Categoría: escribiendo por escribir (Página 12 de 19)

libros delebles

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La novedad viene de la Argentina y sería ésta: vos comprás un libro; te lo sirven envasado al vacío, recubierto por una coraza hermética como si fuera medio pollo asado. Un vez liberado de su cautiverio se inicia un rápido proceso de oxidación que volatiliza el mensaje: las palabras se esfuman y te quedas un cuarto de lonchas de papel entre dos tortas de cartoné. Los promotores creen que, acuciado por la urgencia, el lector pondrá más empeño en la tarea para no quedarse a la mitad del segundo capítulo sin novela y con un palmo de narices. Lo de la tinta sitehevistonomeacuerdo no es algo nuevo: bancos y partidos políticos llevan utilizándola desde hace años en libros de contabilidad y programas electorales. Lo realmente novedoso consiste en imprimir novelas con este sucedáneo del chimichurri. Aunque a decir verdad, lo que para un finés o un alemán pudiera resultar una desagradable contingencia -esto es: quedarse sin libro-, no lo sería tanto para el lector patrio: siempre cabe la posibilidad de meterlo en el congelador, plastificar las páginas, escanearlo, probar a cocerlo en leche hirviendo, repasarlo a mano o regalarlo como coqueto cuaderno de notas y comprarse otro. No sabemos si la idea cuajará o no pasará de alabarse como una ocurrencia más o menos divertida; lo cierto es que los escritores deben de estar locos de contentos ante la perspectiva de que su obra se disuelva en el aire, sin siquiera dar oportunidad a que otros curiosos rebañen un plato de papel agotado. Y para los que estiman la posesión del libro y la relectura, ya ni les cuento. Una metáfora de la programada caducidad de las cosas trasladada al mundo de las letras, un anti-libro bien distinto a aquellos incunables de Gutenberg impresos con vocación secular…

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la voz de marilyn

La imagen pública de Marilyn pugnaba por librarse de esa pesada etiqueta de ingenua, frívola, inculta e insustancial que tan bien combinaba con su imagen despampanante. De ahí que posara de buen grado con un libro en la mano, en actitud de activa y reconcentrada lectura, tal y como aparece aquí arriba, supuestamente atrapada por la prosa de Joyce como si de una novela policiaca se tratase. Marilyn sobrevivió a una infancia desgraciada, al puritanismo anglosajón, a los cafres de Hollywood y a una industria sin escrúpulos. Sin embargo no pudo consigo misma y una noche de verano, recién cumplidos los treinta y seis, sus ojos se cerraron negándole a la vida el último guiño cómplice de su cautivadora mirada. Norma Jeane, que así se llamaba la moza, siempre se sintió atraída por personas de talla intelectual superior a la suya. A muchos les tenía por amigos, e incluso matrimonió con Arthur Miller aunque la unión apenas duró cinco años, por otro lado la más larga y estable de su agitada vida sentimental. Ella siempre se ocupó de subrayar ese lado suyo menos prosaico, quizá para compensar la incontenible marabunta de deseo que se desbordaba al evocar su figura, su pelo, sus labios, su voz… Sin embargo a Marilyn le gustaba la poesía y escribía con frecuencia, volcando su poco talento y su mucho sentimiento en versos claros e ingenuos. Escribe desde muy joven sobre los sentimientos que le inspiran la infidelidad de su primer marido (que debía de ser idiota), sobre la vida, la muerte, el suicidio… Vida/ Soy de tus dos direcciones/ De algún modo permaneciendo colgada hacia abajo/ Casi siempre/ Pero fuerte como una telaraña al viento/ Existo más con la escarcha fría resplandeciente. El propio Miller la describió como “una poetisa que había querido recitar sus poemas ante una multitud ávida de arrancarle la ropa”. Para los curiosos se ha publicado un libro que recoge los pinitos literarios de la actriz, una ventana abierta al alma atormentada de una muchacha que únicamente pretendía ser feliz.

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ya verás cuando vayas a la escuela

Le decían Gorrión, y el primer día de colegio se orinó encima. «Ya verás cuando vayas a la escuela», le habían advertido. Pero de la mano de su maestro, el Gorrión descubrió la esencia de las cosas, el orden cósmico que se intuye en el diminuto abdomen de una araña, la música que se adhiere a las palabras ciñéndose a ellas como la cinta de un sastre. Manuel Rivas describe en «La lengua de las mariposas» la mejor estampa de la educación: la curiosidad sosteniendo a la razón, cimiento seguro de cambio y prosperidad. En vísperas del comienzo de curso la nostalgia estival, la pereza y la desazón se combinan para formar una salsa espesa, dulce o acre según los casos, que nos acompañará durante los primeros días disfrazando el paladar fuerte de la gramática, la geografía o la aritmética; pero a la que no podremos culpar de los sinsabores del fin del trimestre, de los que seremos únicos responsables. La fórmula mágica la conoces de sobra: el saber enciclopédico ya no está de moda; para eso tenemos la wikipedia. Lee. Piensa. A ser posible, por ese orden. Y ya verás, ya… cuando vayas a la escuela…

«La lengua de las mariposas»

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los cráteres de la luna

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Volvemos de nuevo la vista al cielo. Esta vez para contemplar a nuestro querido satélite, señor de las mareas, magnético inductor de vida y muerte: la Luna. Posiblemente ningún objeto celeste haya inspirado tanto a científicos y artistas como éste, al que la familiaridad de trato ha llevado al extremo de anular la mayúscula que denota lo propio de su nombre. Como buena conocedora de nuestra psicología, a la luna le basta con un guiño mensual para sustraer la atención de todo el orbe, desde donde los lunáticos de toda condición han proyectado a lo largo de la historia los sueños que no les cabían en cajones y gabinetes, razón verdadera de tanto desmesurado cráter. El primer hombre que se dejó caer en persona por aquellos lares acaba de fallecer. La figura de Neil Armstrong es equiparable a la de esos otros viajeros de otro tiempo que ampliaron las fronteras de lo conocido, circunvalaron el globo o llegaron a los confines más inhóspitos. Anticipando las inveteradas costumbres del moderno turista playero, Armstrong se hizo unas fotos y recolectó algunos recuerdos de la odisea, unos pocos pedruscos y un puñado de arena inerte, con la esperanza de que pronto regresaría a su Tierra (nunca mejor dicho). Desde el pasado veinticinco de agosto la persona se ha tornado en personaje, y como le corresponde, espera turno en la antesala de la fama, lo que supone que en los siglos venideros las rotundas consonantes de su apellido resonarán junto a las de otros incautos exploradores, tan celosos de su misión que ignoraron el más que probable fracaso de la empresa. Algo así ocurre con los protagonistas de De la Tierra a la Luna de Julio Verne, que os presentamos aquí en esta edición de 1868, impresa tres años después de que el primer capítulo apareciera en el Journal des débats politiques et littéraires. Mientras que a Verne se le tilda de visionario, hay quien afirma que la conquista de Armstrong en mil novecientos sesenta y nueve fue una fenomenal impostura. A los que vivimos de las fábulas que alimentan la imaginación, tanto nos da que la especie humana haya llegado o no a sentar sus reales en las dunas de Marte o sobre los hielos de Ganímedes, siempre que nos permitan seguir gozando a gusto en la ingrávida superficie de nuestros sueños.

«De la Tierra a la Luna de Verne»

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experimento

Que sí, que sí. Que con un poco de paciencia, cualquiera puede escribir el Quijote, Guerra y Paz o las Capitulaciones de Santa Fe. El teorema de los infinitos monos afirma que un montón de primates pulsando al azar el teclado de un ordenador acabará escribiendo cualquiera de las grandes obras de la literatura universal. Se trata de una cuestión matemáticamente impepinable. Es decir: que la clave está en perseverar en el empeño. Las conclusiones a las que se puede llegar a partir de este interesante teorema resultan un tanto inquietantes: 1) El proceso creativo es perfectamente sustituible por una actividad febril, sostenida en el tiempo. 2) Cualquier idiota es capaz de redactar un libro. 3) Los monos y los bobos ilustrados son capaces de remedar algo de lo que ya ha sido escrito, pero no de componer nada nuevo. 4) La estadística es un baluarte de la mediocridad, pero subraya el mérito de los espíritus talentosos y creativos.

Con la intención de comprobar sobre el terreno el alcance de esta afirmación matemática, unos señores (estamos en condiciones de asegurar que no estaban vinculados a ninguna universidad española… que se sepa) decidieron recrear el enunciado en un entorno controlado, con la ayuda, eso sí, de seis macacos negros crestados. La tesis de partida fue la siguiente: si infinitos monos son capaces de escribir las obras completas de Shakespeare en un indeterminado lapso de tiempo, ¿de qué serían capaces media docena de Macaca nigra en un par de semanas? Reproducimos aquí el resultado de la investigación, debidamente encuadernado. El experimento concluyó abruptamente el día en que los macacos orinaron sobre el ordenador (como acto de rebeldía, esta conducta se nos antoja verdaderamente inteligente), echando por tierra la esperanza de que el azar les llevara a escribir la segunda parte de «Sabor a hiel».

«Experimento Vivaria»

las palabras

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Son la materia prima de nuestro pensamiento. El mundo, traducido en palabras, se organiza en los billones de estantes de nuestro cerebro, donde un potente buscador enlaza ideas, intuiciones y conocimientos para producir algo nuevo. La creatividad es el motor de la civilización, un juguete maravilloso capaz de adaptarse a las exigencias del jugador. Y todo gracias al rastro inteligente que dejan las palabras. Un teorema matemático dice que si un millón de personas no demasiado talentosas aporrearan las teclas de un ordenador durante un lapso de tiempo digamos de unos pocos millardos de años, acabarían por escribir el Quijote (hay una versión menos exigente que habla de un chimpancé tecleando durante un par de meses al que le salen las obras completas de Isabel Gemio). Como nosotros no disponemos de tantos años tendremos que espabilarnos y aprender palabras, muuuchas palabras que nos permitan expresar, por ejemplo, lo que nos inspira hasta el más leve cambio en la tonalidad del mar. Para eso están los libros. Los buenos libros. Y los juegos, como éste en el que participan unos alumnos de Luces, sin más recompensa ni premio que el de disfrutar de un rato agradable aprendiendo juntos.

«La trampa de las palabras»

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