el Crusoe de Zamorano

Identificamos entre un montón de libros expurgados un ejemplar de Robinson Crusoe, de la editorial Aguilar (1969). Intentando identificar las virtudes que le faltaban a este ejemplar para ser condenado al ostracismo, se nos ocurrió que: 1) su apariencia no era muy vistosa, aunque estaba en buen estado; o 2) que se trataba de una adaptación anónima, tirando a mediocre. También pudiera ser que 3) la historia ya no fuera del gusto exquisito de nuestros escolares o 4) que los modernos textos de dudosos influencers ágrafos hayan conquistado las cátedras que antes ocupaban textos insignificantes y rancios como La isla del tesoro, Los hijos del capitán Grant o, sin ir más lejos, el Robinsón de Daniel Defoe (espero que la ironía de artificio alcance su objetivo). Sea como fuere, y merced a un donoso y casual escrutinio, de aquella caja de cartón emergió un libro blanco, con manchitas circulares en las hojas de cubierta y las maravillosas ilustraciones interiores de Zamorano que justifican el rescate y la reseña. Profesor de instituto, grabador, ilustrador y artista inquieto, Ricardo Zamorano (Valencia, 1923 – Madrid, 2020) fue opositor al régimen de la dictadura de los de verdad y cuando había que serlo, que utilizó la munición de su talento e hizo del fino trazo de su lápiz motivo de preocupación constante para la censura y la policía. Pero más allá de su significación política, Zamorano es un referente artístico con una producción muy variada a la que no le fue ajena la ilustración de libros.

Muy amigo de sus amigos, sus trabajos iluminaron los textos de algunos que alcanzaron notoriedad, como el Nobel D. Vicente Aleixandre (1898-1984). Otros trabajos menores pasaron más desapercibidos, como los que adornan el libro que traemos hoy aquí, pero no por ello esconden el mérito de un estilo inconfundible. Su fallecimiento no fue recogido por ningún medio, ni grande ni chico, pero puede ser que el amable lector se tope con Ricardo Zamorano sin querer en las paredes del Museo Nacional Reina Sofía (no sabemos si eso es bueno o malo), o entre las páginas de las extintas revistas Triunfo y Hermano Lobo. Y hasta cabe la posibilidad de que las viñetas le llamen la atención. Por nuestra parte hemos intentado rescatar su libro y su memoria. Aun a costa del bueno de Robinsón y del resto de historias que quedaron en aquella caja.

breve nota informativa

El otro día en el almacén, remontando montañas de papeles inútiles y cajas apiladas en orden inverso al de su llegada, descubrimos una colonia de cronopios. Por fortuna, nada dice nuestra legislación autonómica sobre conservación y protección de seres blandos y aceitunados. Suponemos que hasta que ningún ocioso académico les describa, califique y catalogue, estos ejemplares no tienen nada que temer.  Los cronopios son unos sujetos desconcertantes porque a veces se comportan como personas. La escuela les gusta, pero prefieren escuchar lo que se dice a discreción, del otro lado de la pared, evitándose el tedio de las clases más soporíferas. Al no tener que cortarse las uñas o hablar por teléfono móvil, disponen de mucho tiempo libre para conversar o dar saltitos de a metro, preferiblemente sobre pavimento frío de cerámica o gres. Su presencia puede pasar desapercibida, porque al contrario de lo que ocurre con humanos, roedores y cucarachas, no son gregarios, en fin, que les da tal cual estar solos que acompañados, y mejor estar solos, que dicen ellos, que mal acompañados, que decimos el resto. Los cronopios de Luces son sumamente esquivos, verdes, pero menos, y tienen una larga nariz que no les sirve para nada, porque no necesitan respirar. Su morfología recuerda a la de un director general o a la de un cesante del ministerio de seguridad y desagravio. Pero no se confundan: no son peligrosos ni exudan venenos como la Phyllobates terribilis de las selvas amazónicas. No. Resultan tan inofensivos que hacen de la inofensa su forma de proceder habitual. Eso no quiere decir que se escondan o titubeen cuando se les muestra un bate de béisbol o una botella de vidrio seccionada de golpe por la base. Simplemente se sientan, con la cabeza (o algo parecido) apoyada en uno de sus apéndices, y aguardan a que la mala baba del oponente, generalmente idiota, disuelva el soporte muscular hasta la extrema licuefacción, tras lo cual prosiguen su camino cantando o tarareando algo parecido al adiósmuchachos de Gardel. Por testimonio propio, sabemos ahora que los cronopios de Luces ya han sido desahuciados de varios inmuebles por jueces ecuánimes y honestísimos, y que los servicios sociales les persiguen encarnizadamente para colocarlos en urnas asépticas, manutenidos hasta fin de existencias; pero de momento prefieren estar aquí con nosotros, disfrutando de un ventajoso contrato enfitéutico a cambio de un razonable laudemio. Y es que, como ellos dicen, ¿qué más se puede pedir? Seguiremos informando.

il n´est rose sans epine

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La emoción de rememorar gestas extraordinarias sólo es comparable con la dimensión trágica de la travesía en cuestión, vivida al límite por sus protagonistas. Ya habíamos hablado aquí del libro de Marco Polo redactado por un tal Rustichello de Pissa, una obra que había inspirado al mismísimo Colón. Pues bien: la aventura de Hernando de Magallanes en su expedición a Las Molucas no fue hazaña menor y hoy viene a cuenta porque se celebra el quinto centenario de su llegada, allá por 1522, a Sevilla. A la postre, esta expedición inicialmente compuesta por cinco naves determinó la primera circunvalación al globo terráqueo, aunque el promotor de la empresa, al igual que cuatro de los barcos y sus tripulaciones, no viviera para contarla. El que sí superó todos los avatares hasta el final fue Antonio Pigafetta, un escritor que buscó (y halló) el escenario de una magnífica odisea, relatándola en forma de diario en el que fue anotando día a día, a lo largo de casi tres años, las novedades de un viaje plagado de penurias, deserciones, resentimientos, traiciones, astucias, equivocaciones y bravuconadas, y que más tarde se conocería como Primer viaje alrededor del mundo. En esta narración queda bien patente la controvertida personalidad de Magallanes, un comandante muy devoto, con una fe inquebrantable en el objetivo, que no dudaba a la hora de imponer la autoridad que el rey Carlos I le había conferido. Su desgraciado final en las Filipinas fue un error de cálculo, una sobredimensionada percepción de sus ya escasas energías guerreras. Abatido por los indígenas, se privó a sí mismo de parte de la gloria que le esperaba en una metrópoli que no era la suya (como bien se sabe, Magallanes era portugués) y del reconocimiento histórico de la primera vuelta al orbe que, en parte, le arrebató su segundo, Juan Sebastián Elcano. Al final, la nueva ruta hacia el país de las especias se tornó poco viable comercialmente, y la disputa por las exóticas tierras de la nuez moscada se prolongaron durante siglos. Pero Magallanes dejó su impronta en el estrecho que lleva su nombre y en el gigantesco océano que él percibiera como vacío y calmo, al que bautizó Pacífico. Así lo vio y lo relató Pigafetta, en cuyo noble blasón figuraba premonitoriamente la divisa «il n´est rose sans epine».

Luego que hubo amanecido, mandó Magallanes a tierra el cadáver de Mendoza y lo hizo descuartizar, pregonándolo por traidor, ahorcó a Gaspar de Quesada y lo descuartizó con igual pregón, por mano de Luis de Molino, su cómplice y criado; sentenciado a quedar desterrado en aquella tierra Juan de Cartagena y á un clérigo, su confidente. Acto de ferocidad disculpable porque las circunstancias lo hacían necesario; sin él, la anarquía hubiera destruido la expedición y acabado con la vida de su caudillo.

un Romance sonámbulo en ucraniano

La buena poesía tiene ese poder de hacer música con la palabra, de evocar los recónditos paisajes del pensamiento. Si abrimos la ventana y escuchamos con atención, podremos percibir las descargas de la artillería y las detonaciones de los bombardeos, al tiempo que nos engañamos pensando que todo ello ocurre «a muchos kilómetros de aquí».

Pero la experiencia nos enseña que ni la guerra está nunca «demasiado lejos», ni la poesía es «menos perturbadora» que los cañonazos…

entrevista a Ilu Ros (II)

Segunda parte de este encuentro virtual con nuestra amiga ilu Ros para hablar de libros, arte, literatura y poesía…. Mucha poesía… (Leer aquí la primera parte)

Bl• A ese estudiante con inquietudes artísticas, ¿le dirías que se dejara llevar por su vocación o le aconsejarías una opción más, digamos, pragmática?

I.R.• Creo que nunca le diría que traicionara su vocación, eso está claro… Yo me dejé llevar… pero creo que una cosa no está peleada con la otra… Vivir del arte, no os voy a engañar, es algo complicadillo, y no es por culpa de los artistas o los creativos, sino de cómo está estructurado este mundo. Pero aun así es posible. Si se quiere algo hay que pelear por ello, y muchísimo más si estamos hablando de estudiantes que están en el colegio, en el instituto, en la universidad, que son todavía jovencísimos y les queda mucho por delante. Así que, ¡por supuesto! ¡A por ello! En cuanto a ser “pragmático”… Siempre hay trabajo para los creadores… pero hay que buscarlo y ver dónde te puedes situar. Aun así, también se pueden compaginar trabajos distintos, como he hecho yo, porque ya he dicho que hay que pagar facturas… Los comienzos pueden ser duros, pero siempre, siempre hay que seguir la vocación.

Bl• ¿Cuáles han sido tus maestros o maestras inspiradores en esto de la ilustración?

I.R.• Por formación, hice Bellas Artes durante cinco años y después Comunicación Audiovisual. Así que mis referencias primeras no vienen tanto de la ilustración como del video-arte, como Bill Viola. También me encanta (Lucian) Freud, Miró… Me inspiro también en el cine, el documental… me gusta mucho Agnes Varda. Como ilustradores, a los que conocí posteriormente, me gusta mucho Elena Odriozola, Rébeca Dautremer o Paco Roca. No sé. Estoy segura de que si dentro de diez minutos me volvéis a preguntar, me acordaré de otros igualmente interesantes porque encuentro inspiración en el trabajo de muchas personas, e inspiración también en otras disciplinas como el cine. Pero también es importante la observación de lo que me rodea, lo que pasa en la calle… No sé… Muchas cosas.

«Federico es un autor universal, su lenguaje es válido en todas las partes del mundo y para todas las edades. Federico García Lorca habla de lo humano».

Bl• En tu caso dibujar también te ha llevado por el camino de la escritura. ¿Te ves como creadora de historias de ficción?

I.R.• Realmente yo me veía solo como ilustradora. Pero es verdad que siempre he escrito. Se trataba de diarios cuando era más niña, o cosas que pensaba. Sí que tiendo bastante a escribir… mi padre escribe y de siempre me ha gustado la lectura. En casa de mis padres había muchísimos libros. ¿Si me veo como creadora de historias de ficción? Hummm, ¡podría ser! Los ilustradores pueden ser los autores de sus propios libros, aunque algunos cuentan con un guionista o un escritor, y trabajan en tándem. Yo hasta ahora he escrito mis propias historias porque lo veía necesario. El libro anterior, Cosas nuestras, va sobre en la relación intergeneracional entre nieta y abuela. Yo quería hablar de mi relación con mi abuela, así que consideraba necesario describirla yo misma. Es posible que algún día escriba historias de ficción. De todas formas, siempre hay algo de ficción… Aunque Cosas nuestras, por ejemplo, es una obra autobiográfica, no lo es del todo. Hay partes ficcionadas…

Bl• ¿Qué cualidades ha de tener una ilustradora para garantizarse el éxito o, al menos, para ganarse la vida con los pinceles? 

I.R.•  ¡No tengo ni idea! Todavía estoy intentando llegar a conocer qué es lo que garantiza el éxito (Ríe)… No lo sé… Yo creo que hay gente muy buena intentando ganarse la vida dibujando y no consigue hacerlo… La clave está en no tirar la toalla, ser muy constante. Y trabajar mucho. Cualquiera que se haya instalado como ilustrador o se gane la vida en este mundo de la creación ha tenido que trabajar duro para ello. Aunque haya gente que considera que lo artistas no tienen méritos, no es así. Son gente muy constante y pelean mucho por conseguir lo que buscan.

Bl• ¿Crees que ya has consolidado un estilo propio? 

I.R.• Pues no lo sé… Me dicen que mi estilo gráfico es muy reconocible, pero creo que esto al final es algo que se va haciendo durante el camino. Yo percibo la diferencia entre mis dibujos de ahora con los de hace dos años o los de hace cuatro, por supuesto. Así que supongo que ha de ser algo que está en constante evolución.

Bl• Como lectora, ¿qué tres libros ilustrados nos recomendarías para nuestra biblioteca? 

I.R.• Pues no voy a ser muy original… Creo que en cualquier biblioteca pública o de instituto tiene que estar Persépolis de Marjane Satrapi. También recomendaría Mariquita de Juan Naranjo, un libro ilustrado de 2020, y seguramente añadiría Arrugas o La casa, de Paco Roca.

Bl• Echando mano de ese espíritu lorquiano que todo lo ilu-mina, ¿qué le dirías a los jóvenes lectores adolescentes que a veces miran al futuro con recelo y desconfianza?

I.R.• ¡Pues les diría que ellos pueden cambiarlo! Que son ellos los que tienen el futuro en sus manos… Si desconfían de él, si hay cosas que no les gustan, que hagan por cambiarlas, porque son ellos los que pueden hacerlo.

Bl• Si te confesáramos que has conseguido que alguien rebusque por los anaqueles de la biblioteca y lea a García Lorca, ¿tú que nos dirías? 

I.R.• ¡Os diría que me pone contentísima! Porque creo que es una de las cosas que pretendía hacer… Que se vuelva a leer a Federico García Lorca, que se revise, que lo volvamos a escuchar, a leer, a analizar, a disfrutar… porque es un autor universal, su lenguaje es válido en todas las partes del mundo y para todas las edades. Federico García Lorca habla de lo humano. Y creo que es una lectura muy necesaria hoy en día.

Bl• Por último, una pregunta frívola: Federico ha sido un éxito editorial… ¿Has sucumbido a la tentación de hojear tu propio libro en la librería?

I.R.• ¡Por supuesto! (Ríe). Bueno, a ver, no hojearlo por dentro porque ya sé lo que me voy a encontrar, pero sí mirarlo así, como a lo lejos, y decir “¡Ah! ¡Está ahí!”. Eso ya me pasó con Cosas nuestras, y me pasa también con Federico: cada vez que me lo encuentro en alguna librería pues me pongo muy contenta, me da emoción, claro.

Pues más emoción nos da a nosotros haber compartido un ratito con una de nuestras autoras favoritas en la salita virtual de nuestra humilde bitácora. Le deseamos a Ilu todos los éxitos del mundo, prometiéndole que estaremos ahí detrás para disfrutar de su buen hacer y, sobre todo, de su talento.

día del Libro: lecturas que vienen del este

La invasión rusa de Ucrania ha colocado a este país en el mapa mental que acompaña el continuo goteo informativo sobre el conflicto. Hasta el momento, pocos sabrían localizarlo en el atlas y casi nadie relacionarlo con la Unión Soviética, una nación que ya no existe pero que conmocionó la historia del pasado siglo XX. Ahora, los científicos, pensadores y hombres de letras de talla universal que merecieron reconocimiento por su valía son reivindicados por las distintas nacionalidades que sobrevivieron al colapso del gigante comunista. Por eso queremos ofrecer una humilde guía a todo aquel que en este Día del Libro desee acercarse a los autores ucranianos o de origen ucraniano que están traducidos al español. Este es el caso de Nikolái Gógol (1809-1852), nacido en Velyki Sorochyntsi y tempranamente conocido en España gracias a la inquieta Dña. Emilia Pardo Bazán (1851-1921). Partiendo de nuestra más absoluta ignorancia, de Gógol dicen los que saben que fue uno de los artífices de la literatura europea del siglo XIX, y precedente brillante de narradores como Dostoyevski (1821-1881). Precisamente, su obra Almas muertas posee un cierto “corte cervantino” que nos es familiar: el protagonista, su cochero y un criado emprenden un viaje con el único objetivo de comprar almas. Aunque no lo es, también pasa como escritor ruso el ucraniano Mijail Bulgákov, nacido en Kiev en 1891. Quizá su obra más conocida sea El Maestro y Margarita. Teniendo en cuenta que prácticamente todos sus contemporáneos fueron purgados y asesinados por esa bestia parda que se hacía llamar Stalin, Bulgákov tuvo el enorme privilegio de morir en 1940 y en su propia cama, a pesar de haber dejado escrito cosas como éstas: “Están elaborando un nuevo proyecto de circulación urbana. Pero no hay circulación porque no tenemos suficientes tranvías, es ridículo, solo hay ocho autobuses para todo Moscú”. Por críticas mucho menos audaces la mayoría terminó en el gulag o fusilado contra un paredón. Pudiera ser que fuera verdad aquello de que el escritor le caía bien al abominable dictador, porque aunque Bulgákov fue acosado por el aparato represivo y prohibida su salida del país, nunca nadie osó tocarle un pelo. La obra de Juan Mayorga (1965) Cartas de amor a Stalin, que recomendamos aquí, desarrolla en la ficción lo que puedo ser la destructiva relación  entre ambos personajes. Y bueno, tenemos también a Józef Teodor Konrad Korzeniowski, más conocido como Joseph Conrad (1857-1924). Nacido en Berdyczów, ahora bajo las bombas del ejército ruso, Conrad, como más tarde haría Nabokov, adoptó el inglés como lengua literaria hasta el punto de ser considerado uno de los más grandes novelistas en ese idioma. Javier Marías nos describe al escritor como un tipo irritable, que odiaba la poesía y detestaba a Dostoyevski, por ruso y por chalado. Al parecer, la sola mención de su nombre le provocaba arrebatos de furia. El autor es uno de los clásicos de la literatura del mar, aunque una de nuestras obras preferidas no está ambientada a bordo de una nave. El duelo es el relato de una pendencia infinita, prolongada en el tiempo, entre dos oficiales del ejército napoleónico. El argumento sirvió de inspiración a Ridley Scott para su primera (y soberbia) película: Los duelistas.
Para no aburrir en exceso, añadiremos a la lista a la premio Nobel de 2015, la bielorrusa Svetlana Aleksiévich (1948), la que acuñó el término “Homo Sovieticus”, también es de ascendencia ucraniana, natural de Ivano-Frankivsk, al igual que el escritor Yuri Andrujovich (1960), que pronto pasará por estas páginas con alguna de sus novelas traducidas al español, bien sea Recreaciones o Doce anillos. En ambas se ilustra la Ucrania que quedó después de la desintegración de la Unión Soviética.
Pero entretanto, si alguien quiere disfrutar de este día del libro y sucesivos con otra lectura del este de Europa, le recomendamos La destrucción de Kreshev, relato de otro Nobel, Isaac Bashevis Singer (1903-1991), hasta el momento el único galardonado de lengua yidis. Se trata de una historia corta, ambientada en la pequeña comunidad rural ucraniana durante el siglo XIX. Sus habitantes viven entre la superstición y la fe, en la observancia de los preceptos religiosos más ortodoxos que les llevan a interpretar las desviaciones de la norma como catalizadores de la desgracia colectiva. En este ambiente, un peculiar relator se divierte contemplando cómo los hombres, tan empeñados en esquivarle, se entregan sin medida a la tentación y el pecado.
Buen día del libro.

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