Nuestra sociedad actual es considerada justa, debido a que se rige por unas leyes que regulan los conflictos que surgen en ella y les dan solución. Pero lo cierto es que, más que una sociedad justa, podría decirse que es una sociedad clasista.
Las personas que se encargan de argumentar, en base a estas leyes, la inocencia de las personas son los abogados. Pero, como en toda profesión, hay excelentes abogados y otros no tan buenos. Si una persona posee el dinero suficiente para pagar a uno de estos magníficos abogados, tendrá una mayor probabilidad de que el conflicto en el que se haya se resuelva a su favor; mientras que, si no puede hacer frente a este gasto económico, el Estado le proporcionará gratuitamente un abogado de oficio que llevará su caso, junto con el de otras muchas personas, por obligación, lo que disminuirá notablemente su probabilidad de conseguir una solución favorable a sus intereses.
Este modelo de justicia viene dado por nuestra forma de gobierno. Si tomamos como base la concepción platónica de la justicia, podemos observar que, en realidad, nos encontramos en una oligarquía en la que gobiernan los ricos y codiciosos, aquellos con un poder económico suficiente como para pagar a unos buenos abogados. ¿No puede apreciarse esto en Estados Unidos con la resistencia de Donald Trump a desalojar la Casa Blanca? Ya en el siglo IV a. C. esta organización era considerada cercana a la injusticia, debido a que desemboca en corrupción. No hace falta que nos vayamos a otro país para encontrar un ejemplo.
Nuestra sociedad actual no es justa, sino beneficiosa para aquellos que poseen un amplio patrimonio y pueden incumplir las leyes siempre y cuando tengan dinero suficiente para pagar abogados que les saquen del apuro.
Ángel Álvarez Torollo