
La Luna, satélite que solemos reclamar como propio en razón de que gira alrededor de La Tierra, ha inspirado a escritores y artistas de todos los tiempos: primero la convirtieron en intangible escenario de historias fantásticas y después, tras el alunizaje de Mr. Armstrong, en localización habitual de relatos futuristas. Eso sin contar el protagonismo de este satélite sin par (literalmente) en infinidad de cuentos y poesías. En la Luna terminaron algunos personajes del Dante, Cyrano de Bergerac, Alejandro Dumas, Julio Verne, Edgar Allan Poe o H.G. Wells, todos ellos sin excepción rendidos enamorados de este astro femenino que tiene la propiedad de deshacerse y renovarse siguiendo un ciclo sin fin. En la Luna terminan los pensamientos más sublimes (haciendo escala en Babia) y los anhelos más inalcanzables, y no hay enamorado que no ponga un trocito de esta roca plateada a los pies de su enamorada. No es extraño, pues, que sea uno de los temas recurrentes y una de las imágenes más recreadas en la literatura universal de todos los tiempos.
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