Categoría: escribiendo por escribir (Página 15 de 19)

un mundo de números (mal que nos pese)

En el antiguo Egipto los escribas pertenecían a una casta especial. Atesoraban el secreto de la escritura, pero también los del cálculo y la contabilidad. Eso les convertía en los verdaderos directores de la política real en tiempos en los que, tal y como ocurre en la actualidad, muy pocos faraones sabían leer y escribir. El acceso a esta carrera de éxito estaba controlada por un puñado de varones influyentes; tras la selección, los privilegiados recibían formación entre los cinco y los dieciséis años (¿a qué me recuerda esto?) en caligrafía, gramática, literatura, derecho, idiomas, historia, geografía y matemáticas (¿No les dice nada el currículo de marras?). Hoy en día el índice de alfabetización es una señal de progreso; paradójicamente, la mayoría sabemos leer y escribir, aunque son bastantes menos los escritores o lectores activos o en activo. Sin embargo, matemática y cálculo se han convertido en el arte de los listos, de los más cuadriculados; la ciencia de aquellos que cursaron estudios técnicos (no de humanidades) porque tenían muy claro que lo suyo era programar computadoras, construir ingenios de ariete hidráulico o diseñar el Niemeyer. Ese desapego popular hacia las matemáticas es un salvoconducto para personas con notables responsabilidades públicas o privadas, que justifican sin embozo su perezoso absentismo numérico con la famosa coletilla: «¡Ay! ¡Dímelo tú, que eres de ciencias!». Tal y como ocurría en el antiguo Egipto, los conocedores del lenguaje de los recortes, los porcentajes, las ganancias, los aumentos, las reducciones, los puntos básicos, las rentabilidades y las amortizaciones tienen la capacidad de hacernos creer que las corporaciones y multinacionales que tanto trabajan por la riqueza del país están movidas por intereses cuasi filantrópicos, y que la exigua subida de la tarifa eléctrica no es sino una magra compensación por tantos años de denodado sacrificio inversor en beneficio de la ciudadanía. Eso por no hablar de la demagogia que se traen algunos con los impuestos y la fiscalidad. La renuncia a entender de números es una renuncia a comprender cuánto nos rodea, y para muchos, una garantía de paz social. Para todo aquel lector curioso, de ciencias o de letras, que piense que la matemática es (únicamente) un lenguaje abstruso para iniciados en la nadería del infinito, le recomendamos libros como éste de Alex Bellos, autor nada sospechoso que tanto escribe de ecuaciones como de fútbol. La lectura de Alex en el país de los números satisface el paladar no solo de los aficionados al tema sino de aquellos otros que se desvanecen cuando ven una fórmula matemática. Los números, la geometría, el azar, la estadística, las calculadoras, las paradojas… un amplio muestrario de realidades matemáticas que lejos de embotar el cerebro, abre nuevos horizontes y proporciona interesantes perspectivas de lo visible y lo invisible. Todo un tesoro para los que no se conforman con entender utilizando razonamientos de segunda mano. Aunque sean de letras.

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leer en piedra

Las piedras hablan. Esta es la razón por la cual al ojo experto se le revelan historias de nuestro pasado a poco que observe a su alrededor. La palabra escrita no fue accesible al común de las gentes hasta hace muy poco tiempo, pero eso no fue óbice para que reyes y emperadores dejaran constancia de campañas bélicas, exaltaran sus augustas figuras o difundieran una determinada ideología política sirviéndose de un diseño accesible, que permitía visualizar intuitivamente una sucesión de hechos por obra y gracia de un cincel artero, observante de las directrices impuestas por una meticulosa planificación de las escenas. Son libros de mármol, ilustrados al detalle con vocación de eternidad. En algunos casos, como el de la Columna de Trajano, las dos viñetas helicoidales, hábilmente trabajadas en perspectiva, han sobrevivido a los bárbaros de antes y a los de ahora, perdiendo color y un poco de prestancia, pero conservando el esplendoroso mensaje que traslada al moderno lector de cómic dos mil años atrás, cuando las invencibles legiones romanas ampliaban el imperio, ignorando entre aves y vítores el inevitable declive que pacientemente madura al sol de cualquier desahogada bonanza.

la biblioteca de babel

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El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales.

Jorge Luis Borges

la llave de plata

Un personaje del escritor fantástico H.P. Lovecraft emprende la búsqueda de una ciudad con cuyas cúpulas doradas en el sol de la tarde había soñado tantas veces. Perdido entre las marañas de callejuelas puede, por fin –gracias al auxilio de una mágica llave de plata–, acceder a ella. Cuando lo logra, descubre que no es otra que su propia ciudad natal: manifestada o revelada bajo una nueva luz. Sí: la ciudad onírica estaba dentro de su ciudad real (podemos extrapolar nosotros ahora) como el conocimiento está dentro de la información: agazapado, polvoriento, esperando la llave mágica. Y ya es hora de revelar nuestro secreto: la llave mágica del conocimiento es la lectura. Será necesario repetirlo, porque estamos subyugados por la magnitud y las virtudes de las nuevos prodigios tecnológicos, y al tiempo deberemos reaprender las potencialidades y las maravillas de algo que consideramos trivial, sólo porque lo poseemos ya, y porque nos acompaña desde hace muchísimo tiempo. La lectura es la capacidad de los humanos alfabetizados para extraer la información textual. La lectura es la llave del conocimiento en la sociedad de la información.

 José Antonio Millán

la historia de la imprenta

Abrir ME LLAMO JOHANNES GUTENBERG

No es una exageración afirmar que la imprenta revolucionó la historia de la producción y difusión del conocimiento, lo que es lo mismo que decir la historia de la humanidad. El invento en cuestión venía a satisfacer la clamorosa necesidad de surtir de libros a los curiosos, investigadores, profesores y eruditos del siglo XV, y la lenta y cara reproducción por copia directa encarecía los costes y no satisfacía la demanda. Gutenberg, cuyo verdadero nombre era Johannes Gensfleisch zur Laden (nada que ver con el tipejo ese que hoy está en boca de todo el mundo), empeñó hasta el sombrero para imprimir la biblia que os presentamos en la entrada anterior. Pero como quiera que el proyecto se retrasaba, Fust (que así se llamaba el socio capitalista que puso la pasta) se cansó de esperar resultados, y él y su yerno, el calígrafo Schöffer (el otro padre de la imprenta) se adueñaron de todo el tinglado. Disuelta la sociedad, Gutenberg quedó relegado, y a partir de ese momento malvivió de chafarle la exclusiva a los otros dos. Hoy se le reconoce como el promotor de una innovación más trascendente, si cabe, que el omnipresente microchip, porque sin la una difícilmente se hubiera llegado hasta el otro.
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