Categoría: el escritor (Página 18 de 18)

el nobel de literatura

¿No has leído nada de Mario Vargas Llosa? Puedes confesarlo, sin rubor. De hecho, muchas personas normales y corrientes, de esas que caminan haciendo oscilar un paraguas cerrado y miran hacia lo alto con desconfianza, tampoco lo han hecho. Y eso que se trata de un autor popular, frecuente en las estanterías y sobresaliente por la cantidad y calidad de obras de las que es artífice. La concesión del premio Nobel motivará la lectura apresurada de los más expuestos (periodistas, docentes, políticos, sabihondos de mesa camilla…) y las falsas declaraciones de inquebrantable adhesión literaria de los más necios/necias. Vargas Llosa no es autor para presumir de lecturas sino para ser leído, cosa que no ocurre, por ejemplo, con las últimas hornadas de premios Príncipe de Asturias. Su apabullante dominio de la lengua, su español criollo y sofisticado y su instinto para la narración de cualquier tipo justifican con creces la concesión de un premio como el Nobel de Literatura. Y, desde luego, una visita a la biblioteca para llevarse en préstamo uno de sus libros. ¿Cuál? ¡El que quieras! ¡Todos son buenos!

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¿quiere conocer a José?

Fue después de una conferencia sobre el compromiso del escritor. Un puñado de personas, no muchas, nos habíamos congregado en el salón de actos de alguna extinta caja de ahorro. Mi amigo Enrique, profesor de lengua española, un punto jacobino y buen conocedor de la cultura portuguesa, me había invitado a un encuentro con José Saramago que se celebraba a dos kilómetros de la frontera. Por aquel entonces el escritor ya estaba instalado en Lanzarote y ultimaba “Ensayo sobre la ceguera”, que apareció aquel mismo año. Tomamos asiento en la primera fila. O en la segunda. No lo recuerdo bien. En cualquier caso, disfrutamos de cerca, eso sí, de la palabra del orador. Como si desvelara ante el auditorio una intimidad celosamente oculta durante años, disertó sobre la obra literaria sometida a tensiones contrapuestas, de los principios e incertidumbres de un creador atrapado en su tiempo que se revela ante la iniquidad y la injusticia que otros niegan, subliman o simplemente ignoran. Yo, que había dejado de leer a Borges hastiado de sus contradicciones, formulé una cuestión un tanto confusa referida al escritor argentino y participé en un coloquio posterior a tres o cuatro bandas. Mientras Enrique y un buen puñado de romeros hacían cola sobre la tarima para solicitar la firma del maestro, una mujer ―que identifiqué con la persona que había alentado el debate anterior― se me aproximó y juntos continuamos conversando hasta que la sala quedó prácticamente vacía. Enrique regresó, con su recién bautizado “Evangelio según Jesucristo” bajo el brazo, más contento que unas pascuas. Al tiempo de despedirnos, la dama nos preguntó si deseábamos conocer a José  personalmente. Mi amigo y yo nos miramos con sorpresa. Pero para Pilar, su esposa, la maniobra no presentaba mayor dificultad: se adelantó con discreción y le confió su propósito al fatigado marido, tras lo cual, y a requerimiento de ambos, nos unimos a la pareja para prolongar la conversación unos minutos más. Quizá para el escritor portugués, estrechar mi mano no resultara tan emotivo como tomarle de la suya al rey Carlos Gustavo durante la ceremonia del Nobel, tres años después. Pero he de decir para mí sí lo fue. Continué leyendo sus artículos y ficciones imaginando complicidad con el autor, como si tras nuestro encuentro en Badajoz, Saramago escribiera pensando en garrulos como yo. Al cabo de unos meses me trasladé al norte. Enrique embarcó para el Brasil, donde le esperaba una vacante en una legación consular del Mato Grosso. De vez en cuando me topaba con Saramago en el periódico o en la radio con motivo de una conmemoración, la firma de algún manifiesto, la presentación de un libro o la concesión de un premio. He de confesar que en ocasiones me resultaba críptico y pesado, y que no me agradaba que su marcada militancia de izquierdas atrajera como un imán a un rebaño de admiradores y epígonos intelectualmente desnutridos, que lo paseaban a hombros como a un Cristo de las Cadenas. Pero como aprendí aquella tarde pacense hablando de Jorge Luis Borges, hay que juzgar al hombre por un lado y al escritor de talento por el otro. En este caso, y pese a todo el mérito literario que soy capaz de reconocerle, yo me quedo con el hombre. José Saramago: descanse en paz.

contando bajo la lluvia (y 2)

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Nueva entrega de la entrevista con José Ramón Sánchez. En la cabecera incluimos un avance de “Cantabria: La Epopeya”, una película basada en los textos de Jesús Herrán y los dibujos del propio José Ramón, y que ha sido realizada con la colaboración de su hijo, Ignacio Sánchez Arévalo.

  • Ahora recordamos, sobre todo, sus series sobre cine… Había algo en aquellas estampas que se nos quedó impreso para siempre… Usted, que es el autor ¿sabría decirnos qué era ese “algo”?

Ese “algo” es el efecto de las “estampas”, como vosotros las llamáis… Estampas emocionadas, entrañables… Yo todo lo trato con amor. Si no, no lo haría. Y todo lo que sale de mi mano, incluso lo mediocre o convencional, siempre ha tratado de resultar apasionado, sincero y cercano. Ese es ese “algo” que me hace ser yo mismo. Y si soy algo es que resultó casi siempre sincero, cercano y apasionado…

  • Podríamos decir que su estilo es “clásico”… Muchos de los ilustradores de ahora combinan las técnicas de siempre con el ordenador ¿Qué le parece eso? ¿Piensa que en el mundo de la ilustración, las llamadas “nuevas tecnologías” pueden franquear el paso de artistas sin demasiado talento para la pintura o el dibujo?

Vivimos épocas de confusión: ilustrando libros con ayuda de la técnica; creando imágenes que ya existen en archivos a los que todo el mundo puede acceder. Cada cual tiene su camino. Para llegar a que te consideren “clásico” hay que gastar dos tercios de tu vida. Me parece muy bien que cada uno se nutra o se apoye en lo que tiene a mano. Soy profundamente conocedor de que mis útiles de trabajo siguen siendo los de hace 60 años: un lápiz, un folio, un pincel, un lienzo o una tabla, un libro, una foto, una película, un impuso, una iluminación, un concierto… Soy ya setentón como para engancharme a Internet, los programas de imágenes, las nuevas técnicas, las tres dimensiones… No tengo necesidad de ellas. Solo necesito una idea, un enamoramiento y un tiempo para el cortejo. Todo lo demás será bueno para los demás, será imprescindible. Lo único que yo necesito para mi trabajo son horas… y salud.

  • En nuestra biblio conservamos un ejemplar de La Isla del Tesoro ilustrado por Junceda, facsímiles de Alicia en el País de las Maravillas con las ilustraciones de Sir John Tenniel o, sin ir más lejos, “su” Quijote ¿Qué aporta una gran ilustración a un gran libro clásico?

Si “lustras” un libro clásico puedes aportar poca cosa. Pero si “te comes” el libro, lo digieres en tu estómago y lo expulsas en su momento, la porquería se irá con el agua de la cisterna y pondrás ponerte al tajo… Y cambiarás los papeles, porque ya no serás un ilustrador. Serás un poeta.

  • Para los más curiosos, nos podría describir brevemente cómo planifica y desarrolla su trabajo a la hora, por ejemplo, de realizar la ilustración de un libro…

Lo primero: leer el libro en cuestión dos o tres veces. Una para emocionarse con la historia, para comprenderla y hacerla tuya. Otra para bocetar cosas ligeras como un personaje, un interior, una acción… Y la última inmediatamente antes de ilustrarla de verdad. El Quijote necesita de cuatro lecturas. El Beato de Liébana solo una porque no te vas a enterar por muchas veces que lo leas… Con la Divina Comedia pasa algo parecido. Stevenson necesita solo un par de lecturas. Con Shakespeare podrían pasarte la vida leyendo y releyendo. Nunca estarás a la altura de su grandeza. Después de 50 años de “ilustrador” lo mejor que me queda es haber leído mucho y bien.

  • Aunque la elección de unos suponga la no inclusión de otros, ¿nos podría decir que obras y autores marcaron las lecturas de su juventud y cuáles de ellos seguiría recomendando hoy a las muchachitas y muchachitos de la secundaria?

No creo en “autores infantiles” o “autores juveniles” y cosas por el estilo. Los grandes escritores lo son para niños, para adolescentes, para los adultos y para los viejo: Twain, Stevenson, London, Dickens, Dumas, Wilde… yo sigo con ellos a los 73 años. Por supuesto que Thomas Mann, Tolstoi, Dostoievsky y Shakespeare necesitan ser leídos más tarde. Pero no nos engañemos: no hay escritores para niños y autores para adultos. Solo existen los buenos y los malos escritores.

  • Ahora que estamos de compras (casi siempre en rústica y apurando el presupuesto…) recomiéndenos tres volúmenes que no deberían faltar en nuestros anaqueles y tres películas en nuestra videoteca.

Tres libros: “El Príncipe Feliz” de Oscar Wilde. O su colección de cuentos. Todos son obras maestras. “David Copperfield” de Charles Dickens y “La flecha negra” de Robert Louis Stevenson. Tres películas: un western: “La diligencia”. Una comedia: “La quimera del oro”. Un musical: “Siete novias para siete hermanos”.###

contando bajo la lluvia

En el origen meditábamos sobre la posibilidad de hacer una entrevista a uno de nuestros autores favoritos; en el exterior el tiempo era desapacible y llovía a cántaros. Entonces surgió el nombre de José Ramón Sánchez, artista muy vinculado a los libros y al que ya le habíamos dedicado una entrada en Biblioluces para hablar de “su” Quijote. Con la inestimable ayuda de nuestros amigos de la editorial Valnera, y muy especialmente de Jesús Herrán, trabamos contacto con José Ramón. Desde el primer momento todo fueron facilidades: recibió nuestras peticiones con gran amabilidad y nos consagró parte de su valioso tiempo. Y todo para contarnos en una larga carta lo que tuvimos el capricho de preguntarle. Recogemos aquí el contenido de la misiva con la intención de compartir con vosotros este documento tan personal, publicado en la bitácora en dos partes. Esta es la primera…

  • Usted es bien conocido en sus facetas de ilustrador, dibujante, cartelista, animador, pintor y un largo, larguísimo etcétera… ¿Cuál de estas facetas le ha reportado mayores satisfacciones como artista?

En todas y ninguna  al mismo tiempo… En todas me he sentido a gusto en cada momento de mi vida en que las he practicado. Pero en todas ellas he tenido grandes satisfacciones y grandes decepciones. No me siento “maestro” en nada, y con los años he asumido el incomparable protagonismo del “aprendiz” Cada día aprendo algo nuevo. Mi trabajo no tiene límites. Ni conformidades. Ni acomodo. Mi trabajo es un largo camino que habrá concluido cuando mi mente y mis manos ya no puedan crear nada nuevo. Mientras tanto estoy satisfecho y expectante con este oficio siempre nuevo de “aprendiz”.

  • Hay algo que siempre destaca en un autor consagrado: su estilo personalísimo, fácilmente identificable… Sabemos que es difícil pero, ¿cómo definiría el suyo?

Lo bueno de mi estilo es que es “mío” y de ninguno más; no sé si mi estilo es mejor, igual o peor que el de los demás. Lo que sé con certeza es que he perseguido “mi estilo” desde niño. Y creo que, a pesar de mis límites y mis carencias, tengo un estilo propio, una “manera” personal de visión utópica de los seres y las cosas, de la naturaleza y de la fantasía, de lo real y lo ficticio. El estilo propio siempre vive dentro de una profunda contradicción: te distingue del resto pero te hace previsible.

  • Alicia se preguntaba aquello de “¿de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?”. Usted, ¿qué le respondería?

Un libro sin dibujos ni diálogos puedes ser una obra maestra si contiene elementos que le conviertan en apasionado, sorprendente y universal. Las palabras van mucho más allá que las imágenes. Un monólogo puede resultar magnético y un libro repleto de imágenes puede llegar a pesar como una losa. Las cosas, las maneras de expresión, de estilo narrativo y la intención artística pueden y deben su propio camino para llegar a los lectores. Yo creo que existen dos formas de expresión en la Historia del Arte que son superiores al resto: la literatura y la música. Donde llegan ellas no llegan ni la pintura, ni la escultura, ni la arquitectura, ni el cine…

  • Hace poco D. Francisco Ibáñez, el creador de Mortadelo y Filemón, nos confesaba que era tremendamente feliz haciendo lo que hacía, pero que algunos de sus trabajos habían acabado “vaciándolo” por completo… ¿Le ha ocurrido a usted algo parecido?

Eduardo Arroyo, en un entrevista reciente, decía que “cuando se acaba un cuadro algo se mueve”. El verdadero artista se vacía en cada obra. Y se queda vacío hasta que empieza otra… Si no te vacías, si te guardas algo, no eres un verdadero artista. La plenitud del artista no esta en la meta sino en el trayecto. La meta siempre resulta decepcionante. Solamente los mediocres están encantados de haberse conocido… Por el contrario, el trayecto siempre es esperanzador y estimulante. El viaje siempre es un sueño: lo dijo Shakespeare en boca del Próspero de “La Tempestad”: “Somos de la mismas sustancia que los sueños, y nuestra breve vida culmina en un dormir”.

  • Nosotros, docentes que tratamos de remover la conciencia literaria de los chicos a través de la ilustración, el cómic y el cine, nos preguntamos… le preguntamos… ¿cuál es el cauce ideal para “seducir” a nuestros alumnos?

La pasión. Un enseñante sin pasión será como una lluvia que no moja… Y la pasión se pone, se activa y se magnifica contando un cuento, dibujando un rostro, pintando un paisaje, escribiendo un novela, componiendo un cuarteto, proyectando una casa, dirigiendo una película, vaciando un bloque de mármol. Si no tienes pasión, mejor que te dediques a otra cosa. Pero si tratas de enseñar, de comunicar, pregúntate si tienes la pasión bien despierta…

  • Sabemos que ha comparado su infancia con la de Stevenson… ¿Hasta qué punto un ilustrador debe de estar “identificado” con el autor y la obra que “ilumina”? ¿Ha rechazado alguna vez algún encargo porque “no le convencía” el contenido del libro?

El buen ilustrador no es el que “ilustra”. Ilustrar solo lo hacen aquellos que no tienen un mundo paralelo. Cuando empiezas el o ficio te limitas a “ilustrar”. No puedes hacer otra cosa. Solo cuando has madurado puedes “inventar” el mismo texto que otros solamente ilustran. Si ilustras eres un lacayo del escritor; un criado que debe respetar el texto para no salirse del cauce. Yo he pasado muchos años de mi vida profesional “ilustrando”. Desde hace 15 invento… y hago mi propia versión de “Moby Dick”, del Beato de Liébana, del Quijote, de la Biblia y de la “Divina Comedia”. Cuento la historia tal y como el autor la escribió. Pero mi mundo gráfico es personal, paralelo, enriquecedor. Y si todavía viviesen, o resucitasen de improviso, el Dante y Melville, Cervantes y el Beato entenderían que no me he limitado a ilustrar. Sabrían a ciencia cierta que su obra original ha hecho posible otra obra original. Yo le explicaría el proceso, y ellos entenderían que han engendrado un hijo con vida propia…

(Continuará)

franz k.

«Es verdaderamente curioso –pienso, y para hacerlo tengo tiempo y ganas y disposición–lo que pasa con la condición perruna. Fuera de nosotros, los perros, hay muchas especies de animales: pobres seres minúsculos, casi mudos, capaces solamente de dar algunos gritos; muchos entre nosotros, los perros, los estudian, les han dado nombre, tratan de ayudarlos, de educarlos, de ennoblecerlos… A mí, me son indiferentes; basta que no me molesten.” (De Investigaciones de un perro, 1922). Dicen que Kafka se reía de buena gana cuando leía pasajes como éste. La producción literaria del escritor es tan desconcertante y peculiar como sus contradicciones vitales, ideológicas y sentimentales. Pasados los años, no hay ninguna certeza sobre Kafka y su obra, más allá de que se trataba de un personaje atormentado y acomplejado; hipocondríaco e inseguro. Pese a que dispuso que tras su muerte las huellas de su paso por la tierra se extinguieran con él, su aura ha contribuido a que se conozca al escritor por encima de su producción, un error que únicamente puede enmendarse leyendo. Os vamos a recomendar sus pequeños relatos y la novela corta “La Metamorfosis”, un escaparate abierto a la creatividad de este praguense de toda la vida. De la segunda hablaremos en otra ocasión. Su colección de cuentos breves pueden leerse en la biblio o aquí mismo; si disponéis del magro caudal de un cuarto de hora, vosotros también estaréis entre ese selecto grupo de mortales que están autorizados a decir: “yo también he leído a Kafka”.

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