«Un anillo para gobernarlos a todos…»

Estos seis minutos del inicio de la película nos ponen en el antecedente de que vamos a asistir a algo épico, tanto desde el punto de vista del espectáculo cinematográfico como desde el punto de vista de los personajes.

En tan breve espacio de tiempo, la voz narradora nos cuenta cual es el origen del anillo que da nombre a una de las trilogías más increíbles de todos los tiempos. Nos encontramos con una narración extradiegética que no participa, en absoluto, en la historia que se cuenta. Es una narradora impersonal. Desde una pantalla totalmente en negro, la narradora comienza a contarnos cuál es el origen de los anillos y quiénes eran sus destinatarios, así como el mayor de los secretos, el anillo único, que tiene poder sobre el resto y se crea con el fin de dominarlos a todos desde el mal. Se nos cuenta cómo los hombres libres se enfrentan a los ejércitos de la oscuridad en una batalla increíble y cómo la conducta humana hace que el anillo no sea destruido; se nos dice lo que ocurre hasta que el anillo llega a Bilbo Bolson quien lo dará al verdadero protagonista de la historia, su sobrino Frodo.

Pero, con su maestría, la voz narradora va despertando en el público toda una serie de emociones y sentimientos. Desde una simple descripción de lo que ocurre, demostrando su pesar cuando la conducta humana actúa como suele ser normal, hasta un canto épico cuando las cosas van bien para los humanos. Consigue hacernos participes a todos de lo que va a ocurrir y de lo que nos está contando. Nos introduce en una historia en la que va a haber de todo: amor, traición, codicia… y la mayoría de los sentimientos que encontramos en la gente cuando quiere algo por encima de todo.

Consigue, en definitiva, que nos pongamos en la piel del hobbit, no de los codiciosos, ni de los traidores, ni de los tiranos, sino en el lugar de un pequeño hobbit al que el anillo le queda demasiado grande.

Alejandro Menéndez Cidón