Hoy, uno de diciembre, se conmemora el Día mundial de la lucha contra el SIDA. El SIDA, una enfermedad que ataca al sistema inmunológico y le impide luchar contra las infecciones, conmocionó a la sociedad de los años 80 del siglo pasado, ya que contraerla suponía una muerte segura. Personas muy famosas fallecieron por su causa, entre otros el escritor de ciencia ficción Isaac Asimov, el bailarín Rudolf Nureyev, el filósofo e historiador Michel Foucault, el primer tenista negro en ganar Wimbledon Arthur Ashe, el actor Rock Hudson y el cantante y compositor Freddie Mercury, del que la semana pasada conmemoramos los 25 años de su fallecimiento.

Mercury, cantante y líder del grupo británico Queen, fue el compositor, coautor e intéprete de canciones que ya nos pertenecen a todos y se han convertido en auténticos himnos: We will rock you, We are the champions, Under pressure, I want to break free… y por supuesto, Bohemian rhapsody, una de las mejores canciones de la música pop rock.

Aunque se publicó en octubre de 1975 Mercury llevaba trabajando desde 1968 en una obra cuyo primer nombre fue Cowboy song. No había una partitura completa, solo pequeños trozos de papel en los que Mercury anotaba las ideas musicales y estrofas a medida que se le iban ocurriendo. Hace unos días en las clases de 2º de ESO comentábamos que, salvando las distancias, de haberse escrito durante el Renacimiento español Bohemian rhapsody bien pudiera ser una ensalada o de haber sido compuesta durante el Romanticismo hubiera sido… una rapsodia. ¿Por qué? Por su mezcla de estilos y la carencia de estribillos, ya que consta de seis secciones claramente diferenciadas: una introducción a capella, una balada, un solo de guitarra, una parte operística, un enérgico tempo de rock y por último una balada a modo de coda para remarcar la sensación de final.

Era una canción compleja que, en principio, parecía abocada al fracaso. Carecía de estribillo, una de sus partes era operística y, además, duraba seis minutos. Demasiado tiempo para que el oyente centrara su atención. Las discográficas británica y estadounidense intentaron que se eliminara alguna de las partes pero, afortunadamente, el grupo se negó, ya que de hacerlo la obra perdería su sentido. En palabras de Roger Taylor tanto la compañía británica como la americana intentaron cortar la canción, dijeron que era demasiado larga y que no funcionaría. Pensamos: bien, podríamos hacerlo, pero no tendría ningún sentido, no tiene mucho sentido ahora e incluso tendría menos sentido entonces: te perderías todos los cambios de sensaciones. Así que dijimos no. Puede que funcione o puede que no. ¿El resultado? Nueve semanas consecutivas como número uno en el Reino Unido. Tras la muerte de Mercury la canción volvió a ser número uno en todo el mundo apoyado por el gran éxito de la divertida película El mundo de Wayne.

La grabación fue muy dificultosa. ¿Sabías que solo para grabar la parte de ópera tardaron ni más ni menos que tres semanas? Para conseguir esa sonoridad tan peculiar hubo que grabar y doblar las voces una y otra vez (se calcula que suenan unas 150 voces) hasta el punto de que las cintas magnéticas quedaron prácticamente transparentes. Recordad que a mediados de los setenta las grabaciones eran analógicas, no digitales, por lo que el desagaste de los soportes era inevitable.

Precisamente esa dificultad de la parte operística les llevó a elaborar un vídeo promocional para poder salir en el programa musical británico Top of the pops. El vídeo, que tuvo un coste de casi 5000 libras, se convirtió en toda una referencia. A partir de su emisión en el Reino Unido la presentación de los singles comenzó a hacerse mediante videoclips, algo que hoy vemos imprescindible. Seis años después, en 1981, nació la cadena estadounidense de televisión por cable MTV, que basó su oferta musical en la emisión de videoclips.

Ahora os dejamos con un magnífico documental realizado por la BBC en la que nos cuentan todo el proceso e historia de la canción.