¿Pero a alguien le puede gustar el trabajo o alguien puede trabajar por gusto? El trabajo es un fleco del eterno problema de la teodicea: la necesidad del mal. La propia etimología de la palabra “trabajo” nos da una pista de esto. “Trabajo” proviene del latín, “tripalium”, los tres postes a los que se sujetaba al esclavo para torturarlo. ¿Habrá imagen más reveladora?

Personalmente, disiento de Lessing y de su alma de viejo teólogo protestante, quien decía que el divertirse es tan necesario como el trabajar; y de Gorki y su idea estajanovista de que el trabajo puede ser un placer. ¡Qué confusión! Está claro que el trabajo es una necesidad, pero el divertirse sólo es una posibilidad. Para los comunes mortales, es imposible vivir sin trabajar, pero siempre ha sido posible vivir sin divertirse. El trabajo es un deber, no un placer. Los deberes se cumplen, los placeres se disfrutan. Los deberes se cumplen, aunque no se disfrute. Los placeres y la diversión se disfrutan, aunque no se deba. El cumplir un deber es una obligación. El disfrutar y el divertirse son un gusto, una opción. Con fuerza de voluntad cumplimos deberes y nos abstenemos de placeres. El deber exige sacrificio y el placer no. Tan irónico es decir que uno se sacrifica divirtiéndose como decir que uno se divierte sacrificándose. Un deber sin sacrificio no es un auténtico deber y un placer con sacrificio ya no es tanto placer ni tan divertido. En definitiva, ni el trabajo es un gusto, salvo perversiones, ni el placer o la diversión un trabajo, salvo disonancias cognitivas de a quien no le queda más remedio.

Mario Francisco Villa