El desarrollo exponencial de la inteligencia artificial, también conocida como IA, ha sembrado tanto desagrado como ilusión en nuestra sociedad. Según va avanzando el tiempo, los dispositivos de IA aprenden y mejoran, ofreciendo más y más herramientas para nosotros. La ciencia ficción ha puesto la mirada en este tipo de tecnología desde hace tiempo, imaginando toda suerte de robots y androides, y presentándola como el origen de todo tipo de distopías. La gente de a pie simplemente se plantea cuál es el futuro de la IA. ¿Pero puede una máquina llegar a convertirse en una persona?

La aparente capacidad de razonar que muestra la IA ha generado esta cuestión. No solo pueden analizar, sino que también han alcanzado una habilidad comunicativa avanzada que nunca se había logrado, perdiendo esas pinceladas artificiales en sus respuestas. Algunos robots van adoptando cuerpos antropomorfos, adquiriendo piernas, brazos, cara, manos… Incluso pueden mostrar expresiones faciales o movimientos relacionados con las emociones. Con todo, se nos olvida una cosa: están programados para ello. Todas estas características que he mencionado no son improvisadas, sino planificadas. Hubo detrás una o varias mentes humanas que calcularon, diseñaron y facilitaron este avance. Todo está calculado, al contrario que en los humanos.

Y es que una gran característica que nos diferencia de las máquinas es la espontaneidad. No estamos pensados para reaccionar de una u otra manera según nos hablen. No estamos hechos para mostrar una faceta agradable y servicial, ignorando cómo nos traten. Por supuesto, tenemos unas pautas morales y sociales que seguimos, las cuales nos sirven de guía para saber qué es correcto y qué no. Pero no es la única opción; si alguien está lo suficientemente motivado para ignorarlas, lo va a hacer. Son pautas, no son instrucciones.

Incluso aunque siguiéramos pautas de conducta al pie de la letra, los sucesos a nuestro alrededor causan la gran segunda diferencia: las emociones. Sentimientos, impulsos, ilusiones, deseos que no tienen por qué ser éticos. Cualquier tipo de expresión artística que surja del dolor o de la pasión, de los sueños, de las metas… Nada de eso está preparado de antemano. Hasta podríamos incluir nuestras propias opiniones, que basamos en nuestras vivencias, ya que estas son cambiantes, irregulares y, a veces, contradictorias. La irracionalidad va de la mano de la espontaneidad, puesto que ni una ni otra están planificadas o pensadas para ser lógicas.

De todas formas, si planteamos una hipotética situación en la que las máquinas lograsen experimentar esto, seguirían sin ser personas. Simplemente se convertirían en seres vivos. No llegarían a ser de la misma especie, al igual que cualquier animal puede ser espontáneo o irracional y a su vez inteligente, pero no es necesariamente humano. Y es que los humanos somos el justo medio entre ambos puntos: espontaneidad y racionalidad. Si las máquinas desarrollaran esas características, no nos convertiríamos en lo mismo, sino en seres distintos que se pueden entender mutuamente.

Dana Álvarez Mayordomo