
Nos situamos en un futuro remotísimo. La humanidad se ha extendido por todos los rincones de la galaxia. Pero un oscuro designio vaticina la desintegración del próspero Imperio y el inevitable retroceso de la milenaria civilización que lo sostiene. Estamos a las puertas de una nueva era de barbarie e ignorancia. Por doquier se vislumbran las sombras de reyes y reyezuelos mediocres y pagados de sí mismos que conspirarán para asumir el poder local y proclamarse tiranos de sus respectivos mundos. Después vendrán la represión y la censura. Y finalmente las campañas bélicas para anexionarse por la fuerza sectores del espacio ajenos y obtener así los recursos y las materias primas que de ordinario garantizaba el interrumpido libre comercio interestelar: una innumerable flota de naves que recorrían miles de parsecs a saltitos cuánticos, llevando del uno al otro confín quincallería libre de aranceles. Adelantándose a estos funestos acontecimientos, la mente privilegiada de un portentoso intelectual llamado Hari Seldon desarrolla la sutil ciencia de la psicohistoria, complicadísimo galimatías de ecuaciones que permite establecer estadísticamente el devenir de los acontecimientos, analizando matemáticamente las tendencias que determinan el destino de trillones de personas. El equipo de artífices del risorgimento imperial serán deportados a Terminus, planeta menor situado en la periferia de la espiral galáctica. Ellos y sus descendientes adquieren el compromiso de consagrarse a la tarea de reunir y preservar el amenazado legado científico y tecnológico de las generaciones pretéritas. Este es el germen de Fundación. Pero tras el pretexto de compilar todo el conocimiento humano en una gran enciclopedia, Seldon y su equipo de herméticos psicólogos se preparan para que los predichos acontecimientos se resuelvan en el periquete de mil años con el advenimiento de una nueva época dorada…
Sin ánimo de acelerar más las partículas subatómicas del argumento, algo de lo que se encargará el lector si le apetece, éste es el punto de partida de la saga de La Fundación; partiendo de la trilogía original —Fundación (1951), Fundación e Imperio (1952) y Segunda Fundación (1953)— el éxito editorial determinó la publicación con dos precuelas y dos secuelas más. En total, siete libros que ilustran la incansable actividad literaria del muy prolífico Isaac Asimov (él mismo manifestó que podía escribir doce horas seguidas sin fatiga). El autor publicó más de quinientas obras (eso sin contar artículos, cuentos, colaboraciones…) y disfrutó en vida de un gran reconocimiento. Existen de Asimov (1920-1992) tantas referencias en la red que no merece la pena enlazar con ninguna en particular. Ahora no vamos a referirnos al incansable Asimov-divulgador-científico ni al Asimov-divulgador-de-la-historia, que merecen (varias) entradas aparte, sino simplemente al creador de los volúmenes de ciencia ficción que pasan por ser los clásicos en los que cualquier autor moderno reconoce los fundamentos del que ha sido un género muy popular, sobre todo entre los lectores más jóvenes. A nosotros nos resultan evidentes los paralelismos del argumento principal de Fundación con la caída del Imperio Romano, tema sobre el que también Asimov escribió profusamente (¡cómo no!), y que eleva al máximo exponente cuántico la inevitabilidad de los ciclos históricos, los recurrentes avances y retrocesos que promueven las ambiciones humanas y las complejas implicaciones de una deriva social, económica, política o ideológica mantenida en el tiempo. Nada es eterno. Incluso la prosperidad y la democracia galáctica pueden mostrar signos de fatiga estructural, víctimas de su propia autocomplacencia.
Nos quedan abundantes evidencias de que Asimov fue un visionario que intuyó, por ejemplo, las consecuencias de la explosión demográfica y fue perfectamente consciente del papel decisivo que la computación jugaría en la sociedad moderna («Las escuelas seguirán existiendo, pero un buen maestro de escuela no podrá hacer nada mejor que inspirar la curiosidad que un estudiante interesado puede satisfacer en casa en la consola de su computadora»). Aunque solo sea por eso, su obra de ficción merece una revisión sosegada, un repaso que nos ayude a encontrar las claves de la decadencia y la manera de librarnos (o de liberarnos) en el menor plazo posible del inevitable Mulo de turno…











Deja una respuesta