Según la tradición, debemos a Rómulo, el fundador legendario de Roma, la división del año en 10 meses, unos de 31 días y otros de 29, siguiendo un calendario lunar. Comenzaba en primavera (marzo) y finalizaba en invierno.

Estos meses eran: Martius, Aprilis, Maius, Iunius, Quintilis, Sextilis, September, October, November y December. Los cuatro primeros debían su nombre a las divinidades a las que estaban consagrados, mientras que el resto obedecían al orden que ocupaban en el año.

Al rey Numa Pompilio se le atribuyen la adición de dos meses más al final del año, Ianuaius y Februarius, así como el establecimiento de los días fastos y nefastos. El mes de enero estaba dedicado a Jano, de ahí su nombre, mientras que febrero lo recibe de februa, ceremonias de purificación que tenían lugar en ese mes.

De la suma de los días de los 12 meses del rey Numa resultaba un año de 355 días, por lo que había un desfase de 10 días entre el año lunar y el solar. Este desfase con el paso del tiempo hizo que las estaciones no coincidieran con el mes que se había asignado en origen y, puesto que el calendario romano estaba muy vinculado con las cosechas y las actividades agrícolas, recurrieron a la adición de 22 o 23 días en el llamado mes intercalar, tras las festividades de Terminalia en el mes de febrero, que trataban de adecuar la fecha con la estación. Lógicamente este sistema era un poco lioso, cuando menos.

Así Julio César, pontífice máximo en el año 45 a.C., encargó a Sosígenes de Alejandría, filósofo y astrónomo griego, que reformara el calendario de forma que se consiguiera un cálculo del tiempo más acorde con las estaciones. Sosígenes estableció un año solar, calculando la revolución solar en 365 días y un cuarto, un cálculo con un margen de error muy pequeño. Este calendario, que fue llamado juliano en honor a Julio César, intercalaba cada 4 años un día más en el mes de febrero, el más corto, para tratar de reajustar el desfase de un cuarto de día que sobraba cada año. También en honor a Julio César se cambió el nombre al mes Quintilis, que pasó a llamarse Iulius.

Tras la reforma de Julio César los meses pasaron a tener 31 días (enero, marzo, mayo, julio, agosto, octubre y diciembre), 30 (abril, junio, septiembre y noviembre) y febrero se quedó con 28.

Por otro lado, los romanos no contaban los días del mes como nosotros, numerándolos, sino que tenían tres fechas fijas en cada mes y el resto de los días los nombraban por los días que faltaban para la fecha fija siguiente.

Estas fechas fijas eran las Kalendae, siempre el primer día de cada mes; las Nonae, el día 5 de los meses de enero, febrero, abril, junio, agosto, septiembre, noviembre y diciembre y el día 7 de los meses de marzo, mayo, julio y octubre; y las Idus, que caían ocho días después de las Nonae, es decir, el 13 de enero, febrero, abril, junio agosto, septiembre, noviembre y diciembre, y el 15 de marzo, mayo, julio y octubre.

De este modo, el día 31 de enero era el pridie Kalendas Februarias, el 28 de agosto el dies quintus ante Kalendas Septembras, el 5 de marzo sería el tertius ante Nonas Martias, etc.

Cada cuatro años añadían tras el 23 de febrero (sextus ante Kalendas Martias) un día,llamado bis sextus, es decir, repetían el día sexto antes de las kalendas de marzo (23 de febrero), de ahí nuestro año bisiesto (con dos días sextos antes de las kalendas de marzo).

El calendario juliano estuvo en vigor en Occidente y en la Iglesia católica hasta la reforma promovida por el papa Gregorio XIII en 1582, también para eliminar el desfase de 10 días que se había acumulado a lo largo de los siglos que habían llevado a que la Pascua, que desde el concilio de Nicea debía celebrarse en el primer plenilunio tras el equinoccio de primavera (21 de marzo), acabara fechándose antes de esta fecha. Se trataba de adecuar el calendario litúrgico y “sincronizar” también el año civil. Pero no todos los países lo adoptaron inmediatamente, por ejemplo, Gran Bretaña y las colonias americanas no lo hicieron hasta mediados del siglo XVIII.