La sátira y el humor son sutiles herramientas de la inteligencia, catalizadores de la opinión y, como apuntaba Freud, liberadores de la conciencia, ese aderezo exclusivo del género humano que luce brillante cuando nos detenemos en el camino para identificar el bien antes de tomar partido por el mal. Los romances burlescos de la Edad Media, los pliegos de cordel, Lazarillo, la desquiciada voz de Don Alonso Quijano, Las Cartas marruecas, los Disparates goyescos, los folletones populares… ¡y hasta los mismísimos monigotes rupestres! constituyen maravillosos precedentes que han dejado su poso en el tratamiento humorístico de las modernas “contradicciones de la sociedad”, flaquezas que solemos ignorar y que dibujantes de toda laya escarnecen en los soportes más variopintos, desde el panfleto a la interné… Revistas provocadoras, mensajes publicitarios, tiras periodísticas, blogs irreverentes, viñetas políticas… un volumen notable de producciones que ejercen su particular influencia en lo que se ha dado en llamar “opinión pública”, gran frontón de sufragios y contiendas artificiales donde rebotan con estruendo las pelotas que devuelven con insistencia periodistas vasallos, políticos populistas y demagogos. Pero sigamos con lo que nos ocupa…
Humberto Eco sostenía que lo trágico y lo dramático son universales, mientras que no ocurre así con lo cómico… Pero se necesita una cultura con densidad, con poso de siglos, para desarrollar un “sentido del humor” propio, con singulares señas de identidad. Así es que podemos hablar de un humor británico, un humor judío, un humor japonés… ¿Podemos referirnos también a un humor español? Definitivamente sí. Con afán de conceder al nuestro su propia carta de naturaleza, D. Miguel Mihura (que además de escribir Tres sombreros de copa también era dibujante de historietas) dejó dicho que “el humor es ver la trampa a todo, darse cuenta de por dónde cojean las cosas; comprender que todo tiene un revés, que todas las cosas pueden ser de otra manera”. Los egregios cofrades de su generación (Neville, Tono, K-Hito, Enrique Jardiel Poncela, Fernández Flórez, Gómez de la Serna…) se rebelaron hace un siglo contra el humor de entraña, un humor simple y cazurro que hace motivo de “befa y mofa” la diferencia, la desgracia del prójimo, la infidelidad consentida o la costalada del que termina con sus huesos en tierra después de un desventurado traspiés. Este selecto grupo surge paralelamente a la Generación del 27 («la otra Generación del 27», como la denominó el académico D. José López Rubio) y se caracterizó, sobre todo, por el empeño en la renovación del humor patrio, haciendo suyo el objetivo que Larra se había marcado con El pobrecito hablador: “Provocar el cambio de la mentalidad del país, acabar con la cretinización de la vida social española, producto de la desdichada política seguida por sus gobernantes, y aplicar el raciocinio, la cultura y el diálogo para evitar mayores desgracias”. Pero ni ellos ni sus loables propósitos pudieron sortear la conflagración fratricida que determinó la evolución del género. Lejos de diluirse en el vino aguado de la religión y el folclorismo, el humor gráfico español se sobrepuso lúcidamente a las restricciones y a la censura, adoptando el gesto pasmado del bufón inocente. A su sombra, la segunda mitad del siglo pasado alumbró dibujantes e historietistas con genio y personalidad a los que hoy reconocemos como antecedentes de la moderna viñeta satírica: Serafín, Gayo, Arturo, Ballesta, OPS, Mena, Munoa, Pablo, Cabañas, Sir Cámara, Madrigal, Chumy Chúmez, Gila, Forges, Kalikatres, Goñi, Molleda, Muro, Picó, Summers, Mingote… Esta heterogénea “cruzada” de talentos se aplicó en acomodarse al severo orden de la dictadura para terminar provocando espasmos en el acartonado rictus del régimen. Con la llegada de la democracia y el fin de las limitaciones a la libertad de expresión, los autores se agruparon en distintas facciones ideológicas y tomaron partido editorial. Pero no hubo concesiones ni a derecha ni a izquierda; el talante ácido y un tanto desmelenado de la nueva ola contribuyó a divulgar los valores de la ciudadanía europea occidental y a canalizar la confrontación latente entre españoles. Llegados a este punto cabe preguntarse por la salud actual del género, por los novedosos medios de difusión, por la censura “reconstituida”, por las técnicas renovadas, por las influencias necesarias… Incluso si es propio hablar de un humor netamente asturiano…
Para encontrar respuestas a estas y a otras cuestiones declinamos el amable ofrecimiento de los siete sabios de Grecia; nosotros nos decantamos por uno de aquí, de la tierra, natural de Cangas del Narcea, artista gráfico y agudo observador de la actualidad que cotidianamente hace saltar una chispa de talento medido e inteligente en el diario El Comercio…
Así que esta historieta en cuestión no ha llegado a su fin…














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