
Este es el colofón de nuestra conversación con Alfonso Zapico…
Yo veo grandes ventajas en las nuevas tecnologías, y sobre todo internet. Me sirven para agilizar el proceso de trabajo, para acceder a documentación, para compartir mis dibujos y promocionar mi obra… Luego soy muy artesanal sobre la mesa de dibujo, sigo utilizando plumillas, tinta china, papel grueso, pinceles, aguada, lápiz azul… Así que todo es cuestión de encontrar el equilibrio. Todo esto depende, por supuesto, del estilo de cada autor.
Me siento deudor de muchos movimientos, de muchos autores. Crecí con el tebeo clásico español (Zipi y Zape, TBO, Mortadelo…) y la bande dessinée franco-belga (Tintín, Spirou, Astérix…). Pero cuando estudié Arte apareció aquella genial “Nouvelle vague” de autores franceses que revolucionaron el cómic en los 90 (Blain, Sfar, Trondheim, Menu…). Y ahora que estoy trabajando en Francia estoy disfrutando con muchos autores norteamericanos y su maestría narrativa (Seth, Ware, Tony Millionaire…). Hay una mirada para cada momento.
Pues yo quizá me veo más como un escritor que dibuja, porque la parte más densa, más importante para mí, es el guión: el mensaje, desarrollar la narrativa, los personajes, la documentación… Cuando tengo toda la historia tejida y detallada (al modo de un storyboard cinematográfico) es cuando me lanzo sobre el tablero de dibujo, donde todo sale ya de forma natural; el dibujo con herramienta para transmitir el mensaje.
¡Ja ja ja! No lo sé, la verdad, nunca he trabajado con ninguno. Me resulta difícil imaginarme trabajando en equipo en este sentido, porque con mi propio colaborador literario (yo mismo) tengo una relación muy tensa: me abruma con ideas y detalles a cada momento, no me deja descansar nunca y es un guionista muy exigente que me pone a prueba, me desquicia y me agota a cada momento.
¡Buf! Esta es una pregunta muy común, pero una pregunta imposible. Así que recomendaré los dos que tengo ahora sobre la mesita de noche:
1.- “Narraciones completas” de Alexander Pushkin. Aunque Pushkin es un clásico, no está nada pasado de moda, y en este libro podréis descubrir historias maravillosas de bandoleros, princesas y espadachines de la Rusia mágica y salvaje del siglo XVIII.
2.- “El primer hombre” de Albert Camus. La última obra (incompleta) de Camus antes de morir en un accidente de coche en 195. El joven protagonista (que es en realidad el propio Camus) nos lleva desde Argel a Francia en un viaje tan vital como geográfico, con una prosa sencilla para hablar de la complejidad del ser humano.
Los jóvenes lectores disfrutarán muchísimo con Cenizas de Álvaro Ortiz, un dibujante de cómic aragonés con el que he compartido muchas horas de trabajo en Francia. Álvaro ha fabricado esta historia recurriendo a una imaginería muy personal y lo ha hecho al estilo de las road movies americanas, en un cóctel de locura e imaginación historietística. Una delicia que sale al mercado este próximo mes de junio.
Pues para hacer promoción de mi medio, a veces tan desconocido, y apoyar a mi editorial y a la novela gráfica, diré Paco Roca. Su celebrada Arrugas es ya una lectura imprescindible, pero tiene otras obras muy interesantes para jóvenes lectores como “El faro” o “El invierno del dibujante”.
Accesible, visual y muy polivalente.
Poco valorado (por algunos), minoritario (aún) y su capacidad está infrautilizada (de momento).
El cómic es un medio ideal para transmitir ideas y su capacidad educativa y pedagógica es enorme. En lo personal, puedo hablar de los I.E.S. de Canarias, que están utilizando desde 2010 un proyecto de educación a través del cómic, con Café Budapest como lectura obligatoria a través de la cual trabajan los conceptos de integración, comunidad, diferencias y conflictos. Los estudiantes de Secundaria se interesan por la historia, la encuentran accesible, fácil de leer y extraen conclusiones y reflexiones de ella. Yo no dibujé Café Budapest como material educativo, pero me parece fantástico que se pueda utilizar en este ámbito. Otra pequeña victoria de la novela gráfica.











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