Categoría: biblioteca virtual (Página 6 de 10)

españoles de antaño y de hogaño

«Los españoles pintados por si mismos»

Hoy rescatamos del baúl de Maricastaña un curioso libro publicado en 1843 que nos llama poderosamente la atención: Los españoles pintados por sí mismos. Se trata de un volumen recopilatorio en el que varios autores diseccionan la fauna patria de mediados del XIX. Por aquel tiempo, mientras Europa se preparaba para una revolución industrial que transformaría el paisaje y elevaría las primeras columnas de humo negro en el horizonte, una España quieta y dividida (en eso hemos cambiado poco) vivía una época turbulenta, de pronunciamientos militares y guerras intestinas. Nada que hiciera presagiar un futuro venturoso. Pero el verdadero espíritu de lo ibérico se rebullía en calles, palacios, ruedos, tascas, ministerios, cuarteles o sacristías; los autores, convencidos de su propia modernidad, retratan la España profunda de alcahuetas, trepas, borrachos, chulos, castañeras, pijos, desahogados, clérigos, charranes, choriceros, criadas y cesantes. Una tropa decadente, improductiva y perniciosa, alanceada con adjetivos pedantes que solo alcanzaron a despertar la sonrisa de lectores cultos e intelectuales costumbristas entre una población mayoritariamente analfabeta. Un universo que comprenderemos mejor si aceptamos ser los herederos morales de aquellos, nuestros rebisabuelos, fácilmente reconocibles a poco que leamos cualquier página al azar. Un reto divertido. ¿O es que acaso este fragmento de Gil de Zárate no podría haber sido escrito ayer mismo?:

El zapatero hace ahora zapatos como antaño, y como antaño los cobra, escepto de los tramposos que son de las épocas. El propietario percibe los alquileres de sus fincas, aunque ande á pleito con inquilinos reninentes, plaga muy anterior á las reformas modernas. El cura, si ha perdido el diezmo, tiene esperanza en la caridad de los fieles, mientras el empleado ni aguarda caridad ni conoce fieles en el mundo (…) porque el empleado es ahora flor de efímera existencia, que nace por la mañana y por la tarde ya ha desaparecido.

 

ilustrando a dickens

«Libro de ilustraciones sobre obras de Dickens»

Se sabe que Dickens colaboraba con los artistas que ilustraban sus obras. De hecho, sus primeros pinitos literarios se inspiraban en dibujos previos que el autor debía «llenar» de contenido. Las novelas por entregas británicas del siglo XIX fueron pioneras en esto de conjugar texto e imagen. Al parecer, Don Carlos se implicaba muy de lleno en esta faceta de la edición, y daba instrucciones muy precisas a sus dibujantes para que iluminaran las escenas, crearan tensión dramática y alimentaran la intriga. La simbiosis entre estas dos dimensiones cuenta con egregios ejemplos de época: Victor Hugo, el gran escritor en lengua francesa, fue un pintor notable; aunque en el caso de las figuras de la literatura universal, se suele cumplir la regla de que no es compatible el talento de escribir con el de dibujar. Este viejo libro que os presentamos, Scenes and characters from the works of Charles Dickens, editado en Londres en 1908, nos acerca a los distintos estilos de estos artistas, algunos de ellos tan conocidos y apreciados en su tiempo como el propio Dickens. Durante estos últimos años hemos asistido a un renacer de los libros clásicos ilustrados, que retoman una fórmula sencilla para aumentar las ventas: texto inmortal+ilustraciones=libro bonito, y no resulta difícil encontrar los grandes títulos de toda la vida adornados con encanto y, por qué no decirlo, con mucho talento…

jatakas

«Libro de jatakas»

La tradición literaria oriental es antiquísima, e infinita su variedad y riqueza, aunque por aquello de estar íntimamente ligada a un espiritualismo que no entendemos, nos suele resultar un tanto inaccesible. Sin embargo no podemos negar, por ejemplo, la enorme influencia que sobre las literaturas occidentales han ejercido los cuentos recopilados en Las mil y una noches: la prueba es que, en los albores del siglo XXI, se siguen publicando y actualizando ediciones. Según Vargas Llosa «no existe en la historia de la literatura una parábola más sencilla y luminosa que la de Sherezada y Sahrigar para explicar la razón de ser de la ficción en la vida de los seres humanos y la manera como ella ha contribuido a distanciarlos de esos oscuros orígenes de su historia en los que se confundían con los cuadrúpedos y las fieras» (Las mil noches y una noche. Alfaguara. 2009). La importancia de este clásico entre los clásicos merecerá tratamiento aparte en el futuro. Para abrir boca vamos a escribir una pequeña introducción a los jatakas, ilustrando la entrada con una preciosa edición americana de Tales of India de Ellen C. Babbitt, publicada en 1912 (en inglés). Los jatakas son historias de las andanzas de Buda en vidas anteriores, encarnado principalmente en seres humanos, pero también en todo tipo de animales. Las fábulas que integran esta colección son de muy diferente extensión y sirven al propósito de aleccionar al lector sobre las virtudes y la sabiduría. Es un error muy extendido pensar que todos los jatakas son cuentos infantiles con moraleja final: algunos resultan un poco macabros y hasta violentos. No vamos a dar pormenores de su génesis y evolución, porque para eso está internet. Pero sí vamos a recomendar su lectura, que puede resultar entretenida, amena y constructiva para personas de entre nueve y noventa y nueve años (si tenemos algún visitante de cien años o más le rogamos que nos disculpe, pero si éste es el rango universalmente aceptado para presentar un puzzle de mil piezas, con mayor motivo ha de serlo para inducir a la leer un libro de más de mil palabras).

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la historia reciente

«Hitler, la novela gráfica (fragmento)»

Exceptuando a los lectores más jovencitos, todos somos hijos del pasado siglo XX; al contrario de lo que se tiende a pensar por estas latitudes, este período fue el más convulso de la historia de la humanidad. Lo que hoy aceptamos con naturalidad, los rasgos distintivos de nuestra cultura política, económica y social hunden sus raíces en el inestable fondo telúrico que provocó también las grandes catástrofes bélicas de la pasada centuria. Somos herederos de una época marcada por la iniquidad, la brutalidad y el exterminio, cuyos últimos flecos (por el momento) acariciaron hace apenas diez años la tez clara y sonrosada de ese ente imposible al que llamamos Europa. Las eternas cantinelas del nacionalismo, el colonialismo, el expansionismo, el imperialismo y todos los «ismos» que se nos pudieran venir a la cabeza sumaron sus voces para que la historia rebullera; a la cabeza de las consiguientes orgías de destrucción figuraron personajes (varones en exclusiva) que supieron embridar la violencia dispersa, y la proyectaron con la furia de las ideologías; sin duda os sonarán los nombres de Mao Tse Tung, Pol Pot, Franco, Leopoldo II de Bélgica, Hirohito, Hitler o Stalin (el más sanguinario de todos, que ya es decir). Añadiríamos con gusto algunos otros, pero por estar rehabilitados o pertenecer al bando de los buenos, no se pueden citar aquí porque resultaría «políticamente incorrecto». Como puede suponerse, la reconstrucción de la historia de los últimos cien años, pese a ser reciente, se topa con la interpretación apasionada y tendenciosa de autores e investigadores, necesariamente discrepante porque casi siempre lo más cómodo es adherirse a la opinión que pregona la corriente política dominante. Por eso os animamos desde aquí a que os paséis por la biblioteca y os forjéis vuestra propia visión sobre los conflictos del siglo XX. Os encontraréis libros de historia, pero también interesantes biografías gráficas como la que firma el laureado mangaka Shigeru Mizuki de Hitler, o las incontables novelas ambientadas en la guerra y en la posguerra como la muy conocida Cuando Hitler robó el conejo rosa de Judith Kerr o Año de Lobos de Willy Fährmann. Y ya sabes: evita en lo posible los libros de texto, que son para otras cosas…

«Cuando Hitler robó el conejo rosa»

de illinois a Idaho

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La vida de Ernest Hemingway abunda en lo excesivo, lo crudo, lo novelesco, lo inaudito, lo grotesco, lo imposible… El escritor de Illinois alimentó como nadie su propia leyenda, nutriendo, modificando e inventando con laboriosas mentiras el espectro de su luz decadente. Fue alcohólico desde antes de que se diera por enterado. Dueño de un corpachón fiero y robusto, ensalzó como nadie las virtudes de la amistad, pero utilizó a las mujeres, se enemistó con la mayoría de sus camaradas y buscó afinidades imposibles con personajes dudosos que engordaron su ego y alentaron su amargo resentimiento contra el mundo. Hemingway es, en sí mismo, un universo aparte, el blanco de tantas miradas apasionadas que resulta imposible ofrecer un perfil objetivo de su vida y obra. Lo cierto es que cuando se le concedió el premio Nobel (un año después a que lo recibiera Winston Churchill) su carrera declinaba, se deslizaba fatalmente por una cascada de vino y ginebra que habría de aplastarle en la batiente violenta y espumosa. Sin embargo acababa de escribir El viejo y el mar, posiblemente su obra más popular y una de las más intemporales, de las que permanecen por más tiempo en la imaginación de los lectores jóvenes. Se trata de una fábula aplicable al declive de un autor, identificado con un viejo pescador frustrado que tiene la oportunidad de realizar una gran hazaña que le devolverá la gloria de tiempos pasados; pero para ello ha de arrebatarle algo al mar, porfiando con los seres que lo habitan, con el destino y hasta consigo mismo…

Es un gran pez y tengo que convencerlo —pensó—. No debo permitirle jamás que se dé cuenta de su fuerza ni de lo que podría hacer si rompiera a correr. Si yo fuera él echaría ahora toda la fuerza y seguiría hasta que algo se rompiera. Pero, a Dios gracias, los peces no son tan inteligentes como los que los matamos, aunque son más nobles y más hábiles. (De la traducción de Lino Novás Calvo).

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el padre de caperucita

http://issuu.com/amadeonipasa/docs/los_cuentos_de_perrault?e=0/6128485

La corte francesa del siglo XVII brillaba con pompa y boato. Eran los tiempos gloriosos de Moliere, Racine, Montesquieu, Descartes… Tampoco le iba mal a Charles Perrault, un alto funcionario al servicio del Rey que siempre estuvo al margen de controversias políticas. Escribió algunos tratados eruditos y un montón de odas al monarca del pelucón, que con todo el amaneramiento con el que uno se lo quiera imaginar, era a la sazón el más poderoso de Europa; si Luis XIV se leía o no las efusivas loas de Perrault es algo que no podemos asegurar, pero está contrastado que los esfuerzos retóricos le reportaron al escritor ciertos beneficios materiales. Digamos que Perrault era una especie de pelota ilustrado. Añadimos lo de «ilustrado» porque el epíteto le confiere cierta dignidad, frente a ese otro género de pelotilleros convencionales a los que todos estamos acostumbrados. En 1697 publica una pequeña recopilación de cuentos bajo el título de Histoires ou contes du temps passé, avec des moralités; se trata de ocho relatos que pronto alcanzarán notoriedad como Los cuentos de mamá Gansa. En realidad, son historias bien conocidas de origen popular que Perrault transcribe y modifica, eliminando la casquería y las alusiones sexuales, contenidos muy recurrentes en la tradición oral de toda Europa. Como ocurre en la actualidad, en aquel tiempo estaba muy de moda moralizar, así que cada cuentecillo sirve a una moraleja final, aunque con menos pretensiones que las que añadió La Fontaine a sus fábulas o, un poco más tarde, el español Félix María Samaniego a las suyas. Traemos aquí una bonita edición de principios del siglo XX con los cuentos originales. Desde mediados del siglo XIX, las historias han sufrido alicatados y remodelaciones que convirtieron estos relatos de salón para aristócratas ociosos en cuentos de hadas para niños somnolientos. Primero fueron los Hermanos Grimm, verdaderos maestros pasteleros en el arte de edulcorar finales amargos, pero unos aficionados si les comparamos con el gran magnate de la sacarina: Walt Disney. A esta factoría debemos la última secuela de un cuento de Perrault: el ya conocido Le Maitre Chat. En el original de Perrault, el lobo se zampa impunemente a Caperucita, la Cenicienta perdona a sus hermanas y la Bella Durmiente… Bueno… la Bella Durmiente despierta de esa especie de sueño psicotrópico y placentero sin el concurso del beso sanador del Príncipe, que al final resulta ser un poco calzonazos

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