
El proceso es el siguiente:
La extracción. De un contenedor abandonado, encajado en una esquina entre dos fardos rebosantes de folios amarillentos, extraemos un libro que nos llama la atención. Es uno más de entre los ejemplares expurgados de la biblioteca escolar; se trata de la colección “Cuentos”, escrito por José Martínez Ruiz, Azorín (1873-1967), y publicado por Afrodisio Aguado en 1956, con prólogo del autor. En la cima de una montaña de ejemplares necesitados de auxilio (un Ivanhoe ilustrado, novelas de Julio Verne, teatro de Valle Inclán, restos desvencijados de Austral, antologías, un libro de chistes de Chipi y Chopi…) las tapas ligeramente desvaídas se imponen a la vista: impresas sobre la cubierta, letras doradas al latón llaman la atención del observador. Basta una leve caricia, un repaso con las yemas de los dedos, para que el brillo original se imponga sobre el fondo verde de rígido cartón. Los libros todos de aquella balsa abandonada a la marea del olvido tienden sus cubiertas suplicantes hacia nosotros, solicitando a modo de ruego una oportunidad que les salve del eventual encuentro con las cuchillas de triturar papel. Sin embargo, no estamos preparados y hemos venido sin margen para escrutar tal cantidad de obras, condenadas incluso antes de salir botadas de los anaqueles por la pujanza de ejemplares “más modernos”, literatura infantil y juvenil de consumo inmediato y de dudosa calidad literaria. Los discursos de Wilfredo de Ivanhoe o del mismísimo Jacques Paganel no cometieron más delito que el de exponerse públicamente durante décadas, sin más aderezos que un título, un autor y una ligera capa de polvo, señas de identidad suficientes para el joven lector prevenido por su maestro. Ahora yacen en la caja de cualquier manera, privados del orden más elemental, que es el alfabético, apretados y sometidos a las dentelladas de xilófagos hambrientos cuando no a la humedad que asciende desde el piso como un miasma maligno. Encaramado en la cima de la desgracia, el libro de Azorín se desliza por una pendiente de tapas satinadas y da con la tripa en el suelo. El gesto de restituirlo a su lugar se transforma en otro similar, más meditado, que termina en el amplio bolsillo del anorak.
La lectura. Al libro expurgado se le debe conceder el beneficio de una lectura pausada. Esta es una recopilación pequeña de entre los “más de cuatrocientos cuentos” que D. José presume de haber escrito. En el prólogo, que apareció como artículo en el diario ABC doce años antes, Azorín establece una particular equiparación literaria: «El cuento es a la prosa lo que el soneto al verso», e igualmente impone al género reglas tales como la de los tres períodos: «Prólogo, desenvolvimiento y epílogo. No se puede llevar al lector durante cierto trecho para enfrentarle luego con una vulgaridad». Sin embargo, los cuentos de “Cuentos” no se sujetan al canon que proclama el autor. Tampoco importa demasiado: la narrativa virtuosa se alimenta de un léxico deslumbrante; el encanto del español azoriniano se muestra en todo su esplendor; la prosa de D. José se desliza como la mantequilla sobre una rebanada de pan caliente; el lector solo tiene que espolvorear una pizca de azúcar para disponer a su favor las papilas gustativas.
El acondicionamiento. Procédase ahora a retirar con cuidado las sucesivas capas de tejuelos, adhesivos y códigos de barras. Los sellos estampados en azul son imposibles de remover, así que se quedan para dar testimonio de propiedad de cuando el libro en cuestión era un objeto valioso por el que había que velar.
Personalización. El tributo ideal del lector agradecido. O la suma de tributos de cuantos lectores han tenido el libro entre sus manos o han posado siquiera la mirada sobre cualquiera de sus páginas: una nota al margen, un leve subrayado, una esquina doblada, una hojita de arce japonés… Si además se trata de un libro repudiado, rescatado in extremis de la podredumbre, resulta obligado marcar el hito de este nuevo alumbramiento que le devuelva la dignidad perdida. Las hojas de respeto son blancas invitaciones para que el benefactor imprima su huella; en este caso, una frase extraída del cuento “Las tres caretas” inspira un retrato de Azorín con bolígrafo Bic, al estilo de Gamonal en La Esfera: «Suponemos que en el estante habrá otras caretas; pero éstas que están colgadas en la pared son las únicas que se ven. Contémplelas el lector; aquí tiene la imagen, ¡es fidelísima!, el dibujante las ha copiado a las mil maravillas». Una firma imprecisa y alguna pista que invite a una falsa datación aportan duda y misterio al origen de tal contribución.
Falsas credenciales y reintegración. Ahora es necesario actuar con cautela. Por paradójico que parezca, es más fácil afanar un libro que reintegrar uno expurgado. En el primer caso, es probable que la ausencia detectada, sobre todo si se trata de una obra poco solicitada por los usuarios, se justifique en principio a causa de un préstamo muy prolongado o, incluso, de una sucesión de préstamos encadenados, por lo que es natural que el hurto pase desapercibido durante bastante tiempo. Pero el desvaído lomo de un volumen expurgado se hace notar entre otros coloridos y lustrosos, por lo que no se recomienda que ocupe el lugar que le corresponde por género o por autor. Mejor colocarle un falso tejuelo (puede valer el que se le retiró en su momento, si no canta mucho) y disponerle en algún anaquel donde todavía resistan algunos de su especie, bien sea porque el tema no llama la atención, bien porque está a una altura que exige estirar el cuello o agacharse en exceso, gestos forzados que siempre dificultan la concentración de los inquisidores.
Nos reservamos ofrecer indicaciones que pudieran facilitar la localización de nuestro Azorín (por otro lado, el único Azorín de la biblioteca) pero desde su nueva ubicación (no diré si atalaya o semisótano…) vuelve a ser testigo de la agitada vida escolar, tan discreto él que podrían pasar años antes de que alguien repare en su presencia y le reponga con todos los honores en los inventarios electrónicos… o le relegue una vez más, cuando ya ni siquiera exista una asignatura de literatura española, al montón de los maestros prescindibles.












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