No cabe duda de que son numerosas los libros que recrean el mundo clásico, lo divulgan o se inspiran en él.
Hoy quiero recomendar una novela estupenda que nos transporta a la época y la vida de un personaje tan fascinante como Arquímedes, a quien le debemos tantos conocimientos: El contador de arena, de Gillian Bradshaw.

Con una sed insaciable por aprender, experimentar, cuantificar y medir, Arquímedes creó nuevas formas para expresar grandes cantidades, pues los griegos, con su limitado sistema de notación numérica, no podían imaginar cómo podría expresarse, por ejemplo, cuánta arena había en un desierto. Ideó una fórmula para calcular los granos de arena que cabrían en el universo, pues en un espacio finito no puede caber algo infinito.
Quizá la anécdota por la que más se recuerda a Arquímedes es por haber salido corriendo desnudo y mojado por las calles de Siracusa gritando «¡Eureka!» («¡Lo encontré!») y el principio que todos hemos estudiado alguna vez, el principio de Arquímedes o empuje hidrostático, pero este sabio tenía numerosos intereses y nos dejó inventos que aún hoy en día se siguen usando.
Murió durante el sitio de Siracusa, en la segunda Guerra Púnica. Pese a tener orden de respetar la vida de Arquímedes, un soldado romano lo mató. Los relatos difieren en el motivo, por impaciencia o por ignorancia del soldado, pero coinciden en que Arquímedes estaba enfrascado en la resolución de un problema matemático.
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