La fidelidad es un valor moral que faculta al ser humano para cumplir con los pactos y compromisos adquiridos. Es decir, podemos considerarla como la actitud de no traicionar o engañar.
La especie humana no es biológicamente fiel. Sin embargo, la fidelidad pertenece a una de esas muchas convicciones sociales -necesarias o no- que no suelen llegar a cuestionarse, pues las adoptamos sin ni siquiera pensar en su propia validez. Es en este momento cuando nos llegamos a plantear un sinfín de cuestiones que ponen en tela de juicio el sentido de la fidelidad en una pareja. Si se ama a una persona, ¿es la fidelidad un sentimiento natural que nace en el enamorado o una especie de principio básico de una relación que debemos cumplir? ¿Ser fiel significa pertenecer a alguien? Según se esboza este asunto, aparecen ante nosotros retales de conductas tóxicas, inseguras u obsesivas, por el hecho de que se considera el amor verdadero como algo exclusivo en el ámbito sexual y amoroso.
La fidelidad, en realidad, es un requerimiento impuesto desde la Antigüedad por la religión y que ha acabado por asentarse en nuestra vida. Muchos, con fines conservadores, sostienen la formación de una familia como uno de los argumentos más sólidos que defiende esta actitud. Para analizar mejor su veracidad, vamos a tomar un ejemplo práctico: tu pareja te “engaña”. ¿Qué es lo que realmente te causa ese dolor? ¿Sientes que te han quitado algo que te pertenecía? ¿Sientes que te rechazan porque no vales lo suficiente? Sufres por no poder controlar lo que esa persona quiere, siente o hace.
Es entonces cuando realmente somos conscientes de que son nuestras inseguridades las que nos conducen a actitudes dañinas, como el sentimiento de posesión por alguien. Cada persona es quien debe valorar si otra u otras satisfacen completamente sus necesidades emocionales y, si no fuese así, actuar en consecuencia. Una relación sana se basa en la plena confianza, en actuar libremente conforme a nuestros sentimientos, sin imposiciones. Y es que, por mucho que no se quiera admitir, la fidelidad ata a las personas a causa del miedo a que sus parejas conozcan a otras por las que los cambien y se vayan de su lado.
Tampoco podemos echar por tierra todos los aspectos en los que se fundamenta la fidelidad, pues convertiríamos nuestras relaciones en anarquías emocionales. Se deben basar en la libertad, pero siempre hasta ciertos límites que cada uno establecerá conforme a sus ideas. Por lo tanto, toda concepción es válida siempre que esté de acuerdo con la propia identidad de la persona y no de cómo la sociedad intente colonizar su mente, adoctrinando su forma de relacionarse. Lo más lógico sería evolucionar, derribar esa concepción tan pura y dogmática, transformándola en una idea mucho más flexible.
En conclusión, el concepto de fidelidad en una pareja que conocemos hasta ahora se está quedando cada día más obsoleto, pues es fruto de influencias religiosas que calman nuestros mayores temores, impidiéndonos superarlos, aceptarlos y crecer como personas. Debemos cuestionarnos y reflexionar sobre si la fidelidad es compatible con amar sin prejuicios y sin apegos. Sin embargo, es mucho más sencillo para nosotros aceptar esta mentalidad para, así, no enfrentarnos a lo que verdaderamente es necesario confrontar.
Álvaro Lerones Eguren