Un gato que se ha hecho muy famoso, pues está vivo y muerto a la vez. Pero vayamos por partes.
Cuando Schrödinger, en 1926, publ icó y resolvió su ecuación para el átomo de Hidrógeno pensaba que las ondas que aparecen en ella eran reales y que la cuantización aparece en la Naturaleza de la misma manera que aparecen los armónicos al pulsar una cuerda de guitarra.
Bohr no estaba de acuerdo. Invitó a Schrodinger a pasar unos días en Copenhague y empezó a cuestionar esa idea desde el principio. Viendo lo que le pasó a Heisenberg, ya sabéis que Bohr podía llegar a ser muy, muy persuasivo. El pobre Schrödinger enfermó y aunque la mujer de Bohr lo cuidó de la mejor manera posible, el susodicho no fue capaz de sostener su interpretación y se marchó de la casa de Bohr a toda prisa.
Y es que no era fácil discutir con Bohr. El propio Schrodinger escribió a un amigo «la conversación con Bohr se ve inmediatamente conducida por derroteros filosóficos. Pronto ya no sabrás si realmente adoptas la posición que él ataca o si realmente tienes que atacar la que él defiende».
Pero Schrödinger aunque escapó por piernas y, a diferencia de Heisenberg, no claudicó ante Bohr. De hecho encontró un aliado formidable: Einstein. Entre los dos idearon un experimento mental que pusiese en contradicción la interpretación de Bohr del formalismo cuántico basado en su Principio de Complementariedad.
La interpretación de Bohr dice que tan solo cuando medimos una magnitud, conocemos el resultado. Segun Einstein y Schrodinger esto conduce a un absurdo. Supongamos que encerramos un gato en una caja con una sustancia radiactiva que, como bien sabeis, obedece a las leyes de la mecánica cuántica. Cuando la sustancia radiactiva emita una particula alfa, producirá la ruptura de una capsula con veneno que matará al pobre gato. Ahora bien, si como dice Bohr, hasta que no midamos no sabremos si la partícula alfa se emitió o no, el gato estará a la vez vivo y muerto. Solamente cuando decidamos abrir la caja desencadenaremos un proceso de medida que eventualmente puede tener o no tener consecuencias fatales para el gato.
Como veis la confrontación entre la postura epistemológica de Bohr (solo conocemos cuando medimos) y la postura ontológica de Einstein (podemos conocer sin medir) es un auténtico choque de trenes. Si adoptamos la posición de Bohr el gato efectivamente está vivo y muerto a la vez. Si adoptamos la posición de Einstein el gato o está vivo o está muerto pero nosotros no lo podemos saber. ¿Cuál os convence más? ¿podría haber algún resultado experimental que decida quién tiene razón? La respuesta es que sí y que, con matices, la posición de Einstein no se sostiene.
En otro post os hablaré del efecto Zenón cuántico y ya veréis las sorpresas que depara este tema.
Toda esta controversia hay que encuadrarla dentro de la filosofía kantiana. Para Kant las posiciones ontológicas no tienen mucho fundamento filosófico. Sólo conocemos a través de nuestros esquemas conceptuales. En la física de Newton o en el electromagnetismo de Maxwell tales esquemas incluyen el espacio, el tiempo y la ley de la causalidad.
Según Bohr en la física cuántica esos esquemas ya no valen y tenemos que sustituirlos por su Principio de Complementariedad: los objetos cuánticos (electrones, fotones …) pueden describirse bien sea como ondas, bien sea como partículas. Una descripción es incompatible con la otra pero las dos juntas se complementan y permiten alcanzar todo el conocimiento posible sobre esos objetos cuánticos. Es nuestra elección del diseño experimental la que decide el resultado de la medida y podemos elegir la respuesta que queramos. Podemos medir la posición del electrón y entonces hemos hecho una medida corpuscular. O podemos medir su patrón de difracción y entonces hemos hecho una medida ondulatoria.
Desde luego la posición de Bohr conlleva una buena dosis de paradoja. Richard Feymann, un físico muy famoso por su manera de ser tan peculiar, premio Nóbel y creador de una versión muy conocida de la electrodinámica cuántica declaró que «no os preocupéis, nadie entiende la mecánica cuántica, ni siquiera yo mismo»