Categoría: ciudades de libro

ciudades de libro: el Oviedo de Leopoldo Alas

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Desde siempre, el desarrollo de las historias ha necesitado de un decorado propicio. Y las ciudades han prestado gustosas su geografía para tal menester. Algunas están estrechamente ligadas a sus autores, de forma que cuando pensamos, pongamos por caso, en Dublín, se nos viene rápidamente a la cabeza James Joyce. Podríamos hacer este mismo ejercicio con BarcelonaParísLisboaNueva York,  MadridLondresRoma, Buenos AiresAlejandría… espacios urbanos convertidos en protagonistas con personalidad propia, que alientan el pulso de las distintas tramas que se urden en sus entrañas. La poesía de las ciudades se escribe con piedra y ladrillo entre los renglones de sus calles, en las plazas y los parques donde la ficción se remansa, a la sombra de monumentos y edificios emblemáticos, escenarios verosímiles de encuentros imposibles. El viajero leído siempre guarda en el zurrón las referencias que le llevarán al último confín del barrio periférico o al centro mismo del piélago urbano, donde se retratará bajo las placas de los bulevares y verificará la presencia de aquellos testigos mudos de tantas ficciones por ellos mismos inspiradas: veredas, fuentes, quioscos, jardines, fachadas, obeliscos… El  particular recorrido literario puede empezar por la Muy Noble, Muy Leal, Benemerita, Invicta, Heroica y Buena Ciudad de Oviedo, a la que Don Leopoldo Alas «Clarín» rebautizó como Vetusta en su obra más conocida, La Regenta. Algunas fuentes afirman que el insigne escritor murió fusilado en la ciudad de sus amores, pero hemos de decir que los registros historiográficos y la prensa de la época desmienten esta versión: la tuberculosis se lo llevó por delante en la recién estrenada casita de La Fuente del Prado, en las afueras de Oviedo, y sus restos reposan en una sepultura del cementerio de El Salvador. Hoy en día, la esbelta torre apuntada de la catedral vigila día y noche el paseo de Dña. Ana Ozores bajo la lluvia, detenida como en un sueño entre la fuente de Alfonso el Casto y la casa de la Rúa. Una imagen que de tan nítida en el imaginario de los ovetenses se ha quedado plasmada y fundida en metal para disfrute de residentes y recreo de visitantes por llegar.

Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo dieciséis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.

el muro

El 12 de agosto de 1961 Detlef K., residente en Berlín-Este, acudió a la American Memorial Library, biblioteca localizada en el sector occidental, y tomó en préstamo tres libros. Durante la noche, las autoridades de la zona soviética desplegaron los primeros metros de alambrada que separarían a los alemanes durante veintiocho años. En ese momento Detlef desconocía la trascendencia futura de tales maniobras, pero intuía que no podría devolver los libros a tiempo. El 9 de noviembre de 1989 cayó el muro. A la mañana siguiente, el probo ciudadano se puso el abrigo gris con coderas en las mangas y se caló su gorra de algodón angoleño. Con los tres libros bajo el brazo, acudió a la biblioteca para reintegrar el préstamo, convencido de que podría persuadir a los gerentes de la institución de que el retraso se había debido a imponderables de la historia. Los que no estuvimos allí, al menos físicamente, recordamos con particular emoción la apertura del muro. Había caído el símbolo de una ofensa injusta y arbitraria, que una generación entera había vivido como «natural» consecuencia del enfrentamiento entre dos bloques: el capitalista por un lado y el comunista por el otro. «Provistos con picos o con tan solo las manos, cientos de ciudadanos golpearían con rabia contenida durante años los ciento sesenta kilómetros de doble pared y de oprobio hasta desmenuzar la mayor parte de lo que fue el símbolo por excelencia de la Guerra Fría y convertirlo de esa forma en miles de inofensivos souvenirs». (Ricardo Martín de la Guardia, La caída del muro de Berlín, 2019). Son innumerables las obras literarias, tesis, ensayos, obras de teatro, películas, series de televisión e incluso comics que directa o indirectamente están inspirados en este episodio reciente de la humanidad. También son incontables las revisiones históricas y las monografias sobre el tema. A día de hoy, numerosos testigos pueden relatar en primera persona lo sucedido durante aquel lejano 1989. Todavía bajo la influencia de una importante carga emocional, persiste cierta dificultad para el análisis objetivo de los hechos, pero lo cierto es que con la perspectiva que nos dan estos treinta años hay que reconocer que en la medida en que el muro representó la división tajante entre mundos ideológica y políticamente diferentes, su demolición alumbró esperanzas que no fraguaron del todo… Finalmente Detlef K. fue exonerado de pagar la sanción correspondiente, pero la bibliotecaria le retiró el carné de usuario por un periodo equivalente a los días de retraso.

http://www.youtube.com/watch?v=KVT02v5K5Bo

Bibliotheca Semiologica Curiosa, Lunatica, Magica et Pneumatica

http://www.youtube.com/watch?v=UoEuvgT1wBs

Caminar por Milán sin apremio y con tiempo bonancible es una actividad muy gratificante, al alcance de todos los bolsillos (¡ojo! ¡únicamente el paseo, sin extras!). Si uno está, por ejemplo, tomando un bocadillo a los pies del monumento a Leonardo, junto alla Scalla, y dejándose guiar por la fuerza del destino sigue el rumor del Va pensiero que le llega de la vecina calle Giuseppe Verdi («¡Ve, pensamiento, con alas doradas, pósate en las praderas y en las cimas donde exhala su suave fragancia el dulce aire de la tierra natal!«), dará sin GPS ni nada con la calle Dell´Orso. Transitándola en sentido este-oeste topará con la oficina de correos. Atravesando Broletto por donde pueda, llegará a Vía Cusani. Y no hay nada más fácil una vez allí que orientar los pasos hasta la Plaza del Castillo. En el cabalístico número trece se encuentra el célebre apartamento-biblioteca de Don Umberto Eco. El profesor italiano era un acaparador de libros, coleccionista empedernido que atesoraba en este edificio singular más de treinta mil ejemplares, ochocientos metros lineales de tomos, tomillos y tomazos distribuidos por orden alfabético en estanterías que lo cubrían todo, de arriba a abajo. Vista desde afuera, la propiedad, sita en uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, resulta imponente. A pocos metros de la sinagoga, uno se imagina a D. Umberto en este templo de idolatría pagana yendo y viniendo por pasillos flanqueados de libros que en la mayoría de los casos no fueron siquiera abiertos desde que salieron de la prensa. Eco no los había leído todos, claro. En primer lugar porque eso es imposible, pero también porque hubiera sido una fútil pérdida de tiempo y energía. Saber más no es proporcional a la cantidad de lo que se lee, sino a la calidad. Y el viejo erudito era maestro en separar el grano de la paja. Como bibliófilo había invertido los caudales que le reportaban sus derechos de autor en la adquisición de libros raros, códices e incunables. Guardaba la que él denominaba Bibliotheca Semiologica Curiosa, Lunatica, Magica et Pneumatica en una estancia climatizada, a prueba de cacos y polillas.  Quién sabe cuántos catarros pilló ese hombre contemplando sus mil doscientas joyas, pasando las páginas y descifrando las anotaciones que doctos lectores pretéritos dejaron de su puño y letra. Eco deseaba que su biblioteca, la nueva y la vieja, se mantuviera íntegra. Recientemente el Estado Italiano ha mediado para cumplir su voluntad, lo que garantiza casi al ciento por ciento que lo que reunió D. Umberto con tanto ahínco terminará fraccionado, dividido, troceado, desmenuzado, loncheado y hasta atomizado. Quizá dentro de unos años podamos contemplar su ejemplar de Hypnerotomachia Poliphili en la biblioteca de Alessandría (su ciudad natal) o en la librería de lance de Sotheby´s. Lo cierto es que pese a que los materiales de los que están hechos los libros de piel, papel o papiro son perecederos, el empeño que el ser humano ha puesto en preservar el conocimiento es uno de los motores del progreso científico y técnico. Esperemos que también del intelectual. Y es que todavía hay muchos libros buenos por descubrir, incluso en la biblioteca del 13 de la Piazza Castello. Feliz año.

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Si las piedras hablaran… En Roma no extraña tal prodigio: las piedras acompañan al caminante, le guían por largos y vías mientras cuentan historias milenarias que se hunden bajo los negros adoquines, en el subsuelo de esta ciudad viva, sucia y bulliciosa. Por aquí caminaron escritores ilustres antes de que las mansas manadas de turistas cercaran y engulleran las fontanas de Piazza Navona o pulieran con el trasero los ciento treinta y cinco peldaños de la Trinitá, sin dejarse uno. Como si se burlasen de nuestra condición mortal, columnas y muros proyectan la misma sombra desde hace siglos, jugando al gato y al ratón con la luz del sol, a la que Roma oculta los ruinosos patios interiores y la zozobra perenne de una marca registrada que se ofrece al mejor postor. Porque en la ciudad eterna casi todo está en venta: desde los souvenirs tóxicos que vienen de la China hasta la estampa imperial del Coliseum, que calza la horma de una marca de zapatods. Sin embargo, las historias son gratis: la de la loba Luperca que amamantó al rey de Roma, la del pintor que se dejó la piel en las paredes del Vaticano, la del mármol de Carrara y la conquista de la Dacia, la de Androcles y el león agradecido, la de los escandalosos amores de Calígula y Agripina, la de los sueños imperiales del bufón megalómano…  Los puntos cardinales del navegante que surca el Mare Nostrum simulan en Roma los cuatro extremos de la cruz que señala los lugares santos, donde creyentes y no creyentes se postran y ruegan, cada uno por lo suyo. La Roma santa también abruma con su imaginería, desperdigada en el grandilocuente decorado dedicado a aquel que se decía hijo de un dios, y que dos milenios más tarde es venerado como si tal fuera en fabulosos templos que huelen a incienso y cera quemada. No vamos a dar referencias de las que abundan en guías y manuales, y que por lo mismo son tan accesibles para el lector como para el que esto suscribe; quien no haya oído nada de las aclamadas novelas de Posteguillo o de las ucronías de Robert Silverberg es que ve poco la tele, cosa que por otro lado tiene sus compensaciones como, por ejemplo, estar leyendo ahora este artículo sobre la indiscutible magia literaria de esta urbe, a la que por muchas razones le dicen eterna

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