Categoría: atrapa al personaje (Página 1 de 11)

NETO: el humor como cualidad humana (II)

Cumplimos lo prometido y culminamos esta serie de entradas dedicadas a la historieta y la tira gráfica con una entrevista informal pero muy sugerente con Ernesto García del Castillo (Cangas del Narcea, 1960), Neto para los que lo conocemos por su variada producción gráfica y humorística. Con su inestimable ayuda, hemos dado un repaso a la historia del género en España y en Asturias. Con él hemos conversado sobre las particularidades del proceso creativo, y recalado en el tema del impacto de la sátira gráfica en la opinión pública, en particular entre los jóvenes que se incorporan como nuevos lectores de periódicos, movidos por un incipiente interés por la actualidad política y social como ciudadanos críticos y comprometidos que son (¡Que para eso van a la escuela, ea!). En el desarrollo de la agradable velada, Neto fue evocando a un numeroso grupo de creadores españoles que han marcado una época, sin dejar de lado a los estrechamente vinculados con Asturias, nombres ilustres que se dieron a conocer tanto en medios regionales como en revistas y publicaciones de alcance nacional e internacional.

Neto presume orgulloso de tener un apunte original del genial Alfonso Iglesias (1910-1988), Alfonso, el creador de Telva, Pinón y Pinín (invitamos a visitar el monumento del parque de «El Sotu», en La Felguera). Pero también volvimos la memoria como un calcetín para recordar a Néstor (1943-2026), Adolfo García (1945), Emiliano Alonso (1958), Niembro (1913-2000), Pablo García (1964), el gran Chiqui de la Fuente (1933-1992)… De ellos y de bastantes más (todos merecerían atención y trato aparte) se realizó, allá por el año 2002, una gran retrospectiva coordinada por Neto organizada por una entidad bancaria, que fue recogida en un catálogo con viñetas a todo color que Ernesto nos regaló amablemente para nuestra biblioteca. Los autores más influentes durante el último siglo en Asturias fueron objeto, incluso, de una tesis doctoral de la Universidad de Oviedo de 2015, escrita por Esther Rodríguez Ortiz.

De la mano de Los Pitufos Curiosos de Biblioluces os invitamos a disfrutar de la conversación que mantuvimos en una peculiar cafetería (terminaron por invitarnos amablemente a levantar la sesión para poder cerrar el establecimiento), rodeados de libros por todas partes, y donde hubo momentos para las confidencias, el intercambio de opiniones, las anécdotas que no se pueden publicar, los recuerdos escolares y, desde luego, para hablar sin medida de historieta y humor gráfico con Neto, un creador asturiano al que recomendamos conocer y reconocer, porque si lo que se desea es aprender de verdad, lo más inteligente es ESCUCHAR LEER a los que más saben…

NETO: el humor como cualidad humana (I)

Hombre sencillo. Locuaz. Curioso. Buen conversador. Agudo en lo que piensa y certero en lo que hace… Ese es Ernesto García del Castillo (Cangas del Narcea, 1960), Neto para los que lo conocemos como humorista, dibujante, cartelista, diseñador gráfico… Durante su carrera ha recibido varios reconocimientos, aunque él recuerda con especial cariño el Premio Mingote, con el que anteriormente fueran galardonados Tono, Peridis, Chumy Chúmez o Manuel Summers. Se curtió en la viñeta satírica de La Codorniz, Hermano Lobo o La Golondriz y, como todos los de su generación, empezó a dibujar «monos» leyendo y copiando las historietas de Bruguera. Hoy publica una tira diaria en varios periódicos de la prensa española, aunque aquí nos llega primero su sección fija en la contraportada de El Comercio, referencia obligada para el lector de periódicos asturiano, así como para todos aquellos usuarios que visitan por miles su página de feisbuc. Neto tiene un estilo personal, inconfundible. Sus personajes anónimos, esos que encarnan al sufrido ciudadano, son el contrapunto de la numerosa tropa de caricaturas políticas, bondadosamente retratadas, que se muestran desde la intimidad de las viñetas artesanas para solaz de cuántos desean conocer la entraña de la actualidad a través del prisma que concentra la mirada en las debilidades humanas.

Una tira aparecida de la recopilación «Pin, cien sonrisas y algo más…», primer libro de humor de Neto (Ed. Pesgos, 1987)

A lo largo de cinco décadas bien llevadas, Neto ha evolucionado. Y no sólo como humorista: el Neto artista ha madurado para consolidar un estilo propio en el que dice sentirse cómodo; su forma de ver y de sentir Asturias se traslada a una variada creación plástica, difundida en distintos soportes, que cuenta con grandes referentes presentes y pretéritos; quien se tilde de buen observador percibirá un trazo característico, muy vinculado a la geografía de su querida Asturias, trazo que se desliza por el papel buscando la rugosidad de la fibra para recrear un sentimiento que se refleja en las pupilas cómplices de sus paisanos. De formación autodidacta, su trayectoria profesional ha estado ligada «casi-siempre» al dibujo, aunque a veces le haya tocado hacer más de deliniante que de artista gráfico; se considera por ello un privilegiado que ha invertido talento en lo que le gusta, disfrutando intensamente de las etapas sucesivas que le ha deparado el destino caprichoso.

Una página del cómic «Los nuesos paisanos na Historia». Esta en particular está dedicada por Neto al colungués Francisco Grande Covián (E. Madú, 2002)

Hoy Neto, más ocupado que nunca, planifica una venidera jubilación «controlada», donde pueda ocuparse a la obra que conlleva más cariño, tiempo y dedicación sin la pesadumbre que imponen los plazos, aunque no contempla abandonar ese espacio de imaginación y libertad que le proporciona la tira diaria, personalísima tarjeta de presentación que publica en varios medios locales y nacionales. También se plantea ponerse «en serio» con el impresionante fondo gráfico y documental que atesora, y no descarta editar algún recopilatorio que devuelva a los lectores una mínima parte de las más de treinta y tantas mil viñetas que ilustran la historia de España y de Asturias de, prácticamente, el último medio siglo.

Desde luego que no faltan motivos para profundizar un poco más en figura y en la obra de este humorista simpar. Y eso es lo que vamos a hacer aquí: Biblioluces le dedicará a Neto una nueva entrada para que los Pitufos Curiosos, con las gotitas del «inocente» descaro que destilan sus preguntas, nos perfilen un retrato del Neto más personal para que los jóvenes aprendices-lectores conozcan y reconozcan a este creador, tan nuestro como el Amagüestu o la Cueva del Sidrón

 

la criatura de Mary

La iconografía clásica del Monstruo de Frankenstein se la debemos al cine y al comic.

Aprenda de mí, si no por mis advertencias, sí al menos por mi ejemplo, lo peligroso de adquirir conocimientos; aprenda cuánto más feliz es el hombre que considera su ciudad natal el centro del universo, que aquel que aspira a una mayor grandeza de la que le permite su naturaleza.

La inquieta curiosidad del eminente doctor suizo Víctor Frankenstein le inclinó muy pronto por el estudio de la filosofía natural, un vasto dominio en el que la ciencia imponía las estrictas reglas de la experimentación. Las sorprendentes revelaciones de la química, la física o la biología abundaron en la euforia del genio, que desde su juventud había acariciado la posibilidad de infundir vida en la materia inerte al modo de Paracelso o Cornelius Agrippa… Aclaramos que el primero de ellos decía haber dado vida a un hombrecillo “perfectamente funcional” combinando en justa proporción sangre humana y excremento de caballo, y el segundo presumía de una receta similar, pero a partir del semen de un ahorcado, mandrágora, leche y miel. Sin desfallecer, Frankenstein persigue con denuedo su colosal objetivo hasta que, finalmente, sus esfuerzos se ven coronados por el éxito. Dominada la técnica básica, reúne unos cuántos despojos de aquí y de allá (en aquella época estaba prohibido por la ley diseccionar a un buen cristiano, así que para ilustrar clases magistrales de anatomía era habitual comerciar con cadáveres de condenados a la horca o robar difuntos de los cementerios) y compone un ser que el aliento de la vida transforma en humano. Pero a poco del primer suspiro, Frankenstein reniega de su monstruo y le abandona a su suerte sin siquiera derecho al desayuno. A partir de ese momento, la resentida criatura se dedicará en «cuerpo y alma» a proyectar su propio dolor sobre su «padre» ingrato, infiriéndole el tormento de hacerle perder a casi todos sus seres queridos. Sin ánimo de destripar la historia, la novela desemboca en un final trágico en el que, paradójicamente, el doctor Frankenstein se lleva a la tumba el secreto de la vida.

Esta historia sencilla y escasamente «terrorífica» para los estándares actuales ha sido superada con creces por la fama de su protagonista principal, la criatura anónima hecha de retales y condenada a sufrir el desprecio de los que solo son capaces de juzgar por las apariencias. El Monstruo de Frankenstein es una figura perfectamente reconocible entre las nutridas filas de héroes y antihéroes que habitan nuestro imaginario común. Los detalles que lo hacen «familiar» para todo el mundo no aparecen a la novela de Mary Shelley (1797-1851), sino que son fruto de la fantasía popular y de las sucesivas reinterpretaciones gráficas y cinematográficas. Especialmente significativas son las producciones en blanco y negro de los años 30 y 40 del siglo pasado (Frankenstein de James Whale, 1931). La caracterización de Boris Karloff con mirada cadavérica, miembros cosidos y tornillos en el cuello ha hecho más por la inmortalidad de la obra que los sesudos prologuistas de las diferentes ediciones, empeñados en descubrir el íntimo mensaje que la autora imprimió en el relato. Pero si dejamos de lado la figura icónica y los precios estratosféricos que han alcanzado los volúmenes de la primera edición de 1818, el cuento de Mary Shelley es simple, con una estructura tortuosa y un texto que abunda en lugares comunes. En la trama, un tanto inconsistente, la mujer ocupa un lugar secundario y las aproximaciones literarias que suponen una pirueta narrativa terminan abruptamente, sin ilustrar ni aclarar nada. Los que vayan buscando cabezas cuadradas y costurones dramáticos se tendrán que apañar con una única y somera descripción de la criatura, con la que el lector tiene que dar verosimilitud a la “diabólica fealdad que hacía imposible el mirarlo”:  «Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias; tenía el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos; pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios». Y es que, en rigor, tampoco se le podía pedir más a una muchacha de dieciocho años en los albores de su carrera como escritora y sumida en una crisis vital que en ocasiones era difícil de sobrellevar, incluso para una joven precoz, culta e inteligente como Mary.

El libro “Frankenstein o el moderno Prometeo” no pasará a la historia como una obra maestra ni como un impecable ejercicio de ciencia-ficción. Tampoco asustará a los niños congregados alrededor de la catalítica durante las frías noches de invierno ni llamará la atención de lectores en busca de emociones fuertes, pero nos dará un buen motivo para repasar el atormentado código estético de los autores románticos y su apuesta decidida por regenerar el ambiente de rígido e hipócrita moralismo que ahogaba (y sigue ahogando) la creatividad.

los cuentos de D. Santiago

Descubrir a estas alturas la figura de D. Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) es un pecadito venial porque todavía hay manera de enmendar la falta. Empeñarse en olvidar o, peor aún, ignorar a una personalidad de semejante calibre intelectual es, por no decir otra cosa, un verdadero delito contra la memoria histórica y científica de un país no demasiado pródigo en sabios de talla similar. Se dice que en sus últimas cuartillas, escritas horas antes de fallecer, Ramón y Cajal intentó describir los síntomas de la muerte: «Me siento afónico, pierdo la vista». Después de esto, la caligrafía se torna ilegible… Genio y figura hasta el final. Así se extinguió la intensa vida del que fue, además, un viajero incansable que también visitó el norte peninsular.
Aunque son escasos, es posible rastrear vínculos del científico con Asturias. En cierta ocasión «sacó la cabeza» por los asturianos cuando un alcalde de Barcelona, antiguo colega suyo de nombre Bartolomé Robert (1842-1902), definió las características superiores de una supuesta «raza catalana etrusca» frente a otra primitiva, heredera de antiguos pobladores simiescos que degeneraron en gallegos y asturianos. El tal Robert llegó incluso a publicar un mapa de España que ilustraba la distribución geográfica de la excelencia racial, en la que los braquicéfalos del noroeste se llevaban la peor parte. El asunto fue objeto de viva polémica y tiempo le faltó al premio nobel aragonés para poner en entredicho la xenofobia de Bartolomeu, llamando a considerar como prueba refutatoria el reducido volumen encefálico de tan eminente supremacista. El Dr. Robert cuenta, por cierto, con un gran monumento en el Ensanche barcelonés. Menos piedras guardan hoy memoria de D. Santiago en la región, pese a que entre los años 1912 y 1917 fue asiduo visitante estival y disfrutaba de baños de sol y mar en la costa cantábrica. Nos gustaría pensar que se inspiró en Lastres o en Salinas para escribir el libro Cuentos de vacaciones… pero por aquella época el autor, que era un prototurista inquieto, no conocía Asturias. Sus incursiones literarias no fueron únicamente un divertimento. En 1905 fue elegido miembro numerario de la Real Academia de la Lengua, —como también lo fue de la de Medicina y de la de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales—, aunque nunca llegó a ocupar el asiento de la «I» mayúscula. Y es que D. Santiago se entregaba al género de ficción con sobradas condiciones para ello. Aparte del citado volumen, están los escritos autobiográficos Recuerdos de mi vida (1901-1917), Chácharas de café (1921) o el curioso El mundo visto a los ochenta años: impresiones de un arteriosclerótico (1934), obra póstuma donde D. Santiago describe sin censuras las opiniones inmediatas que le merece el mundo en el que vive, y de la que extraemos un fragmento, así, como al azar…

Los que hace cincuenta años admirábamos las decorativas barbas floridas de los jóvenes o maduros y las venerables de los ancianos—o en su defecto las patillas toreras y bigotes conquistadores—quedamos hoy absortos ante el tocado, importado de Yanquilandia o de Inglaterra, lucido por nuestros empecatados currutacos y hasta por bastantes vejestorios, empeñados en remozarse en la fuente de juventud de las peluquerías. ¿A qué responden esas faces lampiñas? ¿Por qué no lucimos aquellas barbas y bigotes a lo Cervantes y Quevedo, copiados en los cuadros del Greco y de Velázquez? Se ha derrumbado toda una venerable y castiza tradición, inspirada quizás en el aspecto viril y elegante de dioses, héroes y pensadores helenos. La facies romana lampiña quedaba relegada a los labriegos y eclesiásticos. Por consecuencia de ello, se pierde una hora diaria, con fruición y provecho del barbero, rapándose de raíz cañones incipientes. ( ) ¡Cuántos feos he conocido yo cuya fortuna amorosa y hasta económica dependió de una barba artísticamente cuidada o de un mostacho retador! ¡Y cuántos otros, perdido el prestigio capilar, se convirtieron en micos repelentes cuando no en aparentes intersexuales!

Nuestra pequeña infografía recoge la reinterpretación a mano alzada de uno de los excepcionales dibujos científicos recopilados en el libro The Beautiful Brain. Drawings of Santiago Ramon y Cajal y que forman parte del Legado Cajal. Este importante patrimonio aún espera el cobijo de un museo que le haga justicia.

Santiago Ramón y Cajal, científico, artista, escritor… y premio Nobel de Medicina (1906).
Billete del Banco de España dedicado a Santiago Ramón y Cajal (1935)

el Día de la Regadera

Maximilien Robespierre (1758-1794). Retrato anónimo.

 

Aquella mañana del 27 de julio de 1794 (9 de termidor, según el calendario del amanecer republicano), Maximilien se levanta temprano tras conciliar un sueño reparador. Ordena los papeles y ultima algunos flecos de su discurso ante la Convención, que se reúne en las Tullerías. En el comedor familiar, la señora Duplay dispone el frugal desayuno que le ha preparado a su huésped. Antes de salir a la calle se empolva la peluca y se acicala, como de costumbre. Su hermano Agustín aguarda para acompañarle al salón de sesiones…

El historiador Colin Jones repasa minuto a minuto los últimos momentos del siniestro personaje. Y si bien hay muchas obras referidas a este convulso período de la historia francesa y europea, La caída de Robespierre constituye un relato intenso, bien documentado, que nos aproxima como ninguno a esas 24 horas decisivas que determinaron el futuro del movimiento que hoy conocemos como la Revolución Francesa.

…Sobre las 11:00 h. Robespierre abandona su domicilio, en el 366 de la Rue Saint-Honoré de París, y camina despreocupadamente hacia la sede de la soberanía nacional. Se sabe el preferido de la masa, el único capaz de interpretar los dictados de la ciudadanía. Y la ciudadanía pide sangre. Desde la Asamblea Nacional ha promovido la redacción de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. En síntesis, se trata de una proclama progresista por la igualdad, la libertad y contra la opresión. Sin embargo, ha sido el inspirador de la norma, el mismo Robespierre que se oponía fervorosamente a la pena de muerte (“Matar a un hombre es cerrarle el camino para volver a la virtud») el que ha dejado en suspenso las garantías de la Constitución de 1791 para consolidar el régimen del Terror contra políticos, opositores, aristócratas, librepensadores, religiosos, activistas, intelectuales, diputados, periodistas, sospechosos, espías, profesionales, artistas, artesanos… Y, en definitiva, contra todo aquel disidente o supuesto disidente que caiga en desgracia o, simplemente, transite por un puente equivocado a la hora equivocada. El filo de la guillotina había hecho las veces de depuradora social a una velocidad tal que la sangre derramada encharcaba perennemente la Plaza de la Revolución (hoy Plaza de la Concordia). Pese a sus continuos cambios de opinión, Robespierre se había asegurado la devoción del Tribunal de Justicia Revolucionario, dirigido por amigos y correligionarios sin escrúpulos con ganas de ascenso social, la complicidad del club de los Jacobinos, una especie de partido político que bendecía sin réplica las iniquidades de El Incorruptible, y la fidelidad canina de un buen grupo de diputados de la Asamblea que cambiaban votos, vítores y aplausos por un buen trozo de tocino a la hora de comer y un salvoconducto temporal que les permitía conservar la cabeza y la peluca en su lugar habitual. Últimamente, Robespierre estudiaba cambiar el culto tradicional por la veneración al Ser Supremo con el que pretendía atajar el ateísmo, más propio de peligrosos ciudadanos críticos que de las multitudes aborregadas que lo aclamaban. ¿Qué podía salir mal? Sin embargo, el día anterior El Incorruptible había cometido un error garrafal: para granjearse el apoyo de ciertos grupos de la cámara, proclama públicamente que la Convención es un nido de corrupción trufado de traidores, y apelando al pueblo como solía, vaticina una purga inminente. Las advertencias de Robespierre tenían la costumbre de licuarse en torrentes de sangre, así que no cayeron en saco roto: la velada amenaza se siente a izquierda y a derecha. El fantasma del ejecutado Danton sobrevuela las bancadas de los representantes electos. Cunde el pánico. En esos momentos, ni los ujieres de la cámara tienen garantizada indemnidad en la macabra ceremonia de depuración que se avecina. Durante una jornada tormentosa, la iniciativa de un grupo de diputados que tienen poco que perder alienta el pronunciamiento casi unánime de la Convención, que condena a toda la camarilla populista: Robespierre, el presidente del Tribunal Revolucionario Dumas y el atónito portavoz, el joven Louis de Saint-Just, que observa como grillado lo que está ocurriendo a su alrededor. Después de un agitado movimiento de peones con la Comuna de París, los mecanismos burocráticos que sostuvieron los desmanes de Robespierre se vuelven en su contra: silenciado y humillado, vituperado por la turba que debía liberarlo, se rinde finalmente ante Mme. Guillotine el 28 de julio de 1794, décima jornada de la primera década de termidor, conocido como el Día de la Regadera.

no lo intentes

La pregunta es: ¿Tiene alguna justificación divulgar los textos de Bukowski? Si no nos da la gana responder directamente, podríamos alimentar el debate con dos aportaciones más: ¿Es necesario adaptar El Lazarillo para escolares? ¿Es correcto llamar literatura a lo que escriben ciertos presentadores de televisión? Ninguna de las tres cuestiones admite un «» o un «no» rotundo. O quizá sí lo admitan. Pero aquí los dogmas sobran. Así que nos reservamos la opinión que nos merecen las dos últimas cuestiones para centrarnos en la primera.
Bukowski ya no está de moda. La literatura del exabrupto no vende como antes. Ha perdido a parte de su parroquia. Tal vez por eso sea el momento de rescatarle, si es que es lícito conjugar este verbo con semejante personaje. Nos da en la nariz que Charles Bukowski (1920-1994), escritor estadounidense de origen germano, no sería el viajero ideal para, digamos, compartir asiento en un abarrotado Alvia Gijón-Madrid. Las adicciones de las que hizo sobrada publicidad fueron su imagen de marca, y con ellas se ganó las voluntades de los que vieron reflejada en su discurso la propia desesperación vital; el aedo de nariz roja que se atrevía a escupir sobre el auditorio se convirtió en el adalid de los que no osaban imitarlo, aunque les sobrasen las ganas. Y los motivos. Consolidada una excelente mala fama, su patente de corso fue el alcohol diluido en otro poquito de alcohol. De esta forma, el ciudadano Bukowski se libró de tener que alinearse con una ideología mayoritaria, ya fuera de carácter conservador o formalmente izquierdosa. Desde la marginalidad y el escarnio autoinfligido, alcanzó la estabilidad a los cincuenta años, merced a una pertinaz vocación literaria, de la que da buena prueba una producción en extremo prolífica. A lo largo de su vida publicó más de medio centenar de títulos, sin contar el material inédito. Con los Escritos de un viejo indecente (1973) se desató la popularidad. Y con ella vinieron las entrevistas, las opiniones procaces, los espectáculos escandalosos. También los guiones de cine, los recitales de esa poesía tan suya. Y los libros. Libros y más libros autobiográficos que le fueron aproximando al imaginario progre de su país adoptivo, y cuyos ecos en forma de sentencias o frases sueltas ―algunas perfectamente apócrifas― siguen salpicando por doquier las grafiteras paredes de internet. Los delicados gourmets de la contracultura degustaron con fino paladar lo que dieron en llamar Realismo sucio, mientras que los puristas sabotearon los intentos de elevarle a los altares, entre otras cosas por declarar que Shakespeare estaba sobrevalorado. Pues ni tanto y tan calvo. Y sí, leer a Bukowski es un ejercicio sano por lo mismo que la botulina tiene un mirífico efecto cosmético. Sobre todo, los cuentos. No así la poesía, que a muchos nos suena a hueca después de pagar el inevitable peaje de la traducción: Un simple perro/ caminando solo sobre una acera caliente/ en pleno verano/ parece tener más poder que diez mil dioses juntos/ ¿por qué? (De “El amor es un perro del infierno: Poemas 1974-1977”).

Aunque la filosofía de Bukowski/Chinaski tiene tanto fundamento como los textos impresos en las etiquetas de un güisqui barato, hay algo de atractivo en esos relatos cargados de amargo resentimiento, historias donde no se salva ni el amor, ni la amistad, ni los principios, ni las convicciones ni nada de nada. En este capítulo, se percibe ese desarraigo destructor con el que el escritor intenta abrumar a los lectores (se nota bien a las claras que le encantaba que le leyeran, que le admiraran, que le odiaran, que le hicieran preguntas, que le tomaran por lo que no era) con palabras malsonantes y sórdidas reflexiones que sin duda redactaba mientras estaba razonablemente sobrio, porque la ebriedad no es compatible con ninguna preocupación estética por el estilo. Y escandalizar al personal era lo que más le gustaba. Su influencia no ha sido desdeñable. De hecho, en las últimas décadas un nutrido grupo de escritores en español han transitado por sendas similares (Ray Loriga ha confesado la influencia sobre su propia obra) con resultados desiguales. La impronta ha llegado incluso al mundo del cómic y la ilustración: Matthias Schultheiss publicó su brutal versión visual del universo bukowskiano (Ordinaria locura, 1988) y Robert Crumb, que no oculta su admiración por el autor, iluminó tres de sus cuentos ligeros, recogidos en Tráeme tu amor (2011).
En 1985, el Bukowski de las entrevistas era un escritor consagrado que se reía de todo y de todos: “Ahora solo me siento, tomo vino y hablo de mí mismo porque ustedes hacen las preguntas, no porque yo quiera dar las respuestas… ¿Ok?”. Falleció en 1994, haciendo lo que quería, sin apuros para beber del mejor licor. Y sin haber entendido una palabra de Albert Camus. Sus restos reposan en Palos Verdes, California. La gente acude allí y se hace fotos junto a la sencilla lápida, en la que podemos leer una única sentencia: “No lo intentes”.
Como podría haber afirmado el mismísimo Bukowski, estas palabras son lo más profundo que escribió. O al menos, lo más profundo que fue capaz de escribir.
Feliz Año Nuevo.

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