Categoría: vale más que las pesetas (Página 1 de 8)

doña agatha

Abundan por ahí listas de esas que rezan: «las 100 películas que todo cinéfilo debe conocer», «los 200 elepés que marcaron la década», «los 50 manchurrones de Tapies que hay que ver antes de morir»… Y aúnque estas iniciativas no cuentan con nuestro beneplácito, hemos de confesar que las novelas policiacas de doña Agatha Christie forman parte de esas experiencias que, como lectores, no deberíamos dejar de escapar, ahora que todavía podemos presumir de que no lo hemos leído todo (en la biblioteca te puedes dar un buen atracón). Su estructura es casi siempre la misma: tras el crimen, los protagonistas se dan cita alrededor de un buen fuego que les mantiene calentitos, mientras la narradora aviva las ascuas de la sospecha que se cierne sobre ellos: por lo general, el que más y el que menos tiene motivos para cometer el asesinato. Con recursos narrativos facilones, que dirían algunos, pero enormemente efectivos, la autora nos lleva y nos trae a su antojo por engañosos derroteros hasta que decide dar el golpe de gracia, a veces tan extravagante que nos hace creer en la demoledora inteligencia de sus peculiares detectives. Los escritores de la moderna novela negra no pueden negar la enorme deuda que tienen con esta amable señora de formación victoriana, con pinta de abuelona, pionera en tantas cosas que asombraría a la mismísima ministra de igualdad.

tinker, tailor, soldier, spy, le Carré

John Le Carré ha fallecido. O quizá no. Puede ser que se haya volatilizado, o solicitado una identidad nueva  para infiltrarse en el peligroso CBP ruso. Todo cabe tratándose del padre de Smiley, su alter ego literario… Aunque fue reconocido universalmente como maestro de las novelas de espías, no recibió demasiados galardones porque rechazó gran parte de los que le fueron otorgados, incluyendo los honores que le imponía la Reina (la suya). «Yo no soy un caballo de carreras». Quizá esa sea la causa por la que no obtuvo el premio Nobel (de literatura, como Churchill). Por eso o porque los señores académicos consideraron que la suya era una obra menor, un divertimento sin pretensiones de trascendencia para lectores superficiales. Una especie de Ian Fleming y su Bond, James Bond. Pero ni le Carré es Fleming ni 007 (con aires de David Niven) se parece a Smiley, un hombre bajito, miope y apacible que transita habitualmente por sus novelas, un individuo amoral que se mueve por una especie de patriótico instinto de supervivencia. Lo que se dice un buen profesional del oficio. Y es que John Cornwell (el verdadero nombre de nuestro autor) sabía bien de lo que hablaba. Como espía de la Inteligencia Británica se había tenido que inventar un pseudónimo que ocultara su verdadera condición. Así pudo compatibilizar durante un tiempo el trabajo en el MI6 con la literatura, Pero el éxito editorial determinó la jubilación anticipada del servicio Real en favor de la ficción, mucho más lucrativa. El testamento literario de le Carré está formado por unos treinta títulos. Un grupo de ellos  —llamémosles «los clásicos»— se constituyen en una colección de relatos que establecen lazos y interconexiones, creando un universo de personajes y situaciones fácilmente identificable por el aficionado: Llamada para el muerto, El espía que surgió del frio (Por otro nombre, El espia no vuelve), Asesinato de calidad, El topo, El espejo de los espías, La gente de Smiley o El legado de los espías, ésta última publicada en 2017. Son también populares otras obras que nada tienen que ver con la saga pero que alcanzaron notoriedad editorial y cinematográfica: El jardinero fiel o El sastre de Panamá, aunque en el capítulo de adaptaciones cinematográficas nosotros nos quedamos con The Spy Who Came in from the Cold (1965), de Martin Ritt, con un Richard Burton/Alec Leamas para recordar. William Boyd define a Le Carré como un autor dickensiano, lo que subraya no solo el carácter «serio» de su producción sino ese componente amargo que desvela «la injusticia general del mundo». Muchos de sus emblemáticos títulos (los mejores a nuestro modesto parecer) fueron escritos en la efervescencia del momento histórico, cuando el reloj del apocalipsis nuclear estuvo a punto de señalar la medianoche en punto. Y eso se nota. Puede ser que alguna de estas tramas resulten un tanto anacrónicas y complicadas para el moderno lector de novelas de intriga. Al fin y al cabo se desarrollan en un escenario de tensión internacional casi olvidado, que no remoto, prolongado hasta la glasnost de 1985, el período de transición que precedió el definitivo derrumbe del comunismo soviético. Sin embargo, la lectura de Le Carré siempre tiene la facultad de pasearnos por los bulevares adoquinados de las intrigas, los intercambios, las traiciones, donde todo es falso, todo es aparente como la vida misma. Para el que se sienta más cómodo leyendo sobre un fondo contemporáneo, Le Carré nos ha dejado una novela postrera: Un hombre decente (Agent Running in the Field) en la que aprovecha para cargar sin reparos contra “la absoluta locura” del Brexit que será una realidad, para bien o para mal, cuando publiquemos nuestra próxima entrada aquí.

“Soy muy viejo y he tenido una vida maravillosa. No tengo miedo a la extinción. Solo quiero morir cómodamente”. Le Carré escribió con maestría en la trastienda de un mundo que ya no existe. Ciertamente aquellos no fueron buenos tiempos ni cumple recordarlos con añoranza, pero tampoco preludiaban un porvenir mucho mejor que nosotros nos hayamos propuesto cambiar.
Feliz Nochebuena.

«El Brexit es una autoinmolación. El pueblo británico se dirige a un abismo adonde lo conduce un grupo de aventureros ricos y elitistas que se hacen pasar por hombres del pueblo. Trump es un anticristo. Putin, otro. Para Trump, el rico prófugo criado en una gran democracia aunque algo defectuosa, no hay salvación en este mundo ni en el otro. Para Putin, que nunca ha conocido la democracia, hay un atisbo. Así seguía Ed, en cuyas invectivas se veía la gradual y decisiva importancia de su formación inconformista».

Un hombre decente (2019). Traducción: Benito Gómez

La Histoire naturelle en la biblioteca


«De la naturaleza inmortal genio.
Y de su patria y siglo el ornamento».

Como bien se sabe, la Histoire naturelle de Buffon (Georges Louis Leclerc) consta de treinta y seis volúmenes aparecidos de 1749 a 1789 (Histoire de la Terre et de l’Homme, Quadrupèdes, Oiseaux, Minéraux y Suppléments). El Traité de l’Aimant et de ses usages fue el último libro en ver la luz poco antes de la muerte del autor. El volumen de Suplementos titulado Servant de suite à l’Histoire des Animaux quadrupèdes se publicó póstumamente. Con posterioridad aparecieron ocho números más (Quadrupèdes ovipares et des Serpents, Histoire Naturelle des Poissons, Histoire Naturelle des Cétacés) con amplias aportaciones de su discípulo y continuador Bernard-Germain de Lacépède (1756-1825), empeñado en concluir la tarea recopilatoria del maestro en lo que se refiere al saber biológico y natural de la época, un afán enciclopédico muy propio de la ilustración que sirvió fundamentalmente para divulgar el conocimiento y establecer los cimientos de la moderna ciencia empírica. Buffon recurrió a un paisano y amigo suyo, Jean Marie Daubenton (1716-1800), para que le proporcionara sutiles descripciones técnicas de las especies. Todo lo que hay en anatomía en los primeros quince volúmenes de Buffon es de Daubenton. En la biblioteca disponemos de un tomo suelto de la primera época. Se trata del volumen séptimo de una de las incontables ediciones de la obra, en este caso en formato «de bolsillo» (lo que técnicamente se denomina formato en cuarto), aunque no menos lujosa que sus hermanas mayores: lomos con dorados, piel de becerro y grabados plegables de Jacques de Sève impresos en las últimas páginas. Las ediciones de la Histoire naturelle se sucedieron casi ininterrumpidamente durante más de un siglo, pasándose a llamar Œuvres complètes de Buffon. Con el tiempo fueron suplementadas y ordenadas atendiendo a los criterios imperantes, tanto prácticos como estéticos. Nuestro precioso volumen de 1818 tiene cortes dorados y pertenece a la serie de  Minéraux, que tras una primera reorganización se constituyeron en los primeros tomos de la obra tras la Histoire de la Terre, pero sin formar parte de ella. A partir de 1820 las nuevas publicaciones incluyen la moderna clasificación del barón de Cuvier (orden, familia y género) en una tabla separada. Se dice que Georges Cuvier, otra gran gloria nacional francesa, respiró aliviado al saber de la muerte de Buffon: «Esta vez, el conde está muerto y enterrado». Dejando aparte el testimonio de ingratitud, para un buen número de sus discipulos directos o indirectos, Buffon representaba el pensamiento anquilosado y especulativo del antiguo régimen, lo que justifica en parte la ácida inquina del autor de Le règne animal distribué d’après son organisation, publicado en 1817.  En lo sucesivo, tanto Cuvier como su obra ejercerían una poderosa influencia en el naturalismo y la biología francesas, a la sazón a la vanguardia en Europa. Con todo, a medidados de siglo XIX los contenidos de la Historia natural ya resultan un poco rancios. Los nueve tomos de las Œuvres complètes de 1850 que puedes consultar físicamente no cuentan con los añadidos de Lacépedè y están modestamente editados en media piel y tosca tapa dura. Sin embargo, abundan en grabados coloreados a mano (normalmente estas ilustraciones formaban parte de ediciones más exclusivas). Llama poderosamente la atención que a las puertas de la revolución científica como la que preparaba Darwin con On the Origin of Species (1859), los lectores se siguieran deleitando con las descripciones elementales de especímenes disecados en el extinto Gabinete Real. Para darse cuenta de la popularidad que alcanzaron dichos textos baste señalar que en 1847 salió el Petit Bouffon des enfants, libro de extractos ilustrado y dirigido al lector infantil, retoños de las contadas familias pudientes que tenían acceso a los libros y a la cultura. Se sabe que la Princesa de Asturias Dña. Isabel de Borbón, popularmente conocida como La Chata, conservaba un ejemplar en su biblioteca.
Abundan las versiones de la Histoire naturelle en otros idiomas. La primera traducción al español data de 1773, veintitrés años depués de que apareciera en lengua alemana. Esta temprana tentativa es muy tímida: se trata de un único volumen, convenientemente filtrado y censurado por el propio traductor. No hay que olvidar que las ideas de Buffon resultaban subversivas e incluso peligrosas para la salud física y espiritual de la España dieciochesca. El naturalista José Clavijo y Fajardo fue el primero en acometer rigurosamente esta labor entre 1785 y 1805. Sobre él Menéndez Pelayo escribió: «Había tratado a Voltaire y a Buffon, cuya Historia Natural puso en castellano con bastante pureza de lengua». Desafortunamente nosotros no contamos con ningún ejemplar escrito en nuestro idioma, pero el acceso a esta versión es muy sencillo y libre a través de la Biblioteca Nacional.

Buffon

Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, se ahorró los previsibles conflictos con las nuevas autoridades jacobinas falleciendo meses antes de que estallara la Revolución. Su único descendiente moriría guillotinado en 1794, extinguiéndose de esta forma la saga familiar. Sin embargo, ochenta años de vida se quedaron cortos para tantas y tantas inquietudes, fruto de un espíritu ilustrado y curioso que ambicionó cualquier conocimiento positivo y produjo innumerables escritos de legislación, medicina, botánica, matemáticas, anatomía, biología, geología, silvicultura, cosmología, astronomía… e historia natural. Es cierto que su considerable fortuna le permitió dedicarse a estos menesteres, pero de no ser por su vitalidad y el frenético ritmo de trabajo diario, sus impresionantes logros no habrían podido materializarse en los treinta y seis volúmenes publicados en vida, escritos que compatibilizaba con sus negocios y la dirección del Jardín del Rey, institución que el propio Buffon elevó a la categoría más alta y que finalmente la Francia revolucionaria convertiría en el Museo Nacional de Historia Natural de Francia un año antes de decapitar a su hijo.
Buffon (apelativo con el que ha pasado a la historia por propia voluntad y que alude al pueblo del que era dueño) se levantaba cada día a las cinco de la mañana y trabajaba ininterrumpidamente en sus asuntos hasta las nueve de la noche. Las intuiciones del autor se adelantaron a posteriores contribuciones científicas como la teoría de la evolución, la formación de los astros o la deriva continental, lo que le valió el sobrenombre de El Plinio francés.  Sin embargo, Leclerc era un hombre de su tiempo. Cuando el síndico de la Sorbona censuró afirmaciones tales como la de que «el sol probablemente se apagará por falta de materia combustible» por desviarse de la ortodoxia,  el autor se apresuró a rectificar, no sin cierta displicencia, escribiendo «que todo el contexto de mi obra sobre la formación de la Tierra y en general cuanto puede ser contrario a la narración de Moisés, lo abandono, no habiendo presentado mi hipotesis sobre la formación de los planetas sino como mera suposición filosófica». Buffon escapaba así de las perversas garras dogmáticas que, por otro lado, jamás hubieran hecho presa en un ateo no declarado como él.
Quien desee acercarse a su obra ha de ver en ella un ejercicio más de estética poética y de notorio afán literario que de investigación rigurosa y contrastada. Buffon fue sobre todo un gran divulgador, hombre de vastos conocimientos ─traductor incluso del método de fluxiones y secuencias infinitas de Newton─ que allanó el camino de los notables científicos franceses que le sucedieron. La Histoire Naturelle, générale et particulière, avec la description du Cabinet du Roi  rivalizó  con la famosa Encyclopédie de Diderot y d’Alembert, en la que Buffon declinó colaborar directamente, aunque algunos de sus artículos son un corta y pega de los suyos. Pero pese a que los resultados y la argumentación utilizada por el autor en su Histoire Naturelle no son ni sistemáticos ni rigurosos, es incuestionable la novedad de su planteamiento: pretende responder con perspectiva científica cuestiones tales como el origen del planeta y el de los seres que lo habitan. Ese proceder inaugura una forma de pensar estimulada por la renovación de las concepciones filosóficas que cuestionaban las creencias tradicionales y rompían las barreras impuestas a la expansión del conocimiento.  Admirado ya en su época (Rousseau decía de él que era «la plus belle plume de son siècle»), sus obras disfrutaron tempranamente de una extraordinaria difusión.  El traductor español afirmaba que «su misma curiosidad es consecuencia de la mucha capacidad de su celebro y la prueba cierta de su inteligencia» (Prólogo a la edición española de sus obras, Barcelona, 1832). Esforzándose en atraer a potenciales lectores en nuestro idioma, todavía remisos  a abandonarse sin objeciones en el mar crispado de la heterodoxia buffoniana, el traductor concluía:  «¿Qué utilidad es comparable con la que deben producirnos la contemplación y exámen de las maravillas del universo , si, como es justo, no las observamos para satisfacer nuestro natural apetito de saber cosas estraordinarias, sino para escitarnos por ellas à conocer y glorificar al Criador?». Miembro de una eminente generación de pensadores, Buffon quedó a la sombra de otras figuras de mayor porte científico que imprimieron una huella indeleble, como su coetáneo y antagonista  Carl von Linné,  Sin embargo, un cráter lunar fue bautizado con su nombre y la Historia natural, general y particular ha disfrutado de un dinamismo editorial que llega hasta nuestros días, debido en gran parte a su estilo impecable, pero también a la copiosa obra gráfica que acompañaba los textos y de la que hablaremos en una próxima entrada.

dia del libro

Todos los Días del Libro son especiales. Pero en tantos años de conmemoración, el del 2020 se lleva la palma. Nuestros libros, los que en apretada sucesión permanecen varados en las estanterías, se han convertido en testigos callados, que no mudos, de este confinamiento. Más de uno ha descubierto de nuevo su pequeña biblioteca, trazado con el dedo un rastro invisible sobre la fila de lomos expuestos a la curiosidad, recuperado trabajosamente un volumen del muro compacto, que se afloja y desmorona. El retiro obligado nos ha proporcionado la excusa perfecta para disfrutar del sencillo placer de la lectura, excelente compañera en momentos en los que la mente, cautiva del cautivo, se revuelve como gato enjaulado. En este día del libro, a solas con las lecturas recopiladas durante años, no se nos ocurre mejor homenaje que seguir compartiendo títulos y autores con nuestros estudiantes, esta vez a través de un servicio de préstamo telemático provisional. Ahora tenemos la oportunidad de difundir nuestros fondos electrónicos, una opción de lectura cada vez más popular que nos permite ser respetuosos con la naturaleza y llegar sin trabas a cualquier usuario que cuente con el dispositivo apropiado. No tiene el atractivo del libro en papel, un diseño que apenas ha sufrido modificaciones en siglos de historia, pero respeta la esencia de la palabra escrita y supera cualquier objeción práctica que se le quiera poner. Nos sumamos también a la propuesta de Marcos Mundstock (1942-2020) dirigida a la Real Academia y al Instituto Cervantes: «Apoyar al desarrollo de los libros de autoayuda de última generación: los libros de autolectura. O sea, libros que se leen solos. Usted lo compra, lo deja un tiempo en la biblioteca y ya no tiene que leerlo. Al fin de cuentas, es lo que muchos hacemos con todos los libros«. Gracias Marcos. Y descansa en paz.

Bunge, in memoriam

Lo conocimos en el Palacio de la Magdalena. Hermoso agosto en Santander durante el que, contra todo pronóstico, se hilvanaron varios días de sol espléndido. D. Mario dirigía un seminario sobre filosofía de las ciencias sociales. En el piso inferior, el doctor Castilla del Pino hablaba de psicopatología del lenguaje. Así que hubo que repartirse. En las aulas de palacio, la concentración de sabios por metro cuadrado era asombrosa. Como nadie había tenido la previsión de llevar una grabadora, organizamos una rueda para tomar por turnos notas literales. Después las agitábamos con vehemencia en las retóricas sesiones de café que disfrutábamos a diario en los salones de la planta noble, o sentados en las escaleras de las solanas que se orientan hacia a la bahía. Por aquel entonces, Bunge era un amable septuagenario en plena efervescencia. Antes se creía que el ejercicio del poder causaba úlceras, y no es así. Es al revés. La sumisión causa úlceras. En un ambiente ligeramente académico por lo desenfadado y lo informal, el profesor Bunge se despachaba a gusto contra las pseudociencias. Nos chocaba que fuera precisamente un argentino el que aplastara las pretensiones científicas del psicoanálisis, rebajado de disciplina formal a pura charlatanería, igualmente formal. Los que empezábamos a intuir que el influyente Sigmund (el gran macaneador) era un intelectual mediocre y pagado de sí mismo, celebrábamos las palabras inmisericordes del maestro. Los discrepantes se encontraron en la encrucijada de seguir confiando en la taumaturgia del insigne austriaco o creer al exiliado argentino. Curiosa tesitura. Pero visto en perspectiva, los méritos de uno y otro no admitían comparación: Mario Bunge era físico de partículas, matemático, epistemólogo, profesor de lógica y autor de numerosos libros de filosofía, entre ellos su Treatise on Basic Philosophy, obra magna. Le otorgaron dos decenas de doctorados honoris causa en sendas universidades y en el año del Mundial de fútbol le concedieron el Premio Príncipe de Asturias, no recuerdo de qué porque prácticamente podía haber sido candidato ganador en todas las modalidades. Lo jubilaron con 90 años en una institución educativa canadiense de prestigio, pero siguió en activo hasta el último minuto. Me quedan muchos problemas por resolver, no tengo tiempo de morirme. Cumplido el siglo de vida, D. Mario encontró un ratito para morirse cuando ya todos pensábamos que la inmortalidad sería la última gran conquista del maestro, un defensor a ultranza de la siesta cotidiana. El profesor Bunge (o Banch o Bunye o Bungue, que a él lo mismo le daba) es, ante todo, un autor estimulante. Para descubrirlo basta leer algunas aportaciones sencillas que nos permitirán familiarizarnos con su estilo y su discurso. Nosotros proponemos aquí dos recopilaciones de artículos: Las pseudociencias ¡vaya timo! y 100 ideas, ambas de la editorial Laetoli. Hay dos clases de rebeldes: los que saben algo y los que no saben nada y se rebelan contra todo por ignorancia. Las reflexiones de este pensador moderno, consagrado a desenmascarar la superchería, están de plena actualidad. Es posible que sus argumentos certeros alienten la rebeldía de los más sensatos. Y hasta puede que iluminen la de los más zopencos.

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