Categoría: biblioteca virtual (Página 3 de 10)

la flor de la naturaleza

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El empeño por cultivar a las clases pudientes llevó al poeta Jacob van Maerlant a traducir y adaptar varios textos didácticos como éste que ahora nos ocupa: Der naturen bloeme (La flor de la naturaleza), historia natural que compendiaba los saberes de mediados del siglo XIII, un repaso sobre cuerpos celestes y de los reinos mineral, vegetal y animal. Por aquel entonces, no era fácil obtener noticias del mundo y sus fenómenos. Tan solo los privilegiados que sabían leer tenían acceso a los tesauros del conocimiento que recogían parte del riquísimo legado de los pensadores clásicos, único baluarte que sustentaba las inquietudes intelectuales del hombre y la mujer de la Baja Edad Media. No olvidemos que la decimotercera centuria de nuestra época fue también la de Roger Bacon, Tomás de Aquino o Matilde de Magdeburgo entre otros. Y aunque posiblemente no hayamos dado con la perspectiva adecuada, resulta caduco y hasta ofensivo perseverar en la etiqueta de una «era oscura» para este dilatado período histórico, riquísimo tanto en el plano intelectual como en el artístico, aunque ciertamente convulso y a los ojos de un ciudadano occidental del siglo XXI, y demasiado limitado por la dificultad para difundir ideas y consolidar las distintas visiones críticas del universo, que también las hubo.

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el dioscórides

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Este libro es un ejemplo excepcional de la transmisión de conocimientos a través de los siglos: Dioscórides, médico griego del siglo I, escribió un importante tratado de botánica farmacéutica y se le puede considerar el padre de la farmacología. Esta obra fue traducida al árabe en el siglo X, en tiempos de Abderramán III; más tarde, la Escuela de Traductores de Toledo vertió al latín estos conocimientos, siendo la primera edición española la de Antonio de Nebrija, en 1518. Corre el año 1555, y el editor Juan Latio publica en Amberes la traducción en castellano que nos ocupa, realizada por el doctor Andrés Laguna, médico del papa Julio III, quien, en sus viajes a Roma, pudo consultar diversos códices, así como un libro impreso en Venecia por Matthioli. La obra continuó editándose hasta mediados del XVIII y en el siglo pasado se realizó una edición facsímil. Laguna añadió para esta edición dibujos diseñados por él mismo, que fueron grabados en tacos de madera a la fibra. Son en total más de seiscientas imágenes de plantas y animales. Se indican los nombres en varias lenguas, entre las cuales hay, según él mismo dice, «algunas extranjeras pero españolizadas». Se desconoce quién pudo ser el grabador, pero probablemente, al tratarse de una edición belga, sea algún artista flamenco de la época. Varios autores opinan, sin embargo, que pudiera tratarse de grabadores italianos, por su parecido con la edición de Matthioli, y que Laguna se llevó los tacos a Amberes, trayéndolos luego a España para publicar nuevas ediciones. Este ejemplar, de gran calidad técnica, se imprimió en vitela y se iluminó para regalárselo a Felipe II, por estas fechas todavía príncipe

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ancha es Bardulia

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Lo de ahora no es nuevo; en el siglo XI, por ejemplo, la Península Ibérica era un semillero de reyes y reyezuelos que se disputaban a mandobles hasta el último palmo de tierra. La idea más o menos romántica que tiene como trasfondo una guerra de religión disimula la verdadera naturaleza del conflicto, que en términos generales podría describirse de «todos contra todos», llevándose la palma la de «moros contra moros» y «cristianos contra cristianos». La cuestión teológica se reducía a una mera diferencia de logotipos. En este contexto no es raro que los anónimos autores de los cantares de gesta se prendaran de la bizarra figura de algún sanguinario caballero de los que por entonces la espada ceñía. El preferido fue Rodrigo Díaz, alias El Cid, un personaje rigurosamente histórico sobre el que se han construido historias rigurosamente ficticias. El Romancero le fue tejiendo una fina camisa de lino con la que, a lo lejos, nos parece contemplar un héroe sin mácula, buen hijo, buen marido, buen vasallo, buen cristiano… pelín temperamental e impetuoso. Con esas hebras nos sale una leyenda que se impuso a la historia en forma de medidos versos que hoy leemos con el orgullo de ser los herederos de tan imponente legado medieval. El Cantar de mio Cid es un Cantar de Gesta alimentado por otras tantas historias de tradición oral que se compuso cien años después de la desaparición de Don Rodrigo, y en el que se cuida de guardar, eso sí, algunos detallitos biográficos que no le son favorables al de Vivar. El manuscrito que se conserva en la Biblioteca Nacional es una copia del siglo XIV del original, escrito o copiado a su vez por un tal Per Abbat un siglo antes. Gracias a este libro, hemos conservado casi en su integridad el contenido del poema, que ha sido editado en múltiples ocasiones. Los autores de la película sobre el Campeador protagonizada por Charlton Heston y Sofía Loren (¡Ah, doña Jimena!) se inspiraron en la versión de Don Ramón Menéndez Pidal, sobrino del que por entonces era dueño del tan famoso libro. En 1960, una fundación (sin ánimo de lucro, claro) lo compró por diez millones de pesetas de entonces para después donarlo a las autoridades del régimen. Desde entonces aguarda en la Biblioteca Nacional a que estudiosos de medio mundo lo analicen y estudien, y ahora, con ayuda de internet, a que cualquiera se pasee por sus hojas como quien hace un viaje en el tiempo.

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de caballeros y alejandrinos

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Ci commence le prologe de la Geste d´Alissandre… Así arranca la epopeya medieval que narra la excelsa biografía de Alejandro Magno, las disputas por tierras y reinos lejanos y su prematura muerte, que le pilló desprevenido e indefenso lejos del campo de batalla. Poco se sabe del autor del poema que reproducimos aquí, pero se cree que fue un tal Tomás (o Eustaquio) de Kent, clérigo normando que partiendo de múltiples fuentes en latín compuso los alejandrinos de esta versión del poema épico, uno de los más populares de la época tardomedieval. Es muy posible que la primera miniatura de la obra represente al propio Eustaquio (o Tomás) sentado en su pupitre y fabulando a su antojo sobre el insigne rey macedonio, sin reparar en fantasías ni anacronismos, todos ellos disculpables porque no era la intención de Tomás-Eustaquio dar una lección de historia sino la de entretener a los lectores. Constituye prueba de lo antedicho la primera parte de la obra, que comienza con un cotilleo recogido por Calístenes unos siglos antes: Alejandro pudiera no ser hijo de Filipo, su padre oficial, sino de Nectánebo, un refugiado egipcio y medio nigromante que habría embaucado a la ingenua reina Olimpia. Éstas y otras historias pueden seguirse a través de las numerosas viñetas del siglo XIV que aparecen en el texto y en los márgenes. Una verdadera obra de arte, se mire por donde se mire.

Le roman d’Alexandre

historia natural

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La sutil cuestión de si fue el hombre el que creó el arte y, si por el contrario, fue el arte mismo es el que nos hizo humanos es susceptible de ser ampliada con este nuevo interrogante: ¿es la naturaleza misma la que inspira al artista o el arte es el que interpreta nuestra percepción de la naturaleza? Al contemplar algunas de las maravillosas láminas de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, un biólogo creerá estar viendo una exquisita y detallada descripción de la flora colombiana. Los otros, los que no perseguimos al detalle las caprichosas formas del perianto, o la cabeza apuntada de una caliptra, que tanto nos da, nos sorprenden las similitudes entre una hoja de Aristochia y un corazón, o la trama fractal de una Marathrum foeniculaceum que se despliega alrededor de un núcleo bulboso y colorido que alimenta nuevos brotes. La expedición botánica que alumbró estos y otros trabajos de impecable rigor científico se puso en marcha en 1783 y se prolongó hasta 1816. Aquel equipo estaba integrado por naturalistas, recolectores y geógrafos, pero también por artistas, pintores y dibujantes, dispuestos a tomar apuntes de una indómita región que les ofrecía los tesoros vírgenes de su flora, potencialmente mucho más valiosa y enriquecedora que los míticos yacimientos de oro y plata que siglos antes despertaran la ambición de los pioneros españoles.

liber chronicarum

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Intuyo que para un ciudadano maduro, que ha vivido la revolución tecnológica de las últimas tres décadas, no resultará difícil imaginar el grado de excitación que a mediados del siglo XV provocó la invención y posterior desarrollo de la imprenta. Los más jóvenes quizá precisen de algún otro detalle complementario: la edición rápida, económica y fidedigna de los libros elevó las posibilidades de alfabetización y permitió el acceso global a la ciencia, la teología, la filosofía y la literatura. Resulta pues perfectamente justificable que durante los primeros años se imprimieran fundamentalmente textos que recogían la práctica totalidad del conocimiento de la época, empezando por la Biblia. El Libro de las crónicas contiene además un sinfín de xilografías de muy bella factura, coloreadas a mano en las versiones más lujosas, práctica habitual de cualquier edición impresa que tuviera la intención de parecerse lo más posible a las copias «manuales». Nos podríamos solazar durante horas en cada uno de los pequeños detalles que nos presenta el principal iluminador, Michael Wolgemut, maestro del gran Durero: planos, mapas, escenas, ciudades, genealogías… En este libro se confunden la antigüedad clásica con la historia sagrada, la cosmología o los acontecimientos medievales o contemporáneos. En la selección que presentamos aparecen las curiosas estampas de blemiasesciápodos, hombres lobo, faunos o mujeres barbudas, todos ellos parte del bestiario medieval que imaginaba así a los pobladores de remotas tierras inexploradas, una persistente visión medieval que contribuyó a menospreciar y sojuzgar a las civilizaciones que se fueron tropezando los europeos en sus primeras incursiones coloniales.

Liber Chronicarum

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