Era mi primer día. Trabajo en una comisaría, soy el «nuevo» y la gente me mira mal. He conocido a una chica, se llama Laura y me cae bastante bien; bueno, más bien caía, ya veréis por qué.
Laura y yo éramos inseparables, íbamos a todos los lados juntos y resolvíamos crímenes en equipo, pero me daba la sensación de que estaba obsesionada conmigo. Tuve que hacer un interrogatorio a una chica sospechosa de lanzar a su bebé desde un quinto piso, pero al salir Laura me dijo:
– No hables más con ella.
Mi teoría estaba muy avanzada, pero no podía confirmar nada. Por la tarde, Laura me invitó a su casa y yo acepté (le podría sacar algún dato interesante). Le pedí ir al baño,ella me dijo que me acompañaría, pero yo le dije que no hacía falta. Me metí en el baño y mi teoría se confirmó: ¡había fotos mías en un panel! Me giré y me encontré a Laura apuntándome con una pistola:
– Ahora que lo sabes es hora de que llegue tu final – dijo.
Puse en práctica mis dotes de artes marciales y la empujé, le cogí la pistola y…
– ¡Por Dios! – grité.
Le había disparado. Asumí los cargos y me llevaron a la cárcel. Hoy en día sigo allí, esperando que alguien lea mi historia y me comprenda, porque sé que esa bala hirió su corazón.

