Categoría: biblioteca virtual (Página 4 de 10)

las cruzadas

http://issuu.com/amadeonipasa/docs/passages_faiz_oultre_mer?e=0/31094854

Entre los acontecimientos que han determinado la historia de la civilización occidental, las Cruzadas sobresalen tanto por su repercusión como por su prolongación en el tiempo (entre 1095 y 1291). Nadie diría que la barbarie exhibida por ambos bandos tuviera trazas de inspiración divina. La primera cruzada empezó con promesas de redención y riquezas para todo aquel que se embarcase en la “guerra santa”. Estas recompensas terreno-celestiales cautivaron a muchos caballeros europeos, que durante décadas habían perseguido la gloria zurrándose mutuamente la badana. La amable convocatoria les permitía volver los filos de sus espadas sedientas de sangre hacia Tierra Santa, lugares que el Papa Urbano II reclamaba para la cristiandad. La verdad es que debió ser un alivio contemplar a tanto bruto llenando el macuto con intención de partir hacia el este. Para ir haciendo boca se organizaron los primeros pogromos contra los judíos; pero la guinda del pastel se puso con la toma de Jerusalén, una verdadera carnicería consumada al grito de ¡deus vult! (dios lo quiere), donde se masacró a musulmanes, judíos, mujeres, niños, mascotas y hasta a los pocos cristianos que habitaban la zona. Después de esta primera expedición se sucedieron ocho más. De todas ellas, la tercera tiene el glamour de la decidida participación caballeresca de dos «primeros espadas» como Federico Barbarroja y Ricardo Corazón de León, así como de un antagonista digno de ambos: Saladino. Durante año y pico, Ricardo y Saladino estuvieron machacándose a base de bien; todo concluyó con un tratado de paz entre ambos lo que, tratándose de una Cruzada, suponía un verdadero fiasco para los caballeros de la cruz al pecho. Nuestro bellísimo libro de miniaturas es un manuscrito rescatado de la riquísima colección de la BNF y datado alrededor de 1473, cuando las Cruzadas ya formaban parte de un pasado mítico y glorioso; en él se describen las gestas de los caballeros franceses contra «los turcos y otros sarracenos y moros ultramarinos» (Passages faiz oultre mer par les François contre les Turcqs et autres Sarrazins et Mores oultre marins),

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ars moriendi

http://issuu.com/amadeonipasa/docs/arte_bien_morir?e=0/31094918

La presencia de la muerte fue una constante a fines de la Edad Media. Las malas condiciones de vida en el campo, las guerras y la peste, unidas a la fuerte religiosidad y la superchería otorgaban a la muerte un significado muy distinto al que tiene hoy en día. Abandonar «el valle de lágrimas» de este mundo no era un castigo, sino un designio divino que abría las puertas hacia un merecido descanso eterno a todo tren. Eso sí: demostrando méritos terrenales contrastados, que pasaban por evitar todo aquello que podría proporcionar un poco de desahogo para cualquier martirizada alma del momento. En este contexto, el Ars moriendi es «una especie de guía destinada a mostrar las prácticas, los rezos y las actitudes que debían adoptar el enfermo, sus familiares y el sacerdote llamado para atender espiritualmente al moribundo«. El libro resultaba muy útil porque aleccionaba sobre los cuidados del espíritu ante la inminencia del óbito, una especie de «hágalo usted mismo» en un momento en que las filas del clero habían sido fuertemente diezmadas por las epidemias. El libro nació para satisfacer las dudas de moribundos y allegados, que se aprendían de memoria cómo combatir las postreras tentaciones: dudar de la fe; la desesperación por miedo a la justicia divina; la vanagloria, o complacerse en exceso por las buenas obras realizadas; la impaciencia, producto de los dolores y el sufrimiento de la agonía; y la avaricia, entendida como el apego hacia todos los bienes terrenales. Cada una de ellas es descrita de forma terrorífica, porque son incitadas por los demonios, al acecho siempre que se trata de aprovecharse de las humanas debilidades. Las distintas versiones del Ars moriendi fueron un verdadero superventas, tan solo superadas por los libros de Horas. Había versiones largas y cortas, éstas últimas para facilitar la lectura y asimilación del contenido. La que presentamos hoy aquí es de éstas últimas: circuló a mediados del siglo XV y está iluminada con once preciosos dibujos de lo más sugerentes.

Cualquier que quiere de dessea bien morir, considere diligentemente las cosas contenidas en este libro, e conseguirá grand ayuda, e utilidad para se defender de las temptaciones del diablo, e alcanzar la gloria del paraíso, la qual nos quiera otorgar Dios en todo poderoso.

Consulta del tomo de ARS MORIENDI

vidas imaginarias

http://issuu.com/luis424/docs/marcel-schwob.–vidas-imaginarias?e=0/1187599

En «Vies Imaginaires», el joven Marcel Schwob desarrolla un juego divertido que marca los antecedentes de mucha literatura posterior: la biografía fabulada o, si lo prefieren, la fábula biográfica. Consciente de que al lector se le atrapa con el reclamo de la verosimilitud, Schwob repasó la vida de piratas, herejes, pirómanos, matronas, pintores, jueces o princesas indias con la desenvoltura de un erudito de treinta años que maneja la prosa poética como un autor consagrado. El perfil cuasi panegírico de Eróstrato, incendiario del que ya hemos dado buena cuenta en esta página, la impúdica relación entre Clodio y Clodia, las andanzas del hereje Dulcino, la trampa urdida por el cuáquero Knot contra Walter Kennedy, incauto pirata analfabeto… todas ellas historias salpicadas de referencias y datos de los que es difícil sustraerse durante el escrutinio de la verdad, y que no hace sino subrayar la facilidad con la que se puede reinventar la historia a poco que uno se lo proponga.

Pocahontas era la hija del rey Powhatan, el que reinaba sentado en un trono hecho como para servir de cama y cubierto con un gran manto de pieles de mapache cosidas de las cuales pendían todas sus colas. Fue criada en una casa alfombrada con esteras, entre sacerdotes y mujeres que tenían la cabeza y los hombros pintados de rojo vivo y que la entretenían con mordillos de cobre y cascabeles de serpiente. Namontak, un servidor fiel, velaba por la princesa y organizaba sus juegos. A veces la llevaban a la floresta, junto al gran río Rappahanok, y treinta vírgenes desnudas bailaban para distraerla. Estaban pintadas de diversos colores y ceñidos por hojas verdes, llevaban en la cabeza cuernos de macho cabrío, y una piel de nutria en la cintura y, agitando mazas, saltaban alrededor de una hoguera crepitante. Cuando la danza terminaba, desparramaban las brasas y llevaban a la princesa de regreso a la luz de los tizones.

tiene narices

Cyrano, que no era de Bergerac, antes de ser personaje fue autor; tiempo atrás había sido soldado; casi al final de su vida se interesó por la ciencia y la alquimia. Y a buen seguro que la cosa no hubiera quedado ahí, pero un voluminoso leño caído del cielo le partió la crisma sin concederle turno de réplica. Tenía treinta y seis años. Y toda una vida por delante… mejor dicho… por detrás. Cyrano fue un tipo libertino —un radical que diríamos ahora—, espadachín arrojado y corajudo, habitual de la vida bohemia; congeniaba con la filosofía y la matemática, y fue uno de los que plasmaron literariamente el nuevo pensamiento racionalista de su contemporáneo Descartes, otro mercenario reconvertido en intelectual. Se dice que Cyrano ha sido el precursor de la ciencia-ficción; y es que a nadie sino a él se le hubiera ocurrido describir un viaje a la Luna despreciando todas las convenciones morales y religiosas de la época. «El otro mundo», que así se llama la trilogía, fue publicada póstumamente y aunque tuvo mucho éxito, se retocó sensiblemente para rebajar el tonillo herético que emanaba su contenido. El otro Cyrano, el personaje, se lo debemos a Edmond Rostand. Se puede decir que el narigudo protagonista de su tragicomedia tenía poco que ver con el Cyrano histórico, pero la aportación de Rostand ha sido determinante para que finalmente su apéndice nasal y su romántica gallardía se hayan impuesto a la dimensión literaria e intelectual del bravo espadachín. Actualmente reconocemos a Cyrano de Bergerac en la figura de un popular actor francés que lo encarnó en la gran pantalla. Con más del primer Cyrano que del segundo, este cómico ha sido noticia de actualidad porque ha decidido tributar en otro país, lo que le ha granjeado la antipatía de algunos compatriotas. Desde luego que no ha sido el primero ni será el último que se ponga a salvo de la voracidad recaudatoria de los estados, pero curiosamente su determinación parece estar inspirada en la famosa frase de Cyrano: “Un honnête homme n’est ni Français, ni Allemand, ni Espagnol, il est Citoyen du monde, et sa patrie est partout”.

«Cyrano de Bergerac»

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¿quién controla el pasado?

biblioluces_erostrato

Leyendo este fin de semana un libro de historia se nos vino a la cabeza la peripecia de Eróstrato, el incendiario, controvertido personaje que supuestamente redujo a cenizas el famoso templo de Diana en Éfeso. Se dice que lo prendieron (valga la redundancia) y lo torturaron hasta que confesó el móvil de la fechoría. Las crónicas cuentan que Eróstrato deseaba vivir por siempre en boca de las generaciones futuras, y anhelaba que le recordaran como aquel que se había cargado una de las siete maravillas del mundo, edificio noble y de bella arquitectura alabado por Antípatro de Sidón, el autor de la célebre lista. Como era de esperar, Eróstrato fue ejecutado, no sabemos si antes o después de que un bando amenazara con aplicarle la misma penitencia a todo aquel que guardara memoria del tal pirómano. Sin embargo, la noticia corrió como la pólvora, y la identidad del infame circuló clandestina hasta que un historiador la desveló, pensando quizá en que no hay vergüenza mayor que la de ser recordado en calidad de gilipuertas. Siguiendo designios de rango superior, hoy casi nadie sabe de esta hazaña como tampoco de cualquier hecho pretérito que supere la semana y media de antigüedad. Hemos pulverizado la nuez de la Historia con un martillo neumático y ahora somos incapaces de saborear el fruto sin pincharnos la lengua. Corrompida por quien la utiliza en provecho propio, la historia con minúsculas es una herramienta muy útil para cargar de razón el argumento más peregrino y hace babear en éxtasis a los iluminados de vocación redentora. Recordar a Eróstrato se pagaba con la muerte. Prescrito ya el delito (suponemos), en el siglo XXI conocer el pasado es un placer y un deber que ningún libro de texto tiene derecho a hurtarnos. No lo olvides.

«La razón más importante para «reformar» el pasado es la necesidad de salvaguardar la infalibilidad del Partido. No solamente es preciso poner al día los discursos, estadísticas y datos de toda clase para demostrar que las predicciones del Partido nunca fallan, sino que no puede admitirse en ningún caso que la doctrina política del Partido haya cambiado lo más mínimo porque cualquier variación de táctica política es una confesión de debilidad. (…) Y si los hechos demuestran otra cosa, habrá que cambiar los hechos. Así, la Historia ha de ser escrita continuamente.»

George Orwell, 1984.

es que somos muy pobres

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La cara más descarnada de la pobreza es el desengaño. Cuando se vive en una burbuja, amparados por los mismos que nos llevaron a la ruina, y sostenidos por la idea de que las cosas no pueden ir a peor, resulta un tanto complicado recomponer el puzle de la carencia, la quiebra y la penuria. Para cuando llega el desengaño —ese sentimiento de vacío que ahoga las esperanzas depositadas en palabras vanas y altisonantes, en torcidos gestos de entusiasmo—, el empeño por mantenernos a flote se ha ido comiendo las ilusiones que pusimos en construir un mundo mejor… y en el preciso instante en que ya no queda nada desembarca la pobreza, una pobreza que tiene muchos nombres (pobreza moral, económica, cultural…), aunque todas terminen por confluir en el mismo mar, sumando a la postre el caudal de sus respectivas miserias. A lo largo de este año hemos recordado la figura de Dickens y subrayado el valor intemporal de su preclara visión de las necesidades humanas. Entre sus páginas identificamos a los verdaderos paganos de la desigualdad y el ambicioso desenfreno de los poderes económico y político: los débiles, los niños, la juventud ignorante y marginada, las mujeres… un esquema que se repite a lo largo de la historia hasta convertirse en una evidencia casi insoslayable que, sin embargo, por estas latitudes preferimos ignorar porque es mucho más progresista considerar que la moderna miseria democrática no escoge a sus víctimas. Hoy día 25 de noviembre queremos rescatar dos ilustraciones de esta violencia sostenida contra los más vulnerables: una de ellas es el vídeo «the host of Seraphim«, de la banda musical Dead Can Dance. El otro es de traza más literaria, aunque no por eso menos contundente: se trata de un cuento de Juan Rulfo incluido en el libro «El llano en llamas», de título «Es que somos muy pobres«. En este cortísimo relato, un niño describe la pobreza como un río que lo inunda todo, una corriente desbordada que anega el destino de las buenas gentes condenándolas a entregar su dignidad a cambio de un trozo de pan.

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.

«El llano en llamas» de Juan Rulfo

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