CULTURA ASTURIANA

LNE: exposición “Camino Primitivo. Oviedo”, hasta 10 diciembre

LA NUEVA ESPAÑA inaugura una gran exposición que explica el nacimiento, en la capital asturiana y por iniciativa del rey Alfonso II, de la vía santa. Christian Franco Torre

Explicar ese origen es precisamente el objeto de “Camino Primitivo. Oviedo”, una exposición de LA NUEVA ESPAÑA patrocinada por el Ayuntamiento de Oviedo, la Consejería de Cultura, Política Llingüística y Turismo del Principado de Asturias, el Banco Santander y la Fundación EDP, que se abre al público este viernes, 10 de septiembre, en la Sala de LA NUEVA ESPAÑA (C/ Calvo Sotelo, 5, Oviedo).

Un ermitaño llamado Pelayo vislumbró una noche, doce siglos atrás, unas extrañas luces sobre un promontorio del bosque de Libredón, en el extremo más occidental del territorio gobernado por Alfonso II. Este legendario suceso se sitúa en el origen mismo del Camino de Santiago, pero para entender realmente el nacimiento de la vía santa, las circunstancias sociales, religiosas y geopolíticas que determinaron su creación, hay que centrar la mirada en la capital del Reino de Asturias.

Comisariada por María Álvarez, profesora titular de Historia Medieval de la Universidad de Oviedo, y realizada por Proasur, “Camino Primitivo. Oviedo” aúna rigor y soluciones expositivas de vanguardia para guiar al visitante en un apasionante y nutritivo recorrido, didáctico y ameno a un tiempo, hasta la época del Rey Casto.

El gran monarca asturiano tiene un protagonismo absoluto en la exposición, que reivindica su papel como gran impulsor del Camino. Su intuición y su condición de estadista quedan de manifiesto en la forma en la que, enfrentándose a numerosas amenazas internas y externas, fue capaz de consolidar un reino cristiano en aquella convulsa península Ibérica de finales del siglo VIII y comienzos del IX. Pero también en el impulso que le dio al lugar en el que se hallaron los restos del apóstol Santiago, en torno al año 813. Un descubrimiento en el que Alfonso II vio la oportunidad de cohesionar sus dominios en lo religioso y en lo político.

“Camino Primitivo. Oviedo” explica, a través de seis ámbitos expositivos, las circunstancias en las que el Rey Casto llegó al trono, las amenazas que se cernían sobre el Reino de Asturias, las repercusiones del hallazgo de los restos de Santiago, el impacto que las peregrinaciones tuvieron sobre las localidades atravesadas por ese Camino Primitivo que unía Oviedo y Compostela, la ciudad que floreció en torno a la tumba del Apóstol, y la evolución posterior de la capital asturiana hasta convertirse, ella misma, en un relevante centro de peregrinaciones. Porque la otra gran protagonista de la muestra, junto a Alfonso II, es Oviedo, la urbe que el monarca asturiano convirtió en capital y en la que se sitúa el auténtico origen del Camino de Santiago.

Todos estos hechos se exponen en “Camino Primitivo.Oviedo” con el debido rigor científico, pero también de una forma lo suficientemente accesible para que personas de todas las edades puedan disfrutar de un recorrido que transporta al visitante a una época fronteriza entre la historia y la leyenda, hasta el centro mismo de unos hechos que podrían nutrir la mejor novela histórica o la más espectacular serie de televisión. Porque la historia de la creación de la vía santa tiene todos los ingredientes para conquistar a todo aquel que recorra la muestra: hay intrigas palaciegas, disputas religiosas, venganzas y traiciones, una guerra entre civilizaciones, tesoros de incalculable valor, revelaciones milagrosas, robos imposibles y viajes hasta los confines del mundo. Y en medio de todo ello estaba un rey que, desde su corte de Oviedo, supo ver en un extraño hallazgo en los confines de sus dominios la forma de convertir su pequeño reino en un actor central de la política de su tiempo a nivel europeo. Una vía para trascender.

Para transmitir de forma didáctica y atractiva esta apasionante historia, la exposición “Camino Primitivo. Oviedo” presenta un poderoso repertorio de imágenes, una cuidada selección de piezas y ediciones facsimilares de libros y manuscritos de alto valor histórico, y las últimas innovaciones en materia expositiva: desde una impactante maqueta de Oviedo en tiempos de Alfonso II de grandes dimensiones con un impresionante nivel de detalle hasta una instalación audiovisual de carácter inmersivo.

Una joven contempla la maqueta de Oviedo en los tiempos de Alfonso II en la exposición

Una joven contempla la maqueta de Oviedo en los tiempos de Alfonso II en la exposición

Ámbito 1: la ciudad que se negó a morir

La historia del Camino de Santiago no empieza en el bosque de Libredón, donde se hallaron los restos del Apóstol, ni en Jerusalén, donde el discípulo de Jesús fue ejecutado. El origen de la vía santa ha de buscarse en Oviedo, la urbe en la que Alfonso II instaló su corte tras su ascenso al trono, en el 891. El movimiento estaba pensado para apuntalar sus derechos al trono, y posiblemente también tuviese una componente sentimental. La ciudad había sido fundada en torno al 761, cuando se instaló en la zona, un estratégico cruce de caminos, una comunidad monástica. Fruela I, el padre de Alfonso, se enseñoreó de la zona y edificó una primera basílica dedicada al Salvador, y probablemente otras construcciones en las que, por esas mismas fechas, habría nacido su hijo y heredero.

Con la decisión de Alfonso II de instalar la corte en Oviedo, aquel asentamiento eminentemente monástico se convirtió en una auténtica urbe, en el corazón del reino. El olor del incienso y los cantos religiosos pronto se mezclaron con los aromas propios del mercado, el hedor de las caballerizas y el sonido de la fragua. Un asentamiento próspero, que resurgió una y otra vez de sus cenizas pese a que, en el 794, fue arrasado y saqueado por las tropas musulmanas, que incluso destruyeron la basílica que había ordenado construir Fruela I.

Pero la idea de Alfonso, la idea de Oviedo, era más fuerte que el ímpetu musulmán. Tras el ataque, el rey recuperó el control del asentamiento, que pretendía convertir en una nueva Toledo, y comenzó una importante labor constructiva, edificando una nueva basílica, germen de la actual Catedral, así como un Panteón Real y la Cámara Santa, además de otros templos y un conjunto palaciego. Dentro de este conjunto perviviría además el monasterio de San Vicente, el enclavamiento de aquella primitiva comunidad religiosa que se sitúa en el origen del asentamiento.

Ámbito 2: Santiago contra «el testículo del Anticristo»

Alfonso II tuvo que afrontar una importante ruptura religiosa en sus primeros años de gobierno: la que enfrentaba la doctrina católica y el adopcionismo. En esencia, lo que decía esta última es que Jesucristo no era en origen hijo de Dios, sino que era un ser humano que había sido “adoptado”. En un momento en que el reino estaba cercado por los musulmanes, la posibilidad de una ruptura religiosa ponía en riesgo la propia defensa de la monarquía asturiana. El temor del reino cristalizó a partir del 783, cuando la archidiócesis de Toledo, entonces bajo dominio musulmán, pasó a manos de Elipando, firme defensor del adopcionismo. Bajo su liderazgo, otros obispos, como Félix de Urgell o Ascario de Astorga, se sumaron a la causa adopcionista.

La postura del prelado toledano fue contestada desde el Reino de Asturias por Beato de Liébana. Figura de referencia en la corte de Pravia, primero con Silo y después con Mauregato, Beato alcanzó gran notoriedad por su obra “Comentarios al Apocalipsis”, una interpretación del Apocalipsis de San Juan. Desde esa preeminencia intelectual, abanderó la lucha contra el adopcionismo. A su pluma se atribuyen dos “Epístolas Apologéticas contra Elipando” en las que llega a calificar al arzobispo de Toledo como “testículo del Anticristo”.

A Beato se le atribuye también, de forma dudosa, la escritura de un himno fundamental: “O Dei Verbum”, en el que toma forma la idea del apóstol Santiago como evangelizador de la península Ibérica, “patrón de la monarquía y el reino, cabeza refulgente de España”. Era una respuesta firme y contundente a las tesis adopcionistas. Y Santiago era ya el símbolo de esa resistencia.

En su lucha contra el adopcionismo, Alfonso II y Beato de Liébana encontraron poderosos aliados en Carlomagno y Alcuino de York. Finalmente, la querella se trató en dos importantes sínodos, en los que se condenó el adopcionismo y sus impulsores fueron declarados herejes.

Ámbito 3: Un reino asediado

Cuando Alfonso II alcanzó el trono, del sur solo llegaban malas noticias. Las incursiones musulmanas eran frecuentes, y las tropas del califato penetraron en los dominios del Rey Casto en dos ocasiones: 794 y 795. Pero la primera es en realidad el preámbulo de una gran victoria: la batalla de Lutos. Aquel año, el emir Hisham de Córdoba había enviado dos incursiones militares hacia Asturias, comandadas por dos hermanos. Uno de ellos, Abd al-Malik, llegó hasta Oviedo con sus huestes, saqueando la ciudad y destruyendo las iglesias levantadas por Fruela I. Pero a su regreso hacia el sur, por el Camino Real del Puerto de la Mesa, los invasores fueron emboscados por las tropas asturianas. El general musulmán pereció en la batalla.

Para defender su dominios, Alfonso II selló una alianza con Carlomagno e inició una política expansionista hacia el oeste que le llevó a repoblar Oporto e, incluso, a tomar temporalmente la ciudad de Lisboa, en el 798. Mas la fragilidad de su reinado volvería a hacerse palpable en los primeros años del siglo IX, cuando tuvo que abandonar la corte y refugiarse en el monasterio de Ablaña, después de que un grupo de nobles se rebelasen contra el rey, en circunstancias no aclaradas. Solo la mediación de unos nobles leales permitió a Alfonso recuperar el trono.

Ámbito 4: Hallazgo en el campo de estrellas

Un ermitaño de nombre Pelayo presenció una noche un fenómeno singular en el bosque de Libredón, en tierras de Galicia. Sobre un pequeño monte, en mitad del bosque, Pelayo divisó unas extrañas luces. A esta visión le seguirían extraños sueños, lo que le determinó a relatar los hechos al obispo de Iria Flavia, Teodomiro. El prelado, tras ayunar tres días, se desplazó hasta el bosque de Libredón y allí contempló una estrella iluminando el lugar descrito por el eremita. En ese momento tuvo una revelación: en aquel promontorio estaban enterrados los restos del apóstol Santiago.

Ese relato mítico sustenta, desde el siglo XI, la historia del hallazgo del sepulcro del Apóstol. Desde entonces, no han sido pocos los que han puesto en duda que en aquella tumba marmórea reposasen, realmente, los restos del hijo de Zebedeo. Pero lo que nadie discute es la visión que tuvo Alfonso II al asumir la veracidad del descubrimiento. Una decisión que marcaría el porvenir de su reino.

Siguiendo el relato medieval, Teodomiro se desplazó a la corte de Oviedo para dar cuenta a su rey del descubrimiento. En aquel momento, entre el 813 y el 829, el reino había adquirido cierta estabilidad, con el adopcionismo vivo pero descabezado, y las tropas asturianas logrando sucesivas victorias sobre los musulmanes. Pero era un equilibrio precario, y el rey lo sabía. El hallazgo de Libredón le ofrecía una posibilidad para apuntalar su reinado en los dos terrenos, el religioso y el político, logrando de un plumazo la unidad de credo y reforzar su vínculo con los reinos cristianos de más allá de los Pirineos. Y no lo desaprovechó.

La tradición habla de que Alfonso II peregrinó en persona hasta Santiago, convirtiéndose en el primer peregrino jacobeo, aunque como en otros aspectos del relato hay ciertas dudas. En cualquier caso, el Rey Casto apoyó de forma decidida el descubrimiento y mandó construir una primera iglesia en torno al enterramiento. Ese fue el origen de un lugar santo que, remitiéndose al milagroso hallazgo, pasó a denominarse “Campus Stellae”, el campo de las estrellas. Un nombre que con el tiempo derivó en el actual Compostela.

Ámbito 5: En el Camino

Tras el hallazgo de los restos del Apóstol, floreció el primero de los Caminos de Santiago: el Primitivo, que une Oviedo, la capital de Alfonso II, con Compostela. Aquella vía no era un prodigio tecnológico: muchos de los caminos en uso durante el Medievo eran vestigios de época romana, incluso anteriores, pero eran capaces de acoger un incesante flujo de peregrinos, soldados y mercaderes.

Hay que entender que, en la tradición medieval, la vida no era sino un viaje de aprendizaje, y el hombre, un viajero, un peregrino. Un “homo viator”. Los caminos de la época respondían también a esta concepción. Eran decisivos para facilitar el tránsito humano, pero también eran un terreno de incertidumbre, preñados de peligros. Tras cada recodo, en cada senda, podía aguardar un pícaro, un bandido o algo peor. No era recomendable hacer camino por la noche.

Aquellas sendas podían atravesar bosques y ascender montañas, bordear ríos y majadas. Eran rutas proteicas, que lo mismo tomaban la forma de un humilde y embarrado sendero que mostraban toda la robustez de la ingeniería romana. Pero esos vetustos caminos habían resistido con dignidad el paso del tiempo y conectaban de manera eficaz y directa unas ciudades que eran a su vez, en gran medida, herederas de anteriores urbes o villas. Y merced al empuje del Camino Primitivo surgieron algunas localidades y florecieron otras, cada con su historia y su legado jacobeos.

Ámbito 6: El milagro del Arca Santa

A medida que la fama de Compostela, el destino del Camino de Santiago, crecía en toda Europa, el origen primero de la vía santa, Oviedo, iba quedando un tanto en segundo plano. Un hecho crucial cambió esta situación y la historia misma de la ciudad: la apertura, en el 1075, del Arca Santa de la Catedral, en presencia de Alfonso VI de León. Durante su estancia, el monarca ordenó abrir el Arca Santa, de la que se decía que contenía increíbles reliquias traídas de Tierra Santa. No era un reto menor: había un temor supersticioso a abrir la caja, pues estaba escrito que cuarenta años antes el obispo Ponce y varios clérigos que le acompañaban habían quedado ciegos al mirar el interior, debido al gran resplandor que de allí emanaba.

El mito no acobardó a Alfonso VI ni a su séquito, en el que destacaba Rodrigo Díaz de Vivar, el mismísimo Cid Campeador. Así que, flanqueados por un ejército de obispos, abrieron la misteriosa caja. En esta ocasión, no quedaron cegados por el resplandor, aunque sí maravillados al contemplar la riqueza de las reliquias que allí se custodiaban. Oviedo se convirtió de inmediato en un centro de peregrinación, reconocido en 1438 por el papa Eugenio IV con su propia bula de indulgencia plenaria: el Jubileo de la Santa Cruz.

En origen, el jubileo, que implicaba la exención de todos los pecados de aquellos que acudiesen a la Catedral de Oviedo en los días señalados, se celebraba los años en los que la fiesta de la Exaltación de la Cruz (14 de septiembre) caía en viernes, así como los ocho días anteriores o posteriores a esta celebración. Durante el período que duraba el Jubileo de la Santa Cruz se hacían grandes festejos en la ciudad, que culminaban el último día, el 21 de septiembre, con gran solemnidad. Es el origen de las fiestas de San Mateo.

La historia de esta relevante celebración dio un vuelco en 1982, cuando la Cruz de la Victoria fue devuelta a la Cámara Santa tras su restauración de los daños sufridos en el robo de 1977: Juan Pablo II extendió la indulgencia plenaria, que desde entonces se concede todos los años, entre el 14 y el 21 de septiembre.

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