Categoría: expurgado (Página 1 de 2)

Azorín, rehabilitado

El proceso es el siguiente:

La extracción. De un contenedor abandonado, encajado en una esquina entre dos fardos rebosantes de folios amarillentos, extraemos un libro que nos llama la atención. Es uno más de entre los ejemplares expurgados de la biblioteca escolar; se trata de la colección “Cuentos”, escrito por José Martínez RuizAzorín (1873-1967), y publicado por Afrodisio Aguado en 1956, con prólogo del autor. En la cima de una montaña de ejemplares necesitados de auxilio (un Ivanhoe ilustrado, novelas de Julio Verne, teatro de Valle Inclán, restos desvencijados de Austral, antologías, un libro de chistes de Chipi y Chopi…) las tapas ligeramente desvaídas se imponen a la vista: impresas sobre la cubierta, letras doradas al latón llaman la atención del observador. Basta una leve caricia, un repaso con las yemas de los dedos, para que el brillo original se imponga sobre el fondo verde de rígido cartón.  Los libros todos de aquella balsa abandonada a la marea del olvido tienden sus cubiertas suplicantes hacia nosotros, solicitando a modo de ruego una oportunidad que les salve del eventual encuentro con las cuchillas de triturar papel. Sin embargo, no estamos preparados y hemos venido sin margen para escrutar tal cantidad de obras, condenadas incluso antes de salir botadas de los anaqueles por la pujanza de ejemplares “más modernos”, literatura infantil y juvenil de consumo inmediato y de dudosa calidad literaria. Los discursos de Wilfredo de Ivanhoe o del mismísimo Jacques Paganel no cometieron más delito que el de exponerse públicamente durante décadas, sin más aderezos que un título, un autor y una ligera capa de polvo, señas de identidad suficientes para el joven lector prevenido por su maestro.  Ahora yacen en la caja de cualquier manera, privados del orden más elemental, que es el alfabético, apretados y sometidos a las dentelladas de xilófagos hambrientos cuando no a la humedad que asciende desde el piso como un miasma maligno. Encaramado en la cima de la desgracia, el libro de Azorín se desliza por una pendiente de tapas satinadas y da con la tripa en el suelo. El gesto de restituirlo a su lugar se transforma en otro similar, más meditado, que termina en el amplio bolsillo del anorak.

La lectura. Al libro expurgado se le debe conceder el beneficio de una lectura pausada. Esta es una recopilación pequeña de entre los “más de cuatrocientos cuentos” que D. José presume de haber escrito. En el prólogo, que apareció como artículo en el diario ABC doce años antes, Azorín establece una particular equiparación literaria: «El cuento es a la prosa lo que el soneto al verso», e igualmente impone al género reglas tales como la de los tres períodos: «Prólogo, desenvolvimiento y epílogo. No se puede llevar al lector durante cierto trecho para enfrentarle luego con una vulgaridad». Sin embargo, los cuentos de “Cuentos” no se sujetan al canon que proclama el autor. Tampoco importa demasiado: la narrativa virtuosa se alimenta de un léxico deslumbrante; el encanto del español azoriniano se muestra en todo su esplendor; la prosa de D. José se desliza como la mantequilla sobre una rebanada de pan caliente; el lector solo tiene que espolvorear una pizca de azúcar para disponer a su favor las papilas gustativas.

El acondicionamiento. Procédase ahora a retirar con cuidado las sucesivas capas de tejuelos, adhesivos y códigos de barras. Los sellos estampados en azul son imposibles de remover, así que se quedan para dar testimonio de propiedad de cuando el libro en cuestión era un objeto valioso por el que había que velar.

Personalización. El tributo ideal del lector agradecido. O la suma de tributos de cuantos lectores han tenido el libro entre sus manos o han posado siquiera la mirada sobre cualquiera de sus páginas: una nota al margen, un leve subrayado, una esquina doblada, una hojita de arce japonés… Si además se trata de un libro repudiado, rescatado in extremis de la podredumbre, resulta obligado marcar el hito de este nuevo alumbramiento que le devuelva la dignidad perdida. Las hojas de respeto son blancas invitaciones para que el benefactor imprima su huella; en este caso, una frase extraída del cuento “Las tres caretas” inspira un retrato de Azorín con bolígrafo Bic, al estilo de Gamonal en La Esfera: «Suponemos que en el estante habrá otras caretas; pero éstas que están colgadas en la pared son las únicas que se ven. Contémplelas el lector; aquí tiene la imagen, ¡es fidelísima!, el dibujante las ha copiado a las mil maravillas». Una firma imprecisa y alguna pista que invite a una falsa datación aportan duda y misterio al origen de tal contribución.

Falsas credenciales y reintegración. Ahora es necesario actuar con cautela. Por paradójico que parezca, es más fácil afanar un libro que reintegrar uno expurgado. En el primer caso, es probable que la ausencia detectada, sobre todo si se trata de una obra poco solicitada por los usuarios, se justifique en principio a causa de un préstamo muy prolongado o, incluso, de una sucesión de préstamos encadenados, por lo que es natural que el hurto pase desapercibido durante bastante tiempo. Pero el desvaído lomo de un volumen expurgado se hace notar entre otros coloridos y lustrosos, por lo que no se recomienda que ocupe el lugar que le corresponde por género o por autor. Mejor colocarle un falso tejuelo (puede valer el que se le retiró en su momento, si no canta mucho) y disponerle en algún anaquel donde todavía resistan algunos de su especie, bien sea porque el tema no llama la atención, bien porque está a una altura que exige estirar el cuello o agacharse en exceso, gestos forzados que siempre dificultan la concentración de los inquisidores.

Nos reservamos ofrecer indicaciones que pudieran facilitar la localización de nuestro Azorín (por otro lado, el único Azorín de la biblioteca) pero desde su nueva ubicación (no diré si atalaya o semisótano…) vuelve a ser testigo de la agitada vida escolar, tan discreto él que podrían pasar años antes de que alguien repare en su presencia y le reponga con todos los honores en los inventarios electrónicos… o le relegue una vez más, cuando ya ni siquiera exista una asignatura de literatura española, al montón de los maestros prescindibles.

poner una pica en Flandes

Cogiendo la ocasión por los cuernos y sin hablar al tuntún, rendimos las cuentas del Gran Capitán sin tenerlas todas con nosotros para decirte que hay libros que se pueden mandar a la porra y otros que valen su peso en oro. Pero con intención de arrimar el ascua a nuestra sardina, y como no damos puntada sin hilo, vamos a proclamar las verdades de Perogrullo y recomendar sin dar mucho la lata la obra 150 famosos dichos del idioma castellano (Luis Junceda. Susaeta, 1981). Son legión los libros (como los de texto, sin ir más lejos) cuya utilidad brilla por su ausencia. En cambio este volumen de nuestra biblioteca, que es más viejo que el tebeo, ofrece para el que no quiere quemarse las cejas ni andar al retortero una ocasión inmejorable para dar en el clavo y pasar una noche en blanco aunque no entienda ni jota, que no morirá de cornada de burro, pero evitará hablar por boca de ganso como si fuera un bolonio. Digamos que para saber más que Lepe en esto de los dichos castellanos, basta con llamarse a andana y ponerse las botas leyendo el origen de tantas frases hechas, bien sea para matar el gusanillo, bien para llevarse el gato al agua en alguna tertulia de café antes de que se arme el Tiberio cuando alguien que presuma de saber la Biblia en verso quiera darte gato por liebre.

Aunque con formato infantil, este tomo es la Caraba y vale lo que pesa. Así que vamos a dar un cuarto al pregonero y antes de tomar las de Villadiego o de que quedemos como el Gallo de Morón, sin plumas y cacareando, sugerirte que si tienes buenas aldabas o te gusta escribir más que el Tostado, pruebes a componer un texto sin muchas ínfulas que aunque no valga ni la bula de Meco (que eso importa un bledo), te ayude a conocer con la fe del carbonero las sugerentes expresiones que enriquecen el idioma español cuando se pone de tiros largos. Y te lo decimos con más orgullo que Don Rodrigo en la horca.
Como ya hemos puesto los puntos sobre las íes, liamos los bártulos, ponemos pie en polvorosa y nos marchamos a la francesa a freír espárragos, antes de que nos carguen el muerto y digan que mentimos más que la gaceta.

Y, como dijo el otro, si sale con barbas San Antón, y si no… la Purísima Concepción.

el Crusoe de Zamorano

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Identificamos entre un montón de libros expurgados un ejemplar de Robinson Crusoe, de la editorial Aguilar (1969). Intentando identificar las virtudes que le faltaban a este ejemplar para ser condenado al ostracismo, se nos ocurrió que: 1) su apariencia no era muy vistosa, aunque estaba en buen estado; o 2) que se trataba de una adaptación anónima, tirando a mediocre. También pudiera ser que 3) la historia ya no fuera del gusto exquisito de nuestros escolares o 4) que los modernos textos de dudosos influencers ágrafos hayan conquistado las cátedras que antes ocupaban textos insignificantes y rancios como La isla del tesoro, Los hijos del capitán Grant o, sin ir más lejos, el Robinsón de Daniel Defoe (espero que la ironía de artificio alcance su objetivo). Sea como fuere, y merced a un donoso y casual escrutinio, de aquella caja de cartón emergió un libro blanco, con manchitas circulares en las hojas de cubierta y las maravillosas ilustraciones interiores de Zamorano que justifican el rescate y la reseña. Profesor de instituto, grabador, ilustrador y artista inquieto, Ricardo Zamorano (Valencia, 1923 – Madrid, 2020) fue opositor al régimen de la dictadura de los de verdad y cuando había que serlo, que utilizó la munición de su talento e hizo del fino trazo de su lápiz motivo de preocupación constante para la censura y la policía. Pero más allá de su significación política, Zamorano es un referente artístico con una producción muy variada a la que no le fue ajena la ilustración de libros.

Muy amigo de sus amigos, sus trabajos iluminaron los textos de algunos que alcanzaron notoriedad, como el Nobel D. Vicente Aleixandre (1898-1984). Otros trabajos menores pasaron más desapercibidos, como los que adornan el libro que traemos hoy aquí, pero no por ello esconden el mérito de un estilo inconfundible. Su fallecimiento no fue recogido por ningún medio, ni grande ni chico, pero puede ser que el amable lector se tope con Ricardo Zamorano sin querer en las paredes del Museo Nacional Reina Sofía (no sabemos si eso es bueno o malo), o entre las páginas de las extintas revistas Triunfo y Hermano Lobo. Y hasta cabe la posibilidad de que las viñetas le llamen la atención. Por nuestra parte hemos intentado rescatar su libro y su memoria. Aun a costa del bueno de Robinsón y del resto de historias que quedaron en aquella caja.

Diógenes al sol

Sobre Diógenes de Sínope conocemos unas cuántas anécdotas recopiladas después de su muerte y de las que no tenemos más certeza que la que nos pueda merecer otro tocayo, el historiador Diógenes Laercio, que vivió casi seiscientos años después del primero. De su obra Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres —expurgado de nuestra biblioteca pero salvado de la trituradora de papel—, rescatamos esas anécdotas tan audaces que se han reproducido apócrifamente hasta la extenuación en todos los manuales al uso:  las excentricidades de un hombre andrajoso, el (supuesto) encuentro con el jovencísimo Alejandro antes de ser Magno, su exhibicionismo provocador, la tinaja que le servía de cobijo… Recuperarle a estas alturas no alberga otra intención que la de preguntarnos si el cinismo tiene sentido en el mundo de hoy. «No hay en los cínicos la menor huella de la melancolía que envuelve a los demás existencialismos». El profesor alemán Peter Sloterdijk (Crítica de la razón cínica, 2003) añade: «Su arma no es tanto el análisis como las carcajadas». No es de extrañar pues que la aparente ligereza del cinismo clásico encaje perfectamente en el esquema superficial de «el club de la comedia», aunque la frivolidad de esta filosofía es únicamente aparente. De hecho, los cínicos del siglo IV a. C. se caracterizaron por un heroico y desafiante atrevimiento social y un compromiso ético firme (Fuentes González, 2002) que nada tiene que ver con el «cinismo» (del griego κύων kyon: «perro») del «que actúa con falsedad o desvergüenza descaradas» (RAE). El cinismo moderno es anti-irracionalista y desencantado, puramente negativo. Sin embargo el clásico que viene de Antístenes, discípulo directo de Sócrates, fue tremendamente fecundo, y Diógenes uno de los más grandes filósofos de su época: todo aquel que se familiariza con su figura y su pensamiento queda atrapado por su genialidad. Los avatares de una escuela más sólida que disfrutó de mayor aprecio intelectual concedieron a Platón, contemporáneo suyo, y a su idealismo cavernario una mayor relevancia histórica. A esto contribuyó, y no poco, el desprecio que mostraron algunos pensadores «serios» como el amigo Hegel por las filosofías que carecían de un corpus convencional de doctrina y que eran conocidas básicamente por noticias de tipo biográfico. En adelante fueron pocos los que prestaron una atención seria a los cínicos. Diógenes también fue autor de obra escrita, tanto de pensamientos como de tragedias. Sin embargo este sustento se ha perdido. El principal referente lo encontramos en las notas del citado Diógenes Laercio, historiador del siglo III de nuestra era. Se le considera un gran doxógrafo, esto es, un autor que sin una filosofía original recoge por escrito y con bastante falta de rigor la biografía, vicisitudes, anécdotas, opiniones y teorías de otros, a los que considera ilustres. Es famoso por los diez tomos de su Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, que se conservan prácticamente completos. Las Vidas… son un documento inestimable acerca de la filosofía de la época clásica que contiene biografías, doctrinas sumarias y fragmentos de la filosofía griega. A todos los interesados les recomendamos el divertido trabajo, pero no por ello menos documentado, de Carlos García Gual, La secta del perro (2014) que acompaña una traducción del Libro VI de Las vidas. A dicha versión pertenece el siguiente, ultraconocido, fragmento.

Prost Neujahr!

Al llamarle Platón «perro», le dijo: «Sí, pues yo regreso una y otra vez a quienes me vendieron». Saliendo de los baños públicos a uno que le preguntó si se bañaban muchas personas le dijo que no. Pero a otro, sobre si había mucha gente allí, le dijo que sí. Platón dio su definición de que «el hombre es un animal bípedo implume» y obtuvo aplausos. Él desplumó un gallo y lo introdujo en la escuela y dijo: «Aquí está el hombre de Platón». Desde entonces a esa definición se agregó «y de uñas planas». A uno que le preguntó a qué hora se debe comer, respondió; «Si eres rico, cuando quieras; si eres pobre, cuando puedas»

arte por naturaleza

La imagen impresa ha ejercido y ejerce un poderoso influjo en lectores de todos los tiempos. Durante los siglos XVII y XVIII los libros y catálogos de biología se esforzaban por sintetizar la enorme diversidad natural que tomaba posiciones entre las inquietudes del hombre de ciencia. Las colecciones traídas por las misiones de exploración permitían crear gabinetes y museos de historia natural. Pronto se pasó de las curiosidades a las descripciones minuciosas, la anatomía, la fisiología, la taxonomía. El arca de Noé ya no se mantenía a flote: había que tratar de explicar la adaptación al entorno de plantas y animales así como la necesidad de encajar al hombre en ese proyecto divino que se iba revelando demasiado sutil como para liquidarlo en seis días más el imprescindible de libranza. La coalición entre la ciencia y el arte produjo obras notables que alcanzaron una gran difusión y contribuyeron a aumentar la curiosidad y el interés por estos temas. Las distintas ediciones de la Histoire naturelle de Buffon y Lacépède que vieron la luz a lo largo de más de un siglo incluyen una importante colección de grabados de distintas procedencias. La técnica predominante era la xilografía, que consiste en grabar la imagen en un bloque de madera e insertarlo luego en un tipo de metal para ser impreso. Debido a la dificultad que encierra el proceso y al tamaño limitado de los bloques, las imágenes resultantes eran generalmente pequeñas. Las ilustraciones grandes debían ser compuestas mediante varios bloques pequeños colocados uno junto al otro. Imagen y texto se imprimían en páginas separadas que después se componían durante la encuadernación. Normalmente, las ilustraciones diseñadas para la reproducción eran presentadas por el artista en papel; acto seguido, el burilador trasladaba el dibujo al bloque o a la plancha de metal. La calidad de la ilustración final dependía de la capacidad del burilador y había siempre una cierta variación entre el boceto original y la ilustración final. Las planchas iluminadas como las que aparecen en nuestros ejemplares de la Société Bibliophile, se pintaron manualmente sobre la marca del grabado, lo que les confiere un cierto carácter de «piezas únicas». No debemos ocultar que esta actividad mecánica estaba reservada a niños que eran instruidos para aplicar los colores dentro de una cadena que permitía agilizar la producción. Avanzado el siglo se abandonó el bloque de madera, que fue sustituido por el grabado en plancha de metal, de cobre o acero. Se contabilizan un total de 1061 planchas en las ediciones realizadas por la Imprimerie Royal de los treinta y seis volúmenes publicados por Buffon entre 1749 y 1788. Lejos de considerarse un mero aditamento, el autor estimaba la ilustración como ayuda y apoyo indispensable en la descripción de los especímenes. Las buenas relaciones con la corona francesa explican la generosa prodigalidad gráfica de Buffon, ya que ediciones de este estilo resultaban enormemente costosas. Los primeros diseñadores fueron Jacques de Sève y Buvée, conocido por el sobrenombre de «el Americano». Aunque Buffon había manifestado que prefería bocetos frescos de ejemplares vivos, los esforzados dibujantes tuvieron que buscarse la vida ante la embergadura del proyecto. Se recurrió a dibujos previos, pinturas, testimonios verbales… Pero también a animales disecados o conservados en alcoholes que recorrían enormes distancias para llegar al gabinete del artista. En relación a la estampa del jaguar, de Sève reconoce que «No hemos visto este animal vivo, pero Pagès, el médico del rey en Saint-Domingue, nos lo envió entero y bien conservado en una especie de licor, y es sobre este tema que lo hicimos. dibujo y descripción». La ilustración del rinoceronte se correspondía con un retrato de Clara, la rinoceronte hembra que visitó París en 1749, estancia que aprovechó el pintor Jean-Baptiste Oudry para realizar su retrato. La exótica Clara fue exhibida por toda Europa hasta la extenuación (del animal) y finalmente murió en Londres, agotada y sin el cuerno característico, que se le había desprendido años atrás. En la Historia natural los animales siempre posan de perfil y los esqueletos aparecen en una especie de podio o pedestal, La parte dedicada a las aves se difundió a través de dos ediciones, una de ellas en blanco y negro en la que De Sève todavía se encarga del grabado, y otra iluminada con bellos colores, ideada por François-Nicolas Martinet (1731-1800), dibujante y grabador del rey. A partir de 1830, las Œuvres complètes aparecen con las nuevas planchas diseñadas por Edouard Travies (1809-1871) y Janet-Lange (1815-1872). Los volúmenes de la colección que puedes consultar en la biblioteca datan de 1850 (aproximadamente, porque están sin datar). No hemos podido establecer la autoría de «les gravures sur acier» que complementan los textos, aunque la calidad artística, salvo excepciones, es sensiblemente inferior a la de sus predecesoras. Los perfiles son infantiles, monótonos, sin alardes con el buril. El rasgo más sobresaliente es el color, delicadamente aplicado con mano firme y gusto exquisito. Los años transcurridos no han conseguido extinguir el brillo de los colores, protegidos por una fina película brillante que los ha conservado vivos y luminosos entre las páginas maltratadas por la humedad. A esta serie pertenecen las muy conocidas estampas del niño con un solo ojo, o los hermanos siameses unidos por el trasero, que aparecen publicadas por primera vez en 1835 y cuya autoría se puede atribuir al pintor Victor Adam. Con toda certeza, los mapas de los tomos 1 y 2 se deben a Robert de Vaugondy, famoso cartógrafo cotemporáneo de Buffon. Incluso para mediados del XIX los mapas en cuestión ya parecen de otra época. Aclaramos que la obra está íntegramente conservada y momentáneamente a salvo del expolio incomprensible que satura las librerías de viejo y las casas de subastas baratas, una moda que consiste en extraer las ilustraciones de mérito para venderlas luego por separado, y que al parecer cuenta con una clientela que no aprecia los libros ni como objeto ni como elemento de la cultura.

Esperamos que esta serie de artículos sirvan para situar al autor y su obra en los contextos historico y científico de su tiempo, moderando la tentación de juzgar los textos de Buffon, Daubenton y Lacépède, todos hijos del siglo XVII, por el contenido de ciertos discursos erráticos y simples y no por sus extraordinarias aportaciones. Para no confundir ni dispersar al lector hemos decidido no incluir referencias sino a través de vínculos directos hacia las fuentes más relevantes, entre ellas las fuentes primarias, totalmente accesibles para consulta en las salas de lectura virtuales de la Biblioteca Nacional de España o Francia, entre otras. Si deseas consultar las obras originales y contemplar sus ilustraciones, comunícale tu intención al encargado de turno porque estos volúmenes particulares no se ceden en préstamo.

La Histoire naturelle en la biblioteca


«De la naturaleza inmortal genio.
Y de su patria y siglo el ornamento».

Como bien se sabe, la Histoire naturelle de Buffon (Georges Louis Leclerc) consta de treinta y seis volúmenes aparecidos de 1749 a 1789 (Histoire de la Terre et de l’Homme, Quadrupèdes, Oiseaux, Minéraux y Suppléments). El Traité de l’Aimant et de ses usages fue el último libro en ver la luz poco antes de la muerte del autor. El volumen de Suplementos titulado Servant de suite à l’Histoire des Animaux quadrupèdes se publicó póstumamente. Con posterioridad aparecieron ocho números más (Quadrupèdes ovipares et des Serpents, Histoire Naturelle des Poissons, Histoire Naturelle des Cétacés) con amplias aportaciones de su discípulo y continuador Bernard-Germain de Lacépède (1756-1825), empeñado en concluir la tarea recopilatoria del maestro en lo que se refiere al saber biológico y natural de la época, un afán enciclopédico muy propio de la ilustración que sirvió fundamentalmente para divulgar el conocimiento y establecer los cimientos de la moderna ciencia empírica. Buffon recurrió a un paisano y amigo suyo, Jean Marie Daubenton (1716-1800), para que le proporcionara sutiles descripciones técnicas de las especies. Todo lo que hay en anatomía en los primeros quince volúmenes de Buffon es de Daubenton. En la biblioteca disponemos de un tomo suelto de la primera época. Se trata del volumen séptimo de una de las incontables ediciones de la obra, en este caso en formato «de bolsillo» (lo que técnicamente se denomina formato en cuarto), aunque no menos lujosa que sus hermanas mayores: lomos con dorados, piel de becerro y grabados plegables de Jacques de Sève impresos en las últimas páginas. Las ediciones de la Histoire naturelle se sucedieron casi ininterrumpidamente durante más de un siglo, pasándose a llamar Œuvres complètes de Buffon. Con el tiempo fueron suplementadas y ordenadas atendiendo a los criterios imperantes, tanto prácticos como estéticos. Nuestro precioso volumen de 1818 tiene cortes dorados y pertenece a la serie de  Minéraux, que tras una primera reorganización se constituyeron en los primeros tomos de la obra tras la Histoire de la Terre, pero sin formar parte de ella. A partir de 1820 las nuevas publicaciones incluyen la moderna clasificación del barón de Cuvier (orden, familia y género) en una tabla separada. Se dice que Georges Cuvier, otra gran gloria nacional francesa, respiró aliviado al saber de la muerte de Buffon: «Esta vez, el conde está muerto y enterrado». Dejando aparte el testimonio de ingratitud, para un buen número de sus discipulos directos o indirectos, Buffon representaba el pensamiento anquilosado y especulativo del antiguo régimen, lo que justifica en parte la ácida inquina del autor de Le règne animal distribué d’après son organisation, publicado en 1817.  En lo sucesivo, tanto Cuvier como su obra ejercerían una poderosa influencia en el naturalismo y la biología francesas, a la sazón a la vanguardia en Europa. Con todo, a medidados de siglo XIX los contenidos de la Historia natural ya resultan un poco rancios. Los nueve tomos de las Œuvres complètes de 1850 que puedes consultar físicamente no cuentan con los añadidos de Lacépedè y están modestamente editados en media piel y tosca tapa dura. Sin embargo, abundan en grabados coloreados a mano (normalmente estas ilustraciones formaban parte de ediciones más exclusivas). Llama poderosamente la atención que a las puertas de la revolución científica como la que preparaba Darwin con On the Origin of Species (1859), los lectores se siguieran deleitando con las descripciones elementales de especímenes disecados en el extinto Gabinete Real. Para darse cuenta de la popularidad que alcanzaron dichos textos baste señalar que en 1847 salió el Petit Bouffon des enfants, libro de extractos ilustrado y dirigido al lector infantil, retoños de las contadas familias pudientes que tenían acceso a los libros y a la cultura. Se sabe que la Princesa de Asturias Dña. Isabel de Borbón, popularmente conocida como La Chata, conservaba un ejemplar en su biblioteca.
Abundan las versiones de la Histoire naturelle en otros idiomas. La primera traducción al español data de 1773, veintitrés años depués de que apareciera en lengua alemana. Esta temprana tentativa es muy tímida: se trata de un único volumen, convenientemente filtrado y censurado por el propio traductor. No hay que olvidar que las ideas de Buffon resultaban subversivas e incluso peligrosas para la salud física y espiritual de la España dieciochesca. El naturalista José Clavijo y Fajardo fue el primero en acometer rigurosamente esta labor entre 1785 y 1805. Sobre él Menéndez Pelayo escribió: «Había tratado a Voltaire y a Buffon, cuya Historia Natural puso en castellano con bastante pureza de lengua». Desafortunamente nosotros no contamos con ningún ejemplar escrito en nuestro idioma, pero el acceso a esta versión es muy sencillo y libre a través de la Biblioteca Nacional.

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