👓🧐❓❔Lee los textos y contesta lo que se pregunta
👉🏻 Las discusiones de la vida cotidiana son un claro ejemplo de textos argumentativos orales. Explica los tipos de argumentos y contraargumentos que utilizan los distintos personajes de este fragmento de La casa de Bernarda Alba, de F. García Lorca.
BERNARDA: ¿Pero has tenido valor de echarte polvos en la cara? ¿Has tenido valor de lavarte la cara el día de la misa de tu padre?
ANGUSTIAS: No era mi padre. El mío murió hace tiempo. ¿Es que ya no lo recuerda usted?
BERNARDA: ¡Más debes a este hombre, padre de tus hermanas, que al tuyo! Gracias a este hombre tienes colmada tu fortuna.
ANGUSTIAS: ¡Eso lo teníamos que ver!
BERNARDA: ¡Aunque fuera por decencia! ¡Por respeto!
ANGUSTIAS: Madre, déjeme usted salir.
BERNARDA: ¿Salir? Después que te hayas quitado esos polvos de la cara. ¡Suavona! ¡Yeyo! ¡Espejo de tus tías! (Le quita violentamente con su pañuelo los polvos) ¡Ahora vete!
LA PONCIA: ¡Bernarda, no seas tan inquisitiva!
BERNARDA: Aunque mi madre esté loca yo estoy con mis cinco sentidos y sé perfectamente lo que hago.
GARCÍA LORCA, Federico: «La casa de Bernarda Alba»
👉🏻 Señala la estructura y enuncia la tesis del siguiente texto, que formó parte de la prueba de LCL de la EBAU de julio de la Universidad de Oviedo del 2024
Esta columna no ha sido escrita por una inteligencia artificial
El último grito en inteligencia artificial es un asistente virtual –ChatGPT, se llama– que tiene al mundo entre atónito y aterrado. Atónito porque por primera vez una máquina da palique de un modo que pasa por humano y responde cabal, educada y rapidísimamente a preguntas variopintas con textos de sintaxis correcta (también en español). Aterrado porque el rango de cosas de que las que es capaz el artilugio induce la sospecha de que ninguna dedicación profesional está a salvo de sufrir en breve lo que los gurús denominan una disrupción (voz de impecable prosapia latina que el diccionario define como ‘rotura’ o ‘interrupción brusca’). Un nudo en la garganta se ha formado en los claustros universitarios, que dan por perdido el poco gusto que pudieran conservar los estudiantes por la escritura original. Amoscados andan también gremios cuyas profesiones solían considerarse «de futuro»: al parecer, ChatGPT teclea líneas de código tan bien como el mejor programador.
Para colmo, la ciudadela de la creación artística, que en las distopías de la novela futurista era el fortín irreductible de lo humano (cuando las máquinas hicieran todo por nosotros, siempre podríamos escandir versos o dibujar) se prepara asimismo para el asedio: la inteligencia artificial gana certámenes de arte y compone sonetos tolerablemente mediocres. La Gran fuga de Beethoven parece una frontera lejana, pero es posible que la musa que ha inspirado los ritmos y melodías de muchas canciones de moda sea ya un algoritmo.
Aguardábamos robots capaces de limpiar la atmósfera y el progreso nos regala un replicante con el que pegar la hebra. ¿Será un colaborador o un competidor? Nuestra relación con la técnica es ambigua. Depositamos en ella el anhelo de empujar los límites de las capacidades humanas, pero cada nueva transgresión prometeica nos hace temer la llegada de Pandora, que, al abrir su caja, «amargo regalo de todos los dioses», comenta Hesíodo, cubre la Tierra de males. El Génesis contiene una cautela parecida. El castigo divino, sin embargo, viene demorándose. Hasta hoy, las invenciones se domestican, la productividad aumenta y el bienestar material crece. Incluso Heidegger, el filósofo que más reservas emitió contra el señorío de las máquinas, terminó por instalar electricidad y modernas tuberías en su cabaña de la Selva Negra.
Lo que enseña la historia es esto: cuando aparece una herramienta nueva, pasa un tiempo hasta que entendemos su verdadera utilidad. Quien lo entiende antes es el que gana (y se hace rico). Otra enseñanza es que la comparación con los artefactos que creamos nos lleva a preguntarnos no solo qué es lo que nos hace humanos sino qué es lo que, como humanos, hacemos mejor que las máquinas. Hipótesis: hacemos y haremos mejor las muchas e importantes cosas que solo pueden hacerse –y decidirse– imperfectamente.
Juan Claudio de Ramón. El Mundo, 06-02-2023
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Septiembre
Este mes tiene su parte de verano y de otoño, de fervor y calma, de nostalgia y complicidad con el presente
A veces son muy peligrosos los días convencidos de sí mismos. Nadie va a discutir los atractivos del verano. Pero es todo un riesgo que la boca se nos llene de palabras hermosas, el buen tiempo se convierta en un laberinto de doctrinas y el calor se vuelva quemazón, las vacaciones colapso de turistas y la libertad de las carreteras en un interminable atasco. Las obras, las asignaturas suspendidas y las noches de insomnio en las ardientes ciudades vacías pueden ser también protagonistas del verano. Por otra parte, nadie debe negar los bellos placeres del otoño, una suave conciencia de que la vida pasa y la memoria forma parte de nosotros hasta llenar de buenos sentimientos los jardines, los armarios y los álbumes fotográficos. Pero las sedas del día no tardan en vestirse con tejidos ásperos, los despertadores muerden con sus colmillos laborales y los autobuses corren hacia el frío del invierno. Son peligrosas las verdades afables convertidas en dogmas.
El mes de septiembre es por esto un buen aliado en el calendario. Tiene su parte de verano y de otoño, de fervor y calma, de nostalgia y complicidad con el presente. Lo sabemos desde niños, cuando los buenos recuerdos se vestían de curso nuevo y las playas o las piscinas se transformaban en saludos amistosos ante las puertas del colegio. Un año más era una forma de ir haciéndonos mayores en el mejor sentido de la palabra. Septiembre invita a volver sin regresar del todo, contar las cosas que no han terminado de pasar, seguir con los viajes en el propio domicilio, volver al trabajo sin hundirse en la disciplina de las agendas y en las antipatías de las mesas acuciantes, unas profesionales de su propia rutina.
El mundo sólo entreabierto es aconsejable cuando nos dominan las costumbres que suelen abrirse del todo a los dogmas y la crispación. Ya sé que hay septiembres malos. Pero se trata de empezar con buena voluntad este curso nuevo.
LUIS GARCÍA MONTERO, El País, 02 SEPT 2024
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No sé lo que soy
La gran paradoja que vive el feminismo es que, tras 300 años impugnando la idea del género, ahora deba dedicarse a defender la existencia del sexo
Gracias al enorme impacto mediático de los Juegos Olímpicos, la gran confusión sobre sexo y género se ha hecho mundial. Aunque los humanos no somos caracoles, ahora ya no hay modo alguno de saber lo que es una mujer. Todo es duda y todo es sospecha, y la que quiera salir a reivindicarse como hembra humana será arrinconada a las filas del fascismo. Sobre lo que no hay ningún tipo de duda es sobre lo que es un hombre. No hay más que ver esas convenciones del poder donde todos los presentes van enfundados en trajes oscuros o repasar las listas de los más ricos para saber qué es un macho humano. En cambio, las mujeres, “la mujer”, no se sabe muy bien lo que es, no hay forma científica de averiguarlo. Así, sin más, hemos vuelto al mundo de lo indiferenciado, ahora por la vía de la reivindicación de la fluidez del género y la supuesta subversión que conlleva (y que seguro que acabará con la subida de los alquileres y la inflación). Donde sí saben lo que es una mujer es en Afganistán, Irak e Irán.
La gran paradoja que está viviendo hoy el feminismo es que después de 300 años impugnando la idea del género (esto es, que las mujeres somos humanamente distintas de los hombres y estamos determinadas a comportarnos y a tener ciertas características esenciales tales como la domesticidad, la sumisión, la fragilidad y la falta de dotes intelectuales o de capacidad para ser ciudadanas) ahora tenga que dedicarse a defender la existencia del sexo. Acusar al feminismo de la igualdad de ser biologicista es pura y simple difamación, dado que siempre ha defendido exactamente lo contrario: todas las pensadoras importantes han venido denunciando que las diferencias biológicas no justifican, ni de lejos, todo el entramado de discriminaciones, segregaciones y opresiones que nos han atenazado desde hace miles de años. Pero hoy la confusión y el pensamiento mágico se difunden sin freno porque nadie quiere arriesgarse a ser señalado como portador de alguna fobia, y negar la existencia de los sexos, algo tan descabellado como defender que la Tierra es plana, se ha convertido en lo más progresista que se puede hacer.
La verdad es que a muchas nada nos gustaría más que olvidarnos de la biología: ni fluctuaciones hormonales, ni reglas dolorosas, ni anemias, ni cáncer de mama, ni el dolor del parto, ni más osteoporosis y depresiones. Pero somos egoístas, nos dicen, excluyentes por querer patrimonializar el chollo de ser “mujer” y encima pretender saber lo que somos y quiénes somos. ¿Cómo nos atrevemos?
NAJAT EL HACHMI, El País, 06 SEPT 2024
