1️⃣ Lea este fragmento de «La busca» de Pío Baroja y conteste a las preguntas
Se acercaron los dos a la verja. Era aquello un cónclave de mendigos, un conciliábulo de Corte de los Milagros. Las mujeres ocupaban casi todo el patio; en un extremo, cerca de una capilla, se amontonaban los hombres; no se veían más que caras hinchadas, de estúpida apariencia; narices inflamadas y bocas torcidas; viejas gordas y pesadas como ballenas, melancólicas; viejezuelas esqueléticas, de boca hundida y nariz de ave rapaz; mendigas vergonzantes con la barba verrugosa, llena de pelos, y la mirada entre irónica y huraña; mujeres jóvenes, flacas y extenuadas, desmelenadas y negras; y todas, viejas y jóvenes, envueltas en trajes raídos, remendados, zurcidos, vueltos a remendar hasta no dejar una pulgada sin su remiendo. Los mantones, verdes, de color de aceituna, y el traje triste ciudadano, alternaban con los refajos de bayeta, amarillos y rojos, de las campesinas. […]
Para los golfos todo aquello no era más que un piadoso entretenimiento de las señoras devotas: hablaban de ellas con amable ironía.
No llegó a durar una hora la lección de doctrina.
Sonó una campana; se abrió la puerta de la verja; se disolvieron y confundieron los grupos; todo el mundo se puso de pie, y comenzaron a marcharse las mujeres con sus sillas, colocadas en equilibrio sobre la cabeza, gritando, empujándose violentamente unas a otras; dos o tres vendedoras pregonaron su mercancía mientras salía aquella muchedumbre de andrajosos apretándose, chillando, como si escaparan de algún peligro. Unas viejas corrían pesadamente por la carretera; otras se ponían a orinar acurrucadas, y todas vociferaban y sentían la necesidad de insultar a las señoras de la Doctrina, como si instintivamente adivinasen lo inútil de un simulacro de caridad, que no remediaba nada. No se oían más que protestas y manifestaciones de odio y desprecio.
—¡Moler! Con las mujeres de Dios…
—Ahora quien que se confiese una.
—Esas tías borrachas.
—¡Anda que confiesen ellas y la maire que las ha parío!
—Que las den morcilla a todas.
Después de las mujeres salían los hombres, los ciegos, los tullidos y los mancos, sin apresurarse, hablando con gravedad.
—¡Pues no quien que me case! —murmuraba un ciego, sarcásticamente, dirigiéndose a un cojo.
—Y tú ¿qué dices? —le preguntaba éste.
—¿ Yo? ¡Que naranjas de la China! Que se casen ellas si tien con quién. Vienen aquí amolando con rezos y oraciones. Aquí no hacen falta oraciones, sino jierro, mucho jierro.
—Claro, hombre… parné, eso es lo que hace falta.
—Y todo lo demás… leñe y jarabe de pico…; porque pa dar consejos toos semos buenos; pero en tocante al manró, ni las gracias.
—Me parece.
Pío Baroja: La busca
- En La busca, Pío Baroia describe el mundo sórdido de los suburbios madrileños. En el texto se recoge el ambiente de la Doctrina, un lugar donde se reúnen los mendigos para recibir ayuda material y adoctrinamiento religioso por parte de adineradas mujeres devotas. Comente la descripción que se hace en la primera parte del texto.
- ¿Qué visión se ofrece de la caridad como remedio a los males sociales?
- En las novelas de Baroja se percibe en diversas ocasiones la presencia del autor. Observe y señale cómo se advierte aquí, precisamente cuando se quiere hacer un juicio de la caridad.
- Pío Baroja tiene una notable capacidad para plasmar en las novelas los vivos diálogos de los personajes. Comente el que cierra el texto y atiende especialmente al lenguaje empleado.
2️⃣ Lea este fragmento de «El árbol de la ciencia» de Pío Baroja y conteste a las preguntas
A los pocos días de recibir el nombramiento de médico de higiene y de comenzar a desempeñar el cargo, Andrés comprendió que no era para él.
Su instinto antisocial se iba aumentando, se iba convirtiendo en odio contra el rico, sin tener simpatía por el pobre.
— ¡Yo que siento este desprecio por la sociedad —se decía a sí mismo—, teniendo que reconocer y dar patentes a las prostitutas! ¡Yo que me alegraría que cada una de ellas llevara una toxina que envenenara a doscientos hijos de familia!
Andrés se quedó en el destino, en parte por curiosidad, en parte también para que el que se lo había dado no le considerara como un fatuo.
El tener que vivir en este ambiente le hacía daño.
Ya no había en su vida nada sonriente, nada amable; se encontraba como un hombre desnudo que tuviera que andar atravesando zarzas. Los dos polos de su alma eran un estado de amargura, de sequedad, de acritud, y un sentimiento de depresión y de tristeza.
La irritación le hacía ser en sus palabras violento y brutal. Muchas veces a alguna mujer que iba al Registro la decía:
—¿Estás enferma?
—Sí.
—¿Tú qué quieres, ir al hospital o quedarte libre?
—Yo prefiero quedarme libre.
—Bueno. Haz lo que quieras; por mí puedes envenenar medio mundo; me tiene sin cuidado.
En ocasiones, al ver estas busconas que venían escoltadas por algún guardia, riendo, las increpaba:
—No tenéis odio siquiera. Tened odio; al menos viviréis más tranquilas.
Las mujeres le miraban con asombro. “Odio, ¿por qué?”, se preguntaría alguna de ellas. Como decía Iturrioz, la naturaleza era muy sabia; hacía el esclavo, y le daba el espíritu de la esclavitud; hacía la prostituta, y le daba el espíritu de la prostitución.
Este triste proletariado de la vida sexual tenía su honor de cuerpo. Quizá lo tienen también en la oscuridad de lo inconsciente las abejas obreras y los pulgones que sirven de vacas a las hormigas.
De la conversación con aquellas mujeres sacaba Andrés cosas extrañas.
Entre los dueños de las casas de lenocinio había personas decentes: un cura tenía dos, y las explotaba con una ciencia evangélica completa. ¡Qué labor más católica, más conservadora podía haber que dirigir una casa de prostitución!
Solamente teniendo al mismo tiempo una plaza de toros y una casa de préstamos podía concebirse algo más perfecto.
De aquellas mujeres, las libres iban al Registro, otras se sometían al reconocimiento en sus casas.
Andrés tuvo que ir varias veces a hacer estas visitas domiciliarias.
En alguna de aquellas casas de prostitución distinguidas encontraba señoritos de la alta sociedad, y era un contraste interesante ver estas mujeres de cara cansada, llena de polvos de arroz, pintadas, dando muestras de una alegría ficticia, al lado de gomosos fuertes, de vida higiénica, rojos, membrudos por el deporte.
Espectador de la iniquidad social, Andrés reflexionaba acerca de los mecanismos que van produciendo esas lacras: el presidio, la miseria, la prostitución.
«La verdad es que si el pueblo lo comprendiese —pensaba Hurtado—, se mataría por intentar una revolución social, aunque ésta no sea más que una utopía, un sueño».
Andrés creía ver en Madrid la evolución progresiva de la gente rica que iba hermoseándose, fortificándose, convirtiéndose en casta; mientras el pueblo evolucionaba a la inversa, debilitándose, degenerando cada vez más.
Estas dos evoluciones paralelas eran sin duda biológicas; el pueblo no llevaba camino de cortar los jarretes de la burguesía, e incapaz de lucha, iba cayendo en el surco.
Los síntomas de la derrota se revelaban en todo. En Madrid, la talla de los jóvenes pobres y mal alimentados que vivían en tabucos era ostensiblemente más pequeña que la de los muchachos ricos, de familias acomodadas que habitaban en pisos exteriores.
La inteligencia, la fuerza física, eran también menores entre la gente del pueblo que en la clase adinerada. La casta burguesa se iba preparando para someter a la casta pobre y hacerla su esclava.
Pío Baroja: El árbol de la ciencia
- En El árbol de la ciencia, Pío Baroja nos cuenta la vida de Andrés Hurtado, quien, tras ejercer de médico en un pueblo, regresa a Madrid, donde durante un tiempo trabaja, como médico de Higiene, atendiendo a las prostitutas. Esta última experiencia es descrita en el texto seleccionado. Analice los rasgos más destacados de la personalidad del protagonista.
- En un momento determinado Andrés recuerda a su tío Iturrioz y expone su filosofía social. ¿Cuál es?
- No obstante, al final del texto Andrés reflexiona sobre la sociedad y trata de explicar su funcionamiento en términos de lucha de clases. Analice esta visión del mundo y relaciona todo con la ideología de Baroja.
- El anticlericalismo, perceptible también en el texto de La busca, se puede observar aquí. Señale dónde se muestra..
3️⃣ Lea este fragmento de «San Manuel Bueno, mártir» de Miguel de Unamuno y conteste a las preguntas
Y en aquel momento pasó por la calle Blasillo el bobo, clamando su:
«¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?». Y Lázaro se estremeció creyendo oír la voz de don Manuel, acaso la de Nuestro Señor Jesucristo.
-Entonces -prosiguió mi hermano- comprendí sus móviles, y con esto comprendí su santidad; porque es un santo, hermana, todo un santo. […] Y no me olvidaré jamás del día en que diciéndole yo: «Pero, don Manuel, la verdad, la verdad ante todo», él, temblando, me susurró al oído —y eso que estábamos solos en medio del campo-: «¿La verdad? La verdad, Lázaro, es acaso algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la gente sencilla no podría vivir con ella». «¿Y por qué me la deja entrever ahora aquí, como en confesión?», le dije. Y él: «Porque si no, me atormentaría tanto, tanto, que acabaría gritándola en medio de la plaza, y eso jamás, jamás, jamás. Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerles felices, para hacerles que se sueñen inmortales y no para matarles. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían. Que vivan. Y esto hace la Iglesia, hacerles vivir.
Miguel de Unamuno: San Manuel Bueno, mártir
- Resuma brevemente el contenido y señala el tema de este fragmento.
- ¿Cuál es el «secreto» de don Manuel?¿Por qué es un santo?
- Explique cómo funcionan y los distintos matices que presentan la figura del narrador y el punto de vista narrativo en este fragmento de San Manuel Bueno, mártir
- Unamuno definió sus novelas como novelas «vivíparas», como novelas de ideas. ¿Cuáles son las ideas de Unamuno en este fragmento?
4️⃣ Lea este fragmento de «AMDG» de Ramón Pérez de Ayala y conteste a las preguntas
Dos eran las cosas que Mur abominaba sobre toda ponderación; la primera, que yendo en filas, como siempre iban las divisiones al trasladarse de un punto á otro del colegio, se tararease por lo bajo; la segunda, que en caso de acometer al alumno, en las altas horas de la noche, una necesidad, aun siendo acosadora é inaplazable, se satisficiera haciendo uso del bacín que para casos de menor entidad había en la mesilla de noche. Es decir, que Mur se había propuesto luchar con dos fuerzas naturales. Una, porque estando los alumnos en punto de crecimiento y con gran remanente de actividad que no hallaba medio fácil de explayarse, la energía les rezumaba por todas partes y en toda ocasión, siendo la forma preferente el canturreo en que, á compás del paso en las filas, incurrían sin darse cuenta y á pesar de los castigos. La segunda, porque permaneciendo cerrados por de fuera en sus camaranchones durante la noche, y no acudiendo el sereno á los toques por hallarse monolíticamente dormido, no les quedaba otro recurso decoroso á los alumnos, caso de apretarles la urgencia, que aprovechar el único recipiente idóneo que á mano tenían. Mas, por lo mismo que era físicamente imposible corregir uno y otro fenómeno, Mur exteriorizaba particular enojo ante su frecuencia, y era que ello le daba pie para imponer penas y para imaginar los más absurdos procedimientos de tortura, con lo cual se refocilaba tan por entero que le salían á la cara las señales del goce entrañable y cruel que esto le traía.
Era cosa de verle ante el niño penado, cuando le hacía sustentarse en posturas forzadas é inverosímiles, durante minutos eternos. Su fría carátula tomaba calor de vida, los labios se aflojaban, la nariz trepidaba y la siniestra verruga se henchía de sangre, se esponjaba, lograba expresión.
Su indiferencia aparente era tanta que desconcertaba á los alumnos. Caminaba entre las filas como absorto en sus propias cavilaciones. Un niño, creyéndole ausente de las cosas externas, se volvía para decir cualquiera paparrucha á un amigacho; no había pronunciado tres palabras, y ya tenía sobre la mejilla la mano huesuda de Mur, impuesta en el tierno rostro con la mayor violencia. Era especialista en los pellizcos retorcidos, que propinaba con punzante sutileza, poniendo los ojos en blanco y sorbiendo entre los apretados dientes el aire, cual si le transiera un goce venusto. En el castigo de la pared, el más benigno y corriente, Mur lograba poner un matiz propio. La pena consistía en estar cara al muro y espalda á los juegos, diez ó quince minutos, durante la recreación. Mur se encaraba con el reo, engarabitaba los dedos y los iba plegando sucesivamente, trazando esa seña que en la mímica familiar expresa el hecho de hurtar alguna cosa; al mismo tiempo decía: Apropíncuale, con lentitud, mordisqueando las letras como si fueran un retoñuelo de menta ó algo que le proporcionara frescura y regalo. Y estando ya el niño de cara á la pared, le aplicaba un coscorrón en el colodrillo, de tal traza, que las narices del infeliz chocaban despiadadamente contra el muro.
Ramón Pérez de Ayala: AMDG
- Resuma brevemente el contenido y señale el tema de este fragmento.
- Identifique el tema del fragmento en relación con el de la obra.
- ¿Por qué dos cosas castigaba Mur a los alumnos?