«La justicia nos la hará Don Corleone…»
Es la escena inicial de una de las obras maestras del cine de todos los tiempos: El padrino (1972), de Francis Ford Coppola. Se cuenta la historia de la familia Corleone. Un Marlon Brando espectacular es Vito Corleone, el líder de una de las familias mafiosas sicilianas más poderosas de Nueva York. Nos encontramos con un mafioso que obtiene dinero del juego, de la prostitución y de muchos negocios ilegales, pero que quiere respeto y lealtad; un respeto que roza la sumisión. Bajo el disfraz de buenas palabras, como amistad o familia, en todo momento se ve, se siente quién tiene el mando de la situación.
En esta escena se determina la existencia de dos mundos: el de la mafia (Don Corleone) y el de América (jueces y policías), que son incompatibles. La comunidad ítalo-americana tiene sus propias reglas, sus costumbres. Y el Padrino, como un Dios incontestable, por encima del bien y del mal, protege esa comunidad.
El ambiente es oscuro, opresivo, lúgubre, con muy poca luz. Eso nos da una idea de los asuntos que se tratan en ese despacho. Lo que ocurre en ese despacho es algo que queda en ese despacho. Se usan primeros planos de Bonasera (el que pide “justicia”), y la cámara se aleja hasta llegar a un plano medio que lo hace más pequeño. A continuación, aparece Vito Corleone, en un primer plano, que acaba convirtiéndose en un plano medio que consigue engrandecer su figura como Padrino. Finalmente, se concluye la secuencia con un plano general, para mostrar al resto de personajes que están en la sala y que no tienen el mínimo poder, estando presente el Padrino.
Alejandro Menéndez Cidón