Hoy en día estamos acostumbrados a ver vidas en principio perfectas o al menos esa es la impresión que quieren dar. No halo sólo de personas con un nivel económico alto, sino también de personas de nuestro ambiente cercano. La apariencia manda. Hemos entrado en un círculo vicioso en el que todo el mundo quiere aparentar ser feliz y tener éxito, así que lo único que se ve por todas partes es gente feliz. Eso nos hace creer que todo lo que no sea así es un fracaso y no merece la pena.

El problema reside en que nosotros mismos, gente de a pie, intentamos aparentar esa vida. Si alguien famoso pone su éxito en las redes, nos parece normal. Pero, si mi vecino, mi amigo de toda la vida o mi compañero de equipo, tienen esa vida maravillosa, entonces nos afecta, aunque nos digamos que es pura apariencia.

Mi solución para este problema es igual de imposible que de efectiva. Consiste en cambiar por completo la esencia de las redes, sobre todo Instagram. El cambio no estribaría en las plataformas, sino en nuestra forma de utilizarlas. Algunos “influencers” están dando a entender que la vida que esa vida, en principio, tan perfecta tiene en realidad muchos inconvenientes, sobre todo a nivel de salud mental. Hasta a ellos caen víctimas de esa necesidad de parecer perfectos y se ven afectados por ella. Y si a ellos, con los medios de los que disponen, les perjudica, para una persona normal será mucho peor.

En fin, esta sociedad se halla llena de toxicidad. Todo el mundo quiere tener un cuerpo perfecto, una cara perfecta, una vida perfecta. Intentamos tener contento a todo el mundo, algo que es imposible, y las redes se convierten en un arma de doble filo. Nos acercan al resto del mundo y nos dan una vía de información espectacular. Pero, por naturaleza, el ser humano no está preparado para una exposición tan extrema y muchas veces el querer ser perfecto y gustar a todo el mundo aviva la gran pandemia del siglo XXI, las enfermedades mentales, de las que no sabemos tanto.

Pelayo Fernández Rodríguez