El poeta no cabía en sí de gozo: la buena de Maru le había obsequiado con unos calcetines de lana (¡bendita lana! ¡benditos calcetines!), que más allá de procurarle confortable abrigo, encendieron las luminarias festivas de su inspiración, alumbrando esta “oda a los calcetines”, que hallaría continuidad en los desaforados cantos de Neruda a la alcachofa, la cebolla, el caldo de pescado, el tomate, el libro o el jabón, algunas de ellas recopiladas en sus «Odas Elementales«. Si no te lo crees escucha este audio que te hemos preparado o, mejor aún, date una vuelta por la biblioteca y verás (por no decir «leerás»).