Categoría: arte y literatura (Página 1 de 2)

NETO: el humor como cualidad humana (II)

Cumplimos lo prometido y culminamos esta serie de entradas dedicadas a la historieta y la tira gráfica con una entrevista informal pero muy sugerente con Ernesto García del Castillo (Cangas del Narcea, 1960), Neto para los que lo conocemos por su variada producción gráfica y humorística. Con su inestimable ayuda, hemos dado un repaso a la historia del género en España y en Asturias. Con él hemos conversado sobre las particularidades del proceso creativo, y recalado en el tema del impacto de la sátira gráfica en la opinión pública, en particular entre los jóvenes que se incorporan como nuevos lectores de periódicos, movidos por un incipiente interés por la actualidad política y social como ciudadanos críticos y comprometidos que son (¡Que para eso van a la escuela, ea!). En el desarrollo de la agradable velada, Neto fue evocando a un numeroso grupo de creadores españoles que han marcado una época, sin dejar de lado a los estrechamente vinculados con Asturias, nombres ilustres que se dieron a conocer tanto en medios regionales como en revistas y publicaciones de alcance nacional e internacional.

Neto presume orgulloso de tener un apunte original del genial Alfonso Iglesias (1910-1988), Alfonso, el creador de Telva, Pinón y Pinín (invitamos a visitar el monumento del parque de «El Sotu», en La Felguera). Pero también volvimos la memoria como un calcetín para recordar a Néstor (1943-2026), Adolfo García (1945), Emiliano Alonso (1958), Niembro (1913-2000), Pablo García (1964), el gran Chiqui de la Fuente (1933-1992)… De ellos y de bastantes más (todos merecerían atención y trato aparte) se realizó, allá por el año 2002, una gran retrospectiva coordinada por Neto organizada por una entidad bancaria, que fue recogida en un catálogo con viñetas a todo color que Ernesto nos regaló amablemente para nuestra biblioteca. Los autores más influentes durante el último siglo en Asturias fueron objeto, incluso, de una tesis doctoral de la Universidad de Oviedo de 2015, escrita por Esther Rodríguez Ortiz.

De la mano de Los Pitufos Curiosos de Biblioluces os invitamos a disfrutar de la conversación que mantuvimos en una peculiar cafetería (terminaron por invitarnos amablemente a levantar la sesión para poder cerrar el establecimiento), rodeados de libros por todas partes, y donde hubo momentos para las confidencias, el intercambio de opiniones, las anécdotas que no se pueden publicar, los recuerdos escolares y, desde luego, para hablar sin medida de historieta y humor gráfico con Neto, un creador asturiano al que recomendamos conocer y reconocer, porque si lo que se desea es aprender de verdad, lo más inteligente es ESCUCHAR LEER a los que más saben…

NETO: el humor como cualidad humana (I)

Hombre sencillo. Locuaz. Curioso. Buen conversador. Agudo en lo que piensa y certero en lo que hace… Ese es Ernesto García del Castillo (Cangas del Narcea, 1960), Neto para los que lo conocemos como humorista, dibujante, cartelista, diseñador gráfico… Durante su carrera ha recibido varios reconocimientos, aunque él recuerda con especial cariño el Premio Mingote, con el que anteriormente fueran galardonados Tono, Peridis, Chumy Chúmez o Manuel Summers. Se curtió en la viñeta satírica de La Codorniz, Hermano Lobo o La Golondriz y, como todos los de su generación, empezó a dibujar «monos» leyendo y copiando las historietas de Bruguera. Hoy publica una tira diaria en varios periódicos de la prensa española, aunque aquí nos llega primero su sección fija en la contraportada de El Comercio, referencia obligada para el lector de periódicos asturiano, así como para todos aquellos usuarios que visitan por miles su página de feisbuc. Neto tiene un estilo personal, inconfundible. Sus personajes anónimos, esos que encarnan al sufrido ciudadano, son el contrapunto de la numerosa tropa de caricaturas políticas, bondadosamente retratadas, que se muestran desde la intimidad de las viñetas artesanas para solaz de cuántos desean conocer la entraña de la actualidad a través del prisma que concentra la mirada en las debilidades humanas.

Una tira aparecida de la recopilación «Pin, cien sonrisas y algo más…», primer libro de humor de Neto (Ed. Pesgos, 1987)

A lo largo de cinco décadas bien llevadas, Neto ha evolucionado. Y no sólo como humorista: el Neto artista ha madurado para consolidar un estilo propio en el que dice sentirse cómodo; su forma de ver y de sentir Asturias se traslada a una variada creación plástica, difundida en distintos soportes, que cuenta con grandes referentes presentes y pretéritos; quien se tilde de buen observador percibirá un trazo característico, muy vinculado a la geografía de su querida Asturias, trazo que se desliza por el papel buscando la rugosidad de la fibra para recrear un sentimiento que se refleja en las pupilas cómplices de sus paisanos. De formación autodidacta, su trayectoria profesional ha estado ligada «casi-siempre» al dibujo, aunque a veces le haya tocado hacer más de deliniante que de artista gráfico; se considera por ello un privilegiado que ha invertido talento en lo que le gusta, disfrutando intensamente de las etapas sucesivas que le ha deparado el destino caprichoso.

Una página del cómic «Los nuesos paisanos na Historia». Esta en particular está dedicada por Neto al colungués Francisco Grande Covián (E. Madú, 2002)

Hoy Neto, más ocupado que nunca, planifica una venidera jubilación «controlada», donde pueda ocuparse a la obra que conlleva más cariño, tiempo y dedicación sin la pesadumbre que imponen los plazos, aunque no contempla abandonar ese espacio de imaginación y libertad que le proporciona la tira diaria, personalísima tarjeta de presentación que publica en varios medios locales y nacionales. También se plantea ponerse «en serio» con el impresionante fondo gráfico y documental que atesora, y no descarta editar algún recopilatorio que devuelva a los lectores una mínima parte de las más de treinta y tantas mil viñetas que ilustran la historia de España y de Asturias de, prácticamente, el último medio siglo.

Desde luego que no faltan motivos para profundizar un poco más en figura y en la obra de este humorista simpar. Y eso es lo que vamos a hacer aquí: Biblioluces le dedicará a Neto una nueva entrada para que los Pitufos Curiosos, con las gotitas del «inocente» descaro que destilan sus preguntas, nos perfilen un retrato del Neto más personal para que los jóvenes aprendices-lectores conozcan y reconozcan a este creador, tan nuestro como el Amagüestu o la Cueva del Sidrón

 

hay signos de vida en este planeta

Chiste de Manuel Summers (1935-1993), aparecido en la revista Hermano Lobo. Junio de 1972.

La sátira y el humor son sutiles herramientas de la inteligencia, catalizadores de la opinión y, como apuntaba Freud, liberadores de la conciencia, ese aderezo exclusivo del género humano que luce brillante cuando nos detenemos en el camino para identificar el bien antes de tomar partido por el mal. Los romances burlescos de la Edad Media, los pliegos de cordel, Lazarillo, la desquiciada voz de Don Alonso Quijano, Las Cartas marruecas, los Disparates goyescos, los folletones populares… ¡y hasta los mismísimos monigotes rupestres! constituyen maravillosos precedentes que han dejado su poso en el tratamiento humorístico de las modernas “contradicciones de la sociedad”, flaquezas que solemos ignorar y que dibujantes de toda laya escarnecen en los soportes más variopintos, desde el panfleto a la interné… Revistas provocadoras, mensajes publicitarios, tiras periodísticas, blogs irreverentes, viñetas políticas… un volumen notable de producciones que ejercen su particular influencia en lo que se ha dado en llamar “opinión pública”, gran frontón de sufragios y contiendas artificiales donde rebotan con estruendo las pelotas que devuelven con insistencia periodistas vasallos, políticos populistas y demagogos. Pero sigamos con lo que nos ocupa…

Portada de la revista satírica «La Codorniz». 9 de Julio de 1967.

Humberto Eco sostenía que lo trágico y lo dramático son universales, mientras que no ocurre así con lo cómico… Pero se necesita una cultura con densidad, con poso de siglos, para desarrollar un “sentido del humor” propio, con singulares señas de identidad. Así es que podemos hablar de un humor británico, un humor judío, un humor japonés… ¿Podemos referirnos también a un humor español? Definitivamente sí. Con afán de conceder al nuestro su propia carta de naturaleza, D. Miguel Mihura (que además de escribir Tres sombreros de copa también era dibujante de historietas) dejó dicho que “el humor es ver la trampa a todo, darse cuenta de por dónde cojean las cosas; comprender que todo tiene un revés, que todas las cosas pueden ser de otra manera”. Los egregios cofrades de su generación (Neville, Tono, K-Hito, Enrique Jardiel Poncela, Fernández Flórez, Gómez de la Serna…) se rebelaron hace un siglo contra el humor de entraña, un humor simple y cazurro que hace motivo de “befa y mofa” la diferencia, la desgracia del prójimo, la infidelidad consentida o la costalada del que termina con sus huesos en tierra después de un desventurado traspiés. Este selecto grupo surge paralelamente a la Generación del 27 («la otra Generación del 27», como la denominó el académico D. José López Rubio) y se caracterizó, sobre todo, por el empeño en la renovación del humor patrio, haciendo suyo el objetivo que Larra se había marcado con El pobrecito hablador: “Provocar el cambio de la mentalidad del país, acabar con la cretinización de la vida social española, producto de la desdichada política seguida por sus gobernantes, y aplicar el raciocinio, la cultura y el diálogo para evitar mayores desgracias”. Pero ni ellos ni sus loables propósitos pudieron sortear la conflagración fratricida que determinó la evolución del género. Lejos de diluirse en el vino aguado de la religión y el folclorismo, el humor gráfico español se sobrepuso lúcidamente a las restricciones y a la censura, adoptando el gesto pasmado del bufón inocente. A su sombra, la segunda mitad del siglo pasado alumbró dibujantes e historietistas con genio y personalidad a los que hoy reconocemos como antecedentes de la moderna viñeta satírica:  Serafín, Gayo, Arturo, Ballesta, OPS, Mena, Munoa, Pablo, Cabañas, Sir Cámara, Madrigal, Chumy Chúmez, Gila, Forges, Kalikatres, Goñi, Molleda, Muro, Picó, Summers, Mingote… Esta heterogénea “cruzada” de talentos se aplicó en acomodarse al severo orden de la dictadura para terminar provocando espasmos en el acartonado rictus del régimen. Con la llegada de la democracia y el fin de las limitaciones a la libertad de expresión, los autores se agruparon en distintas facciones ideológicas y tomaron partido editorial. Pero no hubo concesiones ni a derecha ni a izquierda; el talante ácido y un tanto desmelenado de la nueva ola contribuyó a divulgar los valores de la ciudadanía europea occidental y a canalizar la confrontación latente entre españoles. Llegados a este punto cabe preguntarse por la salud actual del género, por los novedosos medios de difusión, por la censura “reconstituida”, por las técnicas renovadas, por las influencias necesarias… Incluso si es propio hablar de un humor netamente asturiano…

Para encontrar respuestas a estas y a otras cuestiones declinamos el amable ofrecimiento de los siete sabios de Grecia; nosotros nos decantamos por uno de aquí, de la tierra, natural de Cangas del Narcea, artista gráfico y agudo observador de la actualidad que cotidianamente hace saltar una chispa de talento medido e inteligente en el diario El Comercio

Así que esta historieta en cuestión no ha llegado a su fin

el invento de Hetzel

Durante segunda mitad del siglo XIX las geniales intuiciones de un puñado de intelectuales que empiezan a conocerse como «científicos» impulsan un cambio radical que nada tiene que ver con las convulsas revoluciones sociales del pasado. La máquina de vapor, la telegrafía, la electricidad… son hitos que marcan el primer paso hacia lo que hoy llamamos «globalización». Los más optimistas identifican estas señales como balizas de una dorada senda que serpentea hacia el progreso y la felicidad. Las potencias occidentales hacen acopio de arsenal ideológico y económico, e invitan a participar en el festín a toda la humanidad, voluntariamente o a la fuerza. Profundos cambios en el tejido productivo y social contribuyen a disolver las viejas filiaciones con la tierra y a desplazar los intereses del capital hacia minas, fábricas o factorías. Cientos de miles de personas llegan las ciudades y sus periferias en busca de fortuna incierta. En este ambiente de positivismo extremo, Pierre-Jules Hetzel (1814-1886), editor de Balzac y Víctor Hugo, tiene en mente un proyecto de revista cuya finalidad será difundir entre los jóvenes temas científicos de una forma amena y atractiva. La casualidad atrae hasta su oficina a un joven escritor llegado de Nantes. Familiarizado con el rechazo, Julio Verne (1828-1905), que a la sazón tiene 34 años, porta bajo el brazo dos manuscritos que Hetzel promete estudiar. Sin sospecharlo, ambos personajes coinciden en considerar la ciencia como una forma superior de la cultura, atribuyéndole el poder explorador del que está necesitado el nuevo mundo que se vislumbra en el horizonte, y que se extiende mucho más allá de las fronteras heredadas de la generación anterior. Hetzel tiene olfato para estimar la nueva forma de literatura que se presenta ante sí. Se inicia de esta manera una particular colaboración que vincularía a los dos hombres de por vida, un particular tándem en el que los papeles de editor y creador se entremezclan fundidos al fin en un único proyecto que los hará ricos: Los voyages extraordinaires.

«Vendrán de todo el mundo, amarán los nuevos productos, adorarán las nuevas máquinas, serán modernos».

Boletín de la Exposición Universal. París, 1855.

En 1863 ve la luz el primer volumen fruto de esta colaboración: Cinco semanas en globo. Los pronósticos se quedan cortos: la novela se vende como rosquillas. Y Hetzel pide más: nada de ficción al viejo estilo. Le exige a Verne que escriba sobre situaciones bien documentadas, héroes porfiados, aventuras extremas… Y ciencia, mucha ciencia y mucho progreso tecnológico para aderezar el argumento. Los 62 títulos de Los voyages extraordinaires se publican entre 1866 y 1906. Hetzel & Cia (en el que podríamos incluir al autor como «uno más») asume la redacción-corrección-y-supervisión de la toda obra. Tras la muerte de Verne y aprovechando el tirón popular de la serie, su hijo y heredero le da continuidad al contrato original, aunque un tanto artificialmente, sirviéndose de notas y borradores inconclusos de su difunto padre, con el que siempre mantuvo una relación tortuosa. El proyecto se agota en 1919. El primer acuerdo de traducción al español se había firmado en 1886.

Aunque el talento de D. Julio está fuera de toda discusión, muchos opinan que el genio fue reconducido sagazmente por Hetzel, que cuidó tanto de la promoción como de la propia fase creativa, evitando la «dispersión» y orientando la contribución literaria y pedagógica de Verne hacia un producto de éxito comercial del que, dicho sea de paso, el editor se llevó la mayor parte de los beneficios. En una de sus cartas, el inventor literario de tantos y tantos ingenios y cachivaches rinde reconocimiento a su mentor afirmando sobre sí mismo que él es, a su vez, «un invento» de Monsieur Hetzel.

Les enfants du Capitaine Grant fue publicado por capítulos en el Magasin d’éducation et de récréation. El volumen original que incorporamos a nuestra biblioteca data de 1895(?). No lo podemos saber con seguridad porque la colección no hace referencia alguna a la fecha de edición, aunque se puede colegir por la decoración de la portada. Es un libro de porte noble, grande, de cortes dorados y con el lomo «del ancla», uno de los más bonitos de toda la serie. Las 172 ilustraciones de Édouard Riou (1833-1900) contribuyen al atractivo de un producto de colores llamativos, agradable al tacto y a la vista que, a pesar de haber sido impreso hace más de 125 años, sigue irradiando un poderoso influjo sobre el lector curioso y ávido de los secretos y aventuras que se esconden entre las páginas de un clásico inmortal.

¡Larga vida a Verne (y a Hetzel)!

los cuentos de D. Santiago

Descubrir a estas alturas la figura de D. Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) es un pecadito venial porque todavía hay manera de enmendar la falta. Empeñarse en olvidar o, peor aún, ignorar a una personalidad de semejante calibre intelectual es, por no decir otra cosa, un verdadero delito contra la memoria histórica y científica de un país no demasiado pródigo en sabios de talla similar. Se dice que en sus últimas cuartillas, escritas horas antes de fallecer, Ramón y Cajal intentó describir los síntomas de la muerte: «Me siento afónico, pierdo la vista». Después de esto, la caligrafía se torna ilegible… Genio y figura hasta el final. Así se extinguió la intensa vida del que fue, además, un viajero incansable que también visitó el norte peninsular.
Aunque son escasos, es posible rastrear vínculos del científico con Asturias. En cierta ocasión «sacó la cabeza» por los asturianos cuando un alcalde de Barcelona, antiguo colega suyo de nombre Bartolomé Robert (1842-1902), definió las características superiores de una supuesta «raza catalana etrusca» frente a otra primitiva, heredera de antiguos pobladores simiescos que degeneraron en gallegos y asturianos. El tal Robert llegó incluso a publicar un mapa de España que ilustraba la distribución geográfica de la excelencia racial, en la que los braquicéfalos del noroeste se llevaban la peor parte. El asunto fue objeto de viva polémica y tiempo le faltó al premio nobel aragonés para poner en entredicho la xenofobia de Bartolomeu, llamando a considerar como prueba refutatoria el reducido volumen encefálico de tan eminente supremacista. El Dr. Robert cuenta, por cierto, con un gran monumento en el Ensanche barcelonés. Menos piedras guardan hoy memoria de D. Santiago en la región, pese a que entre los años 1912 y 1917 fue asiduo visitante estival y disfrutaba de baños de sol y mar en la costa cantábrica. Nos gustaría pensar que se inspiró en Lastres o en Salinas para escribir el libro Cuentos de vacaciones… pero por aquella época el autor, que era un prototurista inquieto, no conocía Asturias. Sus incursiones literarias no fueron únicamente un divertimento. En 1905 fue elegido miembro numerario de la Real Academia de la Lengua, —como también lo fue de la de Medicina y de la de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales—, aunque nunca llegó a ocupar el asiento de la «I» mayúscula. Y es que D. Santiago se entregaba al género de ficción con sobradas condiciones para ello. Aparte del citado volumen, están los escritos autobiográficos Recuerdos de mi vida (1901-1917), Chácharas de café (1921) o el curioso El mundo visto a los ochenta años: impresiones de un arteriosclerótico (1934), obra póstuma donde D. Santiago describe sin censuras las opiniones inmediatas que le merece el mundo en el que vive, y de la que extraemos un fragmento, así, como al azar…

Los que hace cincuenta años admirábamos las decorativas barbas floridas de los jóvenes o maduros y las venerables de los ancianos—o en su defecto las patillas toreras y bigotes conquistadores—quedamos hoy absortos ante el tocado, importado de Yanquilandia o de Inglaterra, lucido por nuestros empecatados currutacos y hasta por bastantes vejestorios, empeñados en remozarse en la fuente de juventud de las peluquerías. ¿A qué responden esas faces lampiñas? ¿Por qué no lucimos aquellas barbas y bigotes a lo Cervantes y Quevedo, copiados en los cuadros del Greco y de Velázquez? Se ha derrumbado toda una venerable y castiza tradición, inspirada quizás en el aspecto viril y elegante de dioses, héroes y pensadores helenos. La facies romana lampiña quedaba relegada a los labriegos y eclesiásticos. Por consecuencia de ello, se pierde una hora diaria, con fruición y provecho del barbero, rapándose de raíz cañones incipientes. ( ) ¡Cuántos feos he conocido yo cuya fortuna amorosa y hasta económica dependió de una barba artísticamente cuidada o de un mostacho retador! ¡Y cuántos otros, perdido el prestigio capilar, se convirtieron en micos repelentes cuando no en aparentes intersexuales!

Nuestra pequeña infografía recoge la reinterpretación a mano alzada de uno de los excepcionales dibujos científicos recopilados en el libro The Beautiful Brain. Drawings of Santiago Ramon y Cajal y que forman parte del Legado Cajal. Este importante patrimonio aún espera el cobijo de un museo que le haga justicia.

Santiago Ramón y Cajal, científico, artista, escritor… y premio Nobel de Medicina (1906).
Billete del Banco de España dedicado a Santiago Ramón y Cajal (1935)

federico

Los miembros de «La Barraca», en ruta. Dibujo de Ilu Ros.

Federico García Lorca (1898-1936) nació en el siglo XIX, pero su marca biográfica y literaria ha quedado impresa a hierro candente en el primer tercio del siglo XX. Desgraciadamente, la función de su vida se canceló abruptamente y antes de tiempo. La lista de las insignes figuras de la cultura hispana que de una u otra forma confluyeron en el impetuoso torrente lorquiano es extensa: Manuel de Falla, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Valle Inclán, Ramón Menéndez Pidal, Margarita Xirgu, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda… por citar algunos. De todos ellos hubo un poco en este granadino apasionado. Ochenta y seis años después de su muerte, seguimos honrando la memoria del poeta, aunque nos consta que son bastantes aquellos que lo reivindican sin haberlo leído siquiera, pero así son las cosas. Abundan los títulos, ensayos y artículos que analizan su contribución a la cultura y al idioma. De entre todos destacamos el libro recientemente publicado por la ilustradora Ilu Ros, quizá porque nos aproxima al autor de forma rigurosa, pero con un lirismo sutil que desvela la faceta más íntima del hombre, del amante, del creador, de niño chico que siempre fue. Ilu Ros “filma” con los pinceles un reportaje primorosamente ilustrado con un estilo muy personal, que en tres actos con su interludio nos lleva desde lo que fue la celebrada infancia, recobrada a través de los testimonios de cuántos le conocieron, hasta la brevísima madurez, que apenas tuvo oportunidad de ofrecernos una ínfima porción del caudal que el buen Federico prometía. Pasajes de sus obras, fragmentos de cartas, referencias de los amigos, recuerdos de familia… Una ordenada relación documental que nos invita a profundizar un poco más en su vida y en su obra (si es que acaso es posible separar la una de la otra). Dos eran las oportunidades que se nos presentaban de satisfacer tal pretensión. Y decidimos explorar ambas: por un lado, revisar la poesía y la producción dramática de Lorca con los ojos y la mente de un lector del siglo XXI. Por otro charlar con Ilu Ros, joven autora de este Federico, la biografía literaria y sentimental de la que venimos hablando y que tan buena impresión nos ha causado. Empezaremos por ésta última… Así que allá vamos, a ver qué tal nos sale.

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