Categoría: fondos de la biblioteca (Página 1 de 3)

donaciones

Es normal que en un momento dado, los libros que sin pedir nada a cambio te acompañaron durante buena parte de tu biografía, ocupen más volumen del que puedes concederles y decidas al fin abrir la compuerta que contiene ese raudal de letra impresa. En otras ocasiones, una herencia o legado te convierte en albacea involuntario de decenas de tomos huérfanos, que vuelven sus lomos hacia ti inquiriendo con angustia sobre el futuro que les aguarda. En un momento en el que el concepto de libro como “objeto” está cambiando y los soportes digitales toman posiciones, es habitual que ante la perspectiva de mudanzas futuras, el que fuera coleccionista de sus propias lecturas (al fin y al cabo una biblioteca es el código de barras de un lector) se plantee la necesidad de soltar lastre y abandonar en dique seco aquellos títulos que antaño repletaron orgullosos las mejores estanterías de la casa y que hoy, caducos y desfasados, ocupan el emplazamiento que reclama un moderno monitor de treinta y dos pulgadas. ¿Qué hacer entonces? La salida más inmediata es la del contenedor de papel reciclado; pero son legión los que se muestran reticentes a consumar el sacrilegio, condenando a papel de estraza lo que venía siendo soporte del saber enciclopédico. Sin embargo, con el corazón en la mano, bien parece que no hay retiro digno para los tomazos de referencia temática y los manuales escolares, devorados y digeridos hasta el quimo por la Górgona de internet y sus infinitas fuentes de información. Especial asombro nos merecen los magos de la reutilización, los manitas que son capaces de construir un armario ropero con una edición completa de la Espasa. Si se opta por las donaciones, la mayoría de las bibliotecas públicas rechazan las cesiones desinteresadas porque se declaran incapaces de gestionar tal volumen de documentos. Si acaso, se admiten colecciones de valor histórico, artístico o bibliográfico, primeras ediciones o ejemplares raros por su número, temática o contenido. Los libreros de viejo adquieren al peso bibliotecas enteras con la esperanza de encontrar algún tomo que justifique la recogida y traslado al almacén. En ocasiones se puede identificar alguna joyita, un libro firmado por el autor o una edición ilustrada que llama la atención de bibliófiilos irredentos como los que acostumbramos a encontrar, lentes en ristre, escudriñando las novedades que se les ofrecen en la matritense Cuesta de Moyano, entre el ministro zamorano y Don Pío Baroja.

Nosotros que como institución educativa tenemos el deber de alimentar una biblioteca a la antigua usanza, aceptamos material en buenas condiciones que posea cierto interés didáctico y literario, especialmente colecciones de libros e lectura, clásicos y modernos, para atender la demanda de usuarios que aun reclaman el formato en papel, un maravilloso diseño inalterado durante casi dos milenios y probablemente el más longevo de la humanidad.

La última aportación nos ha servido para dotar de un fondo bibliográfico a la Residencia de Estudiantes. Los estantes que acogen a cuatro centenares de inquilinos resuelven los inconvenientes del cierre provisional de la biblioteca durante las tardes y ofrecen una alternativa al ocio de nuestros residentes en esos momentos en los que la televisión y sus múltiples canales son incapaces de satisfacer los gustos de tan heteróclito personal.

arte por naturaleza

La imagen impresa ha ejercido y ejerce un poderoso influjo en lectores de todos los tiempos. Durante los siglos XVII y XVIII los libros y catálogos de biología se esforzaban por sintetizar la enorme diversidad natural que tomaba posiciones entre las inquietudes del hombre de ciencia. Las colecciones traídas por las misiones de exploración permitían crear gabinetes y museos de historia natural. Pronto se pasó de las curiosidades a las descripciones minuciosas, la anatomía, la fisiología, la taxonomía. El arca de Noé ya no se mantenía a flote: había que tratar de explicar la adaptación al entorno de plantas y animales así como la necesidad de encajar al hombre en ese proyecto divino que se iba revelando demasiado sutil como para liquidarlo en seis días más el imprescindible de libranza. La coalición entre la ciencia y el arte produjo obras notables que alcanzaron una gran difusión y contribuyeron a aumentar la curiosidad y el interés por estos temas. Las distintas ediciones de la Histoire naturelle de Buffon y Lacépède que vieron la luz a lo largo de más de un siglo incluyen una importante colección de grabados de distintas procedencias. La técnica predominante era la xilografía, que consiste en grabar la imagen en un bloque de madera e insertarlo luego en un tipo de metal para ser impreso. Debido a la dificultad que encierra el proceso y al tamaño limitado de los bloques, las imágenes resultantes eran generalmente pequeñas. Las ilustraciones grandes debían ser compuestas mediante varios bloques pequeños colocados uno junto al otro. Imagen y texto se imprimían en páginas separadas que después se componían durante la encuadernación. Normalmente, las ilustraciones diseñadas para la reproducción eran presentadas por el artista en papel; acto seguido, el burilador trasladaba el dibujo al bloque o a la plancha de metal. La calidad de la ilustración final dependía de la capacidad del burilador y había siempre una cierta variación entre el boceto original y la ilustración final. Las planchas iluminadas como las que aparecen en nuestros ejemplares de la Société Bibliophile, se pintaron manualmente sobre la marca del grabado, lo que les confiere un cierto carácter de «piezas únicas». No debemos ocultar que esta actividad mecánica estaba reservada a niños que eran instruidos para aplicar los colores dentro de una cadena que permitía agilizar la producción. Avanzado el siglo se abandonó el bloque de madera, que fue sustituido por el grabado en plancha de metal, de cobre o acero. Se contabilizan un total de 1061 planchas en las ediciones realizadas por la Imprimerie Royal de los treinta y seis volúmenes publicados por Buffon entre 1749 y 1788. Lejos de considerarse un mero aditamento, el autor estimaba la ilustración como ayuda y apoyo indispensable en la descripción de los especímenes. Las buenas relaciones con la corona francesa explican la generosa prodigalidad gráfica de Buffon, ya que ediciones de este estilo resultaban enormemente costosas. Los primeros diseñadores fueron Jacques de Sève y Buvée, conocido por el sobrenombre de «el Americano». Aunque Buffon había manifestado que prefería bocetos frescos de ejemplares vivos, los esforzados dibujantes tuvieron que buscarse la vida ante la embergadura del proyecto. Se recurrió a dibujos previos, pinturas, testimonios verbales… Pero también a animales disecados o conservados en alcoholes que recorrían enormes distancias para llegar al gabinete del artista. En relación a la estampa del jaguar, de Sève reconoce que «No hemos visto este animal vivo, pero Pagès, el médico del rey en Saint-Domingue, nos lo envió entero y bien conservado en una especie de licor, y es sobre este tema que lo hicimos. dibujo y descripción». La ilustración del rinoceronte se correspondía con un retrato de Clara, la rinoceronte hembra que visitó París en 1749, estancia que aprovechó el pintor Jean-Baptiste Oudry para realizar su retrato. La exótica Clara fue exhibida por toda Europa hasta la extenuación (del animal) y finalmente murió en Londres, agotada y sin el cuerno característico, que se le había desprendido años atrás. En la Historia natural los animales siempre posan de perfil y los esqueletos aparecen en una especie de podio o pedestal, La parte dedicada a las aves se difundió a través de dos ediciones, una de ellas en blanco y negro en la que De Sève todavía se encarga del grabado, y otra iluminada con bellos colores, ideada por François-Nicolas Martinet (1731-1800), dibujante y grabador del rey. A partir de 1830, las Œuvres complètes aparecen con las nuevas planchas diseñadas por Edouard Travies (1809-1871) y Janet-Lange (1815-1872). Los volúmenes de la colección que puedes consultar en la biblioteca datan de 1850 (aproximadamente, porque están sin datar). No hemos podido establecer la autoría de «les gravures sur acier» que complementan los textos, aunque la calidad artística, salvo excepciones, es sensiblemente inferior a la de sus predecesoras. Los perfiles son infantiles, monótonos, sin alardes con el buril. El rasgo más sobresaliente es el color, delicadamente aplicado con mano firme y gusto exquisito. Los años transcurridos no han conseguido extinguir el brillo de los colores, protegidos por una fina película brillante que los ha conservado vivos y luminosos entre las páginas maltratadas por la humedad. A esta serie pertenecen las muy conocidas estampas del niño con un solo ojo, o los hermanos siameses unidos por el trasero, que aparecen publicadas por primera vez en 1835 y cuya autoría se puede atribuir al pintor Victor Adam. Con toda certeza, los mapas de los tomos 1 y 2 se deben a Robert de Vaugondy, famoso cartógrafo cotemporáneo de Buffon. Incluso para mediados del XIX los mapas en cuestión ya parecen de otra época. Aclaramos que la obra está íntegramente conservada y momentáneamente a salvo del expolio incomprensible que satura las librerías de viejo y las casas de subastas baratas, una moda que consiste en extraer las ilustraciones de mérito para venderlas luego por separado, y que al parecer cuenta con una clientela que no aprecia los libros ni como objeto ni como elemento de la cultura.

Esperamos que esta serie de artículos sirvan para situar al autor y su obra en los contextos historico y científico de su tiempo, moderando la tentación de juzgar los textos de Buffon, Daubenton y Lacépède, todos hijos del siglo XVII, por el contenido de ciertos discursos erráticos y simples y no por sus extraordinarias aportaciones. Para no confundir ni dispersar al lector hemos decidido no incluir referencias sino a través de vínculos directos hacia las fuentes más relevantes, entre ellas las fuentes primarias, totalmente accesibles para consulta en las salas de lectura virtuales de la Biblioteca Nacional de España o Francia, entre otras. Si deseas consultar las obras originales y contemplar sus ilustraciones, comunícale tu intención al encargado de turno porque estos volúmenes particulares no se ceden en préstamo.

los desastres de la guerra

La serie de grabados más conocida de Francisco de Goya presenta una visión de la guerra radicalmente distinta a la del resto de sus contemporáneos. Carentes de todo fin propagandístico, los descarnados cobres que el pintor empezara a grabar en 1810 nos muestran el rostro más oscuro y abyecto de la guerra: el de los muertos, los asesinos, los inocentes… los indefensos, el de los que se complacen con el padecimiento ajeno, con el escarnio sangriento que alimenta la venganza y no entiende de bandos ni de patrias. Los desastres de la guerra se editaron por primera vez en 1863, treinta y cinco años después de la desaparición del autor y transcurrido casi medio siglo del fin de la Guerra de la Independencia. Pronto nos ocuparemos de este capítulo de la moderna historia de España. y más en concreto de los Episodios Nacionales en este Año Galdós que tenemos por delante. Pero sigamos la huella gráfica de este insigne precedente para identificar a los maestros del cómic español que encontraron en el género bélico un perfecto vehículo para hacer historias. Los cuadernos apaisados de Hazañas Bélicas eran leídos por millones de lectores que los compraban en los quioscos para después intercambiarlos y canjearlos literalmente hasta el desgaste… El primer número fue publicado en 1948 con el sello de la editorial Toray. Se trataba de una historieta corta en blanco y negro, escrita y dibujada por un antiguo combatiente republicano, Guillermo Sánchez Boix (1917-1960), más conocido por su sobrenombre artístico: Boixcar. El dibujante creó un estilo muy personal y discutido, utilizando tramas y fotografías para reproducir al detalle abundante maquinaria de guerra. Como se puede suponer, los guiones debían navegar en el proceloso mar de la censura, y si bien muchos de los relatos abordan cuestiones más éticas que ideológicas, era inexcusable «decantarse» por un bando u otro a la hora de contextualizar las andanzas de los protagonistas. Así, en los relatos ambientados en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, «los malos» son los japoneses. En las historias del frente del este, los héroes son los alemanes y los villanos los rusos. Como se puede suponer, en los cuadernos sobre la Guerra Fría, el bando «canalla» es el comunista, formado por soviéticos, chinos, norcoreanos, vietnamitas o birmanos. La década de los cincuenta del siglo pasado fue particularmente prolífica en guionistas y dibujantes de gran talla profesional, dedicados en cuerpo y alma a producir a destajo para un mercado ávido y en expansión. García Iranzo, Luis Bermejo, Joaquin Brrenguer, Adolfo Álvarez-Buylla, Miguel Ambrosio ZaragozaVictor Mora, José Ortiz… Eran tantos en el oficio que se llegaron a crear varias agencias que operaban internacionalmente para representarlos allende nuestras fronteras. No fueron pocos los que encontraron oportunidades de promoción personal y artística en Europa e incluso en Estados Unidos, donde a la sazón se publicaban las series más difundidas e influyentes del momento. Tal fue el caso de Luis Collado Coch (Valencia, 1935), uno de los más jóvenes de esta generación prodigiosa, que publicó gran parte de sus historietas bélicas en el Reino Unido. Este autor de larguísima trayectoria fue uno de los valuartes de la revista Pacifik, una curiosa iniciativa editorial decididamente antibélica, y en la que también colaboraron Reed CrandallJoe OrlandoCarlos Giménez, Victor Hugo Arias, Gray Morrow, Alex Toth, Sergio Toppi… El experimento se prolongó en España durante tres números (que puedes leer en la biblioteca si lo deseas). Collado Coch se encargaba de las páginas centrales, a todo color. Bajo el título genérico de Historias de soldados, Collado dramatizaba la esencia misma del conflicto: unos matan y otros mueren… una sencilla disyuntiva que sin embargo no te librará de morir sepultado bajo los escombros. Como artesano en activo, Collado sigue publicando trabajos primorosos con guiones propios y excepcionalmente documentados. Nosotros hemos querido profundizar un poco más en la obra del autor valenciano. Con ello pretendemos tributar un sencillo homenaje a toda aquella generación de artistas gráficos que elevaron la historieta a la categoría que aun hoy le corresponde.

http://www.youtube.com/watch?v=G8Z_n2zOtgM

 

maravillas de la ciencia

Hasta bien entrado el siglo XIX, el científico era una figura excepcional, establecida en los márgenes del trabajo productivo, un gentilhombre curioso que merced a su estatus o a su fortuna personal, podía dedicar tiempo y esfuerzo intelectual a experimentos y lucubraciones. Todo eso cambio cuando en nombre del progreso, el oficio de científico se vio amparado socialmente y reconocido por instituciones con líneas de investigación que agrupaban a los sabios y organizaban su trabajo. Resultado de esta colaboración entre teóricos e ingenieros fueron los avances tecnológicos sobresalientes que inauguraron lo que llamamos la era industrial. La máquina a vapor, las técnicas siderúrgicas, los pesos y medidas, la electricidad, el telégrafo… extraordinarias aplicaciones de principios físicos y quìmicos que revolucionaron los viejos sistemas económicos y propiciaron el éxodo de millones de personas del campo a la ciudad. La burguesía que tanto se había beneficiado de la rápida transformación, acudía en masa a las exposiciones universales, donde quedaba abducida por las novedades ruidosas que expulsaban densos nubarrones de humo negro y prometían un progreso sin límite. Aparece la literatura científica, con un énfasis en la ciencia y la industria como elementos que habrían de guiar al hombre hacia un porvenir de felicidad y armonía en una sociedad más adecuada al ser humano del mañana1. Se sientan las bases de «la guerra contra naturaleza» que liberará al nuevo ciudadano de la explotación. El primero de los baluartes será la ciencia; más tarde se sumarán la industria y las grandes obras de ingeniería. Numerosas obras de corte popular (dirigido a un público no especialista, aunque formado intelectualmente) saturan el mercado. En Francia, Verne y Hetzel encuentran un verdadero filón literario imaginando las bondades del progreso con argumentos ágiles que también promueven valores del socialismo romántico como la solidaridad, la fraternidad o la justicia. Otros autores no tan mimados por la masas pero igualmente prolíficos se consagran a lo que hoy llamamos divulgación científica. Louis Figuier es posiblemente el más reconocido de todos. Escribió muchísimos libros. También dirigió La Science Illustrée, prestigioso semanario en el que colaboraron reconocidos periodistas y escritores, incluyendo al propio Verne, que semanalmente publicaba por entregas sus folletones menos conocidos. La obra que ha dado pie a este pequeño preámbulo fue descubierta entre un montón de libros expurgados. Se llama Merveilles de la science, ou description populaire des inventions modernes, un volumen de los cuatro que bajo ese mismo título el señor Figuier publicó entre los años 1867 y 1870. El ejemplar contiene una serie de capítulos con títulos como El telégrafo aéreo, Galvanoplastia o Aerostatos. Dentro de cada apartado, el autor presenta una visión evolutiva de cada invención. El libro tiene 741 páginas y su encuadernación holandesa con tapa dura es recia y robusta. Está profusamente ilustrado con preciosos grabados, imágenes que a menudo constituyen las primeras reconstrucciones visuales de ingenios tecnológicos importantes. Sabemos además que muchos de estos grabados son obra de H. Rousseau y E. Thomas, pero aparecen regularmente en libros modernos sobre la historia de la ciencia y la tecnología generalmente sin atribución. Recuperamos para nuestros lectores esta interesante muestra de la literatura científica del XIX en su idioma original, de referencia obligada para los curiosos de la ciencia y de la historia que se estén preguntando por el origen remoto de lo que doña Greta Thunberg denomina un planeta en llamas.

1Sunyer Martín, Pedro. Cuadernos Críticos de Geografía Humana, nº 76, julio de 1988

una historia natural

Ya hemos escrito aquí la opinión que nos merece ese subproducto editorial tan rentable como inútil al que denominamos libro de texto, ideal para atizar el hogar en invierno (el combustible más caro del mundo). Pero para ser justos, reconozcamos que alguna vez su existencia estuvo justificada. En la segunda mitad del siglo XIX los textos escolares se antojaban necesarios para sembrar el germen del conocimiento en las nuevas generaciones. Escritos con esmero por profesores solventes, la virtud de estos autores no era precisamente la de atender las peculiaridades intelectuales de los jóvenes lectores, pero sí la de sintetizar los rudimentos de una disciplina sin ahorrarse un ápice de rigor y honestidad académica. En nuestro fondo contamos con El manual de historia natural de Manuel María José de Galdo, una guía para la segunda enseñanza (equivalente a la educación secundaria de ahora, salvando las distancias), por primera vez escrita pensando en alumnos españoles. Hasta ese momento se disponía de textos extranjeros, traducidos generalmente del francés. La primera edición es de 1848. Está dedicada a Su Majestad la Reina Isabel II y cuenta con los avales del gobierno de la época. De hecho, las reediciones ampliadas fueron libro obligatorio durante cuarenta y nueve años. D. Manuel presentó la primera versión con veintitrés añitos, aunque el texto fue revisado en numerosas ocasiones hasta prácticamente la fecha de su fallecimiento. En las sucesivas apariciones del manual, Galdo incorpora grabados y referencias al entorno natural español, especialmente en las lecciones de geología y mineralogía, temas en los que la información general se completa con datos locales como, por ejemplo, la situación de los principales afloramientos de minerales del país. La evolución personal e intelectual del autor y, por ende, la de la comunidad académica y científica de la nación, quedan bien patentes en los cambios y mejoras introducidas en cada una de las nuevas versiones: El señor Galdo, que llegó a ser durante un breve periodo de tiempo alcalde de Madrid,  pasa de las dedicatorias a la reina al cuestionamiento monárquico (1867), y de posiciones académicas conservadoras («el cultivo de las ciencias, lejos de ser hostil a la religión, es por el contrario uno de los más fundamentales y verdaderos apoyos«) a decididas apuestas por la nueva ciencia y las visiones más revolucionarias, como la teoría de la evolución, recogida finalmente en la edición de 1888 (casi treinta años después de que se publicara El origen de las especies de Charles Darwin). El estudio de este libro implicaba una fuerte dosis de memoria, sobre todo en lo tocante a las clasificaciones minerales, de animales y de plantas. En el apartado pecuniario, la venta de la obra reportó al autor bastantes beneficios, aunque muy, pero que muy alejados de los márgenes que dejan los actuales libros de texto.

http://www.youtube.com/watch?v=GFEvezG0d1w

caravaggio vs. velázquez

caravaggio_biblioluces

Volvemos a los tebeos. En nuestra modesta colección figuran algunos títulos que expresan a las mil maravillas el vínculo entre la pintura y el noveno arte, bien sea por una indisimulada admiración, bien por la infinita inspiración que ofrecen creadores universales como Picasso, Dalí, Chagall, Goya, Michelangelo… Hoy nos ocupamos de dos obras excepcionales que todo buen aficionado ha de leer y disfrutar: Caravaggio. El pincel y la espada, y Las Meninas. El primero de ellos es obra del gran Milo Manara: se trata de un retrato biográfico de Michelangelo Merisi ambientado en la Roma de finales del siglo XVI. El Caravaggio más camorrista y pendenciero entrena sus pinceles en talleres de baja estofa, confundido entre malandrines, canallas, pordioseros y señoras estupendas de vida disipada. En el cómic, la amistad con una de estas mujeres fatales propiciará el duelo en el que el gran pintor siega la vida de su oponente, aunque el verdadero origen del sangriento lance que le obligaría a huir de la ciudad parece haber sido un inocente juego de pelota. Los escenarios grandilocuentes de Manara nos trasladan mágicamente a este universo turbio, a la vez que despiertan la curiosidad de todo buen aficionado al arte. Las Meninas de Santiago García y Javier Olivares es otra cosa. Reflexivo, inteligente y novedosamente estructurado, recorre la vida del Diego Velázquez, aposentador de Palacio, buscando la esencia última del arte más sublime, finalmente materializado en la obra cumbre de la pintura española: Las Meninas. El dibujo tosco y crudo, los trazos gruesos y muy calculados regalan la vista y complacen al lector hasta el punto de obligarle a exprimir todo el jugo de la ilustración antes de pasar página. Un retrato de mérito sustentado en un guión por escenas que revela una sólida documentación.

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