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En algún momento ya hablamos aquí de los hermanos Grimm (los dos que se dedicaban a la lingüística y las letras, porque había un tercero que iba a su bola), de sus cuentos y sus archiconocidas adaptaciones. También hemos hablado de la pareja Hansen y Gretel, protagonistas de un desgraciado dramón en el que algunos folcloristas han querido ver similitudes con los horrores vividos durante el Tercer Reich. Personalmente no nos gustan las historias en las que se combina el chocolate con la casquería. Aunque no más edificante, la figura de Till Eulenspiegel nos resulta más simpática: se trata de otro personaje de la tradición alemana, precedente de la novela picaresca centroeuropea, fácilmente identificable en imágenes y adaptaciones por el ridículo gorrito ese de cascabeles; Richard Strauss se inspiró en Till para componer un poema sinfónico del que, a buen seguro, has escuchado algún fragmento. Pero lo que trae a estos personajes de cuento a nuestra página no es un súbito acceso de germanofilia en el sentido literal, sino un hecho triste para los que fuimos germanófilos en el sentido de la Movida: el fallecimiento del paisano German Coppini, que le cantó a Till e intuyó, ya hace un montón de años, que corrían malos tiempos para la lírica. A él le dedicamos el último artículo de este 2013.
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