo de gente con una vocación es mucho más que cotidiana. Basta con mirar las redes sociales y al momento te das cuenta. Fijémonos en Twitter. Fue una red social ideada para crear un entorno mucho más sano, en el que se pretendía evitar cualquier tipo de discriminación y, a su vez, evitar la censura. Pero ahora mismo ya no puedes escribir nada allí sin que el universo trol se desahogue contigo y tú termines por autocensurarte. El mundo está repleto de gente; y de la misma forma que hay gente genial, como son todas aquellas personas que contribuyen al desarrollo para la humanidad, también se puede encontrar mala gente.

Quizá haya que actualizar la frase: “Uno mismo es su peor enemigo”. Quizás ahora tendría que decirse: “Aquellos con los que te sientes tú mismo, son tus peores enemigos”. El mundo no es cruel, el ser humano es cruel.

Vladislav García Alonso