La frustración puede definirse como el sentimiento que se produce cuando una persona no logra alcanzar sus objetivos o deseos. Es un sentimiento muy común en nuestro planeta y probablemente todos alguna vez hayamos tenido la deplorable oportunidad de experimentarlo alguna vez. ¿Pero es tan negativa la frustración? ¿Qué sería del mundo sin ella?
La frustración también puede ayudarnos a motivarnos a alcanzar nuestros objetivos. Cuando nos frustramos, ponemos más empeño en nuestra tarea y esto nos puede acercar a nuestra meta. Según esta lógica, la frustración nos estaría ayudando, pero resulta que no todos reaccionamos así. Para que la frustración nos impulse, necesitamos saber gestionarla y, como no todos gozamos de ese privilegio, normalmente la frustración nos aleja de nuestro propósito y nos arrastra a la procrastinación. La reacción común ante una frustración continuada es la ira. Nuestras relaciones con las personas se hacen más bruscas y agresivas; somos mucho más impacientes e incapaces de interactuar adecuadamente con los demás. En todo caso, bien llevada, la frustración nos puede ayudar a desarrollar habilidades de afrontamiento y resiliencia. Gracias a ella, podemos aprender a manejar mejor nuestras emociones negativas y encontrar soluciones para ellas.
En definitiva, un mundo sin frustración sería muchísimo más pacífico, la felicidad aumentaría evidentemente y no nos bloquearíamos tanto a la hora de llevar a cabo nuestros planes. Pero la frustración también tiene su pequeña parte beneficiosa: sin ella, quizás no aprenderíamos nunca a gestionar bien nuestras emociones, o se nos complicaría encontrar soluciones a los conflictos que estas nos plateasen.
José Antonio Álvarez Fernández