Categoría: el escritor (Página 1 de 16)

doña agatha

Abundan por ahí listas de esas que rezan: «las 100 películas que todo cinéfilo debe conocer», «los 200 elepés que marcaron la década», «los 50 manchurrones de Tapies que hay que ver antes de morir»… Y aúnque estas iniciativas no cuentan con nuestro beneplácito, hemos de confesar que las novelas policiacas de doña Agatha Christie forman parte de esas experiencias que, como lectores, no deberíamos dejar de escapar, ahora que todavía podemos presumir de que no lo hemos leído todo (en la biblioteca te puedes dar un buen atracón). Su estructura es casi siempre la misma: tras el crimen, los protagonistas se dan cita alrededor de un buen fuego que les mantiene calentitos, mientras la narradora aviva las ascuas de la sospecha que se cierne sobre ellos: por lo general, el que más y el que menos tiene motivos para cometer el asesinato. Con recursos narrativos facilones, que dirían algunos, pero enormemente efectivos, la autora nos lleva y nos trae a su antojo por engañosos derroteros hasta que decide dar el golpe de gracia, a veces tan extravagante que nos hace creer en la demoledora inteligencia de sus peculiares detectives. Los escritores de la moderna novela negra no pueden negar la enorme deuda que tienen con esta amable señora de formación victoriana, con pinta de abuelona, pionera en tantas cosas que asombraría a la mismísima ministra de igualdad.

Diógenes al sol

Sobre Diógenes de Sínope conocemos unas cuántas anécdotas recopiladas después de su muerte y de las que no tenemos más certeza que la que nos pueda merecer otro tocayo, el historiador Diógenes Laercio, que vivió casi seiscientos años después del primero. De su obra Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres —expurgado de nuestra biblioteca pero salvado de la trituradora de papel—, rescatamos esas anécdotas tan audaces que se han reproducido apócrifamente hasta la extenuación en todos los manuales al uso:  las excentricidades de un hombre andrajoso, el (supuesto) encuentro con el jovencísimo Alejandro antes de ser Magno, su exhibicionismo provocador, la tinaja que le servía de cobijo… Recuperarle a estas alturas no alberga otra intención que la de preguntarnos si el cinismo tiene sentido en el mundo de hoy. «No hay en los cínicos la menor huella de la melancolía que envuelve a los demás existencialismos». El profesor alemán Peter Sloterdijk (Crítica de la razón cínica, 2003) añade: «Su arma no es tanto el análisis como las carcajadas». No es de extrañar pues que la aparente ligereza del cinismo clásico encaje perfectamente en el esquema superficial de «el club de la comedia», aunque la frivolidad de esta filosofía es únicamente aparente. De hecho, los cínicos del siglo IV a. C. se caracterizaron por un heroico y desafiante atrevimiento social y un compromiso ético firme (Fuentes González, 2002) que nada tiene que ver con el «cinismo» (del griego κύων kyon: «perro») del «que actúa con falsedad o desvergüenza descaradas» (RAE). El cinismo moderno es anti-irracionalista y desencantado, puramente negativo. Sin embargo el clásico que viene de Antístenes, discípulo directo de Sócrates, fue tremendamente fecundo, y Diógenes uno de los más grandes filósofos de su época: todo aquel que se familiariza con su figura y su pensamiento queda atrapado por su genialidad. Los avatares de una escuela más sólida que disfrutó de mayor aprecio intelectual concedieron a Platón, contemporáneo suyo, y a su idealismo cavernario una mayor relevancia histórica. A esto contribuyó, y no poco, el desprecio que mostraron algunos pensadores «serios» como el amigo Hegel por las filosofías que carecían de un corpus convencional de doctrina y que eran conocidas básicamente por noticias de tipo biográfico. En adelante fueron pocos los que prestaron una atención seria a los cínicos. Diógenes también fue autor de obra escrita, tanto de pensamientos como de tragedias. Sin embargo este sustento se ha perdido. El principal referente lo encontramos en las notas del citado Diógenes Laercio, historiador del siglo III de nuestra era. Se le considera un gran doxógrafo, esto es, un autor que sin una filosofía original recoge por escrito y con bastante falta de rigor la biografía, vicisitudes, anécdotas, opiniones y teorías de otros, a los que considera ilustres. Es famoso por los diez tomos de su Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, que se conservan prácticamente completos. Las Vidas… son un documento inestimable acerca de la filosofía de la época clásica que contiene biografías, doctrinas sumarias y fragmentos de la filosofía griega. A todos los interesados les recomendamos el divertido trabajo, pero no por ello menos documentado, de Carlos García Gual, La secta del perro (2014) que acompaña una traducción del Libro VI de Las vidas. A dicha versión pertenece el siguiente, ultraconocido, fragmento.

Prost Neujahr!

Al llamarle Platón «perro», le dijo: «Sí, pues yo regreso una y otra vez a quienes me vendieron». Saliendo de los baños públicos a uno que le preguntó si se bañaban muchas personas le dijo que no. Pero a otro, sobre si había mucha gente allí, le dijo que sí. Platón dio su definición de que «el hombre es un animal bípedo implume» y obtuvo aplausos. Él desplumó un gallo y lo introdujo en la escuela y dijo: «Aquí está el hombre de Platón». Desde entonces a esa definición se agregó «y de uñas planas». A uno que le preguntó a qué hora se debe comer, respondió; «Si eres rico, cuando quieras; si eres pobre, cuando puedas»

tinker, tailor, soldier, spy, le Carré

John Le Carré ha fallecido. O quizá no. Puede ser que se haya volatilizado, o solicitado una identidad nueva  para infiltrarse en el peligroso CBP ruso. Todo cabe tratándose del padre de Smiley, su alter ego literario… Aunque fue reconocido universalmente como maestro de las novelas de espías, no recibió demasiados galardones porque rechazó gran parte de los que le fueron otorgados, incluyendo los honores que le imponía la Reina (la suya). «Yo no soy un caballo de carreras». Quizá esa sea la causa por la que no obtuvo el premio Nobel (de literatura, como Churchill). Por eso o porque los señores académicos consideraron que la suya era una obra menor, un divertimento sin pretensiones de trascendencia para lectores superficiales. Una especie de Ian Fleming y su Bond, James Bond. Pero ni le Carré es Fleming ni 007 (con aires de David Niven) se parece a Smiley, un hombre bajito, miope y apacible que transita habitualmente por sus novelas, un individuo amoral que se mueve por una especie de patriótico instinto de supervivencia. Lo que se dice un buen profesional del oficio. Y es que John Cornwell (el verdadero nombre de nuestro autor) sabía bien de lo que hablaba. Como espía de la Inteligencia Británica se había tenido que inventar un pseudónimo que ocultara su verdadera condición. Así pudo compatibilizar durante un tiempo el trabajo en el MI6 con la literatura, Pero el éxito editorial determinó la jubilación anticipada del servicio Real en favor de la ficción, mucho más lucrativa. El testamento literario de le Carré está formado por unos treinta títulos. Un grupo de ellos  —llamémosles «los clásicos»— se constituyen en una colección de relatos que establecen lazos y interconexiones, creando un universo de personajes y situaciones fácilmente identificable por el aficionado: Llamada para el muerto, El espía que surgió del frio (Por otro nombre, El espia no vuelve), Asesinato de calidad, El topo, El espejo de los espías, La gente de Smiley o El legado de los espías, ésta última publicada en 2017. Son también populares otras obras que nada tienen que ver con la saga pero que alcanzaron notoriedad editorial y cinematográfica: El jardinero fiel o El sastre de Panamá, aunque en el capítulo de adaptaciones cinematográficas nosotros nos quedamos con The Spy Who Came in from the Cold (1965), de Martin Ritt, con un Richard Burton/Alec Leamas para recordar. William Boyd define a Le Carré como un autor dickensiano, lo que subraya no solo el carácter «serio» de su producción sino ese componente amargo que desvela «la injusticia general del mundo». Muchos de sus emblemáticos títulos (los mejores a nuestro modesto parecer) fueron escritos en la efervescencia del momento histórico, cuando el reloj del apocalipsis nuclear estuvo a punto de señalar la medianoche en punto. Y eso se nota. Puede ser que alguna de estas tramas resulten un tanto anacrónicas y complicadas para el moderno lector de novelas de intriga. Al fin y al cabo se desarrollan en un escenario de tensión internacional casi olvidado, que no remoto, prolongado hasta la glasnost de 1985, el período de transición que precedió el definitivo derrumbe del comunismo soviético. Sin embargo, la lectura de Le Carré siempre tiene la facultad de pasearnos por los bulevares adoquinados de las intrigas, los intercambios, las traiciones, donde todo es falso, todo es aparente como la vida misma. Para el que se sienta más cómodo leyendo sobre un fondo contemporáneo, Le Carré nos ha dejado una novela postrera: Un hombre decente (Agent Running in the Field) en la que aprovecha para cargar sin reparos contra “la absoluta locura” del Brexit que será una realidad, para bien o para mal, cuando publiquemos nuestra próxima entrada aquí.

“Soy muy viejo y he tenido una vida maravillosa. No tengo miedo a la extinción. Solo quiero morir cómodamente”. Le Carré escribió con maestría en la trastienda de un mundo que ya no existe. Ciertamente aquellos no fueron buenos tiempos ni cumple recordarlos con añoranza, pero tampoco preludiaban un porvenir mucho mejor que nosotros nos hayamos propuesto cambiar.
Feliz Nochebuena.

«El Brexit es una autoinmolación. El pueblo británico se dirige a un abismo adonde lo conduce un grupo de aventureros ricos y elitistas que se hacen pasar por hombres del pueblo. Trump es un anticristo. Putin, otro. Para Trump, el rico prófugo criado en una gran democracia aunque algo defectuosa, no hay salvación en este mundo ni en el otro. Para Putin, que nunca ha conocido la democracia, hay un atisbo. Así seguía Ed, en cuyas invectivas se veía la gradual y decisiva importancia de su formación inconformista».

Un hombre decente (2019). Traducción: Benito Gómez

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Siendo muy jovencito, Buñuel, el que después fuera director de cine, visitó a Galdós en su casa de la calle Hilarión de Eslava en Madrid. El encuentro fue breve. Don Benito, achacoso ya, padecía una uremia muy grave y estaba ciego. Ambos hombres charlaron brevemente. No tenemos noticias de lo que allí se habló, pero lo que sí sabemos es que el encuentro obedeció a la admiración reverente que el aragonés sentía por el canario. Quién le iba a decir a Don Benito que aquel bigardo de Calanda imprimiría su obra en la retina de miles y miles de espectadores. Las películas Nazarín y Tristana son versiones libres de sendas novelas galdosianas. Eso por no hablar de Viridiana, que al parecer fue una adaptación no declarada de un título poco conocido del escritor: Halma. Traemos aquí fragmentos de éstas y otras adaptaciones cinematográficas de Galdós, muchas de ellas profundamente solidarias con el espíritu de la obra literaria. Y es que, conociendo a Don Benito, ¡no se hubiera puesto poco contento ni nada al contemplar a Catherine Deneuve interpretando a uno de sus personajes femeninos más emblemáticos!

La Histoire naturelle en la biblioteca


«De la naturaleza inmortal genio.
Y de su patria y siglo el ornamento».

Como bien se sabe, la Histoire naturelle de Buffon (Georges Louis Leclerc) consta de treinta y seis volúmenes aparecidos de 1749 a 1789 (Histoire de la Terre et de l’Homme, Quadrupèdes, Oiseaux, Minéraux y Suppléments). El Traité de l’Aimant et de ses usages fue el último libro en ver la luz poco antes de la muerte del autor. El volumen de Suplementos titulado Servant de suite à l’Histoire des Animaux quadrupèdes se publicó póstumamente. Con posterioridad aparecieron ocho números más (Quadrupèdes ovipares et des Serpents, Histoire Naturelle des Poissons, Histoire Naturelle des Cétacés) con amplias aportaciones de su discípulo y continuador Bernard-Germain de Lacépède (1756-1825), empeñado en concluir la tarea recopilatoria del maestro en lo que se refiere al saber biológico y natural de la época, un afán enciclopédico muy propio de la ilustración que sirvió fundamentalmente para divulgar el conocimiento y establecer los cimientos de la moderna ciencia empírica. Buffon recurrió a un paisano y amigo suyo, Jean Marie Daubenton (1716-1800), para que le proporcionara sutiles descripciones técnicas de las especies. Todo lo que hay en anatomía en los primeros quince volúmenes de Buffon es de Daubenton. En la biblioteca disponemos de un tomo suelto de la primera época. Se trata del volumen séptimo de una de las incontables ediciones de la obra, en este caso en formato «de bolsillo» (lo que técnicamente se denomina formato en cuarto), aunque no menos lujosa que sus hermanas mayores: lomos con dorados, piel de becerro y grabados plegables de Jacques de Sève impresos en las últimas páginas. Las ediciones de la Histoire naturelle se sucedieron casi ininterrumpidamente durante más de un siglo, pasándose a llamar Œuvres complètes de Buffon. Con el tiempo fueron suplementadas y ordenadas atendiendo a los criterios imperantes, tanto prácticos como estéticos. Nuestro precioso volumen de 1818 tiene cortes dorados y pertenece a la serie de  Minéraux, que tras una primera reorganización se constituyeron en los primeros tomos de la obra tras la Histoire de la Terre, pero sin formar parte de ella. A partir de 1820 las nuevas publicaciones incluyen la moderna clasificación del barón de Cuvier (orden, familia y género) en una tabla separada. Se dice que Georges Cuvier, otra gran gloria nacional francesa, respiró aliviado al saber de la muerte de Buffon: «Esta vez, el conde está muerto y enterrado». Dejando aparte el testimonio de ingratitud, para un buen número de sus discipulos directos o indirectos, Buffon representaba el pensamiento anquilosado y especulativo del antiguo régimen, lo que justifica en parte la ácida inquina del autor de Le règne animal distribué d’après son organisation, publicado en 1817.  En lo sucesivo, tanto Cuvier como su obra ejercerían una poderosa influencia en el naturalismo y la biología francesas, a la sazón a la vanguardia en Europa. Con todo, a medidados de siglo XIX los contenidos de la Historia natural ya resultan un poco rancios. Los nueve tomos de las Œuvres complètes de 1850 que puedes consultar físicamente no cuentan con los añadidos de Lacépedè y están modestamente editados en media piel y tosca tapa dura. Sin embargo, abundan en grabados coloreados a mano (normalmente estas ilustraciones formaban parte de ediciones más exclusivas). Llama poderosamente la atención que a las puertas de la revolución científica como la que preparaba Darwin con On the Origin of Species (1859), los lectores se siguieran deleitando con las descripciones elementales de especímenes disecados en el extinto Gabinete Real. Para darse cuenta de la popularidad que alcanzaron dichos textos baste señalar que en 1847 salió el Petit Bouffon des enfants, libro de extractos ilustrado y dirigido al lector infantil, retoños de las contadas familias pudientes que tenían acceso a los libros y a la cultura. Se sabe que la Princesa de Asturias Dña. Isabel de Borbón, popularmente conocida como La Chata, conservaba un ejemplar en su biblioteca.
Abundan las versiones de la Histoire naturelle en otros idiomas. La primera traducción al español data de 1773, veintitrés años depués de que apareciera en lengua alemana. Esta temprana tentativa es muy tímida: se trata de un único volumen, convenientemente filtrado y censurado por el propio traductor. No hay que olvidar que las ideas de Buffon resultaban subversivas e incluso peligrosas para la salud física y espiritual de la España dieciochesca. El naturalista José Clavijo y Fajardo fue el primero en acometer rigurosamente esta labor entre 1785 y 1805. Sobre él Menéndez Pelayo escribió: «Había tratado a Voltaire y a Buffon, cuya Historia Natural puso en castellano con bastante pureza de lengua». Desafortunamente nosotros no contamos con ningún ejemplar escrito en nuestro idioma, pero el acceso a esta versión es muy sencillo y libre a través de la Biblioteca Nacional.

Buffon

Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, se ahorró los previsibles conflictos con las nuevas autoridades jacobinas falleciendo meses antes de que estallara la Revolución. Su único descendiente moriría guillotinado en 1794, extinguiéndose de esta forma la saga familiar. Sin embargo, ochenta años de vida se quedaron cortos para tantas y tantas inquietudes, fruto de un espíritu ilustrado y curioso que ambicionó cualquier conocimiento positivo y produjo innumerables escritos de legislación, medicina, botánica, matemáticas, anatomía, biología, geología, silvicultura, cosmología, astronomía… e historia natural. Es cierto que su considerable fortuna le permitió dedicarse a estos menesteres, pero de no ser por su vitalidad y el frenético ritmo de trabajo diario, sus impresionantes logros no habrían podido materializarse en los treinta y seis volúmenes publicados en vida, escritos que compatibilizaba con sus negocios y la dirección del Jardín del Rey, institución que el propio Buffon elevó a la categoría más alta y que finalmente la Francia revolucionaria convertiría en el Museo Nacional de Historia Natural de Francia un año antes de decapitar a su hijo.
Buffon (apelativo con el que ha pasado a la historia por propia voluntad y que alude al pueblo del que era dueño) se levantaba cada día a las cinco de la mañana y trabajaba ininterrumpidamente en sus asuntos hasta las nueve de la noche. Las intuiciones del autor se adelantaron a posteriores contribuciones científicas como la teoría de la evolución, la formación de los astros o la deriva continental, lo que le valió el sobrenombre de El Plinio francés.  Sin embargo, Leclerc era un hombre de su tiempo. Cuando el síndico de la Sorbona censuró afirmaciones tales como la de que «el sol probablemente se apagará por falta de materia combustible» por desviarse de la ortodoxia,  el autor se apresuró a rectificar, no sin cierta displicencia, escribiendo «que todo el contexto de mi obra sobre la formación de la Tierra y en general cuanto puede ser contrario a la narración de Moisés, lo abandono, no habiendo presentado mi hipotesis sobre la formación de los planetas sino como mera suposición filosófica». Buffon escapaba así de las perversas garras dogmáticas que, por otro lado, jamás hubieran hecho presa en un ateo no declarado como él.
Quien desee acercarse a su obra ha de ver en ella un ejercicio más de estética poética y de notorio afán literario que de investigación rigurosa y contrastada. Buffon fue sobre todo un gran divulgador, hombre de vastos conocimientos ─traductor incluso del método de fluxiones y secuencias infinitas de Newton─ que allanó el camino de los notables científicos franceses que le sucedieron. La Histoire Naturelle, générale et particulière, avec la description du Cabinet du Roi  rivalizó  con la famosa Encyclopédie de Diderot y d’Alembert, en la que Buffon declinó colaborar directamente, aunque algunos de sus artículos son un corta y pega de los suyos. Pero pese a que los resultados y la argumentación utilizada por el autor en su Histoire Naturelle no son ni sistemáticos ni rigurosos, es incuestionable la novedad de su planteamiento: pretende responder con perspectiva científica cuestiones tales como el origen del planeta y el de los seres que lo habitan. Ese proceder inaugura una forma de pensar estimulada por la renovación de las concepciones filosóficas que cuestionaban las creencias tradicionales y rompían las barreras impuestas a la expansión del conocimiento.  Admirado ya en su época (Rousseau decía de él que era «la plus belle plume de son siècle»), sus obras disfrutaron tempranamente de una extraordinaria difusión.  El traductor español afirmaba que «su misma curiosidad es consecuencia de la mucha capacidad de su celebro y la prueba cierta de su inteligencia» (Prólogo a la edición española de sus obras, Barcelona, 1832). Esforzándose en atraer a potenciales lectores en nuestro idioma, todavía remisos  a abandonarse sin objeciones en el mar crispado de la heterodoxia buffoniana, el traductor concluía:  «¿Qué utilidad es comparable con la que deben producirnos la contemplación y exámen de las maravillas del universo , si, como es justo, no las observamos para satisfacer nuestro natural apetito de saber cosas estraordinarias, sino para escitarnos por ellas à conocer y glorificar al Criador?». Miembro de una eminente generación de pensadores, Buffon quedó a la sombra de otras figuras de mayor porte científico que imprimieron una huella indeleble, como su coetáneo y antagonista  Carl von Linné,  Sin embargo, un cráter lunar fue bautizado con su nombre y la Historia natural, general y particular ha disfrutado de un dinamismo editorial que llega hasta nuestros días, debido en gran parte a su estilo impecable, pero también a la copiosa obra gráfica que acompañaba los textos y de la que hablaremos en una próxima entrada.

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