Categoría: escribiendo por escribir (Página 13 de 19)

el placer de escribir

Internet es una herramienta extraordinaria. No solo nos permite abrirnos al mundo, trepar por la empinada pendiente del conocimiento o viajar por encima de las nubes a la velocidad del rayo. También ofrece la maravillosa posibilidad de hacernos visibles en el océano, de iluminar el universo sumando nuestra candelita a la de millones de internautas de uno y otro hemisferio. Para cualquier aficionado a la lectura y la escritura, asomarse a esta terraza privilegiada es un aliciente, una plataforma que permite superar los límites de nuestra habitación y elevar nuestras opiniones o nuestras pequeñas aportaciones literarias al limbo que rodea este astro palpitante. Nosotros desde aquí animamos a que así sea. Muchas páginas ofrecen información sobre concursos y certámenes literarios; otras crean un entorno para publicar y compartir, una excelente oportunidad de conocer lo que otros autores de tu mismo calibre tienen que ofrecer, sin afanes ni ambiciones. Por el puro placer de escribir. Seleccionamos una de esas páginas al azar: se trata de La cesta de las palabras, que tiene ahora mismo en marcha un concurso de relatos sobe el tema ¿Qué harías si te quedasen 24 horas de vida? ¿Cuál sería tu fin del mundo? Y como el particular nos pareció interesante, te invitamos a participar. De entre todos los presentados hasta el momento seleccionamos uno cualquiera, un relato divertido que a buen seguro le hizo pasar un buen rato a su autor o autora, escrito sin más pretensión que la de trasladar ese entusiasmo a un lector atrapado sin cebo y casi por casualidad en el inmenso océano de la información.

EL FIN DEL MUNDO DE MARCELIANO FUENTES

Marceliano Fuentes se enteró en un tugurio de la calle Lepanto de que el fin del mundo había comenzado en los suburbios de una gran urbe canadiense. Como poseído por un renovado sentimiento de lealtad paterna, corrió hacia su casa. Allí, un chico bisojo de piernas regordetas y una muchacha larguilucha con gesto de uva pasa se inclinaban sobre una mesa camilla, cubierta de cuadernos sembrados de goma de borrar. Abarcándolos a los dos, los atrajo hacia sí; pero la niña detestaba que aquel hombre butiroso y mugriento se le restregara por la piel y le apartó sin contemplaciones. Al niño tampoco le gustaba el hedor a vino rancio y perfume barato, pero tuvo que consentir que su padre, rechazado en primera instancia, volcara en él toda su desesperanza alcohólica. La radio local interrumpió momentáneamente la programación deportiva para advertir a los oyentes del próximo, fatal desenlace. El muchacho se debatía entre los brazos temblorosos de Marceliano, intentando recuperar trabajosamente una postura que le permitiera resolver el problema de quebrados. «¿Dónde está tu madre?», le preguntó. «Mamá nos abandonó esta mañana», respondió la niña. «Nos dijo que después de cenar hiciéramos los deberes y nos fuéramos temprano a la cama». El hombre quedó petrificado. Jamás hubiera imaginado que ella le dejaría a su merced en trance semejante. «¿No os dio nada para mí?». Sin siquiera elevar los párpados, la niña se tentó el vestido y le alargó una nota, escrita en papel de estraza. «Encontrarás todo el vino mezclado con licores diversos en un cubo rojo, bajo el fregadero. He añadido un litro de lejía con la esperanza de que revientes antes de que te alcance el fin del mundo. Si quieres cenar, hay latas de atún en la despensa. Marialuisa.» El último gol del astro argentino fue ruidosamente celebrado por el locutor, que a la mitad del grito triunfal prorrumpió en amargos sollozos. «El público abandona el campo». Y continuó. «Esto se acaba, señores». El último boletín informó de que el cataclismo progresaba en todas direcciones y que América había desaparecido bajo las aguas; esta vez Hollywood se había superado a sí misma. Sonaron los primeros compases de «Lo que el viento se llevó». Los infocomerciales se sucedieron rápidamente, superponiéndose los unos a los otros. «El tiempo se agota», sentenció Marceliano, que a duras penas podía mantener la verticalidad. Los hijos le miraron de reojo y prosiguieron con lo suyo. «Necesito un trago». Cuando se preparaba para retornar a la tasca sobrevino el apagón. Los ecos de alarmas y sirenas ascendían por el hueco de la escalera descorchando el silencio de la noche. Marceliano sintió miedo y se refugió de nuevo en el hogar. La angustia le devoraba por dentro. «Nunca más veré a los chiquillos», pensó. Sin darse cuenta, pronunció sus nombres. Nadie respondió. A tientas llegó hasta la cocina con la esperanza de encontrar los fósforos largos que utilizaba en las barbacoas. Extrajo de una vieja lata de cacao una caja grande que contenía un único ejemplar. Lo prendió frotando contra el raspador de lija. La madera húmeda restañaba. «Deben haberse acostado», se dijo para sí. Pero cuando intentó dar un paso la luz amenazó con extinguirse. El suelo empezó a temblar bajo sus pies. «No es posible. Esto no puede estar sucediendo», se dijo varias veces. Con la mano libre se propinó un par de bofetadas. Estaba aturdido y la consciencia se le iba y se le venía. Antes de que la llamita le lamiera la punta de los dedos localizó el cubo de plástico. Se dejó deslizar por la brillante superficie del frigorífico hasta tomar suelo con las posaderas. Un súbito cambio de presión le volvió los tímpanos del revés. Los oídos comenzaron a rechinarle. Se abrazó al cubo rojo como el náufrago que se agarra a su tabla de salvación. Había oído decir que el delirium tremens trastornaba la percepción de la realidad. Pero esto era diferente. Ayudándose con las rodillas, elevó el cubo a la altura de la barbilla e introdujo la cabeza dentro. «A tu salud, Marialuisa».

la mujer que escribía diccionarios y remendaba calcetines

¿Ustedes tienen algún problema para llamar a las cosas por su nombre? Nosotros sí, a veces. La palabra, el lenguaje afilado y certero, duele. Y desde que alguien descubrió que se podía depurar el idioma y utilizarlo en beneficio propio, un batallón de sustantivos, adjetivos y expresiones afines han invadido las aulas, los medios de comunicación y los discursos oficiales, y ahora hablamos como si tal cosa de «crecimiento negativo» (en lugar de «ir de culo»), «conductas no ejemplares» (tradutio: «ser un sirvergüenza»), «déficit de tarifa» («os vamos a dar candela»), «hecho diferencial» («Y a mí, ¿qué me cuentas?»), «regulación cinegética» («no dejar bicho con cabeza»), «daños colaterales» («matadlos a todos que Dios reconocerá a los suyos«)… Afortunadamente contamos con un arsenal de artillería pesada para contrarrestar esta ofensiva: los diccionarios. Hay quienes piensan que los diccionarios no sirven para nada… Hombre, esa es una verdad a medias: los malos diccionarios, desde luego. Pero los hay buenos. Y excelentes. El común de los estudiantes cree que los diccionarios se hacen solos, que uno pulsa el botón intro y las palabras se imprimen alegremente en negrita, convictas y confesas de significados arcanos, puestos ahí para gozo y disfrute de académicos y pedantones… Pues tampoco. Escribir un buen diccionario no es una tontería. Imagínense ustedes que una deslumbrante estrella del balompié tuviera que recopilar las ciento cincuenta voces que conoce de media y definirlas con propiedad (téngase en cuenta de que dispone únicamente de ciento cuarenta y nueve palabras para cada definición). Sería el proyecto de toda una vida. ¿Y qué pasaría si alguien se propusiera ordenar, actualizar y relacionar TODAS las moléculas de un idioma, cual son las palabras? Sería una empresa equiparable a forrar el Guggenheim con lentejuelas… Esta fue la tarea que acometió Dña. María Moliner, una mujer inteligente, minuciosa, preclara y sencilla. Trabajó como bibliotecaria, y a la edad  en la que otros piensan en la jubilación anticipada, ella se embarcó en la confección de un diccionario del uso, a imagen de ciertos volúmenes anglosajones, pero con el marchamo de una autora excepcional. Con la ayuda de unas pocas colaboradoras, una máquina de escribir y miles de fichas, Doña María tardó quince años en culminar su obra. Propuesta por Dámaso Alonso, fue rechazada como académica de la lengua por la corporación de autoridades, un tanto celosas de que una archivera hubiera puesto en evidencia el que, a la sazón, era el diccionario por antonomasia: el de la Real Academia de la Lengua. El principal muñidor de este rechazo fue Cela, un mal bicho a decir de muchos y un c… a decir del resto. Escribe Gregorio Morán que cuando desapareció ese veto hubo un nuevo intento de ingresar a la filóloga, pero entonces Doña María les mandó literalmente a «tomar por culo». En su momento, el diccionario de María Moliner representó una novedad en la lexicografía española. La primera edición era un tanto peculiar, pero se reveló útil y superior a cualquier otro diccionario escrito hasta la fecha, aunque un tanto complicado de manejar. Las ediciones sucesivas han intentado corregir ciertos elementos para agilizar la búsqueda y mejorar el acceso. García Márquez quiso conocerla, pero Doña María, que ya estaba muy pachucha, falleció antes de que el Nobel pudiera consumar el empeño. Poco después escribió in memoriam un bonito artículo recordando la figura de esta interesante autora:

(…) María Moliner nació en Paniza, un pueblo de Aragón, en 1900. O, como ella decía con mucha propiedad: « En el año cero». De modo que al morir había cumplido los ochenta años. Estudió Filosofía y Letras en Zaragoza y obtuvo, mediante concurso, su ingreso al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios de España. Se casó con don Fernando Ramón y Ferrando, un prestigioso profesor universitario que enseñaba en Salamanca una ciencia rara: base física de la mente humana. María Moliner crió a sus hijos como toda una madre española, con mano firme y dándoles de comer demasiado, aun en los duros años de la guerra civil, en que no había mucho que comer. El mayor se hizo médico investigador, el segundo se hizo arquitecto y la hija se hizo maestra. Sólo cuando el menor empezó la carrera de ingeniero industrial, María Moliner sintió que le sobraba demasiado tiempo después de sus cinco horas de bibliotecaria, y decidió ocuparlo escribiendo un diccionario. La idea le vino del Learner’s Dictionary, con el cual aprendió el inglés. Es un diccionario de uso; es decir, que no sólo dice lo que significan las palabras, sino que indica también cómo se usan, y se incluyen otras con las que pueden reemplazarse. «Es un diccionario para escritores», dijo María Moliner una vez, hablando del suyo, y lo dijo con mucha razón. En el diccionario de la Real Academia de la Lengua, en cambio, las palabras son admitidas cuando ya están a punto de morir, gastadas por el uso, y sus definiciones rígidas parecen colgadas de un clavo. Fue contra ese criterio de embalsamadores que María Moliner se sentó a escribir su diccionario en 1951. Calculó que lo terminaría en dos años, y cuando llevaba diez todavía andaba por la mitad. «Siempre le faltaban dos años para terminar», me dijo su hijo menor. Al principio le dedicaba dos o tres horas diarias, pero a medida que los hijos se casaban y se iban de la casa le quedaba más tiempo disponible, hasta que llegó a trabajar diez horas al día, además de las cinco de la biblioteca. En 1967 -presionada sobre todo por la Editorial Gredos, que la esperaba desde hacía cinco años- dio el diccionario por terminado. Pero siguió haciendo fichas, y en el momento de morir tenía varios metros de palabras nuevas que esperaba ver incluidas en las futuras ediciones. En realidad, lo que esa mujer de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la vida.

Su hijo Pedro me ha contado cómo trabajaba. Dice que un día se levantó a las cinco de la mañana, dividió una cuartilla en cuatro partes iguales y se puso a escribir fichas de palabras sin más preparativos. Sus únicas herramientas de trabajo eran dos atriles y una máquina de escribir portátil, que sobrevivió a la escritura del diccionario. Primero trabajó en la mesita de centro de la sala. Después, cuando se sintió naufragar entre libros y notas, se sirvió de un tablero apoyado sobre el respaldar de dos sillas. Su marido fingía una impavidez de sabio, pero a veces medía a escondidas las gavillas de fichas con una cinta métrica, y les mandaba noticias a sus hijos. En una ocasión les contó que el diccionario iba ya por la última letra, pero tres meses después les contó, con las ilusiones perdidas, que había vuelto a la primera. Era natural, porque María Moliner tenía un método infinito: pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida. «Sobre todo las que encuentro en los periódicos», dijo en una entrevista. «Porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento por necesidad». Sólo hizo una excepción: las mal llamadas malas palabras, que son muchas y tal vez las más usadas en la España de todos los tiempos. Es el defecto mayor de su diccionario, y María Moliner vivió bastante para comprenderlo, pero no lo suficiente para corregirlo.

Pasó sus últimos años en un apartamento del norte de Madrid, con una terraza grande, donde tenía muchos tiestos de flores, que regaba con tanto amor como si fueran palabras cautivas. Le complacían las noticias de que su diccionario había vendido más de 10.000 copias, en dos ediciones, que cumplía el propósito que ella se había impuesto y que algunos académicos de la lengua lo consultaban en público sin ruborizarse. A veces le llegaba un periodista desperdigado. A uno que le preguntó por qué no contestaba las numerosas cartas que recibía; le contestó con más frescura que la de sus flores: «Porque soy muy perezosa». En 1972 fue la primera mujer cuya candidatura se presentó en la Academia de la Lengua, pero los muy señores académicos no se atrevieron a romper su venerable tradición machista. Sólo se atrevieron hace dos años, y aceptaron entonces la primera mujer, pero no fue María Moliner. Ella se alegró cuando lo supo, porque le aterrorizaba la idea de pronunciar el discurso de admisión. «¿Qué podía decir yo », dijo entonces, «si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?».

una historia de papel

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La enciclopedia británica ya no se imprime en papel. Las sucesivas ediciones se distribuirán en formato electrónico. Los orgullosos poseedores de estos sesenta kilazos de conocimiento a granel son los últimos que podrán vestir las estanterías del comedor con el impresionante tesauro anglosajón. Puede ser que obras de consulta como ésta alcancen una mayor difusión en cederrón. Al fin y al cabo, si exceptuamos al personaje de los «Juegos de la edad tardía«, nadie con aspiraciones de erudito forja su cultura por orden alfabético. Pero el libro en sí, ese objeto simple y familiar que habla de sí mismo, que simboliza tanto la libertad como la opresión, que reside como un alien en el vientre de las abultadas carteras escolares y suscita tantos sentimientos contrapuestos… el libro de toda la vida, vaya, está condenado, quién sabe si hasta el final de los tiempos, a permanecer inmutable atrincherado entre sus tapas, dispuesto a tragarnos las falanges a dentelladas. Auguramos un futuro incierto a los soportes electrónicos expendedores de palabras. Los libros son algo más. ¿Se imaginan la Biblioteca Nacional reducida a media docena de discos refulgentes? ¿Quién ocuparía en lugar de los libros en los tristes anaqueles de los ateneos obreros, en los apartados rincones de las buhardillas? ¿Cómo indagaríamos sobre el grado de penetración de la cultura escrita en el seno de una familia de clase media? ¿De qué forma alimentaríamos las voraces llamas de la censura? Si hay algo que potencialmente pone en riesgo la comercialización del libro, ese algo es el papel. O por mejor decir: la falta de papel. Puede ocurrir que se agoten los recursos naturales antes que las ideas; y será entonces, y solo entonces, cuando el libro, convertido en objeto de lujo y grabado con mil y un impuestos como la gasolina o el tabaco, deje paso a odiosos dispositivos lectores, subvencionados por las diputaciones provinciales, que reproducirán en alta fidelidad el roce de una hoja, el crepitar de la encuadernación, el bufido del cierre… Los alumnos de tercerobé han reflexionado sobre todo lo expuesto hasta sacarse de encima dos o tres ideas, que han plasmado en un corto en el que ilustran cuán imposible se les antoja un mundo sin papel. Y sin libros.

Pues mira, hijo, éste es uno de los libros, y ahí tengo los otros, guardados como oro en paño y con los que tú te harás un hombre de provecho. Si yo hubiera sabido que existían estos libros, a estas horas sería un gran hombre, quién sabe si juez o médico, o incluso cardenal en la propia Roma, y no como tu abuelo o tu padre sino de verdad, con los papeles bien en orden.

El primero era un diccionario. «Aquí vienen todas las palabras que existen, sin faltar ni una.» El segundo era un atlas: «Y aquí todos los lugares y accidentes del mundo», y el tercero una enciclopedia: «Y éste es el más extraordinario de los tres, porque trae por orden alfabético todos los conocimientos de la humanidad, desde sus orígenes hasta hoy. ¿Tú sabías que existía un libro así? Pues yo tampoco hasta hace tres años. Desde entonces lo estoy estudiando. Voy ya por la palabra «Aecio», que era un general romano que mató al conde Bonifacio en el año 432 y derrotó a Atila, rey de los hunos, en el 451, pero que fue asesinado por el rey Valentiniano III, temeroso de su poder. Adelanto poco porque ya soy viejo y tengo mala memoria, y para aprender una cosa debo olvidar antes otra. Y luego está el atlas y el diccionario. Todos los días me aprendo cinco palabras nuevas y el nombre de algún río o una ciudad. Cuando pienso en la cantidad de cosas que podía saber a estas alturas si estos libros hubiesen caído en mis manos hace cincuenta años y tuviese entonces el espíritu que hoy me anima, no hay nada que pueda consolarme, porque sé que he equivocado mi vida, y eso ya no tiene remedio. Pero tú, Gregorito, todo lo tienes a favor. Pareces enviado por el destino para reparar la burla que me hizo a mí, dándome pan cuando no tenía dientes. Así que ya sabes, desde mañana empezaremos con tu aprendizaje, porque no hay tiempo que perder.

Juegos de la edad tardía. Luis Landero.

un día de libro

Como viene siendo tradición celebramos este día del libro, aunque sin mucho entusiasmo, la verdad. O por lo menos con el mismo o parecido con el que amanecemos el Día De la Industrialización de África (20 de noviembre), el Día Mundial de la Bicicleta (19 de abril) o el Internacional de la Risa (1 de mayo, coincidente con el día de los Trabajadores). Aunque sería una pena no aprovechar los incisos de todos los telediarios dando la matraca con lo mismo: que el 24% de los españoles leen boca arriba, que leer es bueno para el asma, que según la Universidad de Utah and Environs las culturas que leen de derecha a izquierda (que son la mayoría) lo entienden todo al revés… Algunos docentes saben que en el mensaje institucional éste de que leer es fundamental para la formación y la capacitación de los estudiantes hay algo, un hueso, que se escupe sin más después de tragarnos la pulpa, y que es precisamente la simiente que promueve la lectura y la escritura como baluartes de la educación, la solvencia intelectual y el autoaprendizaje. Pues muy bien. Nosotros a lo nuestro. Contribuimos a la causa con dos aportaciones: por un lado un vídeo propio de la productora «Tiempos Difíciles», que sustituye a «La Pluma», en suspensión de pagos e inmersa en un concurso de acreedores; por el otro, un mensaje que suscribimos y que nos invita a pensar que si todos comulgáramos con el ejemplo, otros gallo nos cantaría… Feliz día.

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el gesto de oliverio

Cuando Oliver Twist levanta su escudilla toda la estructura de poder a su alrededor se tambalea. El hambre ha servido para dominar y sojuzgar, pero también ha movido levantamientos y revoluciones. No hay razones políticas o de estado que conmuevan un estómago vacío. El gesto del niño solicitando otra ración de gachas es la señal de que el hambre le está ganando la partida al miedo. Por eso los despóticos y corruptos responsables del hospicio no están dispuestos a dejar que las cosas queden así. Mejor cortar por lo sano el tierno vástago que empieza a brotar. Los profundos cambios productivos, económicos y sociales que se producen en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XIX se llevan por delante todo un modo de vida. Las pujantes ciudades acogen sucesivas olas migratorias procedentes del campo que, como siempre ocurre, acuden al reclamo de una vida mejor. Las metrópolis sufren un proceso de transformación rápido y desordenado. Acuciada por la necesidad de sobrevivir, la masa desempleada deambula por calles estrechas y sucias buscando ocupación; la delincuencia y el crimen se hacen dueños de la ciudad, atropellando las aspiraciones de niños famélicos, que aprenden en la calle lo que otros en la escuela. La novela victoriana concentró sus miradas en las condiciones en las que vivía la población. Esta faceta le proporcionó un carácter popular y una importancia de la que jamás antes había disfrutado. Los escritores de esta época no pueden mantenerse ajenos a la miseria moral y material que el progreso trae de la mano, y deshacen tesis de redención en los argumentos de sus historias, en algunas ocasiones para poner en solfa los inconmovibles cimientos éticos de la hipócrita sociedad británica; en otras para denunciar la flaqueza y la podredumbre del alma humana.

En el hospicio, el hambre seguía atormentando a Oliver y a sus compañeros: sólo les daban un cacillo de gachas al día, excepto los días de fiesta en que recibían, además de las gachas, un trocito de pan. Al cabo de tres meses, los chicos decidieron cometer la osadía de pedir más comida y, tras echarlo a suertes, le tocó a Oliver hacerlo. Aquella noche, después de cenar, Oliver se levantó de la mesa, se acercó al director y dijo:
-Por favor, señor, quiero un poco más.
-¿Qué? -preguntó el señor Limbkins muy enfadado.
-Por favor, señor, quiero un poco más -repitió el muchacho.
El chico fue encerrado durante una semana en un cuarto frío y oscuro; allí pasó los días y las noches llorando amargamente. Sólo se le permitía salir para ser azotado en el comedor delante de todos sus compañeros. El caso del «insolente muchacho» fue llevado a la junta parroquial; ésta decidió poner un cartel en la puerta del hospicio ofreciendo cinco libras a quien aceptara hacerse cargo de Oliver
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«Oliver Twist»

la historia reciente

«Hitler, la novela gráfica (fragmento)»

Exceptuando a los lectores más jovencitos, todos somos hijos del pasado siglo XX; al contrario de lo que se tiende a pensar por estas latitudes, este período fue el más convulso de la historia de la humanidad. Lo que hoy aceptamos con naturalidad, los rasgos distintivos de nuestra cultura política, económica y social hunden sus raíces en el inestable fondo telúrico que provocó también las grandes catástrofes bélicas de la pasada centuria. Somos herederos de una época marcada por la iniquidad, la brutalidad y el exterminio, cuyos últimos flecos (por el momento) acariciaron hace apenas diez años la tez clara y sonrosada de ese ente imposible al que llamamos Europa. Las eternas cantinelas del nacionalismo, el colonialismo, el expansionismo, el imperialismo y todos los «ismos» que se nos pudieran venir a la cabeza sumaron sus voces para que la historia rebullera; a la cabeza de las consiguientes orgías de destrucción figuraron personajes (varones en exclusiva) que supieron embridar la violencia dispersa, y la proyectaron con la furia de las ideologías; sin duda os sonarán los nombres de Mao Tse Tung, Pol Pot, Franco, Leopoldo II de Bélgica, Hirohito, Hitler o Stalin (el más sanguinario de todos, que ya es decir). Añadiríamos con gusto algunos otros, pero por estar rehabilitados o pertenecer al bando de los buenos, no se pueden citar aquí porque resultaría «políticamente incorrecto». Como puede suponerse, la reconstrucción de la historia de los últimos cien años, pese a ser reciente, se topa con la interpretación apasionada y tendenciosa de autores e investigadores, necesariamente discrepante porque casi siempre lo más cómodo es adherirse a la opinión que pregona la corriente política dominante. Por eso os animamos desde aquí a que os paséis por la biblioteca y os forjéis vuestra propia visión sobre los conflictos del siglo XX. Os encontraréis libros de historia, pero también interesantes biografías gráficas como la que firma el laureado mangaka Shigeru Mizuki de Hitler, o las incontables novelas ambientadas en la guerra y en la posguerra como la muy conocida Cuando Hitler robó el conejo rosa de Judith Kerr o Año de Lobos de Willy Fährmann. Y ya sabes: evita en lo posible los libros de texto, que son para otras cosas…

«Cuando Hitler robó el conejo rosa»

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