Categoría: vale más que las pesetas (Página 2 de 11)

los mundos de Asimov

Nos situamos en un futuro remotísimo. La humanidad se ha extendido por todos los rincones de la galaxia. Pero un oscuro designio vaticina la desintegración del próspero Imperio y el inevitable retroceso de la milenaria civilización que lo sostiene. Estamos a las puertas de una nueva era de barbarie e ignorancia. Por doquier se vislumbran las sombras de reyes y reyezuelos mediocres y pagados de sí mismos que conspirarán para asumir el poder local y proclamarse tiranos de sus respectivos mundos. Después vendrán la represión y la censura. Y finalmente las campañas bélicas para anexionarse por la fuerza sectores del espacio ajenos y obtener así los recursos y las materias primas que de ordinario garantizaba el interrumpido libre comercio interestelar: una innumerable flota de naves que recorrían miles de parsecs a saltitos cuánticos, llevando del uno al otro confín quincallería libre de aranceles. Adelantándose a estos funestos acontecimientos, la mente privilegiada de un portentoso intelectual llamado Hari Seldon desarrolla la sutil ciencia de la psicohistoria, complicadísimo galimatías de ecuaciones que permite establecer estadísticamente el devenir de los acontecimientos, analizando matemáticamente las tendencias que determinan el destino de trillones de personas. El equipo de artífices del risorgimento imperial serán deportados a Terminus, planeta menor situado en la periferia de la espiral galáctica. Ellos y sus descendientes adquieren el compromiso de consagrarse a la tarea de reunir y preservar el amenazado legado científico y tecnológico de las generaciones pretéritas. Este es el germen de Fundación. Pero tras el pretexto de compilar todo el conocimiento humano en una gran enciclopedia, Seldon y su equipo de herméticos psicólogos se preparan para que los predichos acontecimientos se resuelvan en el periquete de mil años con el advenimiento de una nueva época dorada…

Sin ánimo de acelerar más las partículas subatómicas del argumento, algo de lo que se encargará el lector si le apetece, éste es el punto de partida de la saga de La Fundación; partiendo de la trilogía original —Fundación (1951), Fundación e Imperio (1952) y Segunda Fundación (1953)— el éxito editorial determinó la publicación con dos precuelas y dos secuelas más. En total, siete libros que ilustran la incansable actividad literaria del muy prolífico Isaac Asimov (él mismo manifestó que podía escribir doce horas seguidas sin fatiga). El autor publicó más de quinientas obras (eso sin contar artículos, cuentos, colaboraciones…) y disfrutó en vida de un gran reconocimiento. Existen de Asimov (1920-1992) tantas referencias en la red que no merece la pena enlazar con ninguna en particular. Ahora no vamos a referirnos al incansable Asimov-divulgador-científico ni al Asimov-divulgador-de-la-historia, que merecen (varias) entradas aparte, sino simplemente al creador de los volúmenes de ciencia ficción que pasan por ser los clásicos en los que cualquier autor moderno reconoce los fundamentos del que ha sido un género muy popular, sobre todo entre los lectores más jóvenes. A nosotros nos resultan evidentes los paralelismos del argumento principal de Fundación con la caída del Imperio Romano, tema sobre el que también Asimov escribió profusamente (¡cómo no!), y que eleva al máximo exponente cuántico la inevitabilidad de los ciclos históricos, los recurrentes avances y retrocesos que promueven las ambiciones humanas y las complejas implicaciones de una deriva social, económica, política o ideológica mantenida en el tiempo. Nada es eterno. Incluso la prosperidad y la democracia galáctica pueden mostrar signos de fatiga estructural, víctimas de su propia autocomplacencia.

Nos quedan abundantes evidencias de que Asimov fue un visionario que intuyó, por ejemplo, las consecuencias de la explosión demográfica y fue perfectamente consciente del papel decisivo que la computación jugaría en la sociedad moderna («Las escuelas seguirán existiendo, pero un buen maestro de escuela no podrá hacer nada mejor que inspirar la curiosidad que un estudiante interesado puede satisfacer en casa en la consola de su computadora»). Aunque solo sea por eso, su obra de ficción merece una revisión sosegada, un repaso que nos ayude a encontrar las claves de la decadencia y la manera de librarnos (o de liberarnos) en el menor plazo posible del inevitable Mulo de turno…

los cuentos de D. Santiago

Descubrir a estas alturas la figura de D. Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) es un pecadito venial porque todavía hay manera de enmendar la falta. Empeñarse en olvidar o, peor aún, ignorar a una personalidad de semejante calibre intelectual es, por no decir otra cosa, un verdadero delito contra la memoria histórica y científica de un país no demasiado pródigo en sabios de talla similar. Se dice que en sus últimas cuartillas, escritas horas antes de fallecer, Ramón y Cajal intentó describir los síntomas de la muerte: «Me siento afónico, pierdo la vista». Después de esto, la caligrafía se torna ilegible… Genio y figura hasta el final. Así se extinguió la intensa vida del que fue, además, un viajero incansable que también visitó el norte peninsular.
Aunque son escasos, es posible rastrear vínculos del científico con Asturias. En cierta ocasión «sacó la cabeza» por los asturianos cuando un alcalde de Barcelona, antiguo colega suyo de nombre Bartolomé Robert (1842-1902), definió las características superiores de una supuesta «raza catalana etrusca» frente a otra primitiva, heredera de antiguos pobladores simiescos que degeneraron en gallegos y asturianos. El tal Robert llegó incluso a publicar un mapa de España que ilustraba la distribución geográfica de la excelencia racial, en la que los braquicéfalos del noroeste se llevaban la peor parte. El asunto fue objeto de viva polémica y tiempo le faltó al premio nobel aragonés para poner en entredicho la xenofobia de Bartolomeu, llamando a considerar como prueba refutatoria el reducido volumen encefálico de tan eminente supremacista. El Dr. Robert cuenta, por cierto, con un gran monumento en el Ensanche barcelonés. Menos piedras guardan hoy memoria de D. Santiago en la región, pese a que entre los años 1912 y 1917 fue asiduo visitante estival y disfrutaba de baños de sol y mar en la costa cantábrica. Nos gustaría pensar que se inspiró en Lastres o en Salinas para escribir el libro Cuentos de vacaciones… pero por aquella época el autor, que era un prototurista inquieto, no conocía Asturias. Sus incursiones literarias no fueron únicamente un divertimento. En 1905 fue elegido miembro numerario de la Real Academia de la Lengua, —como también lo fue de la de Medicina y de la de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales—, aunque nunca llegó a ocupar el asiento de la «I» mayúscula. Y es que D. Santiago se entregaba al género de ficción con sobradas condiciones para ello. Aparte del citado volumen, están los escritos autobiográficos Recuerdos de mi vida (1901-1917), Chácharas de café (1921) o el curioso El mundo visto a los ochenta años: impresiones de un arteriosclerótico (1934), obra póstuma donde D. Santiago describe sin censuras las opiniones inmediatas que le merece el mundo en el que vive, y de la que extraemos un fragmento, así, como al azar…

Los que hace cincuenta años admirábamos las decorativas barbas floridas de los jóvenes o maduros y las venerables de los ancianos—o en su defecto las patillas toreras y bigotes conquistadores—quedamos hoy absortos ante el tocado, importado de Yanquilandia o de Inglaterra, lucido por nuestros empecatados currutacos y hasta por bastantes vejestorios, empeñados en remozarse en la fuente de juventud de las peluquerías. ¿A qué responden esas faces lampiñas? ¿Por qué no lucimos aquellas barbas y bigotes a lo Cervantes y Quevedo, copiados en los cuadros del Greco y de Velázquez? Se ha derrumbado toda una venerable y castiza tradición, inspirada quizás en el aspecto viril y elegante de dioses, héroes y pensadores helenos. La facies romana lampiña quedaba relegada a los labriegos y eclesiásticos. Por consecuencia de ello, se pierde una hora diaria, con fruición y provecho del barbero, rapándose de raíz cañones incipientes. ( ) ¡Cuántos feos he conocido yo cuya fortuna amorosa y hasta económica dependió de una barba artísticamente cuidada o de un mostacho retador! ¡Y cuántos otros, perdido el prestigio capilar, se convirtieron en micos repelentes cuando no en aparentes intersexuales!

Nuestra pequeña infografía recoge la reinterpretación a mano alzada de uno de los excepcionales dibujos científicos recopilados en el libro The Beautiful Brain. Drawings of Santiago Ramon y Cajal y que forman parte del Legado Cajal. Este importante patrimonio aún espera el cobijo de un museo que le haga justicia.

Santiago Ramón y Cajal, científico, artista, escritor… y premio Nobel de Medicina (1906).
Billete del Banco de España dedicado a Santiago Ramón y Cajal (1935)

carlitos y la divulgación científica

Portada de «¿De dónde vengo?«. Textos: Cristina Pascual/ Dibujos: Aitor Eraña

Estimada profesora:

Me llamo Carlos —Carlitos, si a usted no le incomoda la familiaridad—. Tengo cinco años y medio. Quizá le extrañe el talante de este mensaje. Y no menos la forma de expresarme. Los adultos se pasan tanto tiempo acechando que se nos va gran parte de la energía en disimulos… Ya sabe… Los clásicos artificios y artimañas que mueven a la ternura: discursos erráticos, inconsistencia aritmética, caligrafía de lengua afuera, monigotes esperpénticos… Y qué me dice de esa genialidad que siempre triunfa… le hablo del puntito de saliva brillante y viscosa que ponemos en la comisura de los labios, y que las abuelas borran con el clínex a modo del escalpelo, como cirujanas, llevándose por delante la sonrisa achocolatada y lo que haga falta. Eso por no hablar de la fingida devoción por las pompitas de jabón… ¡Odio las pompitas de jabón!
Pero dejemos eso para otra carta, si le parece, y pasemos al motivo que justifica la presente. Cada noche, mamá se pone el pijama de tacto suave para nuestro secreto encuentro cotidiano; es un momento perfecto, mágico, justo antes de caer el telón, cuando la fatiga se vuelve complaciente y me regala la sensación de un sueño dulce y reparador. Me encanta soñar. Se nota, ¿verdad? El lunes pasado, mamá me trajo un libro que yo no conocía. Se sentó ceremoniosa al borde de la cama y me mostró la portada… “¿De dónde vengo?”. “Puffff, un libro de divulgación científica, a mí, que me apasiona la ficción”, pensé mientras le regalaba una sonrisa angelical. Como hace siempre antes de contarme una nueva historia, me puso en antecedentes mientras me ayudaba a incorporarme un poquito, para que pudiera ver mejor las ilustraciones. “Carlitos, ¿te has preguntado alguna vez de dónde vienen los niños?” “¡Vaya pregunta!”, pensé de nuevo, “¿Qué niño de cinco años y medio no está interesado en ese controvertido asunto?… ¡Pero nunca salimos de los titubeos y las vaguedades!”. Negué con un ligero movimiento de cabeza. Entonces mamá se recolocó el cabello (¡qué bonito es el pelo de mamá!), carraspeó y comenzó a leer. Durante cinco noches seguidas repetimos el mismo ritual: “Mamá… cuéntame otra vez la historia de Enzo (y) Irene” (Como entenderá, no me permito usar correctamente las conjunciones para no levantar sospechas). Entonces ella volvía sobre el texto, intercalando anécdotas nuestras, de ella y de papá, de lo bien que se lo pasaron fabricándome, del momento del alumbramiento, de lo frágil que parecía, de todo el amor que fueron capaces de acumular en la recámara de sus corazones, de lo maravilloso que es tener una familia… Me fascinaron su expresión, el gesto de complicidad cuando papá asomó por la puerta, los bonitos ojos vidriosos y azules posados sobre mí… Y alguna que otra lagrimita furtiva que se precipitó del mentón a la sábana. He de confesarle profesora Pascual que, aunque creo haber entendido los detalles anatómicos, se me escapa el fundamento de algunos procesos, así que tengo la esperanza de que publique un segundo volumen ampliatorio para interesados. Pero le aseguro que mamá, papá y yo hemos disfrutado el momento de la lectura. Tampoco he perdido la oportunidad de difundir el contenido de su libro entre mis condiscípulos, vivamente interesados por el tema, si bien son escasísimas las oportunidades en las que la maestra nos permite entregarnos sin reservas a nuestras divagaciones, por unos instantes liberados de la pesada responsabilidad que supone seguir al pie de la letra el guion inventado por los pícaros e ingeniosos hijos del profesor Piaget

Reciba mi más cordial felicitación por el libro.

Carlitos.

¿quién envenenó a Molière?

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Para empezar, parece que Molière no murió en el escenario. Ni ataviado de amarillo. Además de autor, el célebre dramaturgo francés protagonizaba sus propias comedias. El 17 de febrero de 1673 —día de viernes por más señas— Molière se sintió indispuesto durante la representación de «El enfermo imaginario», pese a lo cual concluyó las frases de su último Argan. Más tarde y ya en su casa, sita en el 40 de la Rue de Richelieu, un nuevo acceso hemorrágico se lo lleva por delante. Entretanto, los allegados buscan infructuosamente por todo París un sacerdote, persuadidos de que deben priorizar el alivio espiritual de la extremaunción a cualquier ensayo reparador de la medicina al uso. El reconocido Juan Bautista Poquelin (ese era su verdadero nombre) falleció con cincuenta y un años. Protegido del duque de Orleans, hermano de Luis XIV, contaba con simpatías en la todopoderosa corona francesa. Pero sus mordaces y mal disimuladas críticas hacia los modos y las convenciones sociales de la época habían molestado a la Iglesia, incomodado a cierta nobleza y puesto en su contra al abundantísimo colectivo de charlatanes y carniceros que por aquel entonces constituían el gremio de médicos y sanadores. Eso por no hablar de la legión de autores envidiosos de su éxito o de maridos cornudos, celosos unos o consentidores a su pesar otros, que conocían los negocios galantes del reputado comediante. ¿Y si Molière hubiera sido asesinado? Se sabía de sus incontables afecciones, pero como hipocondríaco irredento la mayoría le venían de imaginarse enfermo. Y nadie se muere de neurastenia a menos que arraigue en el cuerpo una modalidad mórbida de tal obsesión. Esa el la tesis del escritor Rubem Fonseca (1925-2020), que recrea las pesquisas de un marqués anónimo, buen amigo de Molière, defensor de su obra y amante de la joven Armande, su mujer, de la que también se dice que era hija del dramaturgo. Un candidato perfecto para adaptarse a la lógica inmediata, aquella que le sitúa a la hora y en el lugar adecuados como para calzarle sin dificultad cualquier móvil homicida. Sin embargo, no es el marqués el que desea la desaparición de Molière: su aprecio resulta sincero y los favores de Armande forman parte de una amistad, digamos, doblemente gratificante. Bien conocido en los ambientes cortesanos, el marques frecuenta los exclusivos salones donde se rumian conspiraciones y venganzas, se intercambian elixires de amor y se formulan venenos indetectables. El marqués es plenamente consciente de que la proximidad al monarca determina el grado de impunidad aceptado por los que deben juzgar los crímenes más audaces. Y aunque no es cuestión de buscarse antipatías peligrosas, esclarecer el asesinato conlleva un cierto riesgo, proporcional a la alcurnia del criminal…

Rubem Fonseca es un extraordinario escritor brasileño que bien merece una revisión por parte de aquellos que gustan de la literatura sin artificios, en ocasiones descarnada y hasta brutal. Fonseca es cuentista y novelista. Experimentó con fórmulas muy personales de narrativa policiaca, de la que se vale para reflexionar sobre la marginalidad y la violencia, aunque su producción no es uniforme. Visitó la «Semana Negra» de Gijón allá por el año 1995. Pero antes que dejarse llevar por reseñas u opiniones, leer alguno de sus relatos es el procedimiento habitual para saber a ciencia cierta si estamos ante un autor de nuestro gusto.

Jean-Baptiste Poquelin (1672-1673), conocido universalmente por el sobrenombre de Molière, precisa de poca o ninguna presentación. Quien no ha oído hablar de él tiene permiso para autocompadecerse de su ignorancia (recuerden que se trata de un achaque menor que cuenta con varios antídotos). Por el contrario, todo aquel que lo identifique con un escritor de cabello frondoso que, sin embargo, llevaba una empolvada peluca se puede proponer el reto superior de ver alguna de sus obras de teatro. No hacen falta muchos referentes para divertirse. Tan solo dejarse llevar por el lenguaje y el tableteo de las chinelas de cordobán sobre el entarimado.

ojos cuadrados

«Los gustos van cambiando. Ahora os decantáis por todo eso de los videojuegos, las consolas, las pantallitas… ¡El día de mañana vais a tener los ojos cuadrados!».

(Entrevista con el dibujante Francisco Ibáñez para «El Restallu de Luces». Mayo de 2009).

Hoy, asomado a la ventanita de la buhardilla, he esperado pacientemente a que uno de esos objetos celestes dibujados en el tebeo del universo emita una señal inequívoca. Bien pudiera valer el pulso luminoso de un cuásar distante o el modesto titilar de una delta acuárida turulata. Cualquier guiño sideral que anuncie el definitivo advenimiento de Don Francisco Ibáñez al Olimpo B, ése en el que unos cuantos diosecillos calvos ocupan escaño con derecho a botijo en el elíseo de los creadores de historietas. El trocito de cielo que se ve desde la buhardilla de la abuela no es más grande que la superficie de una ensaimada. Pero con tan solo unos pocos cientos de estrellas a la vista conseguí dibujar varios monigotes juntando puntitos de luz: Rompetechos a la fuga, un tipo con pinta de bruto, mazo en ristre, que se las da de cazador, un Sacarino sobre la chepa del Abominable Hombre de las Nieves, Otilio zampando un bocadillo de cangrejos vivitos y coleando, la ingeniosa trampa diseñada por el Doctor Bacterio para atrapar las sombras de los cacos… Es fácil dibujar en semejante lienzo cuando uno ha crecido sin prejuicios políticamente correctos entre tantos tebeos maravillosos, desgastando hasta el límite los márgenes de páginas que todavía envuelven miguitas fosilizadas de pan con chocolate. Recuperé de la memoria viñetas de Ibáñez que creía olvidadas, componiendo con ellas una especie de sucesión fílmica en la que los personajes saltan, se transforman, explotan, vacilan, gritan, tropiezan, se zurran la badana… La Vía Láctea es ahora la Rue del Percebe, pero de entre tantos millones de vecindades, vaya usted a saber dónde está el número 13. La Luna prefiere ocultarse, fingir que no está para nadie. Sin embargo, se apropia descaradamente la autoría de este luto cósmico con una “C” enigmática, trazada escrupulosamente sobre la próxima edición de un nuevo y desternillante plenilunio. El aire retoza, se mueve en torbellino arrastrando pajarillos con boina, simulando huidas, volutas, combustiones incompletas de trastos imposibles. Todo se acelera cuando la alborada mediterránea inunda de color los disfraces de Mortadelo, o rellena los generosos volúmenes de Ofelia enamorada, que lo mismo redacta un memorándum que te hace tragar un paragüero. Con la llegada del crepúsculo, los sueños de los niños se estancan en un remanso de agua fresca que al poco se precipita por el cauce del nuevo día. Hoy desperté con un tebeo entre las manos. El maestro no perdió la oportunidad de llevarse un lápiz, así que de la fugaz visita a mi lejana infancia me traje un ejemplar firmado por el gran Ibáñez: Lo que el viento se dejó. No será el último: conservo toda la colección y espero que a Don Francisco y a mí nos queden por delante muchas, pero que muchas horas de hilarantes noches en vela.

la lotería

Ya parece que no pasa el tiempo entre una lotería y la siguiente —comentó la señora Delacroix—. Me da la impresión de que la última fue apenas la semana pasada… Desde tiempo inmemorial, la sucesión de sorteos marca el paso de los años en la pequeña comunidad de trescientos habitantes. Llegada la fecha, los niños se reúnen bien de mañana para poner todo a punto. Son los primeros en congregarse. Y los más entusiastas. Los adultos en cambio se dejan llevar de mala gana porque la celebración perturba la rutina cotidiana; bien es cierto que el ritual se ha simplificado con el tiempo, y desde que la urna se abre hasta que se conoce el resultado apenas pasa un par de horas.
Shirley Jackson (1916-1965) escribió “La lotería” cuando todavía se oían los ecos de las dos bombas atómicas que rubricaron el final de la segunda guerra mundial. La vida de la escritora se ajustaba a unos cánones que a ella le venían estrechos, pero en los que encajaba con la complacencia de quien acepta el ineludible destino de esposa y madre. El cuento se publicó en el New Yorker poco antes de que el senador McCarthy desencadenara un fabuloso proceso contra la libertad de conciencia. La misma opinión pública que se preparaba para delatar el desafecto patriótico y linchar a sus conciudadanos, se escandalizó, y de qué manera, por aquel relato tan poco convencional: la historia de un pueblito rural norteamericano apegado a las tradiciones de sus mayores, que asiste a los oficios del domingo, celebra en familia el Día de Acción de Gracias, y cada 27 de junio se somete de una manera un tanto perezosa a los designios de una lotería cruel, aunque no más que la fría disposición de todos los concurrentes a participar activamente de la macabra ceremonia.
Jackson estaba casada con un crítico literario muy influyente que no era ajeno al talento de su mujer, pero que en ningún momento propició la redención de la autora a través de su obra, una notable producción reconocible por sus rasgos de terror gótico y estilo incalificable. La escritora nos invita a ver “lo cotidiano” desde otra perspectiva, desvelando las claves del horror que convive entre nosotros, agazapado, formando parte de las sutiles relaciones sociales, revelándose en el momento oportuno sin que haya un declarado tránsito hacia el mal, ese mal que espera su oportunidad escondido en las profundas simas del alma humana. Desde su prisión doméstica, la agorafóbica Shirley se asoma a la ventana, observando a través de sus gafas de ojo de gato el tenue reflejo de una mujer atrapada por el tabaco, las anfetaminas y el alcohol. Ante sus ojos, el señor Summers planta en la plaza la urna negra con los boletos de la suerte. Todos estamos invitados a la rifa. Sentada en su taburete, Shirley extrae el suyo con una mano, mientras en la otra sostiene un buen vaso de bourbon. La papeleta contiene un punto negro.
Shirley Jackson falleció a los 48 años mientras dormía, quizá apabullada por el miedo más recio, el miedo a vivir, aunque con muchas historias por llevar al papel. Murió un día antes del tercer cumpleaños de su nieto Miles. En 2016 el ya consagrado artista Miles Hyman publicó una adaptación del relato de su abuela, “una reestructuración gráfica de su delicada arquitectura y una meticulosa traducción visual del cuento en un lenguaje totalmente nuevo”. En el día de la lotería, te invitamos a que tú también pruebes suerte. Te puede tocar.

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