La iconografía clásica del Monstruo de Frankenstein se la debemos al cine y al comic.

Aprenda de mí, si no por mis advertencias, sí al menos por mi ejemplo, lo peligroso de adquirir conocimientos; aprenda cuánto más feliz es el hombre que considera su ciudad natal el centro del universo, que aquel que aspira a una mayor grandeza de la que le permite su naturaleza.

La inquieta curiosidad del eminente doctor suizo Víctor Frankenstein le inclinó muy pronto por el estudio de la filosofía natural, un vasto dominio en el que la ciencia imponía las estrictas reglas de la experimentación. Las sorprendentes revelaciones de la química, la física o la biología abundaron en la euforia del genio, que desde su juventud había acariciado la posibilidad de infundir vida en la materia inerte al modo de Paracelso o Cornelius Agrippa… Aclaramos que el primero de ellos decía haber dado vida a un hombrecillo “perfectamente funcional” combinando en justa proporción sangre humana y excremento de caballo, y el segundo presumía de una receta similar, pero a partir del semen de un ahorcado, mandrágora, leche y miel. Sin desfallecer, Frankenstein persigue con denuedo su colosal objetivo hasta que, finalmente, sus esfuerzos se ven coronados por el éxito. Dominada la técnica básica, reúne unos cuántos despojos de aquí y de allá (en aquella época estaba prohibido por la ley diseccionar a un buen cristiano, así que para ilustrar clases magistrales de anatomía era habitual comerciar con cadáveres de condenados a la horca o robar difuntos de los cementerios) y compone un ser que el aliento de la vida transforma en humano. Pero a poco del primer suspiro, Frankenstein reniega de su monstruo y le abandona a su suerte sin siquiera derecho al desayuno. A partir de ese momento, la resentida criatura se dedicará en «cuerpo y alma» a proyectar su propio dolor sobre su «padre» ingrato, infiriéndole el tormento de hacerle perder a casi todos sus seres queridos. Sin ánimo de destripar la historia, la novela desemboca en un final trágico en el que, paradójicamente, el doctor Frankenstein se lleva a la tumba el secreto de la vida.

Esta historia sencilla y escasamente «terrorífica» para los estándares actuales ha sido superada con creces por la fama de su protagonista principal, la criatura anónima hecha de retales y condenada a sufrir el desprecio de los que solo son capaces de juzgar por las apariencias. El Monstruo de Frankenstein es una figura perfectamente reconocible entre las nutridas filas de héroes y antihéroes que habitan nuestro imaginario común. Los detalles que lo hacen «familiar» para todo el mundo no aparecen a la novela de Mary Shelley (1797-1851), sino que son fruto de la fantasía popular y de las sucesivas reinterpretaciones gráficas y cinematográficas. Especialmente significativas son las producciones en blanco y negro de los años 30 y 40 del siglo pasado (Frankenstein de James Whale, 1931). La caracterización de Boris Karloff con mirada cadavérica, miembros cosidos y tornillos en el cuello ha hecho más por la inmortalidad de la obra que los sesudos prologuistas de las diferentes ediciones, empeñados en descubrir el íntimo mensaje que la autora imprimió en el relato. Pero si dejamos de lado la figura icónica y los precios estratosféricos que han alcanzado los volúmenes de la primera edición de 1818, el cuento de Mary Shelley es simple, con una estructura tortuosa y un texto que abunda en lugares comunes. En la trama, un tanto inconsistente, la mujer ocupa un lugar secundario y las aproximaciones literarias que suponen una pirueta narrativa terminan abruptamente, sin ilustrar ni aclarar nada. Los que vayan buscando cabezas cuadradas y costurones dramáticos se tendrán que apañar con una única y somera descripción de la criatura, con la que el lector tiene que dar verosimilitud a la “diabólica fealdad que hacía imposible el mirarlo”:  «Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias; tenía el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos; pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios». Y es que, en rigor, tampoco se le podía pedir más a una muchacha de dieciocho años en los albores de su carrera como escritora y sumida en una crisis vital que en ocasiones era difícil de sobrellevar, incluso para una joven precoz, culta e inteligente como Mary.

El libro “Frankenstein o el moderno Prometeo” no pasará a la historia como una obra maestra ni como un impecable ejercicio de ciencia-ficción. Tampoco asustará a los niños congregados alrededor de la catalítica durante las frías noches de invierno ni llamará la atención de lectores en busca de emociones fuertes, pero nos dará un buen motivo para repasar el atormentado código estético de los autores románticos y su apuesta decidida por regenerar el ambiente de rígido e hipócrita moralismo que ahogaba (y sigue ahogando) la creatividad.