Categoría: vale más que las pesetas (Página 1 de 11)

NETO: el humor como cualidad humana (II)

Cumplimos lo prometido y culminamos esta serie de entradas dedicadas a la historieta y la tira gráfica con una entrevista informal pero muy sugerente con Ernesto García del Castillo (Cangas del Narcea, 1960), Neto para los que lo conocemos por su variada producción gráfica y humorística. Con su inestimable ayuda, hemos dado un repaso a la historia del género en España y en Asturias. Con él hemos conversado sobre las particularidades del proceso creativo, y recalado en el tema del impacto de la sátira gráfica en la opinión pública, en particular entre los jóvenes que se incorporan como nuevos lectores de periódicos, movidos por un incipiente interés por la actualidad política y social como ciudadanos críticos y comprometidos que son (¡Que para eso van a la escuela, ea!). En el desarrollo de la agradable velada, Neto fue evocando a un numeroso grupo de creadores españoles que han marcado una época, sin dejar de lado a los estrechamente vinculados con Asturias, nombres ilustres que se dieron a conocer tanto en medios regionales como en revistas y publicaciones de alcance nacional e internacional.

Neto presume orgulloso de tener un apunte original del genial Alfonso Iglesias (1910-1988), Alfonso, el creador de Telva, Pinón y Pinín (invitamos a visitar el monumento del parque de «El Sotu», en La Felguera). Pero también volvimos la memoria como un calcetín para recordar a Néstor (1943-2026), Adolfo García (1945), Emiliano Alonso (1958), Niembro (1913-2000), Pablo García (1964), el gran Chiqui de la Fuente (1933-1992)… De ellos y de bastantes más (todos merecerían atención y trato aparte) se realizó, allá por el año 2002, una gran retrospectiva coordinada por Neto organizada por una entidad bancaria, que fue recogida en un catálogo con viñetas a todo color que Ernesto nos regaló amablemente para nuestra biblioteca. Los autores más influentes durante el último siglo en Asturias fueron objeto, incluso, de una tesis doctoral de la Universidad de Oviedo de 2015, escrita por Esther Rodríguez Ortiz.

De la mano de Los Pitufos Curiosos de Biblioluces os invitamos a disfrutar de la conversación que mantuvimos en una peculiar cafetería (terminaron por invitarnos amablemente a levantar la sesión para poder cerrar el establecimiento), rodeados de libros por todas partes, y donde hubo momentos para las confidencias, el intercambio de opiniones, las anécdotas que no se pueden publicar, los recuerdos escolares y, desde luego, para hablar sin medida de historieta y humor gráfico con Neto, un creador asturiano al que recomendamos conocer y reconocer, porque si lo que se desea es aprender de verdad, lo más inteligente es ESCUCHAR LEER a los que más saben…

Azorín, rehabilitado

El proceso es el siguiente:

La extracción. De un contenedor abandonado, encajado en una esquina entre dos fardos rebosantes de folios amarillentos, extraemos un libro que nos llama la atención. Es uno más de entre los ejemplares expurgados de la biblioteca escolar; se trata de la colección “Cuentos”, escrito por José Martínez RuizAzorín (1873-1967), y publicado por Afrodisio Aguado en 1956, con prólogo del autor. En la cima de una montaña de ejemplares necesitados de auxilio (un Ivanhoe ilustrado, novelas de Julio Verne, teatro de Valle Inclán, restos desvencijados de Austral, antologías, un libro de chistes de Chipi y Chopi…) las tapas ligeramente desvaídas se imponen a la vista: impresas sobre la cubierta, letras doradas al latón llaman la atención del observador. Basta una leve caricia, un repaso con las yemas de los dedos, para que el brillo original se imponga sobre el fondo verde de rígido cartón.  Los libros todos de aquella balsa abandonada a la marea del olvido tienden sus cubiertas suplicantes hacia nosotros, solicitando a modo de ruego una oportunidad que les salve del eventual encuentro con las cuchillas de triturar papel. Sin embargo, no estamos preparados y hemos venido sin margen para escrutar tal cantidad de obras, condenadas incluso antes de salir botadas de los anaqueles por la pujanza de ejemplares “más modernos”, literatura infantil y juvenil de consumo inmediato y de dudosa calidad literaria. Los discursos de Wilfredo de Ivanhoe o del mismísimo Jacques Paganel no cometieron más delito que el de exponerse públicamente durante décadas, sin más aderezos que un título, un autor y una ligera capa de polvo, señas de identidad suficientes para el joven lector prevenido por su maestro.  Ahora yacen en la caja de cualquier manera, privados del orden más elemental, que es el alfabético, apretados y sometidos a las dentelladas de xilófagos hambrientos cuando no a la humedad que asciende desde el piso como un miasma maligno. Encaramado en la cima de la desgracia, el libro de Azorín se desliza por una pendiente de tapas satinadas y da con la tripa en el suelo. El gesto de restituirlo a su lugar se transforma en otro similar, más meditado, que termina en el amplio bolsillo del anorak.

La lectura. Al libro expurgado se le debe conceder el beneficio de una lectura pausada. Esta es una recopilación pequeña de entre los “más de cuatrocientos cuentos” que D. José presume de haber escrito. En el prólogo, que apareció como artículo en el diario ABC doce años antes, Azorín establece una particular equiparación literaria: «El cuento es a la prosa lo que el soneto al verso», e igualmente impone al género reglas tales como la de los tres períodos: «Prólogo, desenvolvimiento y epílogo. No se puede llevar al lector durante cierto trecho para enfrentarle luego con una vulgaridad». Sin embargo, los cuentos de “Cuentos” no se sujetan al canon que proclama el autor. Tampoco importa demasiado: la narrativa virtuosa se alimenta de un léxico deslumbrante; el encanto del español azoriniano se muestra en todo su esplendor; la prosa de D. José se desliza como la mantequilla sobre una rebanada de pan caliente; el lector solo tiene que espolvorear una pizca de azúcar para disponer a su favor las papilas gustativas.

El acondicionamiento. Procédase ahora a retirar con cuidado las sucesivas capas de tejuelos, adhesivos y códigos de barras. Los sellos estampados en azul son imposibles de remover, así que se quedan para dar testimonio de propiedad de cuando el libro en cuestión era un objeto valioso por el que había que velar.

Personalización. El tributo ideal del lector agradecido. O la suma de tributos de cuantos lectores han tenido el libro entre sus manos o han posado siquiera la mirada sobre cualquiera de sus páginas: una nota al margen, un leve subrayado, una esquina doblada, una hojita de arce japonés… Si además se trata de un libro repudiado, rescatado in extremis de la podredumbre, resulta obligado marcar el hito de este nuevo alumbramiento que le devuelva la dignidad perdida. Las hojas de respeto son blancas invitaciones para que el benefactor imprima su huella; en este caso, una frase extraída del cuento “Las tres caretas” inspira un retrato de Azorín con bolígrafo Bic, al estilo de Gamonal en La Esfera: «Suponemos que en el estante habrá otras caretas; pero éstas que están colgadas en la pared son las únicas que se ven. Contémplelas el lector; aquí tiene la imagen, ¡es fidelísima!, el dibujante las ha copiado a las mil maravillas». Una firma imprecisa y alguna pista que invite a una falsa datación aportan duda y misterio al origen de tal contribución.

Falsas credenciales y reintegración. Ahora es necesario actuar con cautela. Por paradójico que parezca, es más fácil afanar un libro que reintegrar uno expurgado. En el primer caso, es probable que la ausencia detectada, sobre todo si se trata de una obra poco solicitada por los usuarios, se justifique en principio a causa de un préstamo muy prolongado o, incluso, de una sucesión de préstamos encadenados, por lo que es natural que el hurto pase desapercibido durante bastante tiempo. Pero el desvaído lomo de un volumen expurgado se hace notar entre otros coloridos y lustrosos, por lo que no se recomienda que ocupe el lugar que le corresponde por género o por autor. Mejor colocarle un falso tejuelo (puede valer el que se le retiró en su momento, si no canta mucho) y disponerle en algún anaquel donde todavía resistan algunos de su especie, bien sea porque el tema no llama la atención, bien porque está a una altura que exige estirar el cuello o agacharse en exceso, gestos forzados que siempre dificultan la concentración de los inquisidores.

Nos reservamos ofrecer indicaciones que pudieran facilitar la localización de nuestro Azorín (por otro lado, el único Azorín de la biblioteca) pero desde su nueva ubicación (no diré si atalaya o semisótano…) vuelve a ser testigo de la agitada vida escolar, tan discreto él que podrían pasar años antes de que alguien repare en su presencia y le reponga con todos los honores en los inventarios electrónicos… o le relegue una vez más, cuando ya ni siquiera exista una asignatura de literatura española, al montón de los maestros prescindibles.

NETO: el humor como cualidad humana (I)

Hombre sencillo. Locuaz. Curioso. Buen conversador. Agudo en lo que piensa y certero en lo que hace… Ese es Ernesto García del Castillo (Cangas del Narcea, 1960), Neto para los que lo conocemos como humorista, dibujante, cartelista, diseñador gráfico… Durante su carrera ha recibido varios reconocimientos, aunque él recuerda con especial cariño el Premio Mingote, con el que anteriormente fueran galardonados Tono, Peridis, Chumy Chúmez o Manuel Summers. Se curtió en la viñeta satírica de La Codorniz, Hermano Lobo o La Golondriz y, como todos los de su generación, empezó a dibujar «monos» leyendo y copiando las historietas de Bruguera. Hoy publica una tira diaria en varios periódicos de la prensa española, aunque aquí nos llega primero su sección fija en la contraportada de El Comercio, referencia obligada para el lector de periódicos asturiano, así como para todos aquellos usuarios que visitan por miles su página de feisbuc. Neto tiene un estilo personal, inconfundible. Sus personajes anónimos, esos que encarnan al sufrido ciudadano, son el contrapunto de la numerosa tropa de caricaturas políticas, bondadosamente retratadas, que se muestran desde la intimidad de las viñetas artesanas para solaz de cuántos desean conocer la entraña de la actualidad a través del prisma que concentra la mirada en las debilidades humanas.

Una tira aparecida de la recopilación «Pin, cien sonrisas y algo más…», primer libro de humor de Neto (Ed. Pesgos, 1987)

A lo largo de cinco décadas bien llevadas, Neto ha evolucionado. Y no sólo como humorista: el Neto artista ha madurado para consolidar un estilo propio en el que dice sentirse cómodo; su forma de ver y de sentir Asturias se traslada a una variada creación plástica, difundida en distintos soportes, que cuenta con grandes referentes presentes y pretéritos; quien se tilde de buen observador percibirá un trazo característico, muy vinculado a la geografía de su querida Asturias, trazo que se desliza por el papel buscando la rugosidad de la fibra para recrear un sentimiento que se refleja en las pupilas cómplices de sus paisanos. De formación autodidacta, su trayectoria profesional ha estado ligada «casi-siempre» al dibujo, aunque a veces le haya tocado hacer más de deliniante que de artista gráfico; se considera por ello un privilegiado que ha invertido talento en lo que le gusta, disfrutando intensamente de las etapas sucesivas que le ha deparado el destino caprichoso.

Una página del cómic «Los nuesos paisanos na Historia». Esta en particular está dedicada por Neto al colungués Francisco Grande Covián (E. Madú, 2002)

Hoy Neto, más ocupado que nunca, planifica una venidera jubilación «controlada», donde pueda ocuparse a la obra que conlleva más cariño, tiempo y dedicación sin la pesadumbre que imponen los plazos, aunque no contempla abandonar ese espacio de imaginación y libertad que le proporciona la tira diaria, personalísima tarjeta de presentación que publica en varios medios locales y nacionales. También se plantea ponerse «en serio» con el impresionante fondo gráfico y documental que atesora, y no descarta editar algún recopilatorio que devuelva a los lectores una mínima parte de las más de treinta y tantas mil viñetas que ilustran la historia de España y de Asturias de, prácticamente, el último medio siglo.

Desde luego que no faltan motivos para profundizar un poco más en figura y en la obra de este humorista simpar. Y eso es lo que vamos a hacer aquí: Biblioluces le dedicará a Neto una nueva entrada para que los Pitufos Curiosos, con las gotitas del «inocente» descaro que destilan sus preguntas, nos perfilen un retrato del Neto más personal para que los jóvenes aprendices-lectores conozcan y reconozcan a este creador, tan nuestro como el Amagüestu o la Cueva del Sidrón

 

hay signos de vida en este planeta

Chiste de Manuel Summers (1935-1993), aparecido en la revista Hermano Lobo. Junio de 1972.

La sátira y el humor son sutiles herramientas de la inteligencia, catalizadores de la opinión y, como apuntaba Freud, liberadores de la conciencia, ese aderezo exclusivo del género humano que luce brillante cuando nos detenemos en el camino para identificar el bien antes de tomar partido por el mal. Los romances burlescos de la Edad Media, los pliegos de cordel, Lazarillo, la desquiciada voz de Don Alonso Quijano, Las Cartas marruecas, los Disparates goyescos, los folletones populares… ¡y hasta los mismísimos monigotes rupestres! constituyen maravillosos precedentes que han dejado su poso en el tratamiento humorístico de las modernas “contradicciones de la sociedad”, flaquezas que solemos ignorar y que dibujantes de toda laya escarnecen en los soportes más variopintos, desde el panfleto a la interné… Revistas provocadoras, mensajes publicitarios, tiras periodísticas, blogs irreverentes, viñetas políticas… un volumen notable de producciones que ejercen su particular influencia en lo que se ha dado en llamar “opinión pública”, gran frontón de sufragios y contiendas artificiales donde rebotan con estruendo las pelotas que devuelven con insistencia periodistas vasallos, políticos populistas y demagogos. Pero sigamos con lo que nos ocupa…

Portada de la revista satírica «La Codorniz». 9 de Julio de 1967.

Humberto Eco sostenía que lo trágico y lo dramático son universales, mientras que no ocurre así con lo cómico… Pero se necesita una cultura con densidad, con poso de siglos, para desarrollar un “sentido del humor” propio, con singulares señas de identidad. Así es que podemos hablar de un humor británico, un humor judío, un humor japonés… ¿Podemos referirnos también a un humor español? Definitivamente sí. Con afán de conceder al nuestro su propia carta de naturaleza, D. Miguel Mihura (que además de escribir Tres sombreros de copa también era dibujante de historietas) dejó dicho que “el humor es ver la trampa a todo, darse cuenta de por dónde cojean las cosas; comprender que todo tiene un revés, que todas las cosas pueden ser de otra manera”. Los egregios cofrades de su generación (Neville, Tono, K-Hito, Enrique Jardiel Poncela, Fernández Flórez, Gómez de la Serna…) se rebelaron hace un siglo contra el humor de entraña, un humor simple y cazurro que hace motivo de “befa y mofa” la diferencia, la desgracia del prójimo, la infidelidad consentida o la costalada del que termina con sus huesos en tierra después de un desventurado traspiés. Este selecto grupo surge paralelamente a la Generación del 27 («la otra Generación del 27», como la denominó el académico D. José López Rubio) y se caracterizó, sobre todo, por el empeño en la renovación del humor patrio, haciendo suyo el objetivo que Larra se había marcado con El pobrecito hablador: “Provocar el cambio de la mentalidad del país, acabar con la cretinización de la vida social española, producto de la desdichada política seguida por sus gobernantes, y aplicar el raciocinio, la cultura y el diálogo para evitar mayores desgracias”. Pero ni ellos ni sus loables propósitos pudieron sortear la conflagración fratricida que determinó la evolución del género. Lejos de diluirse en el vino aguado de la religión y el folclorismo, el humor gráfico español se sobrepuso lúcidamente a las restricciones y a la censura, adoptando el gesto pasmado del bufón inocente. A su sombra, la segunda mitad del siglo pasado alumbró dibujantes e historietistas con genio y personalidad a los que hoy reconocemos como antecedentes de la moderna viñeta satírica:  Serafín, Gayo, Arturo, Ballesta, OPS, Mena, Munoa, Pablo, Cabañas, Sir Cámara, Madrigal, Chumy Chúmez, Gila, Forges, Kalikatres, Goñi, Molleda, Muro, Picó, Summers, Mingote… Esta heterogénea “cruzada” de talentos se aplicó en acomodarse al severo orden de la dictadura para terminar provocando espasmos en el acartonado rictus del régimen. Con la llegada de la democracia y el fin de las limitaciones a la libertad de expresión, los autores se agruparon en distintas facciones ideológicas y tomaron partido editorial. Pero no hubo concesiones ni a derecha ni a izquierda; el talante ácido y un tanto desmelenado de la nueva ola contribuyó a divulgar los valores de la ciudadanía europea occidental y a canalizar la confrontación latente entre españoles. Llegados a este punto cabe preguntarse por la salud actual del género, por los novedosos medios de difusión, por la censura “reconstituida”, por las técnicas renovadas, por las influencias necesarias… Incluso si es propio hablar de un humor netamente asturiano…

Para encontrar respuestas a estas y a otras cuestiones declinamos el amable ofrecimiento de los siete sabios de Grecia; nosotros nos decantamos por uno de aquí, de la tierra, natural de Cangas del Narcea, artista gráfico y agudo observador de la actualidad que cotidianamente hace saltar una chispa de talento medido e inteligente en el diario El Comercio

Así que esta historieta en cuestión no ha llegado a su fin

la criatura de Mary

La iconografía clásica del Monstruo de Frankenstein se la debemos al cine y al comic.

Aprenda de mí, si no por mis advertencias, sí al menos por mi ejemplo, lo peligroso de adquirir conocimientos; aprenda cuánto más feliz es el hombre que considera su ciudad natal el centro del universo, que aquel que aspira a una mayor grandeza de la que le permite su naturaleza.

La inquieta curiosidad del eminente doctor suizo Víctor Frankenstein le inclinó muy pronto por el estudio de la filosofía natural, un vasto dominio en el que la ciencia imponía las estrictas reglas de la experimentación. Las sorprendentes revelaciones de la química, la física o la biología abundaron en la euforia del genio, que desde su juventud había acariciado la posibilidad de infundir vida en la materia inerte al modo de Paracelso o Cornelius Agrippa… Aclaramos que el primero de ellos decía haber dado vida a un hombrecillo “perfectamente funcional” combinando en justa proporción sangre humana y excremento de caballo, y el segundo presumía de una receta similar, pero a partir del semen de un ahorcado, mandrágora, leche y miel. Sin desfallecer, Frankenstein persigue con denuedo su colosal objetivo hasta que, finalmente, sus esfuerzos se ven coronados por el éxito. Dominada la técnica básica, reúne unos cuántos despojos de aquí y de allá (en aquella época estaba prohibido por la ley diseccionar a un buen cristiano, así que para ilustrar clases magistrales de anatomía era habitual comerciar con cadáveres de condenados a la horca o robar difuntos de los cementerios) y compone un ser que el aliento de la vida transforma en humano. Pero a poco del primer suspiro, Frankenstein reniega de su monstruo y le abandona a su suerte sin siquiera derecho al desayuno. A partir de ese momento, la resentida criatura se dedicará en «cuerpo y alma» a proyectar su propio dolor sobre su «padre» ingrato, infiriéndole el tormento de hacerle perder a casi todos sus seres queridos. Sin ánimo de destripar la historia, la novela desemboca en un final trágico en el que, paradójicamente, el doctor Frankenstein se lleva a la tumba el secreto de la vida.

Esta historia sencilla y escasamente «terrorífica» para los estándares actuales ha sido superada con creces por la fama de su protagonista principal, la criatura anónima hecha de retales y condenada a sufrir el desprecio de los que solo son capaces de juzgar por las apariencias. El Monstruo de Frankenstein es una figura perfectamente reconocible entre las nutridas filas de héroes y antihéroes que habitan nuestro imaginario común. Los detalles que lo hacen «familiar» para todo el mundo no aparecen a la novela de Mary Shelley (1797-1851), sino que son fruto de la fantasía popular y de las sucesivas reinterpretaciones gráficas y cinematográficas. Especialmente significativas son las producciones en blanco y negro de los años 30 y 40 del siglo pasado (Frankenstein de James Whale, 1931). La caracterización de Boris Karloff con mirada cadavérica, miembros cosidos y tornillos en el cuello ha hecho más por la inmortalidad de la obra que los sesudos prologuistas de las diferentes ediciones, empeñados en descubrir el íntimo mensaje que la autora imprimió en el relato. Pero si dejamos de lado la figura icónica y los precios estratosféricos que han alcanzado los volúmenes de la primera edición de 1818, el cuento de Mary Shelley es simple, con una estructura tortuosa y un texto que abunda en lugares comunes. En la trama, un tanto inconsistente, la mujer ocupa un lugar secundario y las aproximaciones literarias que suponen una pirueta narrativa terminan abruptamente, sin ilustrar ni aclarar nada. Los que vayan buscando cabezas cuadradas y costurones dramáticos se tendrán que apañar con una única y somera descripción de la criatura, con la que el lector tiene que dar verosimilitud a la “diabólica fealdad que hacía imposible el mirarlo”:  «Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias; tenía el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos; pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios». Y es que, en rigor, tampoco se le podía pedir más a una muchacha de dieciocho años en los albores de su carrera como escritora y sumida en una crisis vital que en ocasiones era difícil de sobrellevar, incluso para una joven precoz, culta e inteligente como Mary.

El libro “Frankenstein o el moderno Prometeo” no pasará a la historia como una obra maestra ni como un impecable ejercicio de ciencia-ficción. Tampoco asustará a los niños congregados alrededor de la catalítica durante las frías noches de invierno ni llamará la atención de lectores en busca de emociones fuertes, pero nos dará un buen motivo para repasar el atormentado código estético de los autores románticos y su apuesta decidida por regenerar el ambiente de rígido e hipócrita moralismo que ahogaba (y sigue ahogando) la creatividad.

el invento de Hetzel

Durante segunda mitad del siglo XIX las geniales intuiciones de un puñado de intelectuales que empiezan a conocerse como «científicos» impulsan un cambio radical que nada tiene que ver con las convulsas revoluciones sociales del pasado. La máquina de vapor, la telegrafía, la electricidad… son hitos que marcan el primer paso hacia lo que hoy llamamos «globalización». Los más optimistas identifican estas señales como balizas de una dorada senda que serpentea hacia el progreso y la felicidad. Las potencias occidentales hacen acopio de arsenal ideológico y económico, e invitan a participar en el festín a toda la humanidad, voluntariamente o a la fuerza. Profundos cambios en el tejido productivo y social contribuyen a disolver las viejas filiaciones con la tierra y a desplazar los intereses del capital hacia minas, fábricas o factorías. Cientos de miles de personas llegan las ciudades y sus periferias en busca de fortuna incierta. En este ambiente de positivismo extremo, Pierre-Jules Hetzel (1814-1886), editor de Balzac y Víctor Hugo, tiene en mente un proyecto de revista cuya finalidad será difundir entre los jóvenes temas científicos de una forma amena y atractiva. La casualidad atrae hasta su oficina a un joven escritor llegado de Nantes. Familiarizado con el rechazo, Julio Verne (1828-1905), que a la sazón tiene 34 años, porta bajo el brazo dos manuscritos que Hetzel promete estudiar. Sin sospecharlo, ambos personajes coinciden en considerar la ciencia como una forma superior de la cultura, atribuyéndole el poder explorador del que está necesitado el nuevo mundo que se vislumbra en el horizonte, y que se extiende mucho más allá de las fronteras heredadas de la generación anterior. Hetzel tiene olfato para estimar la nueva forma de literatura que se presenta ante sí. Se inicia de esta manera una particular colaboración que vincularía a los dos hombres de por vida, un particular tándem en el que los papeles de editor y creador se entremezclan fundidos al fin en un único proyecto que los hará ricos: Los voyages extraordinaires.

«Vendrán de todo el mundo, amarán los nuevos productos, adorarán las nuevas máquinas, serán modernos».

Boletín de la Exposición Universal. París, 1855.

En 1863 ve la luz el primer volumen fruto de esta colaboración: Cinco semanas en globo. Los pronósticos se quedan cortos: la novela se vende como rosquillas. Y Hetzel pide más: nada de ficción al viejo estilo. Le exige a Verne que escriba sobre situaciones bien documentadas, héroes porfiados, aventuras extremas… Y ciencia, mucha ciencia y mucho progreso tecnológico para aderezar el argumento. Los 62 títulos de Los voyages extraordinaires se publican entre 1866 y 1906. Hetzel & Cia (en el que podríamos incluir al autor como «uno más») asume la redacción-corrección-y-supervisión de la toda obra. Tras la muerte de Verne y aprovechando el tirón popular de la serie, su hijo y heredero le da continuidad al contrato original, aunque un tanto artificialmente, sirviéndose de notas y borradores inconclusos de su difunto padre, con el que siempre mantuvo una relación tortuosa. El proyecto se agota en 1919. El primer acuerdo de traducción al español se había firmado en 1886.

Aunque el talento de D. Julio está fuera de toda discusión, muchos opinan que el genio fue reconducido sagazmente por Hetzel, que cuidó tanto de la promoción como de la propia fase creativa, evitando la «dispersión» y orientando la contribución literaria y pedagógica de Verne hacia un producto de éxito comercial del que, dicho sea de paso, el editor se llevó la mayor parte de los beneficios. En una de sus cartas, el inventor literario de tantos y tantos ingenios y cachivaches rinde reconocimiento a su mentor afirmando sobre sí mismo que él es, a su vez, «un invento» de Monsieur Hetzel.

Les enfants du Capitaine Grant fue publicado por capítulos en el Magasin d’éducation et de récréation. El volumen original que incorporamos a nuestra biblioteca data de 1895(?). No lo podemos saber con seguridad porque la colección no hace referencia alguna a la fecha de edición, aunque se puede colegir por la decoración de la portada. Es un libro de porte noble, grande, de cortes dorados y con el lomo «del ancla», uno de los más bonitos de toda la serie. Las 172 ilustraciones de Édouard Riou (1833-1900) contribuyen al atractivo de un producto de colores llamativos, agradable al tacto y a la vista que, a pesar de haber sido impreso hace más de 125 años, sigue irradiando un poderoso influjo sobre el lector curioso y ávido de los secretos y aventuras que se esconden entre las páginas de un clásico inmortal.

¡Larga vida a Verne (y a Hetzel)!

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