Categoría: escribiendo por escribir (Página 11 de 19)

escribir una novela

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Escribir. Escribir historias. El oficio más antiguo del mundo, el más universalmente reconocido. Así como el aire nos permite respirar, la necesidad que sentimos de vivir los sueños de otros son la etiqueta de humanidad que nos distingue como seres racionales. A la inmensa suerte que tenemos casi todos de poder leer una o varias lenguas, se une el indiscutible mérito de los que saben componer con la palabra imágenes vivas, ideas luminosas que son capaces de alterar el estado emocional y remover la conciencia de sus semejantes. Una proeza mayúscula tocada por una gracia que a muy pocos les es concedida. Afortunadamente, escribir es gratis. Ante una hoja en blanco, todos somos potenciales creadores geniales. Normalmente estas ínfulas se desprenden a las primeras de cambio, cuando el candidato a poeta descubre que la escritura creativa no supone únicamente juntar palabras con más o menos tino, que al talento hay que unir otros aspectos como el conocimiento, la voluntad, la perseverancia y el trabajo. Pero la cosa cambia cuando nuestro objetivo no es conseguir laureles, caudales o reconocimientos, si atendemos a la más que probable evidencia estadística de que no estamos llamados a renovar los cánones del arte, de que nuestra mediocridad es una cancha bacheada pero reglamentaria en la que podemos experimentar las pulsiones de los escritores de verdad, donde podemos garabatear papeles para después arrojarlos parabólicamente sobre el aro de la papelera, sin que la perspectiva de errar el lanzamiento nos resulte tan insoportable como para el atribulado escritor que no encuentra la senda de la inspiración. En las próximas semanas os recomendaremos algunas bitácoras interesantes que muestran la evolución de ciertos espíritus inquietos en busca de identidad, como el de esta joven escritora, e iniciaremos un periplo con nuestros jóvenes usuarios que nos llevarán a eso: escribir una novela, propósito para el que necesitaremos algo más que el proverbio «All work and no play makes Jack a dull boy«, aunque mucha sea la verdad que encierra.

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sobre papas

Como prominentes figuras del poder temporal, los Papas han sido objeto de abundantes revisiones históricas y literarias. Algunos han ocupado miles y miles de páginas como los Borgia, una familia de origen valenciano que consiguió colocar a dos de sus miembros en la cátedra de Pedro: primero fue Calixto III, y unas pocas décadas después su sobrino Alejandro VI, uno de los personajes más controvertidos de la historia, acusado de abusos y excesos infamantes que han dado para un sin fin de obras divulgativas y de ficciónLa biografía de estos y otros Papas constituyen de por sí un excelente menú para el curioso lector de historias. Más recientemente, la figura de Pío XII y la supuesta leyenda negra de su antisemitismo, la todavía presente personalidad del Juan XXIII como promotor de un Concilio que revolucionó la iglesia católica, el temprano y misterioso fallecimiento de Juan Pablo I, antecesor del polaco Wojtyła, que como Juan Pablo II jugó un papel determinante en la caída del Muro… y, cómo no, la renuncia del actual Sumo Pontífice, han proporcionado y proporcionarán en el futuro una excelente materia prima para construir elucubraciones con y sin fundamento, pero siempre atractivas por el autoproclamado vínculo sagrado entre los infalibles representantes de dios en la tierra y sus, a veces, perversas circunstancias. A nosotros a los particularmente se nos da una higa quién vaya a ser el próximo Obispo de Roma, nos agradaría que al menos se inclinara por un nombre bonito como Elías, Francisco o Santiago, que aparte de resultar inéditos, son preferibles a los consabidos Píos, Anastasios o Leones

 

a lomos de un rucio

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La historia es bien conocida; la imagen del maestro colombiano a lomos de sus burritos trotones ha dado la vuelta al mundo. Se mueve de acá para allá en compañía de dos simpáticas bestias, llevando en las alforjas un cargamento de libros. En Sierra Nevada de Sta. Marta (Colombia) las comunidades dispersas y aisladas sobreviven como pueden en el más completo desamparo. El bueno de Luis conduce la reata por cañadas y veredas polvorientas, sorteando los accidentes geográficos y humanos, bien identificado para que los salteadores, narcotraficantes, pistoleros, paramilitares, milicianos o la mismísima Santa Compaña no le confundan con un salteador, narcotraficante, pistolero, paramilitar, soldado o alma en pena. De tanto en cuando alguien se interpone en su camino y antes de hacerse a un lado, requisa los libros peligrosos, los que hablan de Arcadias libres y felices, de niños que no temen la oscuridad de la noche, no sea que la legión inocentes lleguen siquiera a intuir de qué calaña están hechos sus ángeles custodios. El mecenazgo de Luis no pasaría a mayores si no pusiera en evidencia a gobiernos y autoridades, a traficantes y criminales en el seno de una sociedad joven, aturdida por la pobreza y la violencia y tan bien dispuesta para el aprendizaje como para la aventura virtual que cada semana Luis Soriano alimenta con libros de estampas y modestos ordenadores.

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marcapáginas del 2012

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Por si hay alguien que no lo ha notado, los cincuenta y ocho artículos de este año no han tenido otra razón de ser y de existir que la de promocionar la lectura y la escritura, sin estridencias ni poses de sastrecillo valiente. La experiencia marca nuestras vidas. Y para la mayoría de los mortales, el cine y la literatura son los únicos caminos para ver, sentir y experimentar emociones y sensaciones que, de otra manera, no tendrían la oportunidad de alcanzar la amígdala cerebral, con todo lo que ello conlleva. Leer prepara los caminos de la mente, que se vuelven más rápidos y practicables; reduce las distancias entre lo que sentimos y lo que expresamos y ayuda a eliminar las interferencias de lo superfluo y lo mezquino. En definitiva: leer te permite comprender el mundo que te rodea, lo que minimiza de forma considerable la incidencia de las frustraciones, germen de la desventura…ergo si lees, serás más feliz… Bonito corolario, ¿eh?. Pues a buen seguro que no es nuestro, que lo hemos sacamos de algún libro… Por lo demás, estos doce últimos meses hemos hablado de todo un poco, manteniendo la necesaria conexión con lo que estaba pasando por ahí fuera, sin olvidar algunos eventos y homenajes de los que dejamos constancia en nuestros marcapáginas originales, dedicados a Vermeer, Bram Stoker, James Joyce, Mingote o Charles Dickens con motivo del bicentenario de su nacimiento. Iniciamos así nuestro quinto año de presencia en internet, que celebraremos escribiendo y dibujando con el mismo entusiasmo con el que imprimimos la primera palabra aparecida en este libro de luces. Así que, desde Luces, deseamos un feliz año nuevo a los ocasionales visitantes de Biblioluces, transeúntes todos de la red más tupida jamás imaginada.

es que somos muy pobres

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La cara más descarnada de la pobreza es el desengaño. Cuando se vive en una burbuja, amparados por los mismos que nos llevaron a la ruina, y sostenidos por la idea de que las cosas no pueden ir a peor, resulta un tanto complicado recomponer el puzle de la carencia, la quiebra y la penuria. Para cuando llega el desengaño —ese sentimiento de vacío que ahoga las esperanzas depositadas en palabras vanas y altisonantes, en torcidos gestos de entusiasmo—, el empeño por mantenernos a flote se ha ido comiendo las ilusiones que pusimos en construir un mundo mejor… y en el preciso instante en que ya no queda nada desembarca la pobreza, una pobreza que tiene muchos nombres (pobreza moral, económica, cultural…), aunque todas terminen por confluir en el mismo mar, sumando a la postre el caudal de sus respectivas miserias. A lo largo de este año hemos recordado la figura de Dickens y subrayado el valor intemporal de su preclara visión de las necesidades humanas. Entre sus páginas identificamos a los verdaderos paganos de la desigualdad y el ambicioso desenfreno de los poderes económico y político: los débiles, los niños, la juventud ignorante y marginada, las mujeres… un esquema que se repite a lo largo de la historia hasta convertirse en una evidencia casi insoslayable que, sin embargo, por estas latitudes preferimos ignorar porque es mucho más progresista considerar que la moderna miseria democrática no escoge a sus víctimas. Hoy día 25 de noviembre queremos rescatar dos ilustraciones de esta violencia sostenida contra los más vulnerables: una de ellas es el vídeo «the host of Seraphim«, de la banda musical Dead Can Dance. El otro es de traza más literaria, aunque no por eso menos contundente: se trata de un cuento de Juan Rulfo incluido en el libro «El llano en llamas», de título «Es que somos muy pobres«. En este cortísimo relato, un niño describe la pobreza como un río que lo inunda todo, una corriente desbordada que anega el destino de las buenas gentes condenándolas a entregar su dignidad a cambio de un trozo de pan.

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.

«El llano en llamas» de Juan Rulfo

sobre sentados, príncipes y mendigos

http://issuu.com/amadeonipasa/docs/principe_y_el_mendigo?e=0/31094950

Mark Twain se sirve de uno de los capítulos más apasionantes de la temprana edad moderna para escribir El príncipe y el mendigoEduardo VI, hijo del sanguinario Enrique VIII y la tercera de sus ocho esposas, se mete en un lío monumental cuando intercambia su identidad con Tom Canty, un niño de la calle con facciones muy parecidas a las del rey del Inglaterra. La novela le hace un gran favor al soberano, del que Twain dice que fue «especialmente benigno para aquellos duros tiempos». Lo cierto es que el muchacho vivió apenas 15 añitos y reinar, lo que se dice reinar, reino poco, porque su padre le dejó por herencia dieciséis tutores y un país en pié de guerra. Pero lo que importa es el final feliz de la historia, la liberación física y moral de los dos protagonistas y su retorno al mundo que a cada cuál le corresponde, con el añadido de que a Tom le reportó el respeto y la consideración de sus paisanos y al valiente Miles Hendon, el noble que hizo posible la coronación del verdadero príncipe, la concesión de un singular privilegio para él y sus descendientes: sentarse en presencia del Rey. Durante la recepción de los premios Príncipe de Asturias aprovechamos la circunstancia para jugar a rebeldes y descubrir qué sensación experimenta aquel que contempla de sentado el paso de la regia comitiva, a discreta distancia y sin alardes, eso sí; y si bien es cierto que la Señora nos miró con gesto torvo, el heredero de la Corona salvó el espacio que nos separaba y nos saludó estrechando la mano y doblando la cerviz: ¡Qué suerte poder estar sentado! ¿eh?
Un buen final, teniendo en cuenta de que en otro tiempo nos hubieran descoyuntado. Se ve que D. Felipe también se había leído a Twain…

Centelleó en sus ojos una idea repentina, que le impulsó a dirigirse a la pared, agarrar una silla, plantarla con firmeza en el suelo y sentarse en ella. Oyóse un murmullo de indignación, y una mano se posó bruscamente en el hombro de Hendon, mientras exclamaba: –¡Arriba, payaso desvergonzado! ¿Osas sentarte en presencia del rey? Este incidente llamó la atención de Su Majestad, que extendió la mano exclamando: –¡No le toquen! Está en su perfecto derecho! Los magnates retrocedieron estupefactos, y el rey agregó: –Sepan todos, damas, lores y caballeros, que éste es mi queridísimo servidor, Miles Hendon, que interpuso su excelente espada y salvó a su príncipe de un daño corporal y quizá de la muerte… y por eso es caballero por nombramiento del rey. Sepan todos que por un servicio más elevado, por haber salvado a su soberano de los azotes y de la vergüenza, atrayéndolos sobre sí, es par de Inglaterra y conde de Kent, y tendrá oro y tierra, correspondientes a su dignidad. Más aún: el privilegio que acaba de ejercer le corresponde por concesión real, porque hemos ordenado que él y sus sucesores legítimos tengan y conserven el derecho de sentarse en presencia de la Majestad de Inglaterra de hoy en adelante, generación tras generación, mientras subsista la Corona.

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