Seguro que en las clases de filosofía os hablaron de Parménides, el que decía que el movimiento no existe.
Claro está, cualquiera puede decir cualquier tontería. Lo malo es que si esa tontería está argumentada no queda más remedio que tomársela en serio y ponerse a discutir donde falla el razonamiento que la sustenta.
No me voy a poner ahora a discutir el argumento de Parménides, pues me interesa mas los ejemplos «prácticos» que puso su discípulo Zenón para sustentar la afirmación del maestro.
Uno de los ejemplos de Zenón es el de Aquiles y la tortuga. Dice asi: Supongamos que una tortuga le saca a Aquiles digamos 100 m. Pues bien si la tortuga empieza a andar y Aquiles sale disparado tras de ella, nunca la llegará a alcanzar.(el tal Aquiles por cierto era nada menos que el campeón olímpico griego de las carreras, vamos como Usain Bolt ahora mismo)
Ya está dicha la tontería, veamos el argumento. Zenón razona asi: Nadie me podrá negar que para que Aquiles alcance a la tortuga, antes ha de recorrer la mitad de la distancia que los separa, en este caso 50 m. Nadie me podrá negar que mientras Aquiles recorre esa distancia, la tortuga avanza otra distancia pongamos 1 m. Repito ahora el proceso: nadie me podrá negar que para que Aquiles alcance a la tortuga, antes ha de recorrer la mitad de la distancia que las separa, ahora serán 25,5 m. Pero durante ese tiempo la tortuga que no está quieta avanza otra distancia, digamos 0,5 m. Repito el proceso …….y concluyo: Aquiles nunca alcanzará a la tortuga por que antes ha de recorrer la mitad de la distancia que los separa, pero en ese tiempo la tortuga siempre avanza algo y así hasta el infinito.
Ya, ya sabemos que Aquiles alcanzará a la tortuga, bueno Aquiles y yo mismo que corro bien poco. Pero eso no demuestra nada porque no invalida el argumento. Tendremos que derrotar a Zenón con sus propias armas, y Zenón eligió la razón, no la experiencia.
Y es muy, muy difícil batir a Zenón y a Parménides con sus propias armas. Y es que los principios lógicos de la razón no se adaptan bien al movimiento, y más en general, al cambio. De hecho, como bien sabéis, tanto en la Física como en la Química cuando se quiere entender algún fenómeno en el caos de la experiencia siempre tenemos que acudir a «algo que no cambia»: los átomos en las reacciones químicas, la energía en los procesos físicos, las invariantes en la teoría de la Relatividad, las simetrías en el modelo estándar de partículas, etc. Caramba con Parménides.
Por otra parte, las paradojas de Zenón adquieren una nueva luz con el advenimiento de la Mecánica Cuántica. En efecto y de acuerdo con Bohr, sabemos que los electrones no poseen posición salvo que la midamos. Asi que dentro del átomo, donde el electrón está sin perturbar, no cabe hablar de órbita electrónica. Los electrones no se mueven como las balas o los aviones, lo más que podemos decir es que «ocupan» una zona del espacio (los orbitales de las clases de Química). El movimiento, como tal, no existe. Caramba con Parménides.
Entrando ya en materia, el efecto Zenón cuántico consiste en lo siguiente: se puede evitar que un sistema cuántico evolucione si medimos repetidamente el valor de algún «observable» del sistema.
Veamos el fundamento del efecto. Como ya sabéis es el acto de medir lo que crea el valor de lo que se mide. Entonces si mido el valor de alguna magnitud de un sistema (las magnitudes clásicas reciben el nombre de «observables» en la cuántica) y obtengo un valor, el que sea, el sistema pasa a tener ese valor. Pues bien, si en un muy corto espacio de tiempo vuelvo a medir el valor de la misma magnitud, obtendré el mismo valor que la primera vez, pues es justamente el que la medición anterior ha creado y no tuvo tiempo de cambiar. Si repito las mediciones muy de seguido y siempre midiendo la misma magnitud, no dejo que el sistema evolucione, es como si esa magnitud quedase «fijada» por el mero hecho de medirla
¡Fantástico! El gato de Schrödinger está salvado. En efecto si medimos muy de seguido si la sustancia radiactiva emitió alguna partícula alfa y el resultado es negativo, basta repetir la medición con mucha frecuencia para que la sustancia quede «congelada» y no evolucione en ese sentido de emitir radiación.
Bueno, salvado, lo que se dice salvado no sé. Resulta que la energía y el tiempo guardan entre si otra relación de indeterminación muy similar a la que os comenté en clase entre la posición y el momento. Asi que si las mediciones se hacen en un tiempo muy, muy corto y por lo tanto muy preciso, la energía se vuelve muy indeterminada y puede pasar lo que tanto os gusta: ¡bang! y el gato por los aires.
El nombre del efecto tiene que ver con otro de los ejemplos que Zenón adujo para apoyar las tesis de su maestro Parménides. No se trata del ejemplo de Aquiles y la tortuga, que ya os he comentado antes, sino de otro ejemplo denominado la flecha. En esencia este ejemplo afirma que si vemos una flecha en un momento dado por el aire no podemos saber si se mueve o no. Hombre, pues si, así dicho es una tontería.
Y ahora viene el argumento de Zenón: nadie me podrá negar que todo lo que ocupa un espacio exactamente igual a su tamaño en un instante de tiempo está en reposo. Por lo tanto en cada instante de tiempo la flecha está en reposo y no puede escapar del espacio que ella ocupa. Podemos concluir que la flecha no se mueve.
¿O si se mueve? ¿acaso el movimiento no se demuestra andando? ¿dónde demonios falla el razonamiento? ¿qué opináis? Yo opino que caramba con Parménides